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La aventura de cada fin de semana

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Pues me he tomado mi tiempo, pero aquí está la primera parte del vídeo de la ruta Retorno al Este que hicimos este verano. En este primer capítulo recorremos el norte de Italia y nos adentramos en los Balcanes por Croacia hasta Mostar. Próximamente los siguientes capítulos.

 


Sabes de esos días que el sol da con fuerza, el asfalto parece que se derrita bajo tus ruedas y te sobra toda la ropa de la moto? Pues hoy no era ese día. Ya ha amanecido en Zadar algo nublado, aunque la vista de la costa desde el apartamento presagiaba otro día radiante. Solamente hacía falta darse la vuelta para ver los nubarrones. Pero bueno, así hemos llegado hasta Šibenik. Pero nos ha costado lo suyo. Kilómetros y kilómetros de caravanas a poco que llegabas a un pueblo. Como no hacía buen día se supone que los turistas han abandonado las paupérrimas playas para lanzarse a la carretera. Porque allí estaban todos. Fijo. 

En Šibenik, tras una buena caravana de entrada -como no- finalmente hemos encontrado sitio, más o menos, en un aparcamiento de motos. Hemos callejeado hasta la catedral. Es extraña, de esas en las que su fachada principal no vale mucho la pena, su fachada lateral tampoco, y su interior no mata. Pero el conjunto es armonioso y aprueba con nota. 


Luego hemos intentado encontrar el Drazen Petrovi? Memorial, una pequeña estatua conmemorativa al jugador de baloncesto más grande que dio la ciudad. Después de mucho buscar, solamente hemos encontrado un mural, pero sin rastro de la estatua. Y a bien seguro que estaba cerca. Otra vez será.


Y luego ha comenzado el diluvio. Rayos y truenos y lluvia copiosa y continua hasta llegar a la frontera con Bosnia. Y luego más agua y más truenos. Había diseñado una ruta por alguna carretera pintoresca, pero visto el percal he decidido meterle directamente la dirección del hotel en Mostar. Pero sabes de esos días en los que el GPS se pone tontorrón y te quiere buscar las cosquillas? Pues eso. Primero que nos quería meter por unas pistas. Y mira que no le suelo hacer ascos a un poco de tierra, pero las condiciones climatológicas no invitaban a muchas alegrías. Así que recalculando nuevamente, mi Garmin ha decidido que lo mejor es llegar a Mostar por las peores carreteras del mundo. Os juro que sacaba la pierna para sentir el agarre del asfalto y parecía hielo. Sí, una sensación muy parecida a cuando subí a Cabo Norte en invierno. El asfalto bosnio es incompatible con el agua, os lo digo yo. 

Y con mucho cuidado hemos llegado, sin parada para comer, a Mostar. Y nada más llegar al hotel, vemos cómo unas ¿rumanas? eran pilladas por la propia víctima tras mangar unas carteras. Forcejeos gritos… Toda una bienvenida a la ciudad. En ese momento, la recepcionista del hotel nos ha invitado a dejar las motos en un parking interior “para más seguridad”. Por supuesto que sí!

Mostar… preciosa al atardecer. Porque a todo esto había dejado de llover pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad. Incluso ha salido un tímido arco iris. Pasear por el casco viejo, descubrir nuevamente el puente, escuchar a los muyaidines vociferar desde cada mezquita… Otro mundo. La puesta de sol nos ha brindado, sin duda, el momentazo del día. Toda una recompensa a un día duro de verdad, en el que Belén, como ya me tiene acostumbrado, se ha portado como una campeona, tras muchas horas sobre la moto y bajo la lluvia y el frío, y sin rechistar ni un solo momento. Ole, valiente!


Seguro que Belén os habla en su crónica de las niñas pidiendo por las calles y todo eso, pero yo prefiero quedarme con los colores del atardecer sobre el río Neretva. 


Mañana seguirá lloviendo, así que puede que improvisemos un cambio de ruta sobre la marcha. Eso me suele estresar, pero en el fondo, me hace sentir vivo. Buenas noches, aventureros!


