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La aventura de cada fin de semana

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En el Puerto de Ventana

En el Puerto de Ventana

Que sí, que nuevamente estábamos en Burgos. Tercera vez que repetíamos en el Silken Gran Teatro, un cuatro estrellas a precio de tres. Y cerquita del centro, para ir a cenar andando y poder volver a rastras, si así lo deseas. Pero no fue el caso. Y es que siempre tenemos problemas para cenar en Burgos. Y mira que hay sitio de tapeo. Pero es que los viernes, después de currar ocho horas y de pegarte casi seiscientos kilómetros en moto, lo que menos te apetece es cenar de pie. Y nunca encontramos el lugar idóneo: o están llenos, o no acaba de agradarnos. Aunque esta vez se nos cruzó un ángel en forma de tabla de surtido de pinchos que estaban preparando en El Veintidós. ¡Qué pinta tenían! ¡Y había sitio en una de las tres mesas del local! Así que esa noche dormimos a gusto, tras las tapas, la cerveza y nuestra visita obligada a la catedral burgalesa, que siempre me sorprende. ¡Qué belleza, tanto de noche como de día!

La catedral de Burgos

La catedral de Burgos

El sábado amaneció frío, con algo de viento y con una ligera llovizna que molestaba. Cruzamos la calle del hotel hasta el Bar Sandro, otro de nuestros clásicos de Burgos. Sandro es un señor entrado en años, calvo y con ojos azules, que tiene un bar con una foto de cuando era mozo y debía ser un ligón. Pero no una foto pequeña, no. Un pedazo de póster que preside la barra. Quien tuvo, retuvo. Desayunamos unos pinchos de tortilla, un zumo de naranja (natural, por supuesto) y un café con leche, que me encargué de desparramar por toda la mesa. No sería la última vez que desparramara algo ese fin de semana.

Y a la moto, dirección Asturias, pasando por Aguilar de Campoo y sus galletas, Reinosa y su Ebro y finalmente la ría de Tina Menor, en Cantabria, pero muy cerquita ya de Asturias. ¡Qué preciosidad! Vas aumentando tu altura mientras que los márgenes de la ría, que cuenta con algunas pequeñas playas de arena, van quedando abajo. Mira que me gusta el Cantábrico, y más cuando sopla algo de viento -no mucho, tampoco nos pasemos- y el oleaje es recio y abnegado, batiéndose el cobre contra las rocas de la costa. Llanes es muy turística, vale. Pero es que mola. La primera vez que la visité hace ya seis años, vine atraído por sus cubos de hormigón pintados de mil colores de su espigón. Los Cubos de la Memoria. Molan. Sobre todo el contraste con la costa, escarpada y coronada por praderas de verde primavera. Esta vez, para qué engañarnos, venía también a ver los cubos. Pero no creo que vuelva. Al menos hasta que los repinten. Porque daban pena verlos. ¡Con lo que ellos han sido!

Llanes y sus Cubos de la Memoria

Llanes y sus Cubos de la Memoria

Pocos kilómetros más allá, y prácticamente sin señalizar, se encuentra la playa de Gulpiyuri.

—Ya verás, es una playa como nunca has visto ninguna— le decía a Belén mientras aparcábamos las motos.

—Hombre, alguna parecida habré visto— contestó.

—No. Ya verás que no.

Playa de Gulpiyuri

Playa de Gulpiyuri

No le dije nada, mientras al acercarnos por el pequeño sendero oíamos ya cómo rompían las olas. Nos cruzábamos con los que ya regresaban de verla, y yo intentaba descubrir en sus rostros la mirada de aquellos que acaban de ver algo inaudito. De pronto, una enorme hondonada se abrió a nuestros pies, y la playa sin mar de Gulpiyuri se iba llenando de agua a cada embestida del mar, que bombeaba torrentes con fuerza a través de la gruta subterránea. Sí, ya sé que es mejor verla en pleamar, y no era el caso. Pero el oleaje entrando por su escondite secreto es también espectacular. Sin duda, al regresar a las motos, los que acababan de llegar adivinaron en mi rostro la sonrisa tonta de quien ha visto cosas imposibles.

Como la playa de Cuevas del Mar, a la que se accede desde Nuevas por una carreterita que a primeras horas de la tarde  de un sábado de finales de abril se ve muy tranquila. Desde el pequeño parking, que no es más que un triste descampado, se puede ver cómo el furibundo Cantábrico se esfuerza en entrar por la estrecha abertura entre montañas hasta la pequeña ensenada. Y lo consigue, pero completamente mermado de fuerza. La enorme pared azul que se deshoja en jirones de espuma se convierte en una pacífica onda que muere mansamente en la playa.

