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La aventura de cada fin de semana

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Aquí está la segunda parte del vídeo de la ruta de este verano por Balcanes, Bulgaria y Rumanía. En este capítulo vamos desde Mostar (Bosnia) hasta Sofía, en Rumanía, pasando por el Piva Canyon de Montenegro, Albania, Macedonia y el Monasterio de Rila, ya en Bulgaria.

Pues me he tomado mi tiempo, pero aquí está la primera parte del vídeo de la ruta Retorno al Este que hicimos este verano. En este primer capítulo recorremos el norte de Italia y nos adentramos en los Balcanes por Croacia hasta Mostar. Próximamente los siguientes capítulos.

 


Algunos de vosotros me habéis pedido información sobre los gastos y los kilómetros del viaje. Y como soy un poco friki y lo voy apuntando todo, puedo hacer un informe bastante pormenorizado de lo que nos ha costado todo, teniendo en cuenta el tipo de viaje que ha sido. Me explico:

  • Excepto algún día concreto, solamente hemos cogido autopistas de peaje el primer día, desde Barcelona hasta Piacenza. El resto, 99% por carretera a ritmo suave. Solamente hubo que pagar viñeta en Hungría y en Austria. El resto, no es necesario para las motos. Además, hemos de sumarle los 50€ del peaje de la Grossglockner para las dos motos.
  • Siempre hemos dormido en hoteles, habitación doble con baño, reservado el día anterior por Booking.com y con puntuaciones siempre superiores a 7. Se puede hacer mucho más barato, pero esas eran nuestras exigencias a la hora de buscar hotel. Y siempre que no fuera excesivamente caro, desayuno en el hotel.
  • La gran mayoría de las comidas, a base de ensaladísimas, bocadillos de sardinas o fideos tipo Yatekomo.
  • Las cenas, generalmente en restaurante y más o menos bien, intentando comer lo típico del país. Esto también incrementa algo el gasto, ya que a pesar de que intentábamos que no fuera excesivamente caro, a veces no podíamos evitarlo.
  • Las entradas a los lugares turísticos: hemos entrado solamente a los que nos han parecidos interesantes. Así que si visitas todos los lugares puede salir más caro, aunque las entradas no solían ser caras.
  • Las compras: las únicas compras que hemos hecho han sido imanes de cada país, pegatinas para las dos motos y alguna pulserita de cuero. Nada de souvenirs caros.

Con todo ello, vamos con los números del viaje:

Han sido un total de 9898,1 kilómetros desde nuestra salida en Terrassa hasta la llegada a Zaragoza, tras atravesar 14 países (si le sumo los 300 que me quedan a mí para retornar a Terrassa, salen casi 10200 kilómetros). Esto significa, en 28 días de viaje, 353,5 kilómetros diarios. La tirada más larga fue el primer día, con 989 kilómetros desde Terrassa hasta Piacenza (Italia). El consumo medio de mi BMW R1200GS Adventure 2014 fue de 4,6 litros/100km.

El gasto total de todo el viaje ha sido de 3985,99€ en esos 28 días, a una media diaria de 142,36€. Aquí deberíamos tener en cuenta que somos dos personas, pero viajando con dos motos, con lo que se dobla el gasto en gasolina y en peajes. Pasemos a desglosarlo todo:

  • Gasolina: Han sido 1008,69€ para las dos motos, lo que hace una media de 36,02€/día (18,01€ por moto y día).
  • Hoteles: Es el montante más abultado del viaje, lógicamente. 1576,67€, a una media de 56,31€ diarios. El hotel más caro fue de 90€ (habitación doble con desayuno) en el Guest House Stancija Kovacici de Opatija (Croacia), y el más barato de 27,14€ en el Hotel Apart de Blagoevgrad (Bulgaria).
  • Peajes: Además del del primer día, de Terrassa a Piacenza (Italia), luego hemos tenido que pagar las viñetas de Hungría (electrónica, no física) y Austria (esta sí es física). Y luego un peaje de Verona a Brescia para llegar a tiempo para la cena. Y los 25€ por moto de la Grossglockner en Austria. En total han sido 231,10€ (116,05€ por moto).
  • Alimentación: En total han sido 1000,51€ para las dos personas, con una media de 35,73€ diarios. Si nos centramos en las cenas, que como ya he comentado procurábamos hacerlas en restaurante, han sido 722,90€, a 25,82€ de media por día. La cena más cara fue en Kotor (Montenegro), donde desgustamos una ensalada y unos magníficos pescados (no sabría decir si eran doradas) a 72€ los dos, y lo más barato en Budapest, una especie de cucurucho de pan relleno de salchichas y pepinillos a 7,05€ las dos personas. 
  • Visitas: En visitas turísticas nos hemos gastado 91,19€, a 45,60€ por persona, o a una media de 1,63€ por persona y día.
  • Compras: Han sido un total de 77,83€, a 2,78€ diarios de media.