En un cubilete de cartón, la chica fue metiendo uno a uno todos los ingredientes. Primero, unas hojas verdes. Luego, una especie de patata asada. Posteriormente unas verduras asadas, juntamente con unos trozos de tomate aliñados y un pesto. Y finalmente las sardinas recién asadas. A rebosar. Como para una boda. Fuimos encontrando todos esos sabores sentados en el muelle de Zadar, con los pies colgando mientras las olas se esforzaban por llegar a nuestros pies. Allá a lo lejos, los relámpagos iluminaban parcialmente un horizonte completamente a oscuras. “Será un recuerdo de esos imborrables“, pensé.

Pero el día había empezado mucho antes, cerca de Opatija. Pasamos brevemente por Bakar, una pequeña población encajonada entre autovías e instalaciones industriales, pero que conserva la esencia de un tranquilo y pequeño puerto de mar. Y luego por Senj, donde existe un monolito que recuerda que allí atravesamos el paralelo 45º. O lo que es lo mismo, que nos encontramos exactamente a la misma distancia del polo norte que del ecuador, pero eso es más que discutible. Cosas del achatamiento de los polos. Y también es discutible que haya exactamente 5.000 kilómetros a cualquiera de esos dos puntos. ¿Exactamente? ¡Anda ya!


Las caravanas de la costa nos estaban volviendo locos. Es mi tercer agosto por estas tierras, y nunca había visto tal densidad de tráfico. Era agobiante. Entre caravana y caravana, nos quedábamos embobados deleitándonos con las vistas de la costa croata. Pero al final decidimos meternos hacia el interior. Y allí comenzaron a aflorar los edificios con desconchones de bala, que nos recuerdan la cercana guerra de los Balcanes. Pero seguro que en los próximos días veremos más de eso. 
Nuestro siguiente objetivo era la base aérea abandonada de Zeljava. Una frikada, vamos. Pero ha molado. De las entradas de los búnkers salía un aire fresco que contrastaba con el ambiente sofocante del exterior. Una señal recuerda que la zona puede tener aún minas, así que había que ir al tanto. Y a nuestro frente, las pistas de aterrizaje. Y de despegue, que son las mismas. Las recorremos con un sentimiento de travesuras difícil de explicar. ¿Quién no ha deseado nunca rodar con tu moto por una auténtica pista de aterrizaje? (O de despegue).


Y tras una comida a pie de carretera con hornillo incluido, acabamos en Zadar. Ya la conocíamos de otro viaje anterior, pero esta vez veníamos a escuchar el órgano marino, un original muelle con unos orificios donde entra el oleaje del mar, creando sonidos armónicos como si de un órgano se tratara. Al principio era un sonido melódico, como de esos que escuchas cuando entras en el Natura. Pero en un momento en el que las olas rompían con fuerza, el órgano pareció encabritarse, aullando estridentes notas a cuál más discordante, como si del final de Encuentros en la Tercera Fase se tratara (sí, hay que ser muy friki para entender el símil, ya sé).

Y tras despedir al sol y ver cómo la descomunal placa solar descargaba miles de colores en el suelo del muelle (pagarán tasa solar, estos?), decidimos cenar. Y aquí es donde vienen las sardinas (el lector poco ducho en lecturas debe saber que a veces se altera el orden de los acontecimientos para dar algo más de interés al inicio de la narración. Pero por supuesto, tú ya lo sabías).

A poco de acostarnos solo espero que la jauría de niños que alborotan la casa donde tenemos nuestro ático se cansen pronto de vociferar por el pasillo, porque soy capaz de invocar a San Herodes como no callen. O lo que viene a ser lo mismo: 

Cuán gritan esos malditos! Más mal rayo me parta, si en concluyendo esta carta no pagan caros sus gritos…

pero en versión moderna. Buenas noches. 

La península de Istria es un pedazo de tierra que cuelga de lo alto de Croacia y que en algún que otro viaje por la zona me lo salté. Hasta que la visité y desde entronces no puedo dejar de hacerlo. Y aún no sé por qué. Igual es por no perderme Piran, aún en Eslovenia y su callejuelba a pie de puerto. 