Playa de Cuevas del Mar

Playa de Cuevas del Mar

Pero si ha habido un lugar que me ha sorprendido en Asturias ese es la entrada al pueblo de Cuevas. Se le llama La Cuevona, y yo, tras verla en fotos multitud de veces, no me la imaginaba como realmente es. Y, querido lector, ahora mientras escribo me entra la duda de si tengo que intentar describirla, o simplemente animarte a que la visites, para que la sorpresa sea mayúscula. Solo te daré un par de pinceladas: una gran cueva, atravesada por una carretera. A la entrada, un parking. Pero ni se te ocurra dejar la moto allí, ya deberías saber que los paisajes son mucho mejores encima de tu moto. Así que sigue por la carretera y adéntrate en las profundidades. Estalactitas y estalagmitas, enormes cavidades iluminadas y la sorpresa detrás de cada una de las tres o cuatro curvas, eso es lo que encontrarás. Aún me parece oír el eco de mi carcajada al comprobar que realmente estaba en un lugar completamente mágico.

La Cuevona

La Cuevona

Covadonga siempre ha despertado mi atención. Y no por la Virgen (o quizá sí un poco, igual que me atrae el Pilar, Montserrat o Lourdes), sino porque recuerdo de pequeño las lecciones de historia: aquí comenzó la Reconquista. Don Pelayo y unos cuantos más comenzaron, cuatrocientos años después, a expulsar musulmanes -mi imaginación de niño hacía que fueran Pelayo y un par más, ayudados por la Virgen, tirando piedras desde la cueva a los moros que había debajo-. Pero como siempre pasa en estos lugares, el turismo lo invade todo a poco que haga buen tiempo. Rápida visita a la gruta de Covadonga, y deseo fustrado de ir a los lagos de Enol, ya que había comenzado ya las restricciones de paso con vehículo privado que se imponen en verano. Otro año será.

Santuario de Covadonga

Santuario de Covadonga

Camino a Lastres,  pasamos por el Mirador de Fitu, tras unas cuantas curvas rodeados de bosque, con los Picos de Europa a nuestras espaldas. Hasta allí se habían desplazado los turistas en masa: cola para subir al mirador, que se asemeja a un pequeño platillo volante suspendido en lo alto de la montaña, con los picos nevados a un lado, y el Cantábrico al otro. Lástima de los empujones y codazos para procurarse un buen lugar para la foto.

Mira que me gustan las listas. Y Lastres aparece en la mayoría de listas de los pueblos más bonitos de España. Pues bien, las listas están hechas fundamentalmente para discrepar de ellas. Y yo discrepo en este punto. Y no es que Lastres no sea bonito, que lo es. El problema es que un pueblo encaramado en la ladera de la montaña y que se desparrama hasta el mar, solamente es visible desde el mar -a excepción de algunos pueblos italianos, en la Costa Amalfitana o en las Cinque Terre-. En definitiva, que no tienes un buen lugar desde donde contemplar la belleza del pueblo. Quizá desde el puerto -parcialmente-, o desde la carretera -también parcialmente-, pero sin un lugar seguro desde donde pararse.

Lastres

Lastres

Oviedo me encanta. Es la típica ciudad grande donde te sientes a gusto. Zonas modernas, hoteles de calidad -y a buen precio, como el AC Forum-, y una oferta de sidrerías bien concentradas para poder elegir. La cosa es que como no vamos tan frecuentemente como a Burgos, no me acordaba de la zona de sidrerías. Y para que conste de manera indefinida, lo pongo en este post a modo de recordatorio: calle Gascona. Allí degustamos esta vez un pulpo y una ternera espectaculares.

No os llevéis a engaño como hice yo en alguna de mis visitas anteriores a Oviedo: Santa María del Naranco no está cerca del Naranco de Bulnes. Está a las afueras de Oviedo. Y sería imperdonable que no la visitéis. Es una iglesia prerrománica que… pero ¿qué estoy diciendo? ¡Santa María del Naranco es LA iglesia prerrománica por excelencia! Situada a las afueras, rodeada de una cuidada zona de césped reluce con los primeros rayos de sol. Bueno, los primeros primeros no eran, pero puede valer. De una planta simplemente rectangular, sus paredes laterales solamente tienen contrafuertes y una entrada a la que se accede por una doble escalera. Pero en sus extremos, toda la rudeza del prerrománico se torna delicadeza pura, con una tríada de arcos que deja paso a una pequeña balconada. Espectacular.

