TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

Browsing Posts tagged BMW

Aquí está la segunda parte del vídeo de la ruta de este verano por Balcanes, Bulgaria y Rumanía. En este capítulo vamos desde Mostar (Bosnia) hasta Sofía, en Rumanía, pasando por el Piva Canyon de Montenegro, Albania, Macedonia y el Monasterio de Rila, ya en Bulgaria.

Pues me he tomado mi tiempo, pero aquí está la primera parte del vídeo de la ruta Retorno al Este que hicimos este verano. En este primer capítulo recorremos el norte de Italia y nos adentramos en los Balcanes por Croacia hasta Mostar. Próximamente los siguientes capítulos.

 

La península de Istria es un pedazo de tierra que cuelga de lo alto de Croacia y que en algún que otro viaje por la zona me lo salté. Hasta que la visité y desde entronces no puedo dejar de hacerlo. Y aún no sé por qué. Igual es por no perderme Piran, aún en Eslovenia y su callejuelba a pie de puerto. 

O igual es por Pore?, ya en Croacia y su casco antiguo. Esta vez visitamos la Basílica Eufrásica y sus mosaicos milenarios. O puede ser por Rovinj, que se unía a última hora a la ruta al ver hace poco una foto que quería hacer. Porque no es la primera -ni la última- vez que viajo en pos de una foto concreta. Y hoy la ruta persiguió a esta foto: 

Igual ya no me salto Istria por visitar Pula y su magnífico anfiteatro romano, el quinto mayor del mundo, y todo un desconocido hasta que Toño Aracata fue portada de TheRutaMagazine con él a su espalda. O quizá por la costa este de Istria, con unas vistas al mar Adriático desde lo alto que quitan el hipo, y que no dejan de sorprenderme cada vez que paso por allí. 

Pero ahora hay otro motivo para visitar Istria en cada viaje por Croacia. Y no es otro que recordar a Belén, vestida de moto pero con los pantalones arremangados metiendo los pies en el agua mientras disfruta de un melocotón. Ver su cara de felicidad con tan pequeño gesto, ha valido los 400 kilómetros de hoy, y la caravana que hemos sufrido llegando a Opatija. Pequeños detalles.

En el Puerto de Ventana

En el Puerto de Ventana

Que sí, que nuevamente estábamos en Burgos. Tercera vez que repetíamos en el Silken Gran Teatro, un cuatro estrellas a precio de tres. Y cerquita del centro, para ir a cenar andando y poder volver a rastras, si así lo deseas. Pero no fue el caso. Y es que siempre tenemos problemas para cenar en Burgos. Y mira que hay sitio de tapeo. Pero es que los viernes, después de currar ocho horas y de pegarte casi seiscientos kilómetros en moto, lo que menos te apetece es cenar de pie. Y nunca encontramos el lugar idóneo: o están llenos, o no acaba de agradarnos. Aunque esta vez se nos cruzó un ángel en forma de tabla de surtido de pinchos que estaban preparando en El Veintidós. ¡Qué pinta tenían! ¡Y había sitio en una de las tres mesas del local! Así que esa noche dormimos a gusto, tras las tapas, la cerveza y nuestra visita obligada a la catedral burgalesa, que siempre me sorprende. ¡Qué belleza, tanto de noche como de día!

La catedral de Burgos

La catedral de Burgos

El sábado amaneció frío, con algo de viento y con una ligera llovizna que molestaba. Cruzamos la calle del hotel hasta el Bar Sandro, otro de nuestros clásicos de Burgos. Sandro es un señor entrado en años, calvo y con ojos azules, que tiene un bar con una foto de cuando era mozo y debía ser un ligón. Pero no una foto pequeña, no. Un pedazo de póster que preside la barra. Quien tuvo, retuvo. Desayunamos unos pinchos de tortilla, un zumo de naranja (natural, por supuesto) y un café con leche, que me encargué de desparramar por toda la mesa. No sería la última vez que desparramara algo ese fin de semana.

Y a la moto, dirección Asturias, pasando por Aguilar de Campoo y sus galletas, Reinosa y su Ebro y finalmente la ría de Tina Menor, en Cantabria, pero muy cerquita ya de Asturias. ¡Qué preciosidad! Vas aumentando tu altura mientras que los márgenes de la ría, que cuenta con algunas pequeñas playas de arena, van quedando abajo. Mira que me gusta el Cantábrico, y más cuando sopla algo de viento -no mucho, tampoco nos pasemos- y el oleaje es recio y abnegado, batiéndose el cobre contra las rocas de la costa. Llanes es muy turística, vale. Pero es que mola. La primera vez que la visité hace ya seis años, vine atraído por sus cubos de hormigón pintados de mil colores de su espigón. Los Cubos de la Memoria. Molan. Sobre todo el contraste con la costa, escarpada y coronada por praderas de verde primavera. Esta vez, para qué engañarnos, venía también a ver los cubos. Pero no creo que vuelva. Al menos hasta que los repinten. Porque daban pena verlos. ¡Con lo que ellos han sido!

Llanes y sus Cubos de la Memoria

Llanes y sus Cubos de la Memoria

Pocos kilómetros más allá, y prácticamente sin señalizar, se encuentra la playa de Gulpiyuri.

—Ya verás, es una playa como nunca has visto ninguna— le decía a Belén mientras aparcábamos las motos.

—Hombre, alguna parecida habré visto— contestó.

—No. Ya verás que no.

Playa de Gulpiyuri

Playa de Gulpiyuri

No le dije nada, mientras al acercarnos por el pequeño sendero oíamos ya cómo rompían las olas. Nos cruzábamos con los que ya regresaban de verla, y yo intentaba descubrir en sus rostros la mirada de aquellos que acaban de ver algo inaudito. De pronto, una enorme hondonada se abrió a nuestros pies, y la playa sin mar de Gulpiyuri se iba llenando de agua a cada embestida del mar, que bombeaba torrentes con fuerza a través de la gruta subterránea. Sí, ya sé que es mejor verla en pleamar, y no era el caso. Pero el oleaje entrando por su escondite secreto es también espectacular. Sin duda, al regresar a las motos, los que acababan de llegar adivinaron en mi rostro la sonrisa tonta de quien ha visto cosas imposibles.