O igual es por Pore?, ya en Croacia y su casco antiguo. Esta vez visitamos la Basílica Eufrásica y sus mosaicos milenarios. O puede ser por Rovinj, que se unía a última hora a la ruta al ver hace poco una foto que quería hacer. Porque no es la primera -ni la última- vez que viajo en pos de una foto concreta. Y hoy la ruta persiguió a esta foto: 

Igual ya no me salto Istria por visitar Pula y su magnífico anfiteatro romano, el quinto mayor del mundo, y todo un desconocido hasta que Toño Aracata fue portada de TheRutaMagazine con él a su espalda. O quizá por la costa este de Istria, con unas vistas al mar Adriático desde lo alto que quitan el hipo, y que no dejan de sorprenderme cada vez que paso por allí. 

Pero ahora hay otro motivo para visitar Istria en cada viaje por Croacia. Y no es otro que recordar a Belén, vestida de moto pero con los pantalones arremangados metiendo los pies en el agua mientras disfruta de un melocotón. Ver su cara de felicidad con tan pequeño gesto, ha valido los 400 kilómetros de hoy, y la caravana que hemos sufrido llegando a Opatija. Pequeños detalles.

El viaje hasta los Balcanes pasando por Italia, liándola en la autopista, recorriendo la península de Istria y encontrando valles escondidos en Croacia. Este es el primero de una serie de vídeos que intentan plasmar mi Ruta Balcánica.


La Ruta Balcánica (I) De Barcelona a Croacia por Dr_Jaus

Otro camión. Ya iban unos cuantos. Bajábamos del pequeño puerto de montaña a velocidad irrisoria, ni 30 km/h. Llevábamos curvas y más curvas detrás del trailer, cuando de repente aparece una larga recta. Incomprensiblemente, se intuía que seguía la línea continua. El BMW que tenía delante no se lo pensó dos veces y aplicó la regla número uno de la conducción en Bosnia: Haz lo que te de la gana. Y le dio la gana adelantar. Y yo fui detrás, por aquello de “allá donde fueres, haz lo que vieres”. Con un ligero golpe de gas no me costó nada adelantar al pesado camión. Tampoco me costó nada ver al policía en medio de la carretera obligándonos a parar.

El día era gris. De esos grises en los que apetece hacer pocas cosas. Bueno, solo tenía que conducir unos 550 kilómetros, así que tampoco eran tantas cosas que hacer. En un plis atravesé Montenegro. Lo cierto es que comenzaba a sentir como si ya me conociera todo lo que estaba viendo. Supongo que la sorpresa del primer momento desaparece, y ya son más de 10 días por los Balcanes. Así que no me extrañó mucho pensar que ese valle ya lo había visto antes, o que este desfiladero ya lo recorrí hace unos días. Me costó un rato descubrir que realmente ya había pasado por ahí hace unos días. Solo fueron un centenar de kilómetros, y afortunadamente de los más bellos de Montenegro. Era imposible no reconocer los túneles y más túneles del cañón de Piva.

Como si fueran contracciones de parto, los espasmos se producían rítmicamente. Ya había podido superar los dos primeros, pero este parecía ser el definitivo. Era la venganza del agua de las montañas albanesas. Y estaba contraatacando por la mismísima retaguardia! A lo lejos alcancé a ver una gasolinera. Paré, le indiqué al hombre que llenara el depósito mientras yo corrí hacia el baño. No voy a describir cómo es un lavabo de gasolinera bosnia, quedaría demasiado escatológico. Solo comentaré que no había papel…

El atasco al entrar en Sarajevo era tan monumental, que decidí pasar de largo. De hecho, ya estuvimos el año pasado, así que tampoco me perdía nada. Nada más salir de la ciudad, comenzó a llover. Y bien fuerte. Paré debajo de un puente a ponerme el gore-tex de la chaqueta, y opté por no montar el espectáculo y no ponerme el forro del pantalón. Eso significaría pasar todo el día con el culo mojado, era consciente de ello y lo asumí. De manera intermitente iba apareciendo y desapareciendo la lluvia. Estaba demasiado atento a la carretera como para atender al paisaje, que seguía gris y oscuro. Las montañas desaparecían más allá de las nubes, y los truenos retumbaban en las paredes de los desfiladeros. La temperatura había descendido hasta unos 19ºC, y yo tenía las piernas empapadas. Solamente me quedaban doscientos cincuenta kilómetros para el destino.

