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La aventura de cada fin de semana

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Se me debía de haber secado el cerebro. Llevaba 24 días fuera de casa, más de 13.000 kilómetros, y la jornada de hoy se me hacía corta. No quería limitarme únicamente a recorrer los casi 350 kilómetros de autopista que me separaban de Mónaco. Además, desde el Paralelo 71 (allá por Noruega) que no cogía una curva en condiciones. Así que decidí dar un rodeo. Hace unos años estuve en el Lago di Como, del que guardo un buen recuerdo, por lo que no podía dejar pasar la oportunidad de visitar el Lago di Garda, a pocos kilómetros de Brescia.

Sus aguas azules me dieron la bienvenida a través de unos frondosos árboles. A pesar del intenso tráfico, pude disfrutar en compañía de otros siete moteros italianos de una magnífica ruta, por la carretera que rodea la orilla oeste del Lago di Garda. Múltiples túneles desvían la carretera de su ruta inicial, que debía de ser más divertida si cabe. Durante el recorrido se suceden hasta casi el infinito las típicas villas italianas, con sus piscinas exclusivas a pie de lago, y sus jardines que se extienden hacia las laderas plagadas de cipreses.

Las altas montañas pre alpinas me hicieron considerar al Lago di Garda como una versión latina, más cálida y cercana, más pasional quizá, de esos fríos fiordos noruegos que ya comenzaba a añorar. La carretera seguía discurriendo con suaves curvas al borde del lago, como acariciando los cuidados tirabuzones que forma su orilla. El aire mediterráneo, plagado de olores a pino, a bergamota y a jazmín daban el toque perfecto a un día radiante, perfecto para rodar en moto.

La carretera entre Storo y Breno, que pasa por Bagolino es simplemente increíble. Comienza a estrecharse, aún con buen asfalto, y se introduce entre los bosques de la zona, tanto que el sol llega a desaparecer. Se estrecha tanto que comenzaba a dudar si cabríamos la moto, yo y un ocasional coche que se presentara de frente. Asciende hasta los más de 1200 metros de altura, ya rozando las nubes en una pista típicamente de montaña, con un asfalto salpicado de grandes baches, como infestado de viruela. Los “tornanti”, como llaman aquí a esas curvas imposibles, se van sucediendo uno tras otro, primero de subida y luego de bajada, hasta llegar a carreteras ya más convencionales, cerca de Bergamo.

Solo quedaba enfilar la autopista, primero hacia Milán, y luego hacia Génova, pero me llevo en el recuerdo esos más de 250 kilómetros extras de curvas que ya añoraba. La autopista, desde pocos kilómetros antes de Génova se torna divertida, con curvas, puentes y túneles que sirven para salvar las montañas costeras, y que no me abandonarán hasta llegar a San Remo, lugar escogido para pasar la última noche del viaje. Allí, y para despedir mi querida Italia, me deleité con unos spaghetti con almejas, que haría llorar y arrollidarse pidiendo perdón al pobre turco que me sirvió esa pasta incomible en Estocolmo.

Hoy he recorrido 586 kilómetros en 8 horas y 5 minutos a una media de 72 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos recorridos 13.709 kilómetros. La ruta del día la tienes aquí:

The Long Way North. Day 24


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La ruleta francesa tiene 36 casillas, la mitad roja y la otra mitad negra. La probabilidad de ganar un pleno apostando a un solo número es de 1 de cada 37 veces. Yo no estaba dispuesto a arriesgar tanto. Un viaje de más de 1700 kilómetros a Mónaco y la Costa Azul con la Kawasaki GTR 1400 era una apuesta segura. Prefiero siempre apostar a ganar

Afortunadamente comienzo a acostumbrarme a pilotar otras motos que no son la mía para hacer ciertos viajes. Los 1700 kilómetros de este fin de semana los haría con una devoradora de kilómetros. Así sí que se pueden hacer las cosas! Gracias nuevamente a Solo Moto por brindarme la oportunidad de probar esta gran moto en su salsa!

Salir de Barcelona el primer fin de semana de Julio tiene algunos inconvenientes. Caravanas kilométricas y un sol de justicia, que afortunadamente iban disipándose conforme transcurrían los minutos. En un primer momento pensé que el volumen de la GTR sería un lastre importante de cara a evolucionar entre el laberinto de coches que se dirigía hacia las playas de la Costa Brava, pero no fue así. La agilidad -relativa, estamos hablando de una Gran Turismo-  de la moto y su elástico motor, con una respuesta en bajos extasiante facilitaron la tarea en gran medida.