Santa María del Naranco

Santa María del Naranco

Y muy cerca de ahí, a un par de curvas más allá, otra de las iglesias prerrománicas que estudiábamos en el cole: San Miguel de Lillo. Ésta es algo más elaborada en su diseño, y presenta unas celosías labradas en piedra de lo más interesante.  Al verlas me pregunto dos cosas: ¿A santo de qué a los prerrománicos estos les dio por hacer ese par de iglesias tan juntas? ¿Tan faltos de Dios estaban por la zona? Y la segunda pregunta: siendo exponentes tan importantes del arte prerrománico en España… ¿a nadie se le ha ocurrido habilitar un pequeño parking de vehículos para incentivar las visitas? Aunque bien mirado, mejor que estas maravillas queden en el secreto, que celosamente guardaremos, entre vosotros y yo.

San Miguel de Lillo

San Miguel de Lillo

Salimos de Oviedo para volver al norte, a su costa cantábrica que era la que nos había llevado hasta esas -para nosotros- lejanas tierras. Cudillero, ¡ese sí que es un pueblo precioso y no Lastres! Aunque claro, la fama del Doctor Mateo solamente recala en Lastres. Era mi tercera visita a Cudillero, segunda en moto, que es cuando se saborean mejor las bellezas. Y la vez anterior diluviaba. Y a pesar de eso ya era un pueblo precioso… Pues esa mañana tocaba sol. Ver las casas de colores desparramándose por la ladera abrazando el antiguo puerto es de una delicadeza exquisita. Me recuerda a otros pueblos que tengo en mi memoria como de lo mejorcito que he visto, si hablamos de pueblos costeros. Del nivel de Positano, en la italiana Costa Amalfitana. Un consejo: si podéis elegir, mejor visitarlo una soleada tarde, ya que así el sol no quedará en contraluz a la hora de las fotos de postureo.

Cudillero

Cudillero

Cerca de allí existe una playa de nombre sugerente: playa del Silencio. ¿Cómo no íbamos a visitarla? El caminito sobre el acantilado hasta acceder al sendero peatonal es de lo más bonito para hacer en moto: a ambos lados la verde hierba, omnipresente en la costa cántabra, mientras muchos metros más abajo, el gran azul del mar. Sí, gran azul, no sé definirlo de otra manera, tened en cuenta que soy hombre y solo distinguimos cuatro colores, entre ellos el azul. Y este azul es grande, inmenso. La playa del Silencio, vista desde arriba es espectacular, de las que te deja mudo -de ahí el nombre, pienso-. Una ensenada de color verde turquesa, protegida por un gran peñasco cubierto de verde, mientras que al otro lado la costa se rompe en decenas de solitarias y verticales peñas donde el mar se desgarra con fuerza. No dejéis de echarle un ojo.

Playa del Silencio

Playa del Silencio

Y seguimos hacia el oeste, cada vez más lejos de casa, cada vez más cerca del cielo. Luarca es nuestra siguiente parada. Indispensable entrar por la carretera del faro, haciendo una parada justo cuando tengamos el puerto a nuestros pies, y todas las casas con sus característicos ventanales rodeándolo. Y luego, rodear el faro por la estrecha carretera que acaba posándote grácilmente sobre el puerto. Luarca es un pueblo muy animado donde no tendremos problemas para tomarnos una tapa -en nuestro caso fueron chipirones- y una caña. Esta fue nuestra primera visita a Luarca, y en ese momento decidimos, entre chipirón y chipirón, que no será la última. ¡Hasta pronto!

Luarca

Luarca

Si desde allí nos dirigimos en dirección sur, despidiéndonos definitivamente del mar Cantábrico, nos adentraremos en el Parque Natural de Somiedo. Miles de rutas a pie se nos abrirán por doquier en cualquier recodio de la carretera, de mil y una curvas. ¿Que qué carretera? Da igual. Cualquiera que cojáis es impresionante. Lo mismo encontraréis suaves colinas de esponjosa hierba que estrechos e impresionantes desfiladeros. Nuestro destino eran los lagos de Saliencia, a los que se llega por una pista en teoría fácil. Bueno, fácil hasta que te encuentras una lengua de nieve que deja unos dos palmos bien embarrados entre  la nieve y el barranco.

–Por ahí no podemos pasar– dijo Belén con buen criterio. Siempre me asombraré de la buena cabeza que tienen las mujeres para prever el peligro.

–No, es fácil– dije. –Ya paso yo tu moto. Solo tienes que ponerte al lado del barranco por si se me escurre la rueda.– Ingenuo de mí, pretendía que ella sola, casi sin espacio, parara los más de doscientos cincuenta kilos de mi moto si el barro me hacía una mala jugada.