Como la playa de Cuevas del Mar, a la que se accede desde Nuevas por una carreterita que a primeras horas de la tarde  de un sábado de finales de abril se ve muy tranquila. Desde el pequeño parking, que no es más que un triste descampado, se puede ver cómo el furibundo Cantábrico se esfuerza en entrar por la estrecha abertura entre montañas hasta la pequeña ensenada. Y lo consigue, pero completamente mermado de fuerza. La enorme pared azul que se deshoja en jirones de espuma se convierte en una pacífica onda que muere mansamente en la playa.

Playa de Cuevas del Mar

Playa de Cuevas del Mar

Pero si ha habido un lugar que me ha sorprendido en Asturias ese es la entrada al pueblo de Cuevas. Se le llama La Cuevona, y yo, tras verla en fotos multitud de veces, no me la imaginaba como realmente es. Y, querido lector, ahora mientras escribo me entra la duda de si tengo que intentar describirla, o simplemente animarte a que la visites, para que la sorpresa sea mayúscula. Solo te daré un par de pinceladas: una gran cueva, atravesada por una carretera. A la entrada, un parking. Pero ni se te ocurra dejar la moto allí, ya deberías saber que los paisajes son mucho mejores encima de tu moto. Así que sigue por la carretera y adéntrate en las profundidades. Estalactitas y estalagmitas, enormes cavidades iluminadas y la sorpresa detrás de cada una de las tres o cuatro curvas, eso es lo que encontrarás. Aún me parece oír el eco de mi carcajada al comprobar que realmente estaba en un lugar completamente mágico.

La Cuevona

La Cuevona

Covadonga siempre ha despertado mi atención. Y no por la Virgen (o quizá sí un poco, igual que me atrae el Pilar, Montserrat o Lourdes), sino porque recuerdo de pequeño las lecciones de historia: aquí comenzó la Reconquista. Don Pelayo y unos cuantos más comenzaron, cuatrocientos años después, a expulsar musulmanes -mi imaginación de niño hacía que fueran Pelayo y un par más, ayudados por la Virgen, tirando piedras desde la cueva a los moros que había debajo-. Pero como siempre pasa en estos lugares, el turismo lo invade todo a poco que haga buen tiempo. Rápida visita a la gruta de Covadonga, y deseo fustrado de ir a los lagos de Enol, ya que había comenzado ya las restricciones de paso con vehículo privado que se imponen en verano. Otro año será.

Santuario de Covadonga

Santuario de Covadonga

Camino a Lastres,  pasamos por el Mirador de Fitu, tras unas cuantas curvas rodeados de bosque, con los Picos de Europa a nuestras espaldas. Hasta allí se habían desplazado los turistas en masa: cola para subir al mirador, que se asemeja a un pequeño platillo volante suspendido en lo alto de la montaña, con los picos nevados a un lado, y el Cantábrico al otro. Lástima de los empujones y codazos para procurarse un buen lugar para la foto.

Mira que me gustan las listas. Y Lastres aparece en la mayoría de listas de los pueblos más bonitos de España. Pues bien, las listas están hechas fundamentalmente para discrepar de ellas. Y yo discrepo en este punto. Y no es que Lastres no sea bonito, que lo es. El problema es que un pueblo encaramado en la ladera de la montaña y que se desparrama hasta el mar, solamente es visible desde el mar -a excepción de algunos pueblos italianos, en la Costa Amalfitana o en las Cinque Terre-. En definitiva, que no tienes un buen lugar desde donde contemplar la belleza del pueblo. Quizá desde el puerto -parcialmente-, o desde la carretera -también parcialmente-, pero sin un lugar seguro desde donde pararse.

Lastres

Lastres

Oviedo me encanta. Es la típica ciudad grande donde te sientes a gusto. Zonas modernas, hoteles de calidad -y a buen precio, como el AC Forum-, y una oferta de sidrerías bien concentradas para poder elegir. La cosa es que como no vamos tan frecuentemente como a Burgos, no me acordaba de la zona de sidrerías. Y para que conste de manera indefinida, lo pongo en este post a modo de recordatorio: calle Gascona. Allí degustamos esta vez un pulpo y una ternera espectaculares.

No os llevéis a engaño como hice yo en alguna de mis visitas anteriores a Oviedo: Santa María del Naranco no está cerca del Naranco de Bulnes. Está a las afueras de Oviedo. Y sería imperdonable que no la visitéis. Es una iglesia prerrománica que… pero ¿qué estoy diciendo? ¡Santa María del Naranco es LA iglesia prerrománica por excelencia! Situada a las afueras, rodeada de una cuidada zona de césped reluce con los primeros rayos de sol. Bueno, los primeros primeros no eran, pero puede valer. De una planta simplemente rectangular, sus paredes laterales solamente tienen contrafuertes y una entrada a la que se accede por una doble escalera. Pero en sus extremos, toda la rudeza del prerrománico se torna delicadeza pura, con una tríada de arcos que deja paso a una pequeña balconada. Espectacular.

Santa María del Naranco

Santa María del Naranco

Y muy cerca de ahí, a un par de curvas más allá, otra de las iglesias prerrománicas que estudiábamos en el cole: San Miguel de Lillo. Ésta es algo más elaborada en su diseño, y presenta unas celosías labradas en piedra de lo más interesante.  Al verlas me pregunto dos cosas: ¿A santo de qué a los prerrománicos estos les dio por hacer ese par de iglesias tan juntas? ¿Tan faltos de Dios estaban por la zona? Y la segunda pregunta: siendo exponentes tan importantes del arte prerrománico en España… ¿a nadie se le ha ocurrido habilitar un pequeño parking de vehículos para incentivar las visitas? Aunque bien mirado, mejor que estas maravillas queden en el secreto, que celosamente guardaremos, entre vosotros y yo.

