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La aventura de cada fin de semana

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– Hola, soy Sara Montiel- oí mientras apagaba la moto. La verdad es que no se parecía. Se trataba de un hombrecillo escuálido, envejecido y ennegrecido por exceso de sol, con una camiseta de tirantes amarilla y unas bermudas que alguna vez fueron rojas. Estábamos en Sibenik, en plena costa dálmata. El falso Sara Montiel solamente quería llamar la atención para ofrecernos un apartamento. Y es que ese es el negocio más floreciente en estos pueblos de costa, a tenor de la cantidad de cartelitos que te encuentras en la carretera.

Doscientos kilómetros. Ese era el total del día. Por primera vez en el viaje, los kilómetros no iban a ser el problema. Hoy nuestro peor enemigo sería el calor: más de treinta grados con el traje de cordura iba a ser algo insufrible. Lo peor era la entrada de los pueblos donde al parar en los semáforos dejaba de correr ese aire, que aunque cálido, impedía que nos derritiéramos.

Soy consciente que Croacia no será ni de largo el país menos desarrollado que veremos, pero el contraste con Suiza y Austria es notable. Coches oxidados y medio desvencijados en campos cercanos, ancianos con pinta de haber salido de la serie “Cuéntame” cogiendo higos, señoras que empujan carretillas cargadas con aperos de labranza por los arcenes… Todo ello es lo que encontrábamos en los márgenes de la carretera 8, la de la costa, que iba bajando por las increíbles costas croatas. Los puestecitos de frutas se alternaban con decenas de lápidas esparcidas por todo el camino, o incluso cementerios enteros que, sin valla ninguna, servían de margen de la carretera. También vimos jóvenes vendiendo enormes ristras de ajos, multitud de campings medio clandestinos llenos de caravanas destartaladas y domingueros aparcados a la sombra de los pinos que crecían hasta la misma orilla del Adriático.

Zadar, Sibenik o Trogir son paradas obligadas que aprovechamos para refrescarnos mínimamente. Sus pequeñas callejuelas y sus grandes iglesias de mármol blanco nos sirven de refugio del agobiante calor. A lo lejos, unas cuantas nubes insinúan un cambio de tiempo que nunca llegó a producirse.

Siguiendo ruta hacia el sur, la caprichosa costa croata aparece y desaparece, primero a un lado, luego al otro, sin saber a ciencia cierta si lo que ves delante es una isla, una península o un producto de tu imaginación. Los verdes de los pinos y los diferentes tonos de azules del agua nos acompañaron hasta llegar a Split, donde acabaría nuestro viaje de hoy.

La costa croata -como el Stelvio o Neuschwanstein- está sobrevalorada. Sin olvidar los maravillosos paisajes o las azules y cristalinas aguas, las playas propiamente dichas no son más que pequeños huecos entre las rocas, entre los pinos o entre los muelles, donde se agolpan cantidades ingentes de carne humana puesta a tostar. La misma playa de Split, que tuvimos el dudoso honor de conocer, no es más que un cúmulo de piedrecillas cubiertas de niñatos imberbes que miran desafiantes o que hacen derrapar sus Hyundai Coupé del 96 en la explanada de los parkings.

 

Por otro lado, pasear por la noche por la intrincada amalgama de callejuelas y pasadizos del Palacio Diocleciano de Split, nos ayudó a olvidar algo del ochentismo más hortera que rezuma de la costa croata. Igual desde los yates la visión es diferente. Pero el final del día nos devolvió a la realidad croata: ver a dos señores entraditos en años hacer carreras con un Opel Ascona y un Fiat 850 no tiene precio. Ni que te salude Sara Montiel tampoco.

La ruta del día la tenéis aquí:

Etapa 6: Croacia de norte a sur


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A veces planificas cosas sin mucha fe en que salgan. Pero cuando se hacen realidad, el placer es doble. Desde hace meses tres amigos moteros teníamos previsto reunirnos en Zagreb, punto donde se cruzaba mi regreso de tierras norteñas y su viaje a Croacia. Parecía difícil concretar una fecha donde coincidieran nuestros caminos. Pero las rutas se acabaron cruzando tanto en el espacio como en el tiempo.

Las autopistas húngaras no están nada mal, sobre todo si las comparamos con las polacas. Tienen señales de tráfico particulares, aunque no tan exóticas como la de los renos… “Peligro, perros” es una de ellas. Para echarse a temblar, especialmente cuando la ves en una autopista, y no solamente por los pobres bichos. Pero al contrario de lo que pasa en Escandinavia, donde tienen que pasar 3000 kilómetros para ver un reno, aquí en dos kilómetros ya vi un perro. Y era enorme. Se paseaba tranquilamente por el arcén de la autopista, ajeno al tráfico, mientras que una furgoneta de servicios de la red de carreteras lo seguía a corta distancia.

