Estaba realmente harto de las carreteras y de los conductores polacos. No aguantaba su manera de conducir, parecida a la hindú pero 100 km/h más rápida. Afortunadamente en pocos kilómetros saldría del país hacia Eslovaquia. Pero la carretera que tenía que coger para atravesar los Cárpatos estaba cortada. Como casi siempre en la vida, ante un problema solamente cabe una dirección, solucionarlo. Así que tocó sacar el mapa y estudiar alternativas. Y como casi siempre en la vida, a veces las cosas inesperadas suelen ser más interesantes que las programadas (si, ya sé… tomo nota mental). Porque la carreterita comarcal -o similar- que me llevó a Zywiec, aún en Polonia, me descubrió los encantos del Lago Miedzybrodzkie y sus curvas. (Note el lector la complejidad de los topónimos de la zona, y hágase cargo de lo que supone encontrar rutas improvisadas intentando aprenderse los nombres de memoria).

Y finalmente las autopistas eslovacas. No pensaba yo que deseara tanto encontrarme una autopista como las de toda la vida, sin radares ignorados, sin cruces, sin semáforos, sin vendedores de setas… pero sí. Antes de eso, me paré en el primer establecimiento tras la frontera eslovaca que anunciaba “Vignette” (la pegatina obligatoria para circular por determinadas carreteras del país). Con la experiencia lituana, pregunté a la dependienta del establecimiento (que era una enorme licorería, donde los polacos se acercaban a hacer sus compras), que no supo decirme si necesitaba o no el adhesivo. Así que decidí seguir hacia delante, total en unas horas habría salido del país.

Bratislava, esa gran desconocida. Qué calor hacía! Nota mental: para el siguiente viaje he de idear un sistema para poder dejar la chaqueta en la moto. El casco antiguo de la ciudad se resistía a dejarse ver, solamente podía adivinar el enorme castillo que se alzaba en alto sobre la ciudad. Tuve que bregar con los múltiples tranvías de la ciudad (todo un clásico en esta parte del mundo) haciendo giros imposibles hasta poder encontrar esas callejuelas de edificios señoriales que buscaba. Resultó -a pesar del calor- un agradable paseo.

En pocos kilómetros crucé la frontera húngara. Y en una especie de estación de peaje sí que me cobraron tres euros por la viñeta magiar. Bueno… por un papel que dice que he comprado la viñeta, porque a las motos no se la dan. Luego me volveré loco para encontrar la pegatina preceptiva del país para ponerla en la maleta.

Tras otros 200 kilómetros de autopista -sí, ya me estoy cansando otra vez de autopistas- pude descubrir las maneras de los conductores húngaros, similares a las nuestras: tres camiones allá a lo lejos a 90 km/h por la derecha, y cincuenta coches a 110 km/h por la izquierda, sin apartarse. Santa paciencia…

Y finalmente llegué a Budapest, que me abofeteó vilmente y por sorpresa. ¿Por qué nadie me avisó de lo bella que es la ciudad? Edificios señoriales por todas partes, no sabía dónde mirar… Cubistas, modernistas, rococós… Y de pronto… un puente. Pasaba de Buda a Pest o de Pest a Buda… da igual. Preciosos puentes, tan bellos que no me dí cuenta si el Danubio era realmente azul.

El paseo nocturno me descubrió el Palacio Real plenamente iluminado, allá a lo lejos sobre el río, y el Parlamente, no tan iluminado, justo a mi lado. Una cena a orillas del Danubio -suena bien, eh?- lástima que en solitario, me ayudó a reponer fuerzas, unas fuerzas que ya iban escaseando, y es que los días comenzaban a pesar. La cuenta atrás estaba tocando a su fin.

Hoy han sido 606 kilómetros en 7 horas y 20 minutos, a una media de 83 kim/h. EL consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.062 kilómetros recorridos. La ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 21


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