Y entonces apareció el camión lento y el policía en plena carretera. Obviamente me había visto adelantar en línea continua. De hecho hasta juraría que lo estaban esperando. El lugar es ciertamente estratégico.

– Documentación -dijo el policía en tono secante. Abrí unas cuantas cremalleras hasta que apareció mi permiso de circulación.

– ¿Hablas alemán? – me preguntó.

– No, inglés. – dije.

– Si tienes una moto alemana, ¿cómo que no hablas alemán? -contestó con el mismo semblante serio. Yo no sabía si estaba bromeando o no. No vi ni un atisbo de humor en su mirada. Opté por la prudencia y me encogí de hombros.

– Solo hablo inglés, pero algo puedo entenderte.

– No puedes filmar. – dijo al percatarse de la cámara del casco que llevaba encendida desde el principio.

– No, no estoy grabando. Se ha acabado la batería. -mentí mientras señalaba la luz roja de grabación. En ese momento yo quería que el policía pronunciara las dos palabras mágicas que eran mi única esperanza de salir de ahí indemne. Y las dijo.

– ¡Sergio Ramos! ¡Como el jugador de fútbol! – vociferó a su compañero al ver mi documentación. Su cara cambió en ese momento, esbozando una tímida sonrisa. Me había salvado. Poco después (y tras haber apuntado mi nombre y mi matrícula), me devolvía la documentación y me dejaba marchar. ¡Bendito fútbol!

Una frontera y algunas gotas de lluvia más y me encontré en Croacia. En menos de quince minutos estaría en el hotel donde podría ducharme, secarme y disfrutar de un WC en condiciones. Media hora antes no tenía ni idea de qué escribir hoy. Pero viajando solamente te tienes que sentar a esperar a que te pasen las cosas. Y hoy he estado más de ocho horas sentado.

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EveryTrail – Find hiking trails in California and beyond

Faltaban las últimas curvas. Derecha, izquierda y comenzó a aparecer detrás de unos abetos. Imponente pero modesto. Coqueto pero altivo. Entre las dos montañas rebosantes de miles de árboles apareció un valle sin nombre. Un valle solitario y desértico. No esperes ver a nadie, porque por allí nunca pasa nadie. Es el valle escondido.

Las salidas de las ciudades son siempre traumáticas. Abandonar Rijeka no fue la excepción. Alejándome de las autopistas di casi sin querer con la primera joya del día. Se llama Bakar y es una pequeña población costera, encajonada entre montañas y autovías, que reposa en una tranquila lengua de mar. Ajena a su bulliciosa vecina, aquí para sus habitantes la vida discurre entre los aperos pesqueros esparcidos por el pequeño muelle y las mesas mugrientas de las terrazas de sus dos bares. Parecía que el tiempo se haya parado, aunque el murmullo de las autopistas que pasan algunas decenas de metros más arriba, me devolvió a la realidad.

Los primeros 150 kilómetros transcurrieron por la carretera 8, que va dibujando meticulosamente toda la costa croata. Islas como Krk rompen el horizonte azul istriónico (ya os hablé de ese azul, verdad?) con un paisaje sorprendentemente desértico y árido. Contemplar este paisaje tan mediterráneo te abstrae completamente de la carretera, que una curva tras otra se empeña en que le prestes atención.

A poco de llegar a Karlobag adelanto a una moto holandesa con dos personas y atiborrada de bultos y sacos. Pero la vista se me va a una pequeña pegatina que luce orgullosa en una de las maletas. La mítica Ruta 40 argentina. La de kilómetros de experiencia que acumulan esos dos afortunados! Les saludé efusivamente. A poco, una BMW R1200R se me pega a la cola incitándome a estrujar mi GS. Por unos kilómetros olvidé las extasiantes vistas y me centré en disfrutar de la carretera. Volamos los dos trazando alegre las curvas que nos quedaban. Adrenalina!

Conforme iba escalando las montañas costeras, el horizonte azul se llenaba de islas y más islas que salían una detrás de la otra, quizá temerosas de ser descubiertas. En la última curva, casi a 900 metros de altura, miré por el retrovisor para decirle adiós a un mar que nunca defrauda.