Y esto ha sido todo. Espero que os haya sido de utilidad, o cuento menos haya satisfecho vuestra curiosidad. Si queréis algún detalle más, no dudéis en consultar. 


Hay veces que no te entiendes con la gente. Y si son búlgaros y no tienen ni idea de inglés, más posibilidades tienes. Pues hoy ha sido uno de ellos. No uno ni dos ni tres, sino hasta cuatro veces he llegado a tener malentendidos con búlgaros. Y mira que me esfuerzo.

Todo empezó en la insulsa población de Blagoevgrado, donde debíamos buscar desesperadamente un lugar para desayunar. Y digo desesperadamente porque hoy he podido comprobar que si a Belén no le das un café con leche de buena mañana se trasforma en Mr. Hyde. Pero claro, en una ciudad prácticamente sin turismo encontrar un bar donde conseguir un café con leche y un croissant es complicado (luego comprobé que cruasan entra en su vocabulario, pero a esas horas de la mañana aún no lo sabía). Al final acabamos comprando cuatro cosas en un supermercado.

ALTERCADO 1: Ni se te ocurra subir la moto a la acera delante de la señora que cuida los tickets de la zona azul. Tendría la edad de mi madre (más o menos) e insistía que la moto en la acera nada de nada. Y yo que le decía (en un correctísimo castellano) que había otras motos en la acera un poco más arriba. Y ella erre que erre que nasti de plasti, en un correctísimo búlgaro también. La cosa es que Belén estaba a favor de ella, supongo que debido a la falta de café con leche en sangre. Al final conseguí hacerle entender que en dos minutos habríamos comprado las magdalenas y nos iríamos de allí. Aunque ella no dejó de mirar las motos por el rabillo del ojo.

En un pueblo cercano se encuentran las Stobskite piramidi, que no dejaban de ser unas formaciones montañosas en forma de pirámide. Nos pillaba de camino, así que intentamos llegar hasta ellas. Tras un trozo de pista, llegamos a un parking, una taquilla y una visita guiada. Me negué en redondo, aunque Belén (que aún no tenía su café con leche en el cuerpo) no estaba muy de acuerdo. Sin que sirva de precedente, tratándose de mujeres, logré salirme nuevamente con la mía.

Seguimos camino hasta el Monasterio de Rila. Camino por decir algo, porque nos chupamos veinte kilómetros de obras de ida, y otros veinte de vuelta. En medio de un valle entre montañas, este monasterio pintado a listas blancas y negras alberga en su centro la iglesia de la Natividad, profusamente decorada por dentro, y también por fuera, de vistosos y coloridos frescos. 


Dentro, un par de monjes ortodoxos, de casi dos metros de altura y aspecto tosco y descuidado. Afortunadamente no tuve ningún altercado con ninguno de ellos. 


Hasta Sofía quedaban poco menos de cien kilómetros que los hicimos a caballo entre la carretera y la autopista, para intentar recuperar algo del tiempo perdido en las obras. Era la hora de comer (algo pasada, en realidad incluso para los estándares españoles), así que decidimos ir a un McDonald’s de las afueras de la capital antes de ir al hotel.

ALTERCADO 2: En mis andanzas por el mundo, siempre en algún momento u otro ha caído algún McDonald’s. Suelen ser rápidos, serviciales y tener un nivel aceptable de inglés. Menos en Bulgaria. Prácticamente no había gente y tardaron más de 10 minutos en atendernos. La cara de Mario, el dependiente, era de desprecio absoluto. A duras penas entendió lo de “two menús BigMac with french fries and Coke Zero”. Y luego que de Zero nada, que la máquina no iba. Pase. Y después que quería ketchup y Mr Mario Bros me pedía nosequé en Búlgaro. Y yo que le miro interrogativo y abierto a entenderle. Y a él que se le acababa la paciencia por momentos. Hasta que entiendo -casi por infusión divina- que me pedía 1LV por el ketchup. Y todo esto para tener el peor BigMac que he tomado en mi vida, con el pan más que tostado absolutamente quemado. Quiero entender que Mario aún no se había tomado el café de la mañana. 

Sofía es enorme, con grandes avenidas donde el tráfico se diluye y no sufres tanto como en Skopje o Tirana. El centro presenta algunas atracciones turísticas, aunque la más recomendable sin duda es la Catedral de Alexandr Nevski, la segunda iglesia ortodoxa más grande de los Balcanes. 


ALTERCADO 3: Dentro de la catedral ya había visto el cartel de “no fotos”, así que ya había guardado la cámara. Había dos o tres señores ataviados con grandes batas negras que se encargaban de reponer las velas, o de avisar a turistas que nada de usar el móvil. Pero hacían caso omiso a una señora que estaba reventando su cámara de tanto hacer fotos. Así que ni corto ni perezoso saco la mía para hacer lo propio. En ese preciso momento se me avalanzan dos de las batas negras al unísono, casi al borde del placaje, gritándome (sí, gritándome) “PHOTOS, TEN LEVA!! PHOTOS TEN LEVA”. Vamos, que la señora de la cámara había soltado las 10 levas (unos 5 euros) por poder hacer fotos. En ese mismo momento, guardé la cámara y me puse a admirar los preciosos frescos del interior de la catedral. 