Así que con más ilusión que pericia, comencé a avanzar por la estrecha cinta marrón de barro, apoyándome con los pies en el hielo. Poco a poco, como debe ser en un inútil total como yo cuando salgo del asfalto. Me acordaba de los miles de kilómetros sobre el hielo de la Expedición Aurora Borealis, pero claro, en esa ocasión llevaba clavos… y no había opción de retroceder. O subiendo al puerto de Someiller, en un memorable verano alpino off road donde una similar lengua de nieve nos impidió llegar más allá de los 3000 metros.

Y entonces me cagué. No literalmente, pero cuando faltaba poco menos de un par de metros para superar el obstáculo, me acordé del precario estado de mi neumático trasero, que se llevaba bastante mal con el barro. Y paré. Craso error. Porque cuando paras con el barro, ya sabes lo que suele pasar al arrancar de nuevo: Efectivamente, que derrapas. Y no tenía mucho margen de error para que se me desplazara lateralmente la moto, sopena de enviarla, junto con Belén, al fondo del barranco. Y no me apetecía mucho esa opción. Así que guardé el rabo entre las piernas -simbólicamente, claro…- y  no sin esfuerzo, empujamos la moto hacia atrás. Los lagos, que quedaban a escasos tres kilómetros, tendrían que esperar. Porque querido lector, es bueno siempre dejar algo pendiente para volver a un lugar que te sorprende, aunque esté tan lejos como Asturias.

A última hora de la tarde, paramos en mi querida León, donde vuelvo siempre que puedo a admirar su catedral y sus vidrieras. La pulcra leonina, la llaman. Con eso os lo digo todo. Esta vez la visita se quedó en un refrigerio en la Calle Ancha, frente a la Casa Botines. Mira que me gusta el modernismo de Gaudí. Y mira que me sorprende que haya muestras de él en León. Y no una, sino dos tazas. Porque el Palacio Episcopal de la cercana Astorga también es de traca. Si no lo conocéis, ya estáis programando una rutilla.

Casa Botines

Casa Botines

No todos los días se duerme en un monasterio. Bueno, de día incluso menos -festival del humor-. Pero esa noche, nosotros lo hicimos. En el Real Monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes. Habitación regia, cena de ministro. Si váis alguna vez, en el restaurante de la sala de las vigas, junto a una de las paredes de ladrillo, veréis mi marca. No, no la hice con la llave, que eso es de vándalos. Me dio durante la cena por hacer malabarismos inintencionados con la copa de vino, que no llegó a caer, pero que desparramó todo por la pared. Al principio quedó rojo, como suponía. Pero luego todo el manchurrón de la pared se fue tornando de un verde grisáceo que se hacía cada vez más evidente. La estrategia fue despistar a las camareras cada vez que nos acercaban los platos (sopa castellana y carrilleras, si tenéis curiosidad), pero no sé si lo conseguimos. Al menos ellas disimularon. Si algún responsable de la restauración de esos centenarios muros lee mi humilde blog, desde aquí pido perdón. En serio, soy cada vez más torpe, pero no lo hago adrede.

De Carrión de los Condes hasta Zaragoza, lo hicimos en un plis. Primero, sobre el Camino de Santiago, cruzándonos con infinidad de peregrinos que no trabajan los lunes. Frómista y su Canal de Castilla -múltiples veces visitado- quedó atrás, demasiado rápidamente. Si tenéis ocasión, no dejéis de verlo. Y ya puestos, la iglesia de San Martín, de un exquisito románico como todo el palentino. Después, atravesando las largas rectas de la ancha Castilla, llegamos a Lerma, que pasamos rápidamente ya que la visitamos hace un par de meses. Y luego Covarrubias, el Monasterio de Arlanza y finalmente Soria. Y si pongo estos nombres del camino es por si el lector avezado y masoquista que ha llegado hasta aquí, quiera descubrir verdaderas joyas castellanas. Cualquiera de estas poblaciones será de vuestro agrado, me la juego.

San Martín de Frómista

San Martín de Frómista

Y esto ha sido todo. ¿Lo mejor de todo? Buf, tantas cosas… El Cantábrico es un auténtico tesoro vayas cuando vayas. Asturias siempre será mi soñado edén, tan lejos como para anhelarlo, tan cerca como para poder alcanzarlo tras una pequeña penitencia de setecientos kilómetros. Y la oportunidad de observar cómo va cambiando el paisaje, poco a poco, desde la furiosa costa cántábrica, las verdes colinas del interior, pasando bruscamente a la planicie castellana y finalmente al valle del Ebro. Hemos recorrido media España cambiando de paisajes paulatinamente, casi sutilmente. Y eso no puedes notarlo viajando por autovías. Ni en avión, por supuesto. ¿Sabéis? Me siento afortunado.

