TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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Pues ya me tenéis aquí, a las tantas de la noche, para contarle al que quiera oírlo lo que ha dado de sí el día. Y si me fío por las horas encima de la moto -casi diez- parece que sí, que el día ha dado de sí. Y la noche, porque llegar al hotel más allá de las 00:20 tiene tela. Al menos el de recepción no nos ha mirado mal. Igual es porque era una pantalla táctil, quién sabe.

Tarde. Salimos muy tarde del hotel. Es lo que tiene acostarse tarde. Parece la pescadilla que se muerde la cola: nos levantamos tarde-llegamos tarde-hay que dormir-me levanto tarde. Habrá que romper el círculo vicioso en algún punto, pero aún no he decidido dónde. Pues eso, que tarde nos levantamos, y además nos dio por perder el tiempo en el precioso castillo de Eltz. No dentro, que lo de las visitas en este viaje están vetadas por cuestiones de tiempo. Pero las vistas desde el mirador eran espectaculares.

Luego, un pequeño pueblo a orillas de un río. Monreal, se llama. El pueblo, digo. El río ni idea. Casas medievales, con porticones de colores y todo eso. Y el castillo en lo alto que no falte. Después de una visita relámpago, nos vamos hacia Saltzvey. ¿Y por qué?, diréis. Pues porque sí. Porque pillaba de camino y además tiene un bonito castillo con lago y todo. Muy vacío, pero se ve que lo animan por la noche, con bares, torneos medievales y todo lo que se os ocurra hacer en un castillo medieval.

Y después Colonia. Köln, como la llaman por aquí. Hace más de 25 años que no me acercaba. Y la catedral sigue ahí, mira tú. Negra de roña, pero altiva y elegante.  Nos dimos una vuelta por su interior y me doy cuenta que podría ser más espectacular con esa materia prima, pero se ve que los alemanes no aprenden de la catedral de León o la de Burgos… Seguimos ruta, que queda un huevo de kilómetros y ya es hora de comer.

Pues que paramos a comer por el camino. Hoy tocaba ensaladísimas. Una delicia, oye. Al lado del carril bici. Y seguimos, que quedan más de 400 kilómetros. Seguimos hacia Hamelín, a ver nosequé flautista que había ahí. Pero la verdad es que el tiempo se nos echa encima y pasamos del flautista. Total, dicen que es cuento. Y con la noche por sombrero, seguimos por la autopista hacia Hamburgo. Sí de esas autopistas alemanas sin límite de velocidad. Pues nosotros a 90 km/h, como dos campeones. Miro el GPS y me dice que la velocidad máxima de hoy ha sido de 102 km/h. Se me abrá ido la cabeza y me habré despistado… A todo esto, debo haber batido un récord del mundo inverso con esa velocidad estratosférica en las autopistas alemanas.

Y aquí estamos, deseando que desde la habitación no se oiga el paso de los trenes por la vía cercan….. MIERDA, se oyen! Buenas noches.

la foto

Resulta que no había wifi en la habitación. Ni 3G pagando ni nada. Y yo era feliz. Porque tras el licor griego de los cojones y la cerveza cargadita, mas la musaka y nosecuántas exquisiteces griegas más, lo que me apetecía era irme a dormir. Ah, supongo que las casi diez horas encima de la moto influyen en quererse acostar. Pero no, ha sido meterse en la cama y tener wifi disponible. Así que aquí me tenéis, escribiendo la crónica nuevamente a las tantas.

¿Que cómo ha ido el día de hoy? Pues un día de mierda. Concretando, 700 kilómetros en 9:36 horas encima de la moto. Con lluvia y todo. ¿Que qué hemos visto? Pues nada. Nada de nada. Y eso que el día prometía. Pero la aventura es así, un día te da ración doble, y al día siguiente no te da ni las migajas. Primero, unas carreteras chulas -rectas pero chulas- saliendo de Lyon. Con sus laguitos y sus observatorios ornitológicos. Pero la cosa es que este viaje no es para ver pájaros. Así que nos dispusimos a chuparnos los casi quinientos kilómetros que hay hasta Luxemburgo. Que mola eso de visitar Luxemburgo, oye. Exótico es.

Pero que va y se le ocurre ponerse a llover antes de llegar, oye! No pasa nada, chubasquero y punto. Y al entrar el Luxemburgo… un atasco de mil narices. Y se me ocurre pararme en la estación de servicio. Son muchos años viendo fórmula 1, y al final sabes que el mejor momento para repostar es cuando sale el safety car. Y como íbamos más lentos que el caballo del malo, ahí que nos metemos en el área de servicio. La cosa era tomar un café y ver si tenían pegatinas de Luxemburgo, que esa me falta. Pues no veas el atasco que había en la gasolinera. ¿Habéis visto alguna vez un atasco en una gasolinera? Yo tampoco. Pero se ve que en Luxemburgo eso está de moda. No sé, igual es la única gasolinera de todo el país. Resumiendo, hora y media haciendo cola para poner gasolina. Y eso que no necesitábamos repostar. Pero era imposible salir de esa cola. Absolutamente imposible. Bueno, de esa ni de ninguna cola, porque al menos diez colas se dirigían a otros tantos -o más- surtidores. En definitiva, estábamos atascados ahí dentro.