En pocos metros el paisaje cambió por completo, y de los ligeros bosques mediterráneos pasé a un escenario genuinamente alpino. Abetos, laderas de hierba, picos escarpados… Refrescó ligeramente, cosa que agradecí, desde luego. Ya lejos de la Croacia de postal, comenzaba a encontrarme con la realidad que buscaba. Fuera del maquillaje de la costa croata, de sus pueblecitos restaurados y remozados, existe otra Croacia que aún conserva las cicatrices de una guerra cercana. En Buni? comencé a ver casas con los tejados destrozados, salpicadas de impactos de bala y metralla, e iglesias completamente derruidas. Y sus gentes, ya acostumbrados a la cotidianidad de los recuerdos, viven su vida sin importarle unos cuantos agujeros en sus fachadas.

La carretera entre Korenica y Danji Lapac es todo un catálogo de curvas. De todo tipo. Abiertas, cerradas, peraltadas, enlazadas, parabólicas… Con asfalto liso pero con poco grip. Y sin tráfico. Aún así mejor no animarse mucho, porque a la primera de cambio puedes encontrarte un ciervo como el que se me cruzó a unas decenas de metros, huyendo asustado. Naturaleza!!

Cuando las curvas comienzan a desaparecer tras atravesar otra cadena montañosa cercana, el horizonte se ensancha sobremanera, rebosando por los cuatro costados de lo que abarca tu mirada. Es el valle escondido. En ese momento, mi cabeza le pone la banda sonora perfecta. Soy Robert Redford -aunque desgraciadamente esta vez sin Merryl Strip- a los mandos de un biplano sobrevolando las estepas africanas en Memorias de África. Música melosa y dulce que retumba en mi casco mientras bajo hacia el valle. Una vez allí, una señal me alertó de los baches y socavones de la carretera, limitando la velocidad a unos exiguos 20 km/h. Ni que decir tiene que la moto voló sobre ellos a casi 100km/h sin rechistar. Para algo tengo una GS.

Poco después, al pasar Druvno, el valle desaparece, sin que sepa realmente dónde ha ido. ¿Existió realmente? ¿Fue solo producto de mi imaginación? Sea como fuere la carretera comenzó a descender a alturas más normales, y el calor fue apareciendo nuevamente. Buscando el castillo de Kastel Zegarski me encuentro con una población prácticamente fantasma, destruida casi por completo. Solamente una señora mayor, de las de pañuelo en la cabeza, descansa en una silla a la puerta de su casa. Seguro que a lo lejos, aún puede oír el sonido de los morteros y las bombas.

La carretera desapareció mientras buscaba Ervenik. Una pista suave, ancha y fácil la sustituyó. Diversión después de tantas curvas asfálticas. Tras 15 o 20 kilómetros, la moto vuelve a tener un color terroso de los que te hacen dibujar una sonrisa. Hasta Sinj poca cosa más. Los últimos 30 kilómetros se hicieron duros. Ya habían pasado más de 450, entre una tontería y otra, en casi 7 horas encima de la moto.

En definitiva ha sido un día redondo. Fantásticos paisajes, carreteras de todo tipo, valles escondidos descubiertos… Y es que cuando nada esperas, todo lo que te encuentras es un auténtico regalo.

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EveryTrail – Find the best hikes in California and beyond

Hay momentos en los que de pronto la vida pasa como a cámara lenta. Y ese fue uno de ellos. Desde que oí el chirriar del neumático delantero supe que la cosa no iba bien. No iba muy rápido, a 30 o 40 km/h, pero no contaba con que a un loco ingeniero croata se le ocurriera poner un paso de peatones en mitad de la curva. La dirección comenzó a cerrarse con la moto cada vez más inclinada. La cosa no pintaba nada bien…

Salí del hotel con el indicador de gasolina a cero. Pero a cero de verdad. Cero kilómetros. Nada. Afortunadamente la BMW me tiene acostumbrado a darme un respiro en estas situaciones, por lo que iba tranquilo hacia la primera gasolinera que encontré. Pagar 1,870€ por litro supuso llenar la moto con casi 40€ de gasolina!! Hace unos años -no muchos- con eso llenaba yo el coche. Después del sablazo me dirigí hacia Eslovenia. Es el tercer año consecutivo que paso por este país, y lo que más recuerdo siempre son las enormes caravanas que se forman por cualquier motivo. Hoy tocaban obras.