San Miguel de Lillo

San Miguel de Lillo

Salimos de Oviedo para volver al norte, a su costa cantábrica que era la que nos había llevado hasta esas -para nosotros- lejanas tierras. Cudillero, ¡ese sí que es un pueblo precioso y no Lastres! Aunque claro, la fama del Doctor Mateo solamente recala en Lastres. Era mi tercera visita a Cudillero, segunda en moto, que es cuando se saborean mejor las bellezas. Y la vez anterior diluviaba. Y a pesar de eso ya era un pueblo precioso… Pues esa mañana tocaba sol. Ver las casas de colores desparramándose por la ladera abrazando el antiguo puerto es de una delicadeza exquisita. Me recuerda a otros pueblos que tengo en mi memoria como de lo mejorcito que he visto, si hablamos de pueblos costeros. Del nivel de Positano, en la italiana Costa Amalfitana. Un consejo: si podéis elegir, mejor visitarlo una soleada tarde, ya que así el sol no quedará en contraluz a la hora de las fotos de postureo.

Cudillero

Cudillero

Cerca de allí existe una playa de nombre sugerente: playa del Silencio. ¿Cómo no íbamos a visitarla? El caminito sobre el acantilado hasta acceder al sendero peatonal es de lo más bonito para hacer en moto: a ambos lados la verde hierba, omnipresente en la costa cántabra, mientras muchos metros más abajo, el gran azul del mar. Sí, gran azul, no sé definirlo de otra manera, tened en cuenta que soy hombre y solo distinguimos cuatro colores, entre ellos el azul. Y este azul es grande, inmenso. La playa del Silencio, vista desde arriba es espectacular, de las que te deja mudo -de ahí el nombre, pienso-. Una ensenada de color verde turquesa, protegida por un gran peñasco cubierto de verde, mientras que al otro lado la costa se rompe en decenas de solitarias y verticales peñas donde el mar se desgarra con fuerza. No dejéis de echarle un ojo.

Playa del Silencio

Playa del Silencio

Y seguimos hacia el oeste, cada vez más lejos de casa, cada vez más cerca del cielo. Luarca es nuestra siguiente parada. Indispensable entrar por la carretera del faro, haciendo una parada justo cuando tengamos el puerto a nuestros pies, y todas las casas con sus característicos ventanales rodeándolo. Y luego, rodear el faro por la estrecha carretera que acaba posándote grácilmente sobre el puerto. Luarca es un pueblo muy animado donde no tendremos problemas para tomarnos una tapa -en nuestro caso fueron chipirones- y una caña. Esta fue nuestra primera visita a Luarca, y en ese momento decidimos, entre chipirón y chipirón, que no será la última. ¡Hasta pronto!

Luarca

Luarca

Si desde allí nos dirigimos en dirección sur, despidiéndonos definitivamente del mar Cantábrico, nos adentraremos en el Parque Natural de Somiedo. Miles de rutas a pie se nos abrirán por doquier en cualquier recodio de la carretera, de mil y una curvas. ¿Que qué carretera? Da igual. Cualquiera que cojáis es impresionante. Lo mismo encontraréis suaves colinas de esponjosa hierba que estrechos e impresionantes desfiladeros. Nuestro destino eran los lagos de Saliencia, a los que se llega por una pista en teoría fácil. Bueno, fácil hasta que te encuentras una lengua de nieve que deja unos dos palmos bien embarrados entre  la nieve y el barranco.

–Por ahí no podemos pasar– dijo Belén con buen criterio. Siempre me asombraré de la buena cabeza que tienen las mujeres para prever el peligro.

–No, es fácil– dije. –Ya paso yo tu moto. Solo tienes que ponerte al lado del barranco por si se me escurre la rueda.– Ingenuo de mí, pretendía que ella sola, casi sin espacio, parara los más de doscientos cincuenta kilos de mi moto si el barro me hacía una mala jugada.

Así que con más ilusión que pericia, comencé a avanzar por la estrecha cinta marrón de barro, apoyándome con los pies en el hielo. Poco a poco, como debe ser en un inútil total como yo cuando salgo del asfalto. Me acordaba de los miles de kilómetros sobre el hielo de la Expedición Aurora Borealis, pero claro, en esa ocasión llevaba clavos… y no había opción de retroceder. O subiendo al puerto de Someiller, en un memorable verano alpino off road donde una similar lengua de nieve nos impidió llegar más allá de los 3000 metros.

Y entonces me cagué. No literalmente, pero cuando faltaba poco menos de un par de metros para superar el obstáculo, me acordé del precario estado de mi neumático trasero, que se llevaba bastante mal con el barro. Y paré. Craso error. Porque cuando paras con el barro, ya sabes lo que suele pasar al arrancar de nuevo: Efectivamente, que derrapas. Y no tenía mucho margen de error para que se me desplazara lateralmente la moto, sopena de enviarla, junto con Belén, al fondo del barranco. Y no me apetecía mucho esa opción. Así que guardé el rabo entre las piernas -simbólicamente, claro…- y  no sin esfuerzo, empujamos la moto hacia atrás. Los lagos, que quedaban a escasos tres kilómetros, tendrían que esperar. Porque querido lector, es bueno siempre dejar algo pendiente para volver a un lugar que te sorprende, aunque esté tan lejos como Asturias.

A última hora de la tarde, paramos en mi querida León, donde vuelvo siempre que puedo a admirar su catedral y sus vidrieras. La pulcra leonina, la llaman. Con eso os lo digo todo. Esta vez la visita se quedó en un refrigerio en la Calle Ancha, frente a la Casa Botines. Mira que me gusta el modernismo de Gaudí. Y mira que me sorprende que haya muestras de él en León. Y no una, sino dos tazas. Porque el Palacio Episcopal de la cercana Astorga también es de traca. Si no lo conocéis, ya estáis programando una rutilla.