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(Para los impacientes, vídeo al final)

Al enfrentarme cara a cara con el mapa de España, automáticamente aparecen unos límites a priori infranqueables. Y no son fronteras, ni líneas que separan Comunidades Autónomas ni nada de eso. No creo en ellas. Los montes, los valles o las costas marítimas no saben de fronteras. Ni yo tampoco. Los límites a los que me refiero son más simples, pero más importantes para mi. Delimitan la distancia que puedo hacer cómodamente en un viaje en moto de fin de semana. Y ahí, justo en ese límite se encuentra Cantabria.

Conozco todo el litoral del norte desde Ondarribia hasta Cudillero, aunque no con la profundidad que se merece la costa Cantábrica. Es por ello que una visita a Santander y alrededores, la patria de mi amigo Juan Oso, me ilusionaba especialmente. A pesar de que el viaje ya roza mis límites. Salir del trabajo y enfilar la A-2 hacia Zaragoza esta vez fue especial. Como todos los fines de semana. A partir de Zaragoza activé el particular “modo aventura” en mi Garmin Montana: la distancia más corta. Así me ahorro las autopistas y descubro pequeñas carreteras que me acercan más al paisaje y a la tierra. Tardo más tiempo, por supuesto. Pero siempre es un tiempo bien empleado.

Pero el redescubrimiento de la N-232 entre Alagón y Mallén quizá sí fue una pérdida de tiempo. Kilómetros y kilómetros de grandes rectas con estupenda visibilidad capadas por una absurda línea contínua cuya única finalidad parece ser que te metas en la carísima autopista de Logroño. Es sin duda “la carretera de la vergüenza”. Porque vergüenza me daría ser el que ordenó pintar esa fatídica línea.

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Mientras pasaban los kilómetros lentamente detrás de un camión, la noche cayó casi de repente, y una espectacular luna llena salía a nuestras espaldas. Redonda, amarilla y elegante, inundaba mis retrovisores de una luz especial. Y es que ese fin de semana sería especial desde principio a fin. Como casi todos los fines de semana.

Ya en La Rioja, casi en oscuridad total, recorremos las carreteras secundarias danzando entre bodegas de prestigio y otras más anónimas, algunas iluminadas ostentosamente y otras anunciadas únicamente con un simple cartel. Pero todas destilando olor a una vendimia cercana que las delataba. Mientras, la carretera iba jugando con las fronteras imaginarias entre La Rioja y Álava, para acabar, en un golpe de efecto inesperado al entrar en Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, donde haríamos noche. Pero a pesar de tanto cambio de comunidad autónoma, el paisaje continuaba igual de negro.

A paso calmado recorrimos las calles de la ciudad hasta encontrar el tranquilo río y sus señoriales puentes. Una más que merecida cena en “La vasca” fue el colofón a un viernes que olía a un fin de semana magnífico. Como suelen ser casi todos los fines de semana.

La mañana del sábado la llenamos de pequeñas carreteras alavesas, recoletas, coquetas y sorprendentes como curiosos toboganes inesperados entre caseríos y pastos verdes. Finalmente llegamos a Castro-Urdiales por el Alto de las Muñecas, desde donde ya se divisa el Cantábrico, azul y potente. Por calles peatonales llegamos a los pies del faro-castillo, que domina todo el litoral de la población. El conjunto del faro y la pequeña iglesia adyacente es precioso, aunque me quedo con las vistas del puerto y de las casas señoriales del paseo.

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Desde allí hasta Laredo, donde enormes playas enmarcan un casco viejo repleto de bares y tabernas ofreciendo manjares a precios razonables que no pudimos evitar. Así que nuestras típicas “ensaladísimas” se quedaron en la maleta de la BMW esperando una mejor ocasión. De la cercana Santoña me quedo con sus marismas, que destilan un olor a mar que casi se puede embotellar. Aroma untuoso, denso y salado. Como cuando te mojas los labios después de un refrescante chapuzón marino. Decenas de pescadores prueban suerte en los múltiples puentes sobre la ría, mientas nosotros buscamos el Fuerte de San Martín, situado al final de un agradable y tranquilo paseo al borde del mar.

Y finalmente Santander. Tras un breve paso por el centro, bullicioso a esas horas de la tarde del sábado, elegante y noble, nos dirigimos hacia nuestro hotel, al final de la famosa playa de El Sardinero, y con una excepcionales vistas a todo el frontal marítimo. Daban ganas de quedarse para siempre en la terraza de la habitación contemplando cómo iba oscureciendo poco a poco.

El Palacio de La Magdalena, la Plaza de Pombo, la Plaza Porticada, la Catedral o el Banco de Santander lucían magníficos en esa noche cálida y serena. Al final, cena en “La Bombi”, también muy recomendable. Las anchoas con ventresca y pimientos, la lubina o el lenguado fueron un espectacular broche de oro a ese fantástico día.