Y claro, ni pegatina ni café ni nada. Eso sí, ya que estábamos, repostamos. Y luego, ni visita a la ciudad, ni nada de nada. Directos al hotel que ya íbamos tarde. Un pueblo de difícil nombre y peor wifi. Mañana a ver si por lo menos hacemos algo de turismo.

Por cierto, Luxemburgo: país 36 que recorro en moto. Buenas noches.

 

La carretera serpenteaba entre verdes colinas. Un asfalto impecable, unas curvas nobles y amables. De repente, al pasar una loma el paisaje me dejó sin aliento. Un giro a la derecha colocó a nuestra izquierda los majestuosos Alpes con el espectacular castillo de Neuschwanstein a sus pies. Y a nuestra derecha el sol intentaba colar sus últimos rayos entre un girón de las escasas nubes. Yo no sabía dónde mirar. Habíamos recorrido los trescientos cincuenta kilómetros de la Romantische Strasse. Era un buen final.

Amaneció un precioso día para ir en moto. Sol, temperatura agradable y una carretera que se mostraba excepcional para pasar el domingo. La Romantische Strasse recorre Alemania desde Würzburg hasta Fussen, ya al borde de los Alpes. También lo pensaron así cientos de motoristas que en una dirección u otra nos encontramos el ruta. Desde estridentes superdeportivas hasta maravillosas reliquias de hace cuarenta años. Y descapotables, muchos descapotables. Nadie quería perderse este maravilloso día de domingo.

La ruta está perfectamente señalizada con unos carteles marrones que indican cualquier cambio de carretera. Pero no está de más llevar apuntados los pueblos de paso, porque en algunas grandes ciudades es fácil perderse y encontrar la ruta de salida. Las primeras paradas fueron en pueblos que no mostraban nada especialmente interesante, cosa que puede llegar a desencantar. Plazas coquetas, callejuelas interesantes pero no demasiado… Pero no nos desanimamos, solamente era el comienzo. Así como sin quererlo paramos en Rothenburg y la cosa cambió. Tras pasar la muralla por una vieja puerta te reciben cientos de casitas con afilados tejados, todas primorosamente pintadas y con geranios adornando los balcones. Allá donde mires todo es de cuento. Carteles de hierro forjado con adornos dorados anuncian cada hotel y cada tienda, mientras que el nombre del establecimiento aparece pintado en las fachadas con una pulcra letra gótica. Tiendas de detalles con buen gusto, apetecibles restaurantes y cervecerías… Es con diferencia el mejor lugar de la ruta para realizar una parada. Muy recomendable.

La ruta va transcurriendo sin especial interés por lo que al trazado se refiere. Excepto algún tramo con algunas curvas, el resto es bastante recto y anodino. Pero no por ello los alemanes dejan de recorrerla en moto. Lo cierto es que casi no hacía falta seguir los carteles indicadores. Simplemente te dejabas llevar por el reguero inacabable de motos y descapotables. No hay pérdida. Paramos a comer en Harburg, a orillas del río y cerca del puente de piedra, frente al castillo. Las campanas de la iglesia cercana rivalizaban con el chapoteo de los niños que intentaban atrapar a los patos, que se mantenían a una distancia prudencial. ¿Qué mejor sitio para un picnic?

La Romantische Strasse sigue sin pena ni gloria hacia el sur, adentrándose en Baviera. A partir de Schongau la cosa cambió. Los dorados campos de cereales en plena cosecha se transformaron en inmensas praderas de hierba fresca. Aparecieron los bosques de abetos y el sol comienza su particular exhibición de tonos rojizos en el horizonte. El castillo de Neuschwanstein apareció al pie de las montañas, mientras que los primeros picos alpinos comenzaban a tomar protagonismo. Después de doce días eran prácticamente las primeras montañas, y realmente nos alegraron la vista. Llegamos al hotel casi de noche, con muy poco tiempo para encontrar un lugar para cenar. Pero no importaba. Habíamos recorrido de principio a fin una ruta mítica.

No creo equivocarme al decir que la Romantische Strasse está sobrevalorada como ruta motera. De trescientos cincuenta kilómetros me quedo con los cuarenta últimos. De los pueblos y ciudades que pasa, quizá destacable de verdad sea solamente Rothenburg. Los paisajes no son nada del otro mundo si volvemos a exceptuar los últimos kilómetros. Pero tiene un excepcional marketing. Primorosamente indicada, eficazmente anunciada y con gasolineras, hoteles y restaurantes disponibles en cualquier punto. