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La aventura de cada fin de semana

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Aquí está la segunda parte del vídeo de la ruta de este verano por Balcanes, Bulgaria y Rumanía. En este capítulo vamos desde Mostar (Bosnia) hasta Sofía, en Rumanía, pasando por el Piva Canyon de Montenegro, Albania, Macedonia y el Monasterio de Rila, ya en Bulgaria.


Como un trolebús. Así era la araña que Belén había descubierto en una pared de nuestra habitación en Lovech. Y si hay algo que odio son las arañas. Me dan un repelús extremo. En un primer momento pensé en llamar al zoológico o algo. Fijo que se les había escapado del terrario. Pero finalmente le aticé con el escobillón de la chimenea. Varias veces. No moría la jodida. Pero al final estiró la pata. Varias de ellas. La noche empezaba fina. Y a la hora de acostarse, cuando ya estás relajado, con el hotel del día siguiente cogido, las crónicas subidas, y te dispones a apagar la luz… Zasca! Dos arañas más a menos de 10 centímetros de la cama. Como hayan visto el asesinato de su amiga, lo teníamos listo esa noche: íbamos a acabar los dos envueltos en un capullo de tela de araña como en las pelis de serie B. Así que primero las rocié con el repelente de insectos. Como para una boda, les eché. Hasta nosotros de poco morimos intoxicados. Y luego me lié a chanclazos. Al estilo madre furiosa. Y estiraron la pata. Bueno, al menos una. Porque la otra escapó. Pero eso nunca se lo confesé a Belén. Mejor quedar como un súperhéroe. El Spiderman de Bulgaria.
Después de haber descansado poco y mal, recorrimos los menos de veinte kilómetros que nos separaban de las cuevas de Devetashka. Son enormes, no sólo en profundidad (aunque se visita solo la entrada a la cueva y poco más), sino en altura y anchura. Y el techo tiene unas aberturas alucinantes. Todo el conjunto es colosal y digno de ver. Lo que no sabía Belén es que esa cueva es el hogar de unos 30.000 murciélagos. Y ya sabes, mujer y ratas con alas… mala combinación. Ella estaba preocupada por ver tanto muerciélago suelto, aunque a mí lo único que me preocupaba era el olor que sé que se desprende de miles de cagadas. Porque los bichos estos cagan mucho. Afortunadamente las zonas de anidación -o como se llame en el mundo murcielaguil- estaban cerradas al público, por lo que solo pudimos ver un puñado de ellos revoloteando por el techo de la cueva. Pero daba igual, yo estaba al lado de mi dama protegiéndola. Como Batman. El Batman de Bulgaria. 

Y desde allí al siguiente punto de interés, mediaban más de 250 kilómetros sin pena ni gloria, solamente amenizados por millones de campos de girasoles, o algún que otro Tupolev 134 que alguien dejó abandonado a modo de monumento en un pueblo perdido. Comida en un lago marronáceo donde unos cuantos pescadores se empeñan en sacar algo vivo y comestible de ese agua fangosa. Pero a Belén le gustaba. Supongo que todo se ve de color de rosa cuando vas acompañada de un superhéroe. 

Y finalmente Belogradchik. Un punto que tenía como opcional en la visita -fundamentalmente por lo a desmano que estaba- pero que después de mirar y repasar la información todo el mundo lo daba como imprescindible de Bulgaria. Y vaya si lo es! Allí hay una fortaleza de origen romana asentada entre enormes formaciones rocosas granates. Los acantilados y precipicios están a la orden del día, y las rocas tienen formas caprichosas, como si de la ciudad encantada de Cuenca, o de los monasterios de Meteora en Grecia se tratara. Pasear por las rocas ha sido una buena experiencia. Y conseguir la pegatina de Bulgaria in extremis, después de una semana sin encontrar ni una ha sido también tarea de superhéroe. De Supermán. Pero finalmente pudimos conseguirla. 