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El domingo amaneció lentamente, como pudimos contemplar desde nuestra terraza. El sol salió majestuoso inundándolo todo como lo suele hacer cuando quiere. Es nuestro día de regreso de una rápida pero intensa visita a Cantabria, así que nos cuesta más de lo normal montarnos en la moto y salir dirección Bilbao, no sin antes pasar ignorantes por delante de las narices de McBaman, que también se encontraba en la ciudad. Me lo imagino sonreír al ver pasar un casco fosforito y otro blanco como los suyos.

El retorno fue por autopista pura y dura hasta Zaragoza. 400 kilómetros para llegar a comer a la capital aragonesa, no sin antes disfrutar nuevamente del espectacular entorno de las verdes colinas vasco-cantábricas o de los inacabables viñedos riojanos, que comenzaban a teñir los paisajes de un ocre otoñal.

Fue un fin de semana especial. Por las vistas, y por supuesto por la compañía de Belén. Como casi todos los fines de semana. Disfrutar es la palabra clave. Donde estés y a donde vayas, no importa. Los límites y las fronteras, tampoco. Porque a pesar de haber nacido en el Mediterráneo, no me importaría ser adoptado por el Cantábrico. O quizá es que sean lo mismo. Porque los únicos límites que importan son los que tú te pones. Y esos, amigo mío, son los primeros que deberías saltarte.


La Ruta Cántabra por Dr_Jaus
La Ruta Cántabra at EveryTrail

Han sido muchas las imágenes que me quedo de este fantástico mini-viaje. La costa cantábrica nunca me ha defraudado. A veces las palabras y las fotos no alcanzan a explicar cada uno de los rincones que nos sorprendieron. Espero que con este vídeo muestre buena parte de esos rincones. El resto, me los guardo. Para uso personal. Faltaría más. (¿No?)

 


La Ruta del Cantábrico por Dr_Jaus

No cerré la visera del casco mientras corría hacia mi moto al otro lado de la pista. No la arranqué presuroso intentando esquivar las otras motos que se dirigían como yo exactamente al mismo punto de frenada de la primera curva. No calculé el consumo para sincronizar los repostajes con el cambio de piloto. No sentí cómo el asfalto rascaba mi protector de rodilla mientras fulminaba la parabólica a más de 140km/h. No pasó nada de eso. En lugar de correr la carrera de resitencia que tenía programada, el destino me tenía reservado un gran viaje. Corto pero intenso. La cornisa cantábrica. Y es que a veces el destino tiene buenas ideas.

DOMINGO, 4 DE DICIEMBRE

Ese domingo tocaba levantarse pronto. Ese domingo me alegré de que el madrugón fuera para viajar al norte. Un viaje improvisado, casi sin proyectar ni preparar. Pero sabía por experiencia que el Cantábrico nunca defrauda. Salimos de Zaragoza justo para ver cómo a nuestras espaldas comenzaba a salir el sol tímidamente, apenas alcanzando a calentar el ambiente. La autovía de Logroño estaba casi desierta. Solo algunos coches con remolques llenos de perros de caza compartían con nosotros la sublime visión del Moncayo, que se desperezaba con los primeros rayos de sol. Vestido con su inmaculado manto de nieve, parecía saludarnos mientras nosotros nos desviamos hacia el norte, ya hacia tierras navarras.

En lugar de seguir la carísima autopista hacia Pamplona, decidimos afrontar la revirada carretera, que discurre en muchos puntos paralela. Nos sorprendieron los caseríos, ganaderos dirigiendo sus vacas desde sus todoterrenos, o los frondosos bosques que se desparramaban hasta el asfalto. La de cosas que te pierdes por la autovía! La primera parada fue Zarautz. Bello pueblo con playa infinita. La temperatura había ascendido hasta ser casi agradable, y decenas de personas paseaban por el señorial paseo junto a la playa. Las olas se sucedían con un ritmo constante, rectilínias, llenando de espuma toda la ensenada, invitando a surfear a los más valientes.

Seguimos la costa hasta Ondarroa, donde en su casco viejo tuvimos que preguntar por la carretera de la costa hacia Lekeitio.

-Sigue hasta la segunda rotonda, coge la calle de la izquierda, y entonces ya sigue todo recto. Bueno, recto no, que hay muchas curvas!- me indicó un lugareño ataviado con la clásica txapela.

-Eso es lo que buscamos, las curvas!- le contesté sonriendo.

Y sí que había curvas. Cientos de ellas. A veces entre los bosques de pinos y eucaliptus, a veces entre riscos y cortados que daban directamente al Cantábrico. Carretera recoleta y encabritada. Trocitos de Cantábrico iban apareciendo entre las verdes colinas y los frondosos bosques. ¿Quién dijo que el azul no combinaba con el verde? Mientras curveo, y a la vez que una leve sonrisa se dibuja en mi rostro, me doy cuenta de que esta es La Carretera. La esencia de lo que busco yendo en moto. Paisajes que te sorprenden a cada salida de curva, trazados que invitan a hacer ronronear la BMW mientras la inclinas con precisión a uno y otro lado. Solté mi mano izquierda del manillar para tocar levemente la rodilla de Belén, quería compartir estas sensaciones con ella. No había nada que decir. No quería que la magia se desvaneciera.

Lekeitio era el lugar perfecto para comer mientras disfrutamos de las incansables olas que intentaban tumbar el coqueto pero resistente malecón que protegía el puerto. Y así seguimos avanzando hacia el oeste, adentrándonos casi sin querer en el marinero pueblo de Elantxobe. Muy cerca de allí, desde un mirador cercano pudimos observar la belleza de la playa de Laga, con una arena rojiza que me recordó el color del desierto del Namib. Tan cerca y tan lejos. Rodeamos la ría de Mundaka donde las aguas buscaban tímidamente la salida al mar entre inmensos bancos de arena. Alcanzamos Bermeo, y de allí hacia los alrededores del cabo de Matxixako, donde ya comenzó a ponerse el sol.

A veces la vida te lleva por caminos inesperados. Por mucho que te empeñes en dirigirla, ella se empeña en ir por otro lado. Eso es lo bonito que tiene. Ese camino que salía hacia la derecha, bordeando los arrecifes y rodeado de verdes campos no se habría cruzado en nuestras vidas si hubieramos seguido haciendo caso al GPS. Aparatito diabólico que tanto te saca de un apuro como te mete en un lío. A veces me dan ganas de apagarlo, seguir el instinto y que la vida te lleve a los paisajes que el destino había programado para ti. La puesta de sol por esa minúscula y desierta carretera que nos llevó hasta Bakio son de esas cosas que no olvidaré.

Desde allí a Bilbao fue un paseo, por carreteras ya más transitadas. Tras sufrir el atasco a la entrada de la ciudad, encontramos el hotel, descargamos la moto y nos dispusimos a descubrir en la noche la belleza del Guggenheim, el calor del casco antiguo y las exquisiteces de la cocina vasca.

LUNES, 5 DE DICIEMBRE

Llovía. No muy copiosamente, como lo suele hacer en el norte. Desde la ventana de la habitación del hotel, las nubes impedían ver las montañas. Allí abajo, las luces de los coches resplandecían reflejadas en el asfalto mojado. Conocíamos la previsión meteorológica desde hacía días, pero no podíamos dejar de conocer el Cantábrico en su salsa. Así que la lluvia, por una vez, fue bienvenida. A pesar de ello, decidimos avanzar por autovía hasta Santander. A ambos lados se iban sucediendo playas, colinas verdes y pueblecitos marineros que bien valían haber parado, pero queríamos llegar antes de la puesta de sol hasta Cudillero. Y en el viaje había aún muchas cosas que ver.

Llegando a Comillas seguía lloviendo ligeramente. Nos desviamos por callejuelas en principio prohibidas al tráfico, excepto al vecindario. Estúpida norma para alguien que se siente ciudadano del mundo. Buscábamos el Capricho, peculiar edificación de Gaudí, escondida entre otros caserones y callejuelas. Acertamos solamente a adivinarla entre los árboles de su frondoso jardín. Intentamos salir del entuerto de calles por caminos vecinales que nos obsequiaron una imponente vista de la Universidad Pontificia, otro de los atractivos arquitectónicos de esta pequeña población cántabra.

Desde allí seguimos hasta San Vicente de la Barquera, con su puente sobre la ría. El tiempo nos dio un respiro, y a pesar de que continuaba nublado, al menos había dejado de llover. Incluso en algún momento tímidos rayos de sol salpicaban el paisaje de luz y de color. Camino a Llanes, la visión de un gran Naranjito metálico (sí, el del Mundial ’82), almacenado tras una valla con otras excentricidades ochenteras me dejó perplejo. Es como si unas neuronas dormidas, de esas donde tenemos arrinconados pedacitos de memoria, se hubieran desperezado inundando mi imaginación con recuerdos ya casi olvidados. Imarchi, Citronio, Clementina y Naranjito. Uh! Qué recuerdos!