Hasta el precioso pueblo de Collioure, primer enclave francés de la costa, fueron 2 horas deliciosas, tomando contacto con la moto, con su motor lleno de par y con su maravillosa cúpula variable, que permite hacer cruceros de vértigo sin despeinarse, literalmente. Llegar al pueblo costero en la hora azul, con sus calles animadas y su pequeña cala amurallada pusieron el broche de oro a la jornada. Una crêpe (que aquí llaman galette) de bacon y mozarella a orillas del mar, observando pasar los minutos en el reloj de la torre, sirvieron para reponer las pocas fuerzas gastadas hasta el momento.

El sábado fue el día fuerte. Los más de 700 kilómetros programados comenzaban con 350 de autopistas francesas, donde los conductores están mucho más acostumbrados que nosotros a conducir por la derecha. Tienen un gran respeto por los motoristas y no dudan en dejarte sitio para adelatarlos en cuanto es posible. El inicio de la ruta la compartimos con sendas BMW Adventure inglesa y francesa, como si fuera el comienzo de un chiste malo, “un francés, un inglés y un español…” Y es que era de chiste ver la sombrilla a rayas amarillas y blancas que portaba el inglés entre sus maletas.

A un buen ritmo, cobijados tras las enormes protecciones de la Kawa, fueron transcurriendo cómodamente los kilómetros. El calor apretaba, y el ir vestido de romano -siempre aconsejable- no favorecía la refrigeración en absoluto. Perpignan, Narbonne, Nîmes, Arles, Aix-en-Provence iban quedando atrás mientras la GTR 1400 ronroneaba plácidamente a medio régimen. La temperatura seguía aumentando, ya a más de 32ºC y los trajes y la pantalla no dejaban pasar ni una brizna de aire, por otro lado excesivamente caliente como para refrescar. Varias paradas para repostar (se me antoja algo escaso el depósito de combustible que a pesar de presentar una autonomía de más de 300 kilómetros, se agota antes que piloto y pasajero) y finalmente salimos de la autopista en busca de las carreteras más extasiantes de la Provenza francesa.

Las de las Gorges du Verdon fueron las primeras curvas que aparecieron en el camino. Buen asfalto, fuimos enlazando curvas poco a poco. Muchísimos moteros aparecieron por todos lados, pero sin locuras. Parece que todos hemos venido a bailar con las curvas, y no a pelearnos con ellas. A plena carga y con pasajero, el renovado sistema K-ACT de freno coactivo hace que detener esa cantidad de kilos es casi un juego de niños. Además, apurar frenadas nunca me ha parecido tan fácil sabiendo que tienes toda la electrónica de los sistemas de seguridad activa (ABS incluido) protegiéndote.

Seguimos hasta Castellane y posteriormente hacia Entrevaux, pueblo de imprescindible visita para los ruteros que visiten la zona (además cuenta con un pequeño museo de la moto). El asfalto en mal estado y las curvas reviradas que vinieron a continuación me hicieron trabajar algo más. Y es que el tarado de las suspensiones, que endurecí por el peso ahora pasaba factura. En aquel momento no pensé en ablandarlas ligeramente desde el cómodo pomo que aparece por un lateral de la moto. En esas circunstancias, el término “negociar la curva” adquiere su máxima expresión: realmente es una negociación a tres bandas: la moto, la curva y el piloto. Afortunadamente aposté bien y gané en todas las curvas. Y es que parece que estoy en racha!

Murphy decía que las cosas siempre pueden empeorar. Y casi siempre tiene razón. Las carreteras reviradas y con mal asfalto se tornaron casi impracticables, repletas de gravilla y socavones durante algunas decenas de kilómetros. En estas circunstancias, el control de tracción KTRC y el ABS de la Kawasaki GTR 1400 fueron los auténticos protagonistas, y acabaron dándole una buena lección al señor Murphy.

