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La aventura de cada fin de semana

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La lluvia cae con fuerza sobre el tejado que cubre el patio de nuestro riad. No me apetece nada mojarme cargando las maletas en la moto. Además, es nuestro último día en Marruecos, y cierta melancolía se apodera de nosotros durante el desayuno. Nos cuesta arrancar. Fuera, diluvia. Avanzamos por las calles saliendo de la Medina de Fez. El sistema de alcantarillado se muestra insuficiente para la cantidad de agua que está cayendo. Algunas de las calles son verdaderos torrentes. Nos dirigimos al Fuerte del Norte, uno de los dos que dominan la Medina desde lo alto. Desde allí, la vista es fantástica. Las construcciones se amontonan casi una encima de otra dentro de las murallas, esparciéndose entre las colinas que rodean la Medina. Podemos distinguir la mezquita y poca cosa más. Es un buen lugar para admirar el enorme tamaño de la antigua ciudad. Desde dentro es imposible hacerse una idea.

Nos dirigimos a Melilla por autopista. La persistente lluvia deja las precarias carreteras en un peligroso y resbaladizo estado, así que decidimos ir por lo seguro. La autopista tiene sus peculiaridades, ya que los rebaños de cabras pastando en los arcenes, o incluso los niños acarreando sus mochilas de camino a la escuela siguen estando a la orden del día.

A pocos kilómetros de abandonar la autopista, el sol hace acto de presencia. Nos calienta y nos seca tras casi ciento cincuenta kilómetros bajo la lluvia. Aún quedan otros tantos por carretera en dirección norte. Y allí la cosa no pinta nada bien. El valle entre montañas que debemos coger parece la puerta del infierno. Negrísimos nubarrones, cortinas de agua a ambos lados y gráciles tornados de arena nos esperan. De repente, y casi sin avisar, nos cae encima uno de los aguaceros más grandes que he vivido encima de una moto. El viento nos lanza de lado a lado de la estrecha carretera, y la gran cantidad de agua me impide ver con claridad. Dudo en pararme o seguir, pero no hay ningún lugar donde resguardarse. Fue intenso, pero no duró más de media hora.

Llegando a la frontera de Melilla vuelve a salir el sol. El termómetro marca 19ºC, pero estamos tiritando. El frío ha calado literalmente hasta nuestros huesos. La frontera vuelve a ser el caos. Enormes y desordenadas colas de coches avanzan precariamente. Al final, siguiendo las instrucciones de un policía y de varios “conseguidores” -gente que intenta facilitarte el papeleo de la aduana por unas monedas-, podemos adelantar a todos los coches y ponernos los primeros. Esta vez no tengo ganas de pelear mucho, así que sigo las instrucciones de uno de los conseguidores que me ha caído simpático. Le doy una pequeña propina. En poco menos de media hora tenemos los pasaportes sellados y anulado el papel de importación temporal de la moto. Estamos en España. Esto es otro mundo.

***

Pasamos el día recorriendo la ciudad a un ritmo muy tranquilo, casi de bar en bar, acompañados por amigos que nos demuestran una enorme hospitalidad. El día se va casi sin querer y es momento de retornar en ferry a la península. Y luego, 840 aburridos kilómetros hasta Zaragoza.

Marruecos me ha enamorado. Es un país de contrastes marcados. De los 32ºC del desierto a los escasos 2ºC del Atlas. De los áridos paisajes del desierto a los verdes vergeles del otro lado de las montañas. De la pobreza casi extrema de los pequeños pueblos del sur a la alegría sincera de las sonrisas de los niños. Fantásticos y agrestes paisajes, casi lunares. Excelente comida. Modos de vida ancestrales, simples y auténticos que te hacen replantear tu vida al otro lado del estrecho.

Ahora, desde la comodidad del sofá me doy cuenta que me he infectado. Tengo el virus de África. Estoy deseando volver. Y espero que sea pronto. Inshallah.

El día amanece gris en Marrakech. Incluso caen algunas gotas. Recogemos la moto de su presidio en el parking público rodeado de coches polvorientos y salimos del caos de la ciudad. Sigue lloviendo, cada vez con más fuerza. El paisaje ha cambiado a este lado del Atlas. Verdes laderas y suaves colinas. Incluso algún conato de bosque, todo mucho más mediterráneo.

En lugar de seguir por la general N8 hasta Fez, decidimos desviarnos por carreteras secundarias buscando las cascadas de Ouzoud. Esas carreteras suelen dar mucho mejor resultado. El asfalto aún es aceptable y tiene un gran trasiego de niños yendo y viniendo del colegio a todas horas. Algunos permanecen ociosos, como mirando al infinito al pie de la carretera, saludándote a tu paso. Y otros acompañan a los mayores pastoreando los rebaños. Lo cierto es que Marruecos está lleno de niños por todos lados.

Las cataratas de Ouzoud requieren una negociación con el guía que rápidamente se acerca. Le decimos que solamente queremos una vista general, y por la mitad de dinero que nos proponía en un primer momento, acordamos la visita. Lo cierto es que son más espectaculares de lo que pensaba. Sus ciento veinte metros de altura impresionan, sobre todo si los miras justo desde el lugar donde caen, tranquilas sobre el cortado barranco de arcilla. Sus paredes marronáceas, casi completamente tapizadas de musgo verde, están completamente excavadas por mil y un recovecos, parecidos a los grabados de las escayolas de los palacios marroquíes.

Seguimos la ruta ya por carreteras en bastante peor estado, entre montañas boscosas y escarpadas grietas formadas por el lecho del río. El paisaje es espectacular, con esas colinas verdes tapizadas de miles de flores amarillas, o salteadas de rojos puntitos de amapolas. La primavera lo invade todo.

Entramos en un estrecho y poco profundo valle, completamente verde, de laderas suaves al principio y más escarpadas después. Ascendemos por una carretera con múltiples tornantis, que bien podría competir por trazado y paisaje con alguno de los puertos de alta montaña suizo. Pero como suele pasar, éste quedará en el olvido. Cruzamos las montañas para encontrarnos, allá abajo, con las enormes planicies de este lado del Atlas. El color verde sigue predominando, solamente interrumpido por el rojizo de alguna antigua kasbah ya en ruinas, o algún que otro pueblo enladrillado.

A unos cincuenta kilómetros de Khenifra, nuestro destino del día, paramos en una gasolinera y tomamos un té a la menta en su desproporcionado bar. Cientos de metros cuadrados con unas cuantas mesas donde algún grupo de marroquíes ven la televisión sin mucho afán. Al poco, se nos acerca un señor entrado en años y en carnes, vestido con un traje y un curioso sombrero.

– ¡Hola, amigos! ¿Cómo estáis?- nos habla en su perfecto inglés con extraño acento, posiblemente debido a la casi total ausencia de dientes superiores. Nos comenta que trabajó para una compañía aérea británica en Mauritania. Nosotros respondemos a varias de las preguntas típicas (¿De dónde venís?¿A dónde váis?…) y finalmente nos deja saborear nuestro té.

Al salir del bar, el hombre del traje nos vuelve a llamar.

– Está a punto de caer una tormenta, si queréis podéis alojados en mi casa. Os haré un buen cuscús -dice. Nosotros, como viajeros aún poco curtidos en conocer y fiarnos de gente local, declinamos cortésmente la oferta.

– Eres muy guapa- dice dirigiéndose a Belén. -¡Y tú también!- apunta mirándome a mí. Ups. Creo que tenemos que salir de ahí lo más rápidamente posible. Nos despedimos con un apretón de manos y arranco la BMW con la velocidad del rayo.

Un lago rodeado de verdes y suaves colinas nos sorprende tras una curva. Enfrente, el cielo parece a punto de romperse en mil cortinas de lluvia, mientras un tímido arco iris parece querer salir de entre los grises nubarrones. Miramos hacia atrás para ver cómo el sol aún es capaz de filtrar cientos de sus rayos entre las nubes, iluminando con esa luz celestial parte del asombroso lago. Sonrío pensando que estoy en Marruecos, aunque bien podría estar en Asturias o en Escocia. Sin lugar a dudas, este país es el de los mil contrastes.

Ya de noche, con un asfalto resbaladizo y empapado, intentamos localizar sin éxito el hotel en Khenifra. Cientos de personas abarrotan las improvisadas terrazas de los bares donde se han instalado pantallas de televisión. El fútbol y la Champions son los reyes. Conseguimos preguntar a algunos de los pocos que no están interesados en el partido, y nos indican la dirección del hotel.

Entre montañas, aislado de todo, se encuentra nuestro hotel. Al contrario de lo que pasaba con el resto de hoteles donde hemos estado, éste está regentado por marroquíes, y parece pensado para marroquíes. Sin estilo, sin encanto. Con lo mínimo o menos. Servicio amable, pero en un ambiente que no es acogedor. Una cena inmejorable, eso sí. De hecho es muy difícil comer mal en Marruecos. Una cama purísima, un minibar vacío que no es más que una pequeña nevera instalada al lado de un radiador eléctrico que se cae de viejo y unas sábanas lilas de dudoso gusto.

***

La noche es larga y lluviosa. La tormenta repiquetea en nuestra ventana y el viento aúlla con fuerza. Al levantarnos sigue lloviendo y fuera todo está completamente empapado. Las rieras no dan a basto e inundan parte de la carretera hacia Fez. Hace frío, y sigue lloviendo con fuerza al subir uno de los puertos. Supuestamente estamos rodeados por un precioso bosque de cedros, pero la niebla nos impide ver más allá de diez metros a nuestra redonda. 2ºC, comparados con los 32ºC de Merzouga. ¿No os decía que Marruecos es un país de contrastes?

Llegando a Fez, sale el sol tímidamente, pero unos negros nubarrones nos presagian que nos volveremos a mojar. Y así es. Afortunadamente la lluvia espanta a varias mobylettes que nos querían hacer de guía nada más entrar a la ciudad. Como viene siendo habitual, nos cuesta encontrar el hotel, a pesar de llevarlo perfectamente localizado en el GPS. Una entrada desvencijada, sin ninguna señalización y que casi da miedo, da lugar a un precioso patio luminoso, completamente decorado con coloristas azulejos y grandes columnas. Contrastes.

Contratamos un guía para adentrarnos en la inmensa y enrevesada medina de Fez. Comparado con ésta, la de Marrakech es de juguete. Quizá más colorista y vistosa para el turista, pero la de Fez tiene el encanto de lo auténtico. Multitud de artesanos trabajan sin ofrecer sus productos, cosa que le resta colorido y le suma encanto.

Tras subir a la terraza de una de las múltiples tiendas de cuero, veo la imagen que quería llevarme de la ciudad. Los inmensos huecos de arcilla llenos de mil y un colores donde las pieles se curten y se tiñen. Rojos, amarillos y azules completamente puros. Rodeando todas esas piscinas, viejas casas amontonadas una sobre otra. Y más arriba, el cielo que por fin vuelve a ser azul.

La visita es corta, pero suficiente para tomarle el pulso a esta medina. Es una ciudad en sí misma, con más de mil años de antigüedad. Y lo mejor de todo, es que la vida transcurre en ella casi sin variaciones después de tantos siglos. Como si estuviéramos en la época medieval. Me pregunto cuánto tiempo podrá resistir así. Me alegro de haberlo vivido antes de que cambie.