Casa Botines

Casa Botines

No todos los días se duerme en un monasterio. Bueno, de día incluso menos -festival del humor-. Pero esa noche, nosotros lo hicimos. En el Real Monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes. Habitación regia, cena de ministro. Si váis alguna vez, en el restaurante de la sala de las vigas, junto a una de las paredes de ladrillo, veréis mi marca. No, no la hice con la llave, que eso es de vándalos. Me dio durante la cena por hacer malabarismos inintencionados con la copa de vino, que no llegó a caer, pero que desparramó todo por la pared. Al principio quedó rojo, como suponía. Pero luego todo el manchurrón de la pared se fue tornando de un verde grisáceo que se hacía cada vez más evidente. La estrategia fue despistar a las camareras cada vez que nos acercaban los platos (sopa castellana y carrilleras, si tenéis curiosidad), pero no sé si lo conseguimos. Al menos ellas disimularon. Si algún responsable de la restauración de esos centenarios muros lee mi humilde blog, desde aquí pido perdón. En serio, soy cada vez más torpe, pero no lo hago adrede.

De Carrión de los Condes hasta Zaragoza, lo hicimos en un plis. Primero, sobre el Camino de Santiago, cruzándonos con infinidad de peregrinos que no trabajan los lunes. Frómista y su Canal de Castilla -múltiples veces visitado- quedó atrás, demasiado rápidamente. Si tenéis ocasión, no dejéis de verlo. Y ya puestos, la iglesia de San Martín, de un exquisito románico como todo el palentino. Después, atravesando las largas rectas de la ancha Castilla, llegamos a Lerma, que pasamos rápidamente ya que la visitamos hace un par de meses. Y luego Covarrubias, el Monasterio de Arlanza y finalmente Soria. Y si pongo estos nombres del camino es por si el lector avezado y masoquista que ha llegado hasta aquí, quiera descubrir verdaderas joyas castellanas. Cualquiera de estas poblaciones será de vuestro agrado, me la juego.

San Martín de Frómista

San Martín de Frómista

Y esto ha sido todo. ¿Lo mejor de todo? Buf, tantas cosas… El Cantábrico es un auténtico tesoro vayas cuando vayas. Asturias siempre será mi soñado edén, tan lejos como para anhelarlo, tan cerca como para poder alcanzarlo tras una pequeña penitencia de setecientos kilómetros. Y la oportunidad de observar cómo va cambiando el paisaje, poco a poco, desde la furiosa costa cántábrica, las verdes colinas del interior, pasando bruscamente a la planicie castellana y finalmente al valle del Ebro. Hemos recorrido media España cambiando de paisajes paulatinamente, casi sutilmente. Y eso no puedes notarlo viajando por autovías. Ni en avión, por supuesto. ¿Sabéis? Me siento afortunado.

image

Valdeolmillos

—Deberías buscar hotel en Aranda de Duero —le dije a Belén días antes. Ella es la que se encarga de seleccionar los hoteles en nuestras rutas, y lo suele hacer escrupulosa y concienzudamente. Es por ello que  generalmente, después de informarle de nuestro destino, me suelo quedar tranquilo sabiendo que hará el trabajo de manera impecable. Pero ese día no me quedé excesivamente tranquilo.

En primer lugar, recuerdo en uno de nuestros viajes al norte, que en lugar de mirar alojamiento en Miranda de Ebro, Belén casi reserva en Aranda de Duero… Así que no era de extrañar que esta vez pudiera hacer lo contrario.

—Aranda de Duero, no Miranda de Ebro —remarqué. Sabía que la puntualización podía traerme problemas, pero más problemas nos traería tener que dormir en Miranda de Ebro si nuestra aventura de fin de semana iba a discurrir por Palencia.

Y ahí es donde radicaba mi segunda preocupación: Palencia. A cualquiera -que no sea palentino- que le digas “me voy a Palencia a pasar el fin de semana”, te mirará de una manera extraña. Porque no lo neguemos, no suena muy atrayente. Burgos aún tiene su catedral y las morcillas, Segovia el cochinillo y el acueducto, el Maestrazgo suena bien, pero… ¿Palencia?¿Qué tiene Palencia? Pues amigo lector, Palencia tiene, ¡vaya si tiene! Si sigues leyendo lo podrás comprobar.

—¿Venís para un solo día, no? —La presumiblemente dueña del hotel en Aranda de Duero, una señora entrada en años y embutida en un rancio vestido de color rojo que pretendía ser elegante nos miró brevemente. Mientras su presumiblemente marido, sentado frente al ordenador de la recepción, se encargaba de registrarnos.

—Sí, solo nos quedaremos esta noche —contesté.

—Pues entonces os daremos la habitación 168. Es mucho más grande y estaréis más cómodos. Venís por Booking, ¿verdad? —preguntó.

—Así es.

—Pues no estaría mal que entrarais a valorar nuestro hotel. Tenemos un 8.3, pero queremos llegar al 9 —dijo sonriendo de manera algo maliciosa.

—No se preocupe, lo solemos hacer siempre.

La habitación era grande, eso sí. Pero nada que ver con las fotos que habíamos consultado en Booking. Nada de decoración moderna, minimalista y funcional. La habitación 168 era casi decimonónica. Grande, eso sí. Con una cama de matrimonio enorme, vestida con una colcha que bien la quisiera Alfonso XIII. Excepto la intención de la señora de rojo, nada en ese hotel merecía el 9.