Espectaculares las Gorges du Daluis. Piedra rojiza, alucinantes acantilados y paisajes que hacían que disfrutar de la carretera sea de lo menos importante (y de verdad que se disfruta!). Desdoblamientos imposibles, donde un carril se introduce en un lúgubre y estrecho túnel mientras que el otro juega a entrelazarse con el acantilado, en equilibrio con los cortantes que cortan hasta el hipo, mientras el sol baña las rocas con la cálida luz del atardecer. Todo es tan idílico que los 300 kilómetros de curvas ininterrumpidas (sumados a los 350 de autopista) hacen que un día aparentemente durísimo sea tan agradable. Y en parte se lo debo a la GTR, que minimiza de manera increíble las distancias, que solamente se notan en el cuentakilómetros.  En pocos kilómetros llegaremos a la Costa Azul, donde el lujo y el glamour nos deslumbrarían.

Cenar en una terraza en los boxes de uno de los circuitos más famosos del mundo es algo que solamente se puede hacer en Mónaco. Dar unas cuantas vueltas a su circuito urbano disfrutando del frescor nocturno es el penúltimo placer del día, aunque no seas amante de la Fórmula 1. Las curvas de Santa Devota, el Casino, Loewe, el mismísimo Túnel o la Rascasse van cayendo una tras otra. A la tercera vuelta, aún esperando una indicación en la pizarra desde los boxes, intento parar en la puerta del Casino para inmortalizar el viaje, pero la caravana de Ferraris, Porsches o Bentleys de los que descienden vertiginosos tacones, minúsculas minifaldas y grandes calvas con pantalones de lino y carteras repletas me impiden aparcar la Kawa GTR. Así que decido parar en otro lugar mítico, la curva más lenta de toda la Fórmula 1, que continúa con sus pianos que han vivido y sentido más de 1000 batallas.

El retorno al hotel vino presidido por la pérdida del GPS en una de las curvas saliendo de Mónaco. Nota mental para el viaje a Cabo Norte: Apretar fuertemente el velcro del GPS es fundamental! A pesar de su aparentemente buen estado, el Garmin ha dejado de funcionar.

El domingo era el día de regreso. Visita relámpago a Cannes y su auditorium, cuya alfombra roja han recorrido cientos de glamourosos actores de Hollywood. Y a pocos kilómetros Grasse, la cuna mundial del perfume. Esperaba encontrar campos repletos de flores multicolores pero no los busquéis: no están allí; sí encontraréis callejuelas estrechas formadas por casas que casi se besan, y sobre todo museos y tiendas de todos los perfumes imaginables.

Y después… autopista directa hacia Barcelona. Los 800 kilómetros totales del día anterior (y los 200 del viernes) no pesan en absoluto. La posición de la GTR es muy relajada y permite grandes distancias sin problemas, aunque preferiría un manillar algo más elevado, será que estoy acostumbrado a las trail… Pero su mullido asiento, con la firmeza justa, no lo cambio por nada. Ni la pantalla, claro!

En algunos momentos decido activar el modo ECO, que baja ligeramente las prestaciones (hay suficiente potencia como para que no se note en exceso) y reduce ostensiblemente el consumo. Las gasolineras de las autopistas francesas están en general algo más alejadas entre ellas que en nuestro país, por lo que en algún repostaje tuve que apurar algo más de la cuenta pero sin mayores problemas. La suerte sigue de mi lado.

Calor… Ha sido el fin de semana del calor. A la altura de Montpelllier cayó algo de agua proviniente de la tormenta que llevaba tiempo acechando desde el horizonte. Se agradeció el olor a tierra mojada y la leve disminución de la temperatura, que por otra parte fue momentánea.

Ya de noche y en España, quedaba el último escollo que salvar. La impresionante caravana que se formó a 60 kilómetros de Barcelona, por otra parte previsible en las noches de domingo veraniegas. Nuevamente el volumen de la Kawa quedó minimizado por una más que sorprendente agilidad para pasar entre coches, como si fuera un gran luchador de sumo bailando grácilmente una pieza de Tchaikowski. Sus anchos retrovisores sirven de referencia: si pasan, las maletas también pasarán sin problemas. Y así llegamos hasta el final de la ruta, cansados pero satisfechos de haber compartido un fin de semana con una rutera de verdad.

EPÍLOGO: 1730 kilómetros en dos días y medio no pesaron en absoluto a la hora de madrugar el lunes para ir al trabajo. Ni una agujeta. Genial. Bajo al parking y la veo allí. La GTR me espera para otra aventura diaria. Y es que con ella aposté a ganar… y acerté!