Después de recorrer el centro, y ya casi en nuestro hotel, decidimos cenar en Hadjidraganov’s house. Con ese nombre no podía ser otra cosa que un restaurante típico búlgaro de los que te ponen un menú incomprensible aunque esté en inglés. 

ALTERCADO 4: Cuando la camarera viene a tomarnos la comanda, yo intenté pedir alguna aclaración de unos de los platos. La chica me corta, y con una mirada que podría cortar un cristal blindado me dice “Good evening!!!” Ups! Y yo que creía que mi “Hello” con sonrisa incluida cuando se acercaba ya sería suficiente formalidad… Pues no, se ve que hay que ser extremadamente educado en Bulgaria. Al final, tuvimos hasta el equivalente búlgaro de la tuna tocándonos los grandes éxitos búlgaros de ayer y hoy especialmente para nosotros. 

En definitiva, que hoy he aprendido muchas cosas. Pero con total seguridad la que más me va a servir en la vida es que Belén necesita sí o sí su café con leche por la mañana. 


Sabes de esos días que el sol da con fuerza, el asfalto parece que se derrita bajo tus ruedas y te sobra toda la ropa de la moto? Pues hoy no era ese día. Ya ha amanecido en Zadar algo nublado, aunque la vista de la costa desde el apartamento presagiaba otro día radiante. Solamente hacía falta darse la vuelta para ver los nubarrones. Pero bueno, así hemos llegado hasta Šibenik. Pero nos ha costado lo suyo. Kilómetros y kilómetros de caravanas a poco que llegabas a un pueblo. Como no hacía buen día se supone que los turistas han abandonado las paupérrimas playas para lanzarse a la carretera. Porque allí estaban todos. Fijo. 

En Šibenik, tras una buena caravana de entrada -como no- finalmente hemos encontrado sitio, más o menos, en un aparcamiento de motos. Hemos callejeado hasta la catedral. Es extraña, de esas en las que su fachada principal no vale mucho la pena, su fachada lateral tampoco, y su interior no mata. Pero el conjunto es armonioso y aprueba con nota. 


Luego hemos intentado encontrar el Drazen Petrovi? Memorial, una pequeña estatua conmemorativa al jugador de baloncesto más grande que dio la ciudad. Después de mucho buscar, solamente hemos encontrado un mural, pero sin rastro de la estatua. Y a bien seguro que estaba cerca. Otra vez será.


Y luego ha comenzado el diluvio. Rayos y truenos y lluvia copiosa y continua hasta llegar a la frontera con Bosnia. Y luego más agua y más truenos. Había diseñado una ruta por alguna carretera pintoresca, pero visto el percal he decidido meterle directamente la dirección del hotel en Mostar. Pero sabes de esos días en los que el GPS se pone tontorrón y te quiere buscar las cosquillas? Pues eso. Primero que nos quería meter por unas pistas. Y mira que no le suelo hacer ascos a un poco de tierra, pero las condiciones climatológicas no invitaban a muchas alegrías. Así que recalculando nuevamente, mi Garmin ha decidido que lo mejor es llegar a Mostar por las peores carreteras del mundo. Os juro que sacaba la pierna para sentir el agarre del asfalto y parecía hielo. Sí, una sensación muy parecida a cuando subí a Cabo Norte en invierno. El asfalto bosnio es incompatible con el agua, os lo digo yo. 

Y con mucho cuidado hemos llegado, sin parada para comer, a Mostar. Y nada más llegar al hotel, vemos cómo unas ¿rumanas? eran pilladas por la propia víctima tras mangar unas carteras. Forcejeos gritos… Toda una bienvenida a la ciudad. En ese momento, la recepcionista del hotel nos ha invitado a dejar las motos en un parking interior “para más seguridad”. Por supuesto que sí!

Mostar… preciosa al atardecer. Porque a todo esto había dejado de llover pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad. Incluso ha salido un tímido arco iris. Pasear por el casco viejo, descubrir nuevamente el puente, escuchar a los muyaidines vociferar desde cada mezquita… Otro mundo. La puesta de sol nos ha brindado, sin duda, el momentazo del día. Toda una recompensa a un día duro de verdad, en el que Belén, como ya me tiene acostumbrado, se ha portado como una campeona, tras muchas horas sobre la moto y bajo la lluvia y el frío, y sin rechistar ni un solo momento. Ole, valiente!


Seguro que Belén os habla en su crónica de las niñas pidiendo por las calles y todo eso, pero yo prefiero quedarme con los colores del atardecer sobre el río Neretva. 


Mañana seguirá lloviendo, así que puede que improvisemos un cambio de ruta sobre la marcha. Eso me suele estresar, pero en el fondo, me hace sentir vivo. Buenas noches, aventureros!