Y como colofón a este magniífico día, cena en un restaurante flotante -más bien un barco amarrado- en el Danubio. Comida buena (hemos descubierto una ensalada típica búlgara a base de tomate, pepino y un queso típico que lo flipas). Eso sí ha sido memorable. Porque a fin de cuentas lo que importa fundamentalmente es lo que haces y con quién lo haces. Lo de ser superhéroe o no es secundario y lo dejo para las ocasiones especiales. 


Sin duda ninguna uno de los puntos álgidos del viaje era visitar una de las reliquias del pasado comunista búlgaro más impresionantes del que tenía constancia. Se le conoce como el OVNI comunista de Buzludzha. Construido en 1981 como centro de convenciones del Partido, se vio condenado al olvido pocos años después con el desplome del comunismo. Está instalado en un pico a 1400 metros de altura al que se accede por una sinuosa carretera repleta de tornantis. Las previsiones meteorológicas no eran buenas para hoy, como ya habíamos comprobado poco antes en Kazanlak en forma de tromba de agua. Las nubes bajas auguraban una mala visita al Ovni. 

Mientras nos íbamos acercando, la niebla se volvía cada vez más densa. De hecho, no alcanzaba a ver más de 15 o 20 metros más allá. El GPS me indicaba que habíamos llegado al punto, pero por mucho que mirara al frente, allí no había más que niebla. Hasta que me pareció ver algo. Una estructura redondeada que apareció como aparecen los barcos fantasmas en las pelis de piratas. Primero no ves nada, luego comienzas a intuir algo, y hasta que no lo tienes encima, no te percatas de lo cerca que lo tienes. 


Lloviznando, y prácticamente imaginándolo más que viéndolo, subimos las escaleras que nos llevan hasta la inmensa puerta. Está cerrado a cal y canto, y múltiples señales advierten que no puedes pasar. Cámaras de seguridad en los lados y muchos carteles en cirílico nos desisten buscar un hueco para entrar. Pero aún así el monstruo comunista es impresionante. Las enormes letras que flanquean la entrada, muchas de ellas ya caídas, es una buena imagen de lo que ha sido el ideario comunista desde que cayó el muro. Sin duda, una visita, aunque no disfrutada en su totalidad -era imposible ver siquiera la enorme torre de 70 metros que lo corona- será largamente recordada. Los que queráis más información e impresionantes fotos del Ovni de Buzludzha dadle a este enlace

Pero todo comenzó esta mañana rumbo a Kazanlak a ver la tumba tracia. Las previsiones de lluvia se comenzaron a cumplir poco antes de llegar, pero durante la visita la cantidad de agua que cayó era para verla. Las escalinatas de entrada a la tumba parecían las cataratas del Niágara. Qué cantidad de agua, por Dios. Y la tumba… Bueno. Tiene su importancia, con los frescos bien conservados del siglo IV a.C. (O sea, casi 2.500 años), pero es extremadamente pequeña. Y además es una copia, cosa que se comprende, porque solo caben turistas de cuatro en cuatro, de lo reducido que es el espacio. Y eso supondría un deterioro importante en la tumba original. 


Tras el OVNI, visitamos Shipka por dos motivos. El primero, ver su monasterio. Unas cúpulas doradas lo delatan a distancia. No es muy antiguo, de principios del siglo XX, pero su exterior es llamativo. El interior, lógicamente más iluminado y mejor conservado que los otros monasterios visitados, permite una muy buena visión de los frescos. 


El segundo motivo para visitar Shipka es el mítico Shipka Pass. Italia tiene su Stelvio, Rumanía su Transfagarasan, y Bulgaria tiene el Shipka Pass. Un puerto de montaña de unos 25 kilómetros con zonas de muy buen asfalto y trazadas divertidas, a pesar de que aún estaba un poco húmedo. 

La última visita del día ha sido Tryavna. Habíamos leído que era un pueblo pintoresco famoso entre los búlgaros por sus tallas de madera y que tenía muy poco turismo. Pues bien, la calle central del pueblo estaba atiborrada de ellos. Por todos lados. También es cierto que eran turistas búlgaros, pero turistas al fin y al cabo. Y ya nos ves a Belén y a mí entrando en todas las tiendecitas de recuerdos y artesanía por una triste pegatina de Bulgaria. Que llevamos unos cuantos días y aún no la tenemos. La cosa es que las dependientas de las tiendas, de inglés como que no. Y eso de sticker les debía de soñar como a mí el búlgaro. Así que día de hoy aún no tenemos la pegatina de marras. Pero aún nos queda un día en Bulgaria.