La primera parada fue en Piran, pequeño pueblecito costero donde solamente dejan pasar vehículos locales o motos. Estrechas callejuelas se abren paso entre las casas puestas casi sin ton ni son, desde una plaza sorprendentemente grande. Tan grande que podría llegar a desentonar. Allá a lo alto, el picudo campanario de la iglesia lo domina todo. El pueblo acaba a ras de agua. Muy a ras, tanto que tuve que tener cuidado a la hora de elegir por qué lado bajar de la moto, no vaya a ser que la tontería acabe en un chapuzón inesperado.

Croacia tiene unas costas estupendas. Paisajes de ensueño, donde el verde de las montañas se besa con el azul del Adriático. Pero playas de segunda. O de tercera. Sin arena, los bañistas aprovechan cualquier roca plana para tumbarse cerca del mar. En la antigua Grecia se designaba con el nombre de “histrión” al actor que aparecía disfrazado. No se yo si es que el primero venía de estas tierras (que en croata se escribe “Histria”, con “h”, o de la auténtica ciudad de Histria, en Rumanía. Sea como fuera, da igual. No he podido comprobar si los croatas de Istria son o no son histriónicos, ya que todo lo que abundaba en los pueblos costeros eran guiris -españoles incluidos-.

El paisaje de toda la península es muy similar al resto de Croacia, que ya vi el año pasado. Y tiene ese aire familiar que me gusta, muy mediterráneo. Ya sabes… de Algeciras a Estambul pintando de azul… De bosque en bosque, hay momentos que la carretera te regala cuatro curvas a ras de Mediterráneo. Esas visiones dibujaban una sonrisa en mi rostro, ya que llevaba algo más de cien kilómetros y ya estaba algo cansado. Y es que los terceros días son los peores. Es cuando realmente me aparece el cansancio de la paliza del primer día, penalizada por no haber podido descansar el segundo. Lo mejor que tiene es que al cuarto día todo esto ya es historia. Ya puedes estar cinco o cincuenta días de viaje. El cuerpo, comienza a acostumbrarse. Y mejor que sea así, que mañana toca día duro.

En una de las frecuentes paradas, cojo mi Moleskine roja que estrené para el viaje a Estambul del año pasado con Belén. Leo alguno de los pasajes rememorándolo todo casi con pelos y señales. Y me entristezco. Uno de los alicientes del viaje es compartirlo, por ejemplo en este blog. Pero lo realmente gratificante es compartirlo en primera persona. Pero en este viaje no es así. Añoro a Belén. 

Al planificar mi viaje por la península de Istria quise pasar por los accidentes geográficos que me parecían más interesantes, como afilados cabos o recónditas ensenadas. Pero sirva esto como aviso a futuros aventureros. No se pueden visitar. La gran mayoría de ellos están ocupados por macrocampings que impiden el paso con intimidatorias barreras. Así que desistid en vuestro empeño de llegar a estos cabos, simplemente no se puede.

Otro de los consejos es que cuidado con el asfalto. Ya me había avisado la BMW saliendo de algún stop, donde la rueda trasera comenzaba a deslizar casi desbocada, a pesar de haber abierto muy poco el gas… Por eso pasó lo que pasó. Un paso de peatones en curva, y una chica con una colchoneta playera a punto de cruzar. Toco suavemente el freno delantero y oigo quejarse al neumático. Como si de una película a cámara lenta se tratara, noto cómo se cierra la dirección y la moto cae hacia el lado izquierdo. Pero de algo tienen que servir mis -pocos- años en los circuitos. Sangre fría, suelto el freno, cierro aún más la dirección para que el efecto giroscópico -y el brazo de palanca- levante la moto, y patadón al asfalto con el pie izquierdo. Y salvé la caída. En ese momento sonreí. Por enésima vez, acababa de ahorrarme los 2000€ del ABS que no instalé. Solamente hay que saber “leer” el manillar. Y tener sangre fría. Y algo de suerte.