Herrera de ValdecañasLa mañana del sábado comenzaba en la A-1 dirección Burgos, para desplazarnos finalmente al primer punto de mi roadbook, Herrera de Valdecañas. El día salió espectacular, con brumas en los valles, pero un sol radiante y luminoso por nuestro camino. La iglesia, de Herrera, parece a medio construir. Y es que se ve que la restauraron en los 50… todo menos la fachada. Estaba cerrada, como la inmensa mayoría de las ermitas que visitaríamos ese día. Pero por su amplia cerradura, podía verse los tonos dorados de su retablo. Y ya. Se acabó la visita. Bajamos las pequeñas escaleras de piedra hasta las motos, que habíamos dejado junto a un tronco de chopo apoyado en sendas estructuras de hierro que lo sujetaban horizontalmente. Aún me pregunto el por qué de esa veneración a un chopo que parecía pudrirse y que tenía los inviernos contados.

ValdeolmillosA pocos kilómetros teníamos la primera joya de la ruta, la iglesia de San Juan Bautista de Valdeolmillos. Imaginad la situación: sol luminoso, ermita románica en perfecto estado y rodeada de un tapiz de pequeñas margaritas naranjas. Espectacular la mires por donde la mires. Silencio absoluto en el pueblo y aire puro. Palencia.

Y seguimos para bingo. En Fuentes de Valdepero, el castillo de los Sarmiento resalta ya mientras te acercas, dominando gran parte del pueblo. Robusto, con unas paredes fuertes y perfectas, rematadas en sus extremos por rotundas torres redondas, y rodeado todo él por olorosas matas de romero, que esparcían en el aire ese aroma dulzón que tanto añoramos los de ciudad. Fue protagonista en los episodios de los comuneros, y perteneció a la Casa de Alba. ¿Pero cómo no había oído yo hablar de este castillo?

La BMW F650GS de Belén es una moto increíble, capaz de comerse casi 400 kilómetros sin repostar. Te permite despreocuparte de buscar gasolineras la mayoría de las veces, pero claro, en algún momento tienes que darle de beber. Y generalmente eso pasa cuando no tienes estaciones de servicio cercanas. O si las tienes -según el GPS- éstas han desaparecido como por arte de magia. ¿Dónde está esa España de hace unos años, en la que dabas una patada y aparecían cuatro gasolineras? ¡Hasta tres estaciones de servicio que marcaban los GPS ya no existían! O nunca habían existido, quién sabe. Así que tuvimos que desviarnos de la ruta hacia el norte, a territorios ya explorados en otro viaje, y que no pretendíamos pisar esta vez. Pero hasta Frómista no encontramos gasolina. Y claro, estar en Frómista y no visitar las esclusas del Canal de Castilla, era un pecado mortal, a pesar de ya conocerlas.

Fuentes de Valdepero—Cuidado con el barro que tienes ahí —le dije a Belén en el improvisado aparcamiento de las esclusas. —Eso resbala mucho y lo más normal es que acabes en el suelo—. Ella me miró con esa mirada interrogativa que ponen las mujeres y que te tiene que poner sobrealerta de que algo peligroso está a punto de pasar, como diciendo “¿pero qué me estás contando?”, pero con los ojos. Y sí, algo de razón tenía. Tampoco había tanto barro. Y además estaba casi seco. Pero mi afán protector, que ejerzo con ella hasta límites quizá excesivos, me impedía bajarme del burro.

—Belén, la BMW no es como la Derbi, que pasa por las piedras, la arena o el barro como si fuera una bicicleta— intenté explicarle. —Esta moto pesa mucho más, y en cuanto pases por ese barro la rueda se hundirá y acabarás en el suelo. Y es una estupidez que acabes con un tobillo roto por haber querido pasar por el barro, pudiendo salir del parking por otro lado —dije quedándome satisfecho: había quedado lo suficientemente contundente como para que Belén comenzara a hacer maniobras en parado para evitar la zona de barro. En mis adentros temía el momento en el que finalmente volara sola entre los peligros de las carreteras.

A las afueras de Manquillos visitamos su iglesia románica ya a la hora de comer. Pequeña, recoleta y con detalles exquisitos en sus capiteles. Un abuelo y su nieta pasaron con sus bicicletas a nuestro lado, quitándose las decenas de hilillos como de tela de araña que desde hacía bastantes kilómetros flotaban en el ambiente, y que nosotros también habíamos ido recogiendo con las motos, que parecían casi disfrazadas para Halloween.

Comimos poco después, en Paredes de Navas, en un hostal de los que el camarero, con pantalón raído y las uñas negras, te iba cantando los platos de la carta, sin tener tú mucha idea de lo que te iba a costar el menú. Pues por una sopa de caldo y unas carrilleras, con pan, postre y bebida, 10€. Palencia.

TorremormojónLa verdad es que esta zona sur de Palencia se caracteriza por sus iglesias y ermitas sobredimensionadas para el tamaño del pueblo correspondiente. Altísimas construcciones que comenzaban a abandonar el románico intentando ya alcanzar el cielo gracias a los arcos ojivales góticos, permitiendo a la vez, paredes menos robustas y más y mayores ventanales. Es el caso de Santa María del Castillo, en Torremormojón. Desgraciadamente, la iglesia por fuera deja bastante que desear, y únicamente destaca su altísimo campanario con tres filas de campanas, pero según mi exhaustiva búsqueda previa al viaje, lo mejor estaba por dentro. Y como ya he dicho, la cosa está chunga en Palencia para ver las iglesias por dentro.

La verdadera razón de planificar esta ruta por el sur de Palencia era visitar Ampudia. Ya acercándote desde el norte destaca el grandioso campanario de su colegiata, sobredimensionado como viene siendo habitual en la región. Pero la verdadera joya de la corona es el castillo, al parecer perteneciente a la familia Fontaneda. Sí, la de las galletas. Almenas, torreones y murallas se alternan en una combinación tan bella como complicada. Desde la puerta del foso, se divisa toda la población y la comarca. Y junto a ella, la sobria ermita de Santiag0, cuadrada, casi sin ventanas. Hermética. Palencia.

Castillo de AmpudiaNos acercamos hasta Valoria del Alcor por carreteritas estrechas que van rodeando suaves colinas tapizadas de verde recién plantado, como si de una pantalla de Windows se tratara. La ermita de San Fructuoso, en lo alto del pueblo, tiene una vista incluso mejor que la del castillo de Ampudia. A su alrededor, decenas de respiraderos y chimeneas de piedra surgen del suelo como si casas de hobbits se trataran.

—Perdone, ¿le puedo hacer una pregunta? —dijo Belén a una abuelita que se acercaba por el camino del cementerio. —¿Qué son esas chimeneas que salen del suelo? —preguntó. Me encanta tener al lado a Belén, porque yo sería incapaz de interaccionar con tanta facilidad con los lugareños. Soy más de pasar de puntillas, a sabiendas que me pierdo la experiencia más impresionante que se puede llevar un viajero: el contacto humano. Porque los viajes no solo son plasmar paisajes en la retina. Un viaje consiste fundamentalmente en grabar a fuego sentimientos en el alma. Y para eso, no hay nada mejor que una buena conversación con un desconocido.

—Bodegas —contestó. —Son bodegas. Antes aquí había mucho viñedo. Pero con la llegada del tractor, se echaron a perder, ya que no estaban preparados y no había espacio suficiente. Así que los quitaron y plantaron cereal, que es de lo que se vive por aquí —puntualizó. ¿No os lo dije? En una sola frase había resumido la evolución agraria de la zona en los últimos 70 años. Impresionante.

Hablamos del pueblo, de lo despoblado que estaba, de la alegría que dan los niños cuando vienen en verano, de la vida rural… De cosas que no te las da una guía de viajes ni te las insinúa la mejor foto de la iglesia que pueda llegar a hacer.

—Como veo que son gente de bien, os voy a hacer un pequeñísimo favor —dijo la anciana. —Tengo aquí las llaves de la iglesia, ya que iba a cambiar las flores del altar. ¿Queréis verla? —preguntó.

Pero cómo no voy a querer verla, después de pasar por tantas iglesias y tener que imaginarme su interior o mirar por el ojo de la cerradura! San Fructuoso nos abría sus puertas para descubrirnos una sencilla planta rectangular, con dos pequeñas capillas laterales.

—Eso era la sacristía —comentaba la señora. —Y la entrada que podéis ver ahí no se sabía que existía hasta hace poco. La otra no, siempre ha sido la capilla del Santo Cristo.

Después de agradecer repetidas veces el gesto de la anciana, nos despedimos de Valoria cuando el sol estaba a punto de ocultarse, bañando todo de esa luz cálida que se resiste a abandonar un día excelente para ir en moto. Pero a nosotros nos quedaban aún muchas cosas por ver, y poco tiempo que perder para llegar a Campos y luego al Monasterio de La Trapa. Sí, la similitud con aquella marca de chocolates no es casual.

—¡Hola! —saludaron efusivamente con una amplísima sonrisa profiden dos monjas ataviadas con su típico hábito de monja, estilo Batman pero en blanco. Nosotros, recién nos habíamos quitado los cascos y nos acercábamos a ella con nuestros trajes espaciales de motoristas. ¿Menuda escena! Cualquiera que viera la escena desde lejos, podría acabar pensando en dejar las drogas.

—¿Vosotros sois de los de los parapentes?— preguntó la más mayor señalando al cielo, donde un paramotor -sí, un parapente de esos que llevan un ventilador en la chepa- evolucionaba alrededor del sobrio monasterio. Sin duda, la monja, al vernos vestidos de astronauta, dio por sentado que debíamos de ser seres de otro planeta que habíamos aterrizado en paracaídas. Mientras, la novicia que la acompañaba, había pegado un brinco para subirse a un poyete, con el objeto de ver mejor al parapentista. “Anda que no te vas a perder cosas dentro del convento”, pensé muy para mis adentros.

—No, nosotros somos los de las motos —contesté señalando nuestras máquinas celestiales que estaban aparcadas unos metros más atrás. Me estaba llegando a abrumar la cantidad y calidad de la interacción humana que estábamos teniendo en este viaje. Palencia.

—Pues os quiero ofrecer un libro lujosamente ilustrado, con tapa dura, detalles en pan de oro y papel biblia que habla de la historia de nuestra congregación —soltó sin perder la sonrisa mientras sacaba un libro de la bolsa de plástico que portaba. —Son solo veinte euros, y con su compra os aseguráis misas dedicadas de por vida —siguió diciendo.

No hay nada más surrealista que una señora y su joven acompañante vestidas de Batman blanco, mientras miraban un parapentista en el cielo, intentando vender a dos astronautas un libro con incrustaciones de pan de oro. Analizadlo. Creo que yo también debería dejar las drogas. Nos excusamos con excusas de mal pagador (se nos va a estropear en las maletas de la moto…) pero ante la insistencia de las superheroínas tuvimos que acabar esgrimiendo un “no, no nos interesa” que nunca falla.

Y ya con el sol completamente oculto, intentamos llegar a otras de las esclusas del Canal de Castilla a su paso por Villamuriel de Cerrato, pero para llegar hasta ahí teníamos que transitar por un camino de circulación prohibida durante tres kilómetros. La noche cercana nos quitó la idea de buscar ruta alternativa, y decidimos ir a reposar ya al hotel.

Baños de CerratoY qué decir del domingo? Pues que con el objeto de llegar a tiempo a Zaragoza a ver la última carrera de MotoGP de la temporada, decidimos darle caña al mono, no sin antes pasarnos por Baños de Cerrato para contemplar la que dicen la iglesia más antigua de España, la dedicada a San Juan Bautista y que con su sobrio estilo prerrománico y su arco de herradura, data nada menos que del siglo VII. Maravillosa. Y por Villaconancio, que con su iglesia románica de San Julián y Santa Basilisa nos recordó a esos ábsides que estoy tan acostumbrado a ver por los pueblecitos pirenaicos catalanes. Otra maravilla escondida de Palencia.