¿Sabéis lo que son los puntos negros? No, los de la cara que te petas delante del espejo, no. Los otros, los de las carreteras. En España se indican con un gran cartel que pone eso de “tramo de concentración de accidentes”. Bueno, en Catalunya no he visto ni un solo cartel de esos. Pues en Bulgaria está lleno de triangulitos de peligro con un puntazo negro en el centro. Y cuando digo lleno, es lleno. De cada tres curvas, una tiene punto negro. Y visto el estado de las carreteras y cómo conducen, quizá el problema de que hayan tantos puntos negros es que no se pongan el cinturón de seguridad -lo niños suelen ir sueltos en los asientos de atrás cuando como nosotros teníamos 6 años- , o que adelanten en curva y en línea contínua. O que pongan un poquito de mejor asfalto en sus carreteras, que alguna da penica. 


Sea como fuere, hemos disfrutado mucho el camino hasta Lovech, donde estamos ahora. A pesar de los miles de baches o del asfalto que resbala como el hielo, ver trabajar las suspensiones de las BMW’s es casi hipnótico. Tanto como el medio litrazo de cerveza Kamenitza o la pedazo de olla de barro con carne y verduras que nos hemos zampado para cenar. Así que comprenderéis que quizá tengamos que irnos ya a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos rutear. Buenas noches. 


A ver, señores. Que es tarde y hay sueño. Vamos a ir resumiendo lo del día de hoy y a la cama que tengo que preparar la ruta de mañana y no lo tengo precisamente claro. Además, que dan lluvia a primera hora (igual es una señal para levantarse un poco más tarde…).

Hoy hemos salido de Sofía por autopista (peligrosa, que estos búlgaros les da por poner el límite en 140 km/h y tienen unas autopistas como en España de los años 60… Pero a unos 80 kilómetros nos hemos desviado hacia el sur, porque la idea de hoy era desviarse y no hacer del tirón los 130 kilómetros entre origen y destino.

Al lío que me voy por las ramas: las montañas del sur, una pasada. Rápidamente hemos subido a los 1400 metros, por la carretera que lleva a Mihalkovo. Al principio no mata, y menos con ese asfalto tan malo. Pero luego el paisaje ha ido mejorando, a medida que nos adentrábamos en el valle. El río Vacha ha ido formando un cañón con un agua verde oscura mientras las paredes de roca marronosa lo….. A VER, QUE HEMOS DICHO QUE ESTE AÑO NADA DE DESCRIPCIONES Y FRASES CON MÁS DE DOS ADJETIVOS. REBOBINO! Pues eso, que molaba mucho la carretera que serpenteaba entre los bosques y tal. 

En Shiroka Laka tocaba parada según las guías, por nosequé cosa de las construcciones de las casas blancas de dos pisos y eso. Bueno, quizá era prescindible. Aunque el pueblo, al contrario de los de alrededor, tenía una afluencia turística considerable (relativamente hablando, claro).

Poco después, el monasterio de Bachkovo. De esos que me gustan a mi, repleto de frescos por todos lados y monjes ortodoxos con barbas grandes y ataviados de negro completamente. No es tan grande como el de Rila, pero dice la guía que es el segundo en tamaño, así que valía la pena verlo. 

Y finalmente la fortaleza de Asenovgrad. La fortaleza son cuatro piedras (bueno, algunas más) encaramadas en lo alto del risco. Pero si te paras a pensar que son tracias, del siglo IV a.c. y que por lo tanto tienen casi 2.500 años… Tela! Pero lo que le da calidad al lugar es la pequeña iglesia, muy fotogénica ella ahí colgada. 

Hemos llegado a Plovdiv sin tiempo de ver el teatro romano, aunque sí hemos podido ver parte del Stadium y todo el casco viejo. Calles empedradas, casas interesantes y callejones estrechos. Ahora bien, ni un alma a las 8 de la tarde. Así que nos hemos puesto a cenar en un restaurante local rodeados de gatos y santas pascuas. 

Y esta ha sido la crónica telegráfica de hoy. Ale, que me espera un colchón blandito. Buenas noches.


Hay veces que no te entiendes con la gente. Y si son búlgaros y no tienen ni idea de inglés, más posibilidades tienes. Pues hoy ha sido uno de ellos. No uno ni dos ni tres, sino hasta cuatro veces he llegado a tener malentendidos con búlgaros. Y mira que me esfuerzo.

Todo empezó en la insulsa población de Blagoevgrado, donde debíamos buscar desesperadamente un lugar para desayunar. Y digo desesperadamente porque hoy he podido comprobar que si a Belén no le das un café con leche de buena mañana se trasforma en Mr. Hyde. Pero claro, en una ciudad prácticamente sin turismo encontrar un bar donde conseguir un café con leche y un croissant es complicado (luego comprobé que cruasan entra en su vocabulario, pero a esas horas de la mañana aún no lo sabía). Al final acabamos comprando cuatro cosas en un supermercado.

ALTERCADO 1: Ni se te ocurra subir la moto a la acera delante de la señora que cuida los tickets de la zona azul. Tendría la edad de mi madre (más o menos) e insistía que la moto en la acera nada de nada. Y yo que le decía (en un correctísimo castellano) que había otras motos en la acera un poco más arriba. Y ella erre que erre que nasti de plasti, en un correctísimo búlgaro también. La cosa es que Belén estaba a favor de ella, supongo que debido a la falta de café con leche en sangre. Al final conseguí hacerle entender que en dos minutos habríamos comprado las magdalenas y nos iríamos de allí. Aunque ella no dejó de mirar las motos por el rabillo del ojo.

En un pueblo cercano se encuentran las Stobskite piramidi, que no dejaban de ser unas formaciones montañosas en forma de pirámide. Nos pillaba de camino, así que intentamos llegar hasta ellas. Tras un trozo de pista, llegamos a un parking, una taquilla y una visita guiada. Me negué en redondo, aunque Belén (que aún no tenía su café con leche en el cuerpo) no estaba muy de acuerdo. Sin que sirva de precedente, tratándose de mujeres, logré salirme nuevamente con la mía.

Seguimos camino hasta el Monasterio de Rila. Camino por decir algo, porque nos chupamos veinte kilómetros de obras de ida, y otros veinte de vuelta. En medio de un valle entre montañas, este monasterio pintado a listas blancas y negras alberga en su centro la iglesia de la Natividad, profusamente decorada por dentro, y también por fuera, de vistosos y coloridos frescos. 


Dentro, un par de monjes ortodoxos, de casi dos metros de altura y aspecto tosco y descuidado. Afortunadamente no tuve ningún altercado con ninguno de ellos. 


Hasta Sofía quedaban poco menos de cien kilómetros que los hicimos a caballo entre la carretera y la autopista, para intentar recuperar algo del tiempo perdido en las obras. Era la hora de comer (algo pasada, en realidad incluso para los estándares españoles), así que decidimos ir a un McDonald’s de las afueras de la capital antes de ir al hotel.

ALTERCADO 2: En mis andanzas por el mundo, siempre en algún momento u otro ha caído algún McDonald’s. Suelen ser rápidos, serviciales y tener un nivel aceptable de inglés. Menos en Bulgaria. Prácticamente no había gente y tardaron más de 10 minutos en atendernos. La cara de Mario, el dependiente, era de desprecio absoluto. A duras penas entendió lo de “two menús BigMac with french fries and Coke Zero”. Y luego que de Zero nada, que la máquina no iba. Pase. Y después que quería ketchup y Mr Mario Bros me pedía nosequé en Búlgaro. Y yo que le miro interrogativo y abierto a entenderle. Y a él que se le acababa la paciencia por momentos. Hasta que entiendo -casi por infusión divina- que me pedía 1LV por el ketchup. Y todo esto para tener el peor BigMac que he tomado en mi vida, con el pan más que tostado absolutamente quemado. Quiero entender que Mario aún no se había tomado el café de la mañana. 

Sofía es enorme, con grandes avenidas donde el tráfico se diluye y no sufres tanto como en Skopje o Tirana. El centro presenta algunas atracciones turísticas, aunque la más recomendable sin duda es la Catedral de Alexandr Nevski, la segunda iglesia ortodoxa más grande de los Balcanes. 


ALTERCADO 3: Dentro de la catedral ya había visto el cartel de “no fotos”, así que ya había guardado la cámara. Había dos o tres señores ataviados con grandes batas negras que se encargaban de reponer las velas, o de avisar a turistas que nada de usar el móvil. Pero hacían caso omiso a una señora que estaba reventando su cámara de tanto hacer fotos. Así que ni corto ni perezoso saco la mía para hacer lo propio. En ese preciso momento se me avalanzan dos de las batas negras al unísono, casi al borde del placaje, gritándome (sí, gritándome) “PHOTOS, TEN LEVA!! PHOTOS TEN LEVA”. Vamos, que la señora de la cámara había soltado las 10 levas (unos 5 euros) por poder hacer fotos. En ese mismo momento, guardé la cámara y me puse a admirar los preciosos frescos del interior de la catedral. 

Después de recorrer el centro, y ya casi en nuestro hotel, decidimos cenar en Hadjidraganov’s house. Con ese nombre no podía ser otra cosa que un restaurante típico búlgaro de los que te ponen un menú incomprensible aunque esté en inglés. 

ALTERCADO 4: Cuando la camarera viene a tomarnos la comanda, yo intenté pedir alguna aclaración de unos de los platos. La chica me corta, y con una mirada que podría cortar un cristal blindado me dice “Good evening!!!” Ups! Y yo que creía que mi “Hello” con sonrisa incluida cuando se acercaba ya sería suficiente formalidad… Pues no, se ve que hay que ser extremadamente educado en Bulgaria. Al final, tuvimos hasta el equivalente búlgaro de la tuna tocándonos los grandes éxitos búlgaros de ayer y hoy especialmente para nosotros. 

En definitiva, que hoy he aprendido muchas cosas. Pero con total seguridad la que más me va a servir en la vida es que Belén necesita sí o sí su café con leche por la mañana. 

Hay veces que no salen las cuentas aunque las hayas repasado mil veces. Y esa mañana pasaba lo mismo: 8 horas y media de ruta se nos antojaban muchas para un días en el que debíamos hacer unas cuantas visitas. Así que tocaba coger la tijera de recortar y ajustar ruta. Un corte por aquí, un remiendo por allá y ya teníamos algo decente… pero aún así salían siete horas. Y esa mañana no nos habíamos levantado especialmente pronto. Además, debíamos retroceder algunos kilómetros para desayunar -lo teníamos pagado-. Pero ese retroceso valió la pena. Era el mismo lugar, en Sveti Naun, donde habíamos cenado la noche anterior, pero la oscuridad nos confundió. Esa mañana con un día magnífico pudimos disfrutar de una vistas al lago donde una suave bruma surgía de la superficie de un agua absolutamente transparente. A veces, ciertos inconvenientes que en un primer momento pueden llegar a fastidiarte, se tornan el momento más mágico del día.


Y con esa energía ya acumulada desde primera hora del día, recorrimos la costa macedonia del lago Ohrid, mucho más desierta de lo que recordaba en un viaje anterior. De todas maneras, los puestos llenos de tumbonas a pie de agua estaban instaladas y listas para ser usadas. 

Ohrid city resultó ser un agobio de coches. Tenía dos puntos apuntados para visitar, pero las calles cortadas nos impidieron llegar hasta ellos. Y como no íbamos muy sobrados de tiempo, los dejamos ahí para otra ocasión. Abandonamos la ciudad hacia el noroeste, donde durante sesenta o setenta kilómetros estaban desdoblando la carretera. Obras y más obras, que nos vamos encontrando por los países por donde pasamos. Mucho me temo que los Balcanes  o la Europa del Este tal y como los imaginamos tienen los días contados. 

Tetovo, además de un nombre gracioso y un caos circulatorio, tiene una curiosa mezquita. En realidad se llama Šarena Dzamija, pero se la conoce como la Mezquita de los Naipes debido a la curiosa decoración de sus paredes exteriores, que me recordaban vívidamente a las barajas de cartas Heraclio Fournier que tenía mi abuelo para jugar al Remigio. 


Decidimos llegar a Skopje por autopista. Unos 35 kilómetros con dos peajes de 1€. Así ganaríamos algo más de tiempo. La capital macedonia es… grande. En todos los sentidos. Enormes y kilométricas avenidas que disipan algo el caos circulatorio reinante. Y un centro moderno de lo más hortera que se puede uno imaginar. Comenzando por la estatua colosal del “Guerrero a caballo” (antes era Alejandro Magno, pero los griegos consiguieron que se le cambiara el nombre), y siguiendo por decenas de enorme estatuas colocados sin mucho orden ni concierto donde al diseñador urbano -por llamarlo de alguna manera- se le fue ocurriendo. 


Las afueras de la ciudad habían sufrido recientes inundaciones (ayer o antes de ayer a lo sumo), y aún podían verse sus consecuencias: vecinos, policía y bomberos achicando agua y limpiando barro por todos sitios. La carretera discurrió por paisajes algo más despoblados, donde abundaban los cultivos de cereales y que no diferían de muchos paisajes de los que he disfrutado en la península. Y tras un pequeño puerto, la frontera con Bulgaria, que pasamos como dos moteros ya experimentados en estos avatares. Estaba oscureciendo, y además aquí le ponen una hora más al reloj, así que se nos hizo imposible el pensar en cenar en algún lado. Al final tiramos de hornillo en la terraza de la habitación en Blagoevgrado. Por cierto una habitación con una decoración un tanto… recargada a la par que hortera. Igual el diseñador es macedonio.

Todo acaba y toca volver. Pero volvimos descubriendo la desconocida Bulgaria, la sorprendente Rumanía, la histórica Sarajevo o la cosmopolita Serbia. Todo esto, concentrado en unas modestas imágenes, es lo que contiene el siguiente vídeo.

 


El Retorno de la Ruta de Oriente por Dr_Jaus

Un alarido nos despertó en plena noche. De esos largos y agudos, como un quejido. Miré el reloj. Las 4:38 de la madrugada. La noche entraba por la ventana inundándolo todo de la oscuridad más absoluta. Cuando me despejé mínimamente me di cuenta que era la llamada al rezo de una mezquita cercana. Sonreí. En ese momento fui más consciente aún de que habíamos conseguido el objetivo. Habíamos llegado a Estambul.

Unas pocas horas después salíamos de la ciudad en dirección a Bulgaria. Era domingo por la mañana, y las calles, comparadas con el día de nuestra llegada, estaban desiertas. Algunos aún dormían al fresco, en la hierba de unos parterres cercanos a la orilla del mar. La temperatura aún era agradable, pero tenía pinta de que iba a ser un día caluroso.

Las carreteras turcas requieren una atención continuada a la hora de conducir. En cualquier momento un socavón inesperado o un reguero de gravilla te puede poner en un aprieto. Llevaba unos segundos observando unos extraños cambios de color que iban moviéndose por el asfalto de manera extraña. Me atrevía a despegar mis ojos de la carretera y a mirar al cielo. Una enorme bandada de cigüeñas, cientos de ellas diría yo, volaban en formación en dirección a Estambul dejando esas sombras cambiantes en la carretera. Era un espectáculo magnífico.

Y llegamos finalmente a la frontera turco-búlgara. Pasar la parte turca fue demencial. No se decir a ciencia cierta la cantidad de garitas que tuvimos que pasar, y la cantidad de veces que nos pidieron el pasaporte y los papeles de la moto. Afortunadamente la parte búlgara fue más sencilla, e incluso nos ahorramos la viñeta correspondiente, ya que las motos están exentas. Ya estábamos en Bulgaria. Otro país, otra cultura, otro descubrimiento. A primera vista, el país se nos muestra bastante pobre. No al nivel de Albania, pero francamente pobre. Casas de ladrillos sin remozar, suciedad y basura en los márgenes de la carretera, niños vestidos con harapos vagando solos… De hecho, parecía que habíamos entrado en el túnel del tiempo: una buena proporción de coches eran destartalados Renault 12, 1430 construidos por Lada y cosas por el estilo.

Pasamos el Shipka pass, un pequeño puerto de montaña que alcanza los 1200 metros sin mucha pena ni gloria. El volver a las curvas, a las alturas y a los bosques de espesura impenetrable nos hizo recordar las carreteras y montañas suizas, que en este momento quedaban muy lejanas en la memoria.

Hicimos una pequeña parada en el monasterio de Drianovo. En la pequeña capilla estaban realizando una especie de ceremonia ortodoxa. Enormes lámparas de cristal iluminaban la estancia con luz cálida. Un monje con unas grandes barbas cantaba unos salmos en voz muy grave. El incienso y las velas proporcionaban el ambiente necesario. Realmente parecía más un ritual satánico… Otro monje más joven aparecía de la nada y volvía a desaparecer, como teniendo el don de la ubicuidad. Se ocupaba de que ningún turista hiciera fotos. Los cánticos del monje eran los segundos que escuchábamos hoy. Tan cerca en el tiempo, tan lejos culturalmente hablando…

Volviendo al parking del monasterio, vimos un grupo de moteros que ya se iban. Como no podía ser de otra forma, eran motos verdaderamente antiguas: CBR1000 de las primeras, FZR600 Deltabox, Transalp del 89… El túnel del tiempo nuevamente. Mientras nos poníamos los cascos, una anciana sentada en su andador nos miraba y sonreía, asombrada de nuestra moto. Seguramente le parecería demasiado moderna. Ya habíamos llamado la atención de otra anciana que desde la ventanilla del taxi, parado en el semáforo, nos miraba con curiosidad. Despertando pasiones.

El recorrido por las carreteras búlgaras está salpicado de enormes estatuas heroicas y triunfales, típicas de la época socialista del país. Están por todos lados, a la salida de una curva o en el centro del pueblo más humilde. Nuevamente nos proporcionaron un pequeño vistazo al pasado.

Y finalmente llegamos a Veliko Tarnovo, donde un hotel de diseño, una discusión con el viejo vecino por aparcar la moto en su puerta, y una contundente cena con exquisitos platos de la tierra, cerraron el día que en un primer momento parecía monótono y aburrido, pero que a la hora de recapitular lo vivido, ha ganado puntos. Esta noche no escucharemos los rezos de las mezquitas, hoy podremos dormir tranquilos. Pero solo será una noche. Mañana entraremos en Rumanía, atravesaremos los cárpatos por la mítica Transfaragasan Road hasta el corazón de Transilvania. Si mañana oímos aullidos, serán de otra cosa…

Etapa 12: De Estambul a Veliko Tarnovo


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Ya no sabía qué botón apretar cuando el joven militar se acercaba ametralladora en ristre con cara de pocos amigos. Un altavoz de la máquina automática de cobro de peaje gritaba cosas en turco. Apagué la moto y esperé a que llegara la autoridad. Ya sabía que algo saldría mal al saltarme el peaje kilómetros antes. No podía creer que nuestra aventura estuviera a punto de acabar con nuestros huesos en una sucia y peligrosa cárcel turca.

Los casi doscientos kilómetros por autopistas griegas fueron realmente un paseo hasta la frontera turca. Allí comenzó el calvario. Cola para comprar la visa, cola para enseñar la visa, cola para revisar los papeles de la moto, ahora vete a esa mesa de ahí para que la señorita te selle nosequé… Pero tras cuarenta minutos de burocracia, finalmente estábamos en Turquía!

Si no hubiera estado en Albania, diría que las carreteras turcas son un desastre. Bacheadas, con unas rotondas algo extrañas, coches en sentido contrario por el arcén… Pero al menos su estado te permite circular a más de ochenta por hora, cosa que sería impensable en Albania. Con resignación y paciencia, los kilómetros fueron pasando. Durante el trayecto nos cruzamos con algunos moteros, -pocos- que a buen seguro venían de cumplir un objetivo como el nuestro: Estambul.

