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La aventura de cada fin de semana

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Pues sí, hoy nos hemos hecho con un poker de ases. Si empezamos por el Grossglockner, y seguimos por el Passo Gardena, el Sella y el Pordoi, tenemos ganancia asegurada. Y con un día tan espectacular como el de hoy, más aún. Y mira que hemos empezado con mis dudas ya habituales cuando la ruta no está definida. Que si van a a ser muchos kilómetros, que si son muchas curvas, etc. Todo para conseguir el beneplácito de Belén, que sin rechistar dijo “si” a esto también. Pero comencemos por el principio.


El principio fue el paseo matinal por Salzburgo. Tras recorrerlo ayer por la noche casi al trote buscando dónde cenar, decidimos darle un tiempo esta mañana. Total, hoy solamente teníamos que atravesar los Alpes, así que teníamos tiempo de sobra. Y lo cierto es que me gustó más ayer noche que esta mañana. Los edificios iluminados y eso le dan un toque mucho más bonito que los camiones haciendo el reparto de esta mañana. De todo, me quedo con la cúpula de la catedral.


El Grossglockner, a pesar de costar 25€ por moto, vale la pena a la primera curva. Los verdes valles te rodean por todos lados, con los picos aún nevados en lo alto. Las nubes se van formando caprichosamente en las laderas de las montañas y todo es extremadamente bello. El tráfico era fluido a pesar de la gran afluencia de motos, coches y bicicletas. Pero allí nadie va rápido, intentado saborear el paisaje cambiante en cada curva. Es, sin duda muy recomendable. 


Y tras regocijarnos en él, seguimos ruta hacia el sur para encontrarnos con los Dolomitas. Enormes paredes de piedra van surgiendo como setas entre las altísimas montañas repletas de abetos. Cuando parecías haber rodeado una de esas paredes gigantescas, aparecía otra de mayores dimensiones tras la curva. El Gardena sobre todo, pero después el Passo Sella y el Pordoi nos han dado una excelente visión de conjunto de esta zona de los Alpes, quizá de las más recomendables. 


Y con eso que comienza a caer la noche y aún nos quedan más de 60 kilómetros para nuestra pensión. Menos mal que tenía la aprobación matinal de Belén, porque si no, me hubiera caído un rapapolvo como la del Stelvio hace cinco años, donde acabamos subiéndolo de noche tras 700km de puertos de montaña suizos. Belén aún me lo recuerda. Así que cansados pero siguiendo a buen ritmo, finalmente hemos acabado en nuestra habitación. Del temor a preparar una ruta con excesivas curvas ha salido un día excepcional. Excepto por los últimos kilómetros. Supongo que tampoco estaba tan mal planificado. 

Y es que cada día se aprende. Hoy hemos aprendido que a veces temes a las grandes piedras, pero son las pequeñas las que te pueden hacer caer. Lo mejor de todo, es que si te lo propones, siempre acabas levantándote. 

Llevaba casi quinientos kilómetros de curvas y más curvas por los Dolomitas. El GPS marcaba menos de veinte para el destino, Bérgamo. Pero aún debía superar un puerto más, el Passo Tonale. Se me hacía pesado, pero era un último esfuerzo. Unas cuantas curvas de subida, unos cuantos “tornanti” de bajada y… Bérgamo no aparecía por ningún sitio. Comenzaba a hacerse de noche. Paré en el arcén a intentar entender qué cojones me indicaba el GPS… Ahí no había ningún hotel. De hecho por no haber no había ni ciudad. Introduzco una nueva búsqueda en el aparatito y… Mierda! La indicación era clara: “Hora estimada de llegada: 22:20”. Aún quedan ciento cincuenta kilómetros más para Bérgamo.

Los pocos kilómetros por carreteras secundarias de Eslovenia me supieron a poco. Siempre le había tenido especial manía a las carreteras eslovenas -no a su capital Ljubljana, que me parece preciosa y coqueta-, ya que las dos veces que he cruzado el país he tenido que aguantar caravanas kilométricas. Claro, que era por autopista. Esta vez, al hacerlo por carreteras locales, no pude hacer otra cosa que apuntar Eslovenia en mi lista de “lugares por redescubrir”.

Y por fin, los Dolomitas, una de las asignaturas que aún tenía pendiente. Había visto sus imponentes y afiladas torres rocosas en la distancia varias veces, pero nunca me había aventurado a recorrerlos. Ésta era la ocasión perfecta. Teniendo el modo “distancia más corta” en el GPS te puedes encontrar sorpresas agradables. En uno de esos desvíos a primera vista inútiles, conseguí descubrir una pequeña carreterita a duras penas asfaltada, que ascendía entre montañas y bosques, con “tornanti” imposibles y desniveles de vértigo. Desde ahí se podían disfrutar unas vistas magníficas de los valles vecinos. Al final para volver a la misma carretera por donde iba, pero lo cierto es que fue de lo más gratificante. Para mi. El freno trasero de la BMW igual no opina lo mismo, ya que dejó de funcionar a media bajada, presa de un sobrecalentón momentáneo.

Llegando a Cortina d’Ampezzo el espectáculo visual era indescriptible. Mirara por donde mirara, gigantescas moles de roca caliza ocultaban buena parte del cielo, subiendo en paredes casi verticales hasta casi tocar las nubes. Estaban por todos lados, y la perspectiva iba cambiando a cada giro de la carretera. Era imposible no mirar hacia arriba en lugar de a los magníficos trazados de las carreteras de montaña italianas. Son mucho más brutales que los Alpes, que a pesar de ser también impresionantes, no muestran esa rotundidad y brutalidad hecha roca.

Mi amigo Coco me había recomendado un círculo de puertos de montaña indispensables en los Dolomitas. Desde Arabba a Gardena y vuelta por el otro lado, rodeando el impresionante macizo de Piz Boé, siempre por encima de los 1700 metros de altura. El Passo Campolungo, con sus delicados y suaves “tornanti”; el Gardena, flanqueado a ambos lados por dos gigantescas moles de roca caliza; el más discreto Sella y finalmente el majestuoso Passo Pordoi, con sus veintisiete “tornanti”, muchos de ellos primorosamente enlazados, como haciendo encaje de bolillos. Llevaba ya más de trescientos kilómetros, comenzaba a estar cansado. Pero este recorrido por los Dolomitas había valido la pena. No solamente por la belleza de los trazados, sino por el grandioso espectáculo de sus paisajes.

Y ahí estaba yo, con cara de tonto mirando un GPS que me indicaba que además de lo ya hecho -que era mucho- aún me quedaban dos horas para llegar al hotel. En un momento se esfumaron esos spaghetti alle vongole con esa cerveza bien fría que me venía imaginando desde hacía bastantes curvas: a esas horas es difícil cenar en Italia a no ser que sea en un inapropiado McDonalds. Hoy tocaría acabarse una de las últimas ensaladísimas Isabel y un buen trozo de salami al ajo que compré en Arabba en una cochambrosa habitación de un ruidoso hotel. Porque la tecnología es lo que tiene: es capaz de regalarte rutas alucinantes imposibles de planificar, y también capaz de aguarte la cena. Ay, ¡cómo echo de menos mi roadbook! Pero hacer las cosas sin planificar es lo que tiene. Sobre todo cuando no le haces caso al mensaje “error al calcular la ruta” que salió por la mañana en el GPS. Han sido más de seiscientos kilómetros de curvas y casi once horas en marcha encima de la moto. Pero como ya sabéis, de cosas como ésta se forja la aventura.

 

 

Balcanes 13


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