Y como quien no quiere la cosa, a un ritmo quizá más fuerte de lo aconsejado para la experiencia de Belén con motos potentes, volamos entre las suaves curvas de las carreteras casi desérticas, mientras comprobaba desde mis retrovisores, que la pequeña BMW no se despegaba ni un ápice de mí, por mucho que apretaba trazando las curvas de una manera milimétrica. La velocidad de Belén aprendiendo a llevar moto está siendo realmente vertiginosa. Y luego vino todo aquello de la remontada hasta el cuarto puesto, del podium que vale un campeonato y todo aquello que seguramente olvidaré antes que las sonrisas de las monjas vendedoras, o de la bondad de la abuelita de Valorio. Palencia. ¿Tenía o no razón cuando te hablaba de los encantos de Palencia?

Villaconancio

Como ya es costumbre, tenéis el dossier turístico, el roadbook (esta vez solo del sábado) y el track en la página de Roadbooks.

 

Pues eso que te coges las motos y te vas hacia Soria y Segovia a darte una vuelta de fin de semana. Y sale un vídeo como éste. Espero que os guste.

Un tiempo magnífico, soleado. Unas montañas estupendas. Miles de moteros acudieron a Formigal a pasar un grandioso fin de semana. Todas la gama BMW para ver, tocar y probar. Stunning, carpas de industria auxiliar, charlas de gente interesantísima… No podía faltar a la cita. Aunque realmente la verdadera razón de subir hasta el Pirineo era conocer a magníficas personas con las que ya había tenido contacto virtual. Miquel Silvestre y Alicia Sornosa, que salían desde allí a dar la vuelta al mundo en busca de los exploradores españoles olvidados. O Charly Sinewan, que decidió llegar a Sydney y ahora va explorando poco a poco África con su BMW F800GS. Estupendas personas y grandes aventureros.


Vi fugazmente a Chris Pfeiffer haciendo cabriolas, no probé ni una sola moto, prácticamente no entré en las carpas… pero fue un gran día. Compartir unas horas y una comida con Miquel, Charlie y Alicia, además de con Sergio, Carlos o Francesc fue inolvidable. Haber tenido el honor de montar un centenar de metros en el asiento trasero de Atrevida, la moto de Silvestre, o rodar con ellos hasta el restaurante, fue sin lugar a dudas lo mejor del fin de semana. No olvidaré nunca la visión de Miquel y Alicia montados en sus motos delante mío, y al mirar el retrovisor ver a Charly Sinewan con su Black Pearl… Excelentes aventureros y mejores personas. A todos ellos, gracias!!

Siguiendo con los posts técnicos sobre el viaje al Cabo Norte, analizaré el equipamiento personal que he utilizado durante el viaje. No quiero sentar cátedra, solamente quiero dar mi opinión tras un uso exhaustivo del material.

Traje BMW StreetGuard 3.
Fantástico. Lo he comentado varias veces s lo largo de estos días, pero es que el viaje ha sido más fácil gracias a las características del StreetGuard 3. yo pensaba que excepto en caso de caída, y partiendo de la base de prendas de calidad, no existirían apenas diferencias entre los trajes. Pero no es así. Una de las cosas que no tuve en cuenta a la hora de planificar el viaje fue la gran diferencia de temperaturas que me iba a encontrar. Desde los tórridos 35°C de la costa italiana hasta los escasos 5°C de algunos puntos escandinavos. Pensaba que con un un buen traje con forro térmico desmontable sería suficiente. Pero todos los moteros hemos sufrido llevar un traje negro de cordura en una ciudad en agosto: parar en un semáforo es una autentica tortura.

El StreetGuard 3 presenta dos características que hacen que la dureza de un viaje como este se haya minimizado. Por un lado, el C_change o membrana biónica climática  abre o cierra los poros según la temperatura. No diré que llega a la ventilación de una chaqueta perforada de verano, pero desde luego mucho mejor que las corduras de todo tiempo sin forro. La segunda característica sorprendente es el tratamiento Coldblack , que hace que los rayos solares de reflejen en un gran porcentaje, a pesar de ser negra; un gran confort sobre todo en ciudades. Obviamente, como buen equipo motero que se precie, tienes la posibilidad de incorporarle el forro que te protegerá de temperaturas más extremas, así como una cremallera que une pantalón y chaqueta dejándolas en una sola pieza. Si hablamos de seguridad, el material del StreetGuard 3 es capaz de resistir la abrasión del asfalto de una manera impecable, aunque afortunadamente este punto no tuve que comprobarlo.

Casco BMW System 6.
Tenía muchas ganas de probar este casco. Estéticamente impactante, sobre todo por la parte posterior, con las nervaduras verticales que marcan el estilo del casco y con las siglas BMW en material refractante negro. Por delante, tengo mis dudas sobre su diseño estético con la mentonera cerrada, pero para gustos, los colores. Por cierto,el blanco perla metalizado le queda genial a este casco.

Si hablamos del confort de marcha, no hay discusión. No será el casco más ligero (aunque tiene un o eso muy contenido para un convertible), pero el nivel de confort es excepcional. Y puedo hablar con conocimiento de causa, después de tantas horas de uso durante tantos días seguidos. El interior de Alcántara y la cuidada aerodinámica hacen que cruceros a alta velocidad se traduzcan en completo confort para la cabeza y los hombros. El ruido a alta velocidad es otro de los aspectos donde el System 6 se merece un sobresaliente, ya que es el convertible más silencioso que me he probado. Puede que haya algún integral más silencioso, pero en su categoría creo que BMW gana por goleada.