A nuestra derecha podíamos divisar, de vez en cuando el mar algo picado, debido al fuerte viento, que intentaba ponernos difícil conseguir nuestro objetivo. Era el mar de Mármara, último rincón de un Mediterráneo que se acababa. De Algeciras a Estambul, pintando de azul, como dice la canción.

A unos ochenta kilómetros de la ciudad, se nos ocurrió meternos en la autopista que comenzaba allí. Nada más entrar, unas garitas de peaje nos invitaban a… nada. Ni coger ticket, ni pagar… Los coches iban pasando por otros carriles marcados con un “teletac”, mientras que yo esperaba a que saliera un ticket. Llamé por el teléfono de información, pero nadie respondió. Los coches seguían pasando, y vi cómo acercaban una especie de tarjeta al lector… Tarjeta que por supuesto no teníamos. Como no había barrera alguna, optamos por arrancar y seguir adelante, ya le explicaríamos lo sucedido al de la garita de salida de la autopista.

Por supuesto nos fuimos por el primer desvío de la autopista, donde nos encontramos con el puesto de peaje, pero sin garita y con barrera. Otra vez solicité información con el botoncillo, y el turco comenzó a gritar. Del coche de policía que teníamos a pocos metros descendió un chaval, ametralladora en mano, acercándose a nosotros.

– Hola, buenos días -comencé educadamente. -No hemos podido coger ticket en el peaje, y ahora queremos pagar, tenemos tarjeta Visa.
– Deberían comprar una tarjeta de prepago de la autopista- dijo el joven, señalando las siglas KBG (o algo así) con las que estaba rotulada la máquina de peaje. -Pueden comprarla allí.- dijo señalando un pequeño edificio cercano.

De un destartalado camión de fruta aparcado justo a nuestro lado -no me digáis qué hacía allí parado- salió una voz que le decía algo al militar. El chico se nos volvió a nosotros y nos preguntó de qué país éramos.

– Españoles.
– Oh… Spain. ¿Barça o Real?- preguntó.
-Barça, Barça!! -le dije jugándomela al cincuenta por ciento. -Messi.
-Yes!! Piqué! -dijo él. -Yo soy del Fenerbache, que fichó a David Güiza!

El frutero seguía gritando cosas desde la ventana de su desvencijado camión, la máquina de peaje seguía diciendo cosas en turco, la barrera seguía bajada, pero yo estaba hablando de fútbol con un chaval que llevaba una ametralladora al hombro. Surrealista. El chico se echó a un lado y me dijo que pasara por el lado de la barrera, que no había problema. No lo podía creer. El fútbol era tan poderoso que abría cualquier barrera.

Y allí, a nuestro frente, apareció Estambul, mientras teníamos a un lado Asia, y al otro Europa, como el barco pirata. Un tráfico horrible nos hizo perder más de hora y media para llegar al centro, donde se encuentra nuestro hotel. Quizá sea por eso, o por la cantidad de gente que había en las puertas de la Mezquita Azul -incluso hablamos con unos gallegos-, pero a pesar de haber cumplido el objetivo, no era lo mismo que Cabo Norte. Allí, durante los últimos trescientos kilómetros no había nada, y todos íbamos a cumplir el mismo objetivo. De los miles de vehículos que entrábamos en la ciudad turca, muy pocos íbamos a cumplir una meta. Esa sensación de estar solos entre esa marabunta de coches, esa idea de ser los “bichos raros” no acompañaba a la emoción ni a la euforia.

Pero una vez desmontados de la moto, y mirando nuestras camisetas que rezaban “Mary Pomppins y Dr Jaus en LaRutaDeOriente”, nos miramos, sonreímos y supimos que sí, que lo habíamos logrado. Habíamos recorrido casi todo el sur de  Europa para llegar allí, siguiendo ese mar tan azul que nos ha acompañado desde Barcelona hasta el Egeo, desde la ventosa Camarga francesa hasta la intrincada costa croata. Desde la Costa Brava al Mar de Mármara… Y es que yo… nací en el Mediterráneo.

Etapa 11: Llegamos a Estambul


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