Lo había completado. No recuerdo si fue mi primer puzzle de quinientas piezas, es que ya hace más de treinta años. Pero aquellas dos torres de oscuro y viejo ladrillo, con sus dos imponentes caperuzas negras y sus jardines de un verde impactante me habían encantado desde que coloqué la primera pieza. Nunca recordé de dónde era esa imagen. Hasta que vi una foto hace unas semanas, preparando este viaje. No podía dejar de pasar por ahí!

Llovía en Hamburgo. Las calles estaban mojadas. Me gusta verlas así. Por suerte, al lado del hotel había una especie de pastelería turca donde servían desayunos. Delicioso. Mientras afuera dejó de llover. El primer destino era Lübeck, donde teníamos que haber dormido esa noche, pero preferimos cenar con Coco, aunque eso implicara acostarse a altas horas de la noche.

No voy a volver a explicar la conducción en las autopistas alemanas, ya lo hice en mi primer viaje. Pero será un shock volver a sufrir las autopistas españolas, seguro. La entrada en Lübeck nos deparó una gran caravana, donde con dificultad podía sortear el tráfico con las maletas. Con paciencia, llegamos al centro. Y ahí estaba. La puerta de Holsten en todo su esplendor. Más de treinta años sin verla. Aunque en realidad no la había visto nunca, solamente era un puzzle. Ahí estaba con sus rechonchas torres, su esbelto tejado, sus ladrillos oscuros y sus formas apoltronadas, como en mi puzzle.

Después de una corta vuelta por la ciudad, nos dirigimos hacia Berlín, también por autopista. Preferimos llegar pronto y poder visitar la ciudad. La diferencia de hacer turismo urbano en moto es que todo queda cerca. Lo que en otro viaje te puede costar dos o tres días, aquí lo puedes hacer en una tarde. Lo que queda del muro, Alexanderplatz, Postdammerplatz, la Puerta de Brandenburgo… Uno tras otro recorrimos los sitios emblemáticos de la ciudad hasta la hora de cenar. Antes, tuvimos una amigable charla con la policía, que nos paró para pedir documentación y para avisarnos que quizá las sandalias de Belén no eran aptas para ir en moto… Aish, como en casa, pensé.

De cena, hoy tocaba un brastwurst. Y una cerveza, por supuesto -aunque fuera austríaca-. La vida nocturna de Berlín es famosa en el mundo entero, aunque sea lunes. De camino al hotel, pudimos comprobarlo. Pero -como en todos lados, supongo- va por zonas. Podías pasar por barrios absolutamente desiertos a las nueve de la noche, pasar una calle y meterte casi en el carnaval de Río. La ciudad me pareció enorme, las calles no acababan nunca. Nuestro hotel, a pesar de estar en un edificio moderno, está situado en una zona del antiguo Berlín democrático, con bloques de pisos al estilo soviético, monótonos, funcionales y estéticamente simples.

Berlín es una ciudad apasionante, tanto por su belleza arquitectónica como por su historia reciente. Historia que parece pasado pero que aún se respira al visitarla. Lo difícil es asumirla, integrarla y mostrarla al visitante sin temores. Y creo que Berlín lo hace. Combina trozos de muro aún en pie con modernos edificios de cristal, los simpáticos semáforos de peatones con tiendas de Lego, o imponentes edificios de la época comunista con los antiguos palacios imperiales. Como piezas de un puzzle, se van colocando una tras otra. El puzzle de la historia vuelve al pasado, recoge las piezas necesarias y conforma una nueva realidad. Como yo con mi puzzle. Ahora se que era Lübeck. Tras treinta años, seguía igual. De hecho sigue igual desde el siglo XV. Y eso, qué queréis que os diga… me da envidia. Solo espero el momento de coger otra pieza del puzzle de la historia y volverlo al presente. Conquistando ciudades, componiendo los puzzles del pasado.