Guantes BMW ProSummer
El complemento ideal a todo el equipo. No son guantes de invierno ni de verano, lo dejaríamos en “entretiempo”. O lo que es lo mismo, que vale casi para cualquier época. Aguanté tranquilamente con ellos temperaturas de hasta 10ºC sin pensar siquiera en cambiarlos por los de invierno. Y soporté los más de 25ºC de algunos lugares con ellos puestos, lo que demuestra su polivalencia. Sobre todo cuando llueve, donde su membrana de Gore-Tex los hacen completamente impermeables. Y todo ello con un tacto sorprendente. Podía accionar sin problemas los minúsculos botones del GPS (toda una hazaña con los guantes de invierno), cosa que es de agradecer cuando tienes que recalcular o buscar rutas alternativas.

En definitiva, he llevado un equipamiento que sorprende por su versatilidad en todos los frentes, tanto bajo la incesante lluvia noruega como en los gélidos días por encima del Círculo Polar Ártico o las calurosas jornadas de Croacia o Eslovenia.

Una de las cosas que me trae más de cabeza son los neumáticos. Cualquier motero sabe que son un elemento importantísimo de seguridad. Unos neumáticos en mal estado pueden convertir un agradable paseo en un infierno: pérdidas de adherencia en curva, una frenada inesperada, charcos… o incluso un pinchazo. Por lo tanto es fundamental elegir un buen neumático dependiendo del uso que le demos a la moto. En el caso de las trail, además hay que valorar el porcentaje de uso off-road que le vamos a dar.

En TheLongWayNorth mayoritariamente pisaré asfalto, prácticamente en su totalidad, excepto en algún desplazamiento a alguna lugar más agreste o acceso a zonas de acampadas. La primera opción que se me ocurrió es montar unos neumáticos completamente asfálticos a la BMW F800GS, pero verdaderamente no tengo ni idea cuál sería el comportamiento de la moto con estas gomas, ya que no las he montado nunca. Además, aunque sean pocos kilómetros, no quiero tener sustos con la moto tan cargada en pistas de tierra con ese tipo de neumáticos. Así que han quedado descartados.

Actualmente llevo montados unos Metzeler Tourance, que ya están pidiendo un relevo. Me han funcionado bien en asfalto, y no tan bien en pistas, pero suficiente si no te dedicas al enduro. Además llevo el Tourance EXP detrás, mucho más asfáltico que el normal. Comparados con los Bridgestone Battlewing que llevaba la BMW de serie, han tenido una duración similar (unos 15.000 km, aunque aún les puedo sacar 1.000 o 2.000 más…), un comportamiento en carretera quizá mejor, y claramente superior en off-road (sobre todo el delantero, que no es EXP).

La duración del neumático es importantísima en esta aventura, porque es primordial llegar con las mismas gomas con las que salí: no puedo planificar un cambio de neumáticos de una manera sencilla, y creo que será imposible encontrarlos de un día para otro por ejemplo… en Lituania. Así que necesito un neumático que me dure al menos unos 15.000 kilómetros… y las dos marcas lo cumplen. La F800GS tiene la particularidad que gasta por igual el delantero y el trasero, por lo que los cambios son dobles, cosa que facilita montar siempre el mismo tipo delante y detrás.

Como ya he dicho, los Tourance que llevo actualmente están tocando a su fin, pero tengo que apurarlos (dentro de la seguridad, obviamente) al máximo, porque si monto ya los nuevos, y visto el ritmo de kilómetros que le hago a la moto, no me durarían toda la ruta. Una opción es buscar y encontrar gomas de segunda mano, para usarlas hasta el inicio del viaje, para después montar las definitivas. De momento voy controlando los neumáticos casi a diario, para no tener sorpresas.

Otro punto importante es el tema pinchazos. Los sprays no funcionan, los kits reparapinchazos no sirven para neumáticos con cámara… así que solamente me queda el recurso (aparte de llamar al RACC) de cambiar la cámara… cosa que es muy difícil con el caballete lateral que lleva mi moto… así que estoy pensando en ponerle uno central para el viaje, exclusivamente para poder quitar rueda y cambiar cámara. Hace unos meses se me ocurrió desmontar la rueda trasera tras un pinchazo y gracias al gato del coche y a su rueda de repuesto pude mantener la moto alzada mientras lo hacía… Por lo tanto es indispensable el caballete central. Seguiremos dándole vueltas.

En definitiva, parece que la opción más sensata sería montar exactamente las mismas gomas que llevo ahora, las Metzeler Tourance (EXP detrás, normal delante), que me han dado un buen compromiso entre duración y agarre en casi cualquier circunstancia. Qué experiencias tenéis vosotros?

Esta tarde ha llegado el último elemento de transformación de la F800GS a una auténtica moto aventurera. La rejilla protectora del faro. Llegó demasiado tarde para la LongWayLeft y posiblemente demasiado pronto para la LongWayNorth, pero el caso es que ha llegado. No creo que sea imprescindible para el tipo de viaje que voy a hacer, pero no negaréis que le da un toque muy aventurero… Además las piedrecillas pueden salir de cualquier lugar en 12.000 kilómetros. Y ya que te pones a comprar cosas…
En otro orden de cosas, ya estoy comenzando a encajar la ruta hacia NordKapp. La planificación será más sencilla si la divido en tres etapas: 
  1. Barcelona – Estocolmo. Vías rápidas, máximo kilometraje posible al día. Aunque no descarto alguna paradita en ciudades europeas interesantes. 
  2. Estocolmo – Cabo Norte. Nada de vías rápidas. Suecia y Noruega en todo su esplendor. Ni muchos ni pocos fiordos. Naturaleza salvaje.
  3. Cabo Norte – Barcelona. Retorno de turismo rápido. A definir aún los países a atravesar. Lo que parece más o menos inamovible es pasar por Zagreb, donde seguramente me esperen algunos amigos que retornan de su viaje motero por Croacia.
Seguiremos informando.