Llegamos a Llanes a la hora de comer. Seguía sin llover, por lo que aprovechamos para ir al puerto a contemplar los cubos coloristas de Ibarrola. Los bloques de cemento que forman el rompeolas componen esta pintoresca obra llamada “Los cubos de la memoria”. Desde allí se podía observar cómo rompía con fuerza el Cantábrico en los peñascos cercanos que formaban entre ellos mansas ensenadas de arena fina. En ese lugar pugnaban dos tipos de belleza por ser la más esplendorosa: la creada por el hombre y la formada por la naturaleza. Yo, sin lugar a dudas, me quedo con la más natural. Aunque ya sabéis, para gustos, los colores.

El día no estaba luminoso, y había comenzado a llover de nuevo. Así que volvimos a entrar en la autovía A-8 hasta las proximidades de Cudillero. Precioso pueblo encaramado a las escarpadas laderas de la montaña, que se desparrama hasta tocar el pequeño puerto. Era media tarde y llovía copiosamente. El paraguas? No, no llevábamos paraguas. Así que nos dispusimos a recorrer sus empinadas y a veces estrechísimas calles plagadas de rinconcitos y escaleras bajo una pertinaz lluvia. Llevábamos ya muchos kilómetros, la mayoría de ellos en mojado, pero el día estaba siendo pleno. Ya de noche seguimos la autopista hasta Oviedo, donde pasaríamos la noche al abrigo de un hotel, unas botellas de sidra recién escanciada, y unas fenomenales tablas de quesos.

MARTES, 6 DE DICIEMBRE

Nada más bajar a la calle, comprobamos que siguiendo con la mirada la calle hacia el sur, en el horizonte se dibujaba la silueta de las grandes montañas de la cordillera Cantábrica, de la cual forman parte los famosos Picos de Europa. Ayer, entre la negrura de la noche y lo nublado del día, hubiera sido imposible verlas. Hoy tocaba regreso. Pero siempre intento regresar avanzando. Regresar pero continuar descubriendo parajes para el recuerdo. Con esa objetivo Mieres pasó a nuestro lado como una exhalación, mientras nosotros seguíamos rumbo a León.

Cuando era pequeño me encantaban los mapas. Si, ahora también, pero de pequeño me bebía todos los que tenía mi padre. Un libro al que le tenía devoción era un viejo ejemplar de “El libro de la carretera”, con sus tapas duras de tela verde. No era más que un compendio de mapas Michelín de toda España y Portugal. Aún debe andar por casa de mi madre. Allí, entre mapas y más mapas una de las páginas albergaba los perfiles de los grandes puertos de montaña del país. Y entre ellos, el Puerto de Pajares. Ahora yo lo tenía frente a mi. Largas curvas aún mojadas de la noche anterior se iban sucediendo mientras ganábamos los más de 1.300 metros de altitud del puerto. Grandes circos verdes rodeados de picos ligeramente espolvoreados de nieve nos rodeaban. Y allí estaban las joyas de la corona: las rampas quizá más pronunciadas de España. Carteles de 17% de desnivel se iban sucediendo curva tras curva mientas una sonrisa se dibujaba en mi rostro a la vez que recordaba ese libro de tapas verdes de tela.

León nunca defrauda. Su catedral con sus torres dispares, esas inimaginables vidrieras de mil y un colores que bien valen una visita a la ciudad por ellas mismas… En pocas catedrales (y eso que tenemos en España una buena colección de ellas) me siento tan pequeño y tan impresionado como en el interior de la Catedral de León. Y quería que Belén la conociera. Quería que sintiera también el Síndrome de Stendhal que yo sentí cuando estuve hace un par de años. Descubriendo mundo.

Siguiente objetivo, Burgos. Ahí no había pérdida. Tomamos las de Villadiego -pueblo cercano a Burgos- y nos metimos en la autovía. Parada en Melgar de Fernamental, para repostar tanto gasolina como alimentos, aunque con poco acierto esta vez en cuanto a viandas se refiere. Llegamos a Burgos -más concretamente a su Catedral, que es lo que veníamos a ver- sobre la hora de la merienda. El sol coloreaba de un rojo intenso las altivas y orgullosas torres góticas de la estrecha pero delicadísima catedral. La joya más preciada del gótico español se mostraba, ufana y presumida, en todo su esplendor. Seguimos por carretera y más autovía, pasando por Santo Domingo de la Calzada y Logroño, para coger finalmente la autopista hasta Zaragoza, donde finalizaba nuestro viaje. En la retina diferentes recuerdos competían para ganarse un hueco en mi memoria: las elegantes torres de la Catedral de Burgos, los saturados colores de los mosaicos de León, el imposible equilibrio de las casas de Cudillero, o los verdes paisajes del más salvaje Cantábrico… No me preocupa. De momento creo que me queda suficiente disco duro para todos ellos.

La Ruta del Cantábrico


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