Me levanté encima de los estribos de la moto. Las curvas se sucedían una tras otra con una armonía asombrosa. Con un solo gesto, la GS bailaba entre cada ápice. Ni muy lento ni muy rápido, justo como se tienen que hacer las cosas. Con ritmo. Tras los baches y pistas del inframundo europeo, volvía a disfrutar de una carretera. Sonreía. De pronto me encontré bailando y cantando la canción que en ese momento sonaba en mi casco. Bruce Springsteen. Born to Run!

Por la mañana amaneció cubierto. Pero al menos no llovía. Se había pasado toda la noche diluviando, y ya me veía sin ver los lagos de Plitvice. Así que me apresuré en empaquetarlo todo y salir del hotel. De camino, incluso salió tímidamente el sol. Los lagos de Plitvice son espectaculares. Tienen todo el catálogo de verdes que existe -o casi-, por lo que podrían estar ubicados perfectamente en la selva de Irati. No en vano está rodeado de extensos hayedos. Son varios lagos interconectados por pequeños saltos de agua. Pero a decir verdad, no creo que valga la pena perder las siete horas del recorrido largo. Incluso las tres horas que pasé yo me parecieron excesivas. Pero sí, que están muy bien.

Nada más ponerme el casco en el aparcamiento, comenzó a caer una lluvia casi torrencial, así que vuelta a poner los goretex (esta vez ya llevaba el de los pantalones, que lo veía venir…). En unos pocos kilómetros paró de llover, ya definitivamente. En Karlovag volví a ver cicatrices de guerra. Es difícil verlas en Croacia, pero multitud de edificios mostraban sus heridas aún abiertas. Incluso en un pueblo cercano tenían montado un museo, con unos cuantos tanques y un par de cazas.

Siguiendo las indicaciones del GPS con el método “ruta más corta”, me encontré de bruces con la frontera eslovena, al cruzar un puente. Pero no me dejaron pasar. Por español. Se ve que esa frontera solamente era transitable por los locales. Y es que era prácticamente un camino de carro. Tras dar un pequeño rodeo, entré de manera satisfactoria en Eslovenia. A partir de ahí, las carreteras secundarias se movían sinuosamente entre colinas de verdes pastos y de maizales. Al principio me costó encontrarle el ritmo, supongo que porque buscaba inconscientemente los socavones y las piedras, pero en realidad el asfalto era sorprendentemente liso. Hasta los cinco o seis kilómetros de pista era lisa y sin baches, atravesando oscuros y espesos bosques que filtraban una luz verdosa casi fantasmal.

Y final de ruta en el lago Bled. Lo confieso, fue un cambio de planes inesperado, tras ver una foto de Tomás Paz. Otro lago mítico, en otro país. Que antes era el mismo, si. Pero de todos los países de la antigua Yugoslavia, Eslovenia es el más diferente. Muchos más eslavos, ellos. El lago es una preciosidad, con su isla en el centro y su castillo en uno de los riscos. Mucho turismo, generalmente local, pero amable. Me alojé en una de las poblaciones cercanas, Radovljica, con esas calles llenas de casas antiguas, acicaladas con geranios en sus balcones y con las fachadas primorosamente pintadas. En definitiva, he vuelto a Europa.

Balcanes 12


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