Pula. Sabía que tenía que pasar por ahí, aunque no recordaba por qué. Miles de guiris, colas a la entrada del pueblo, policía,… Pero ahí me encontré la gran sorpresa del día. Un pedazo de anfiteatro romano que -casi- podría hacer palidecer al propio Coliseo romano. En serio. Potente!

Y tras Pula, enfilé hacia el norte, en busca de Rijeka. Parte por pistas fáciles, aunque en algunos momentos tenían demasiada grava suelta para mi gusto. Y pasé del túnel, más directo y soso. La costa este de la península, a esta hora del atardecer, proporciona unas vistas del Adriático imponentes. Con un azul insultante. Azul istriónico.

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Segunda entrega de los vídeos de La Ruta De Oriente. Desde Eslovenia, bodeamos toda la costa croata hasta Dubrovnik. Atravesamos Montenegro, penetramos en la inexplorada Albania. Exploramos los Monasterios de Meteora, en Grecia y finalmente alcanzamos Asia en Estambul.

 


Desde la Costa Dálmata a Estambul por Dr_Jaus

La carretera 8 continuaba bajando hacia Dubrovnik, de la misma manera que vimos ayer: rodeada por uno y otro lado por miles de carteles donde se podía leer “Apartmani”. Incluso cientos de personas cartel en ristre se desvivían por que les alquilases una habitación para esta noche.

La primera parada del día fue en Makarska. Ciudad costera, coqueta y perfecta para navegar y bucear, pero algo sosa para pasearla. La semiaventura del día fue intentar subir al Sveti Jure, montaña de 1500 metros que se encuentra a poquísima distancia del mar. La carretera, por llamarla de alguna forma, tenía cuestas pronunciadísimas que hacían sufrir al embrague de la BMW. Las curvas y tornanti harían palidecer al mismísimo Stelvio, todo ello con un aire más de camino de carro que de verdadera carretera. A los pocos kilómetros, y viendo que el camino empeoraba y que el embrague comenzaba a oler, desistimos de seguir adelante. De hecho, las vistas sobre Makarska ya eran desde allí suficientemente impresionantes como para subir más.

Parar a comprar unos melocotones en uno de los múltiples puestecitos que inundan las carreteras y encontrarse con la hospitalidad de la gente croata fue una de las sorpresas del viaje. Nos invitaron a sandía (a más trozos de los que nos pudimos comer) y a una grappa de nueces, que obviamente no probé -más teniendo en cuenta que nuestros anfitriones no paraban de hablar de recientes accidentes moteros por la zona-. Fue una parada muy agradable, refrescándonos con fruta fresca a la sombra de un toldo en plena carretera.

Tras la curiosa entrada y salida en Bosnia y Herzegovina (una franja de este país separa la provincia de Dubrovnik del resto de Croacia), nos encontramos con la Perla del Adriático. La ciudad amurallada de Dubrovnik, reconstruida tras la guerra de los Balcanes, se muestra esplendorosa. Es tan esplendorosa que está atestada de turistas venidos de todos los rincones del mundo, por aire, tierra y mar. Cuando cae la noche, es casi imposible andar por las calles cubiertas de brillantes adoquines.

Pensar que hace pocos años este país estaba en guerra a veces me nubla los sentidos. No puedo dejar de imaginar -quizá sin razón alguna- que las múltiples lápidas con flores que inundan las curvas de la sinuosa carretera no son muertos en accidente, sino macabras señalizaciones donde se ajustició a inocentes. No paro de pensar que ese fornido camarero cuarentón con cuello de toro y fuertes brazos, hace veinte años podía estar partiendo los escuálidos pescuezos de sus enemigos. En mi cabeza, más que memoria histórica, tengo imaginación histérica.

Y a la vez que las luces de la ciudad se encienden y cae la noche sobre Dubrovnik, contemplamos el ocaso compartiendo un kebab y una amena conversación sabiendo que aún nos quedan muchas cosas por sentir y por vivir.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

Etapa 7: De Split a Dubrovnik


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