El Lago Balaton no deja de ser un Salou o un Benalmádena. Es el lugar de veraneo de los Budapedienses que quieren pegarse un chapuzón. Aguas color turquesa al más puro estilo caribeño, y playas de cuidada hierba podrían hacer las delicias de cualquiera, pero la enorme cantidad de chiringuitos, niños con colchonetas de playa, gente en bañador que no se ha mirado al espejo antes de salir de casa lo embrutece todo. Olor a bronceador solar y a parrillada de carne se entremezclan durante los más de 70 kilómetros de lago. La carretera que transcurre por el norte -nombrada en alguna guía de rutas en moto, y aún no sé por qué- no deja de ser un reguero incesante de pueblos que, como si fuera una normativa de la región, se llaman de la misma manera. O casi: Balaton-pon-aquí-lo-que-quieras. Uno tras otro.

La frontera de Croacia ha sido la primera que he cruzado este viaje -y mira que he llegado a cruzar fronteras- donde me han pedido el pasaporte. Y no una, sino dos veces. Y aún he tenido suerte, porque al coche alemán que circulaba delante mío le han pedido hasta los papeles del vehículo. Y luego, un recuerdo ya muy lejano ha vuelto a hacerse presente, como en las pesadillas más recurrentes: los peajes. Desde Francia que no veo uno. Y en Croacia han vuelto. He llegado algo rápido a la cabina, y el individuo que esperaba fuera se ha pegado un susto de muerte.

– Eherserije erllas eejj in Croatsia. Noeos esefqe esod! – me gritó.

– Pero si he parado en la línea – contesté, algo sobrado. Sonreí y acabé la conversación con un bonito y largo caballito, mientras enfilaba la proa hacia Zagreb, que se encontraba a poco más de 100 kilómetros.

Vamos a ponernos algo épicos. El sufrido lector quizá no se dará cuenta de los kilómetros que llevamos, a pesar de que invariablemente voy señalándolo al final de mis entradas. Son muchos kilómetros, y solamente descansé un día, allá por el siglo pasado, en Estocolmo. Me sorprendía a mí mismo con la entereza física que lo estaba llevando, pero esa mañana todo cambió. Una importante contractura en el cuello y espalda han hecho que los poco más de 400 kilómetros de hoy sean un auténtico suplicio. El mover el cuello era tarea prácticamente imposible, y tenía que fiarme muchas veces de lo que veía por los retrovisores, que no siempre te muestran todo. Circular a 130 km/h por las autopistas húngaras y croatas con la escasa protección de la moto ha sido duro. (Matizo: al principio del viaje las protecciones aerodinámicas de la BMW eran más que suficientes, pero tras 12.000 kilómetros ya casi no tolero que me de ni una brizna de viento). Afortunadamente, la lograda aerodinámica del casco BMW System 6, siempre que lleves la mentonera cerrada, me ha ayudado a llegar a Zagreb.

El reencuentro con mis tres amigos ha sido también épico. Una dirección incorrecta, un céntrico hotel que no era tan céntrico… Después de los kilómetros que llevo, al final me he tenido que perder en Zagreb. Y tras sortear mil y una tormentas sin mojarme, me he tenido que mojar justo cuando no iba vestido de romano… Pero finalmente los encontré, y compartimos una buena cena en compañía de sus y de mis anécdotas. Un soplo de aire fresco. Gracias, amigos!

Hoy he recorrido 463 kilómetros en 5 horas y 55 minutos, a una media de 78 km/h. El consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.525 kilómetros recorridos. La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 22


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Retorno épico. Los días se acortan cuanto más al sur me encuentre… Y sobre el mapa esos días se me antojan cortos, aunque el contador de kilómetros diarios me da vértigo. 
Ya tengo fecha de salida, el sábado 24 de julio. Y eso quiere decir, que con toda la ruta programada, tendría que tener fecha de regreso: 18 de agosto. 26 días encima de la moto. Para quererla o para odiarla, eso está por ver. Serán unos 14.000 kilómetros, 2.000 más de los previstos, a una media de 590 kilómetros diarios, si descuento el par de días de descanso (previstos en Helsinki y en Tallinn). Demasiados? El tiempo lo dirá. Despliego el mapa y observo: De Barcelona a Bali en línea recta no llegan a 13.000… Bufffff…. Las comparaciones son odiosas…
Los Países del Este bien merecerían un viaje para ellos solos, y si mi relación con mi querida BMW no se trunca tras tantos kilómetros con ella, podría ser un próximo destino. Pero ahora el tiempo apremia y el turismo ya está hecho en Noruega. Así que (con ligeras licencias) este será un retorno a tiro hecho.  He planificado paradas indispensables en las capitales bálticas, en Cracovia, Bratislava y Budapest. Así, recorreré Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Eslovenia, Italia y Francia, para regresar nuevamente a España. Junto con los países de la ida, serán 16. Un buen ramillete. Me cabrán todos los escudos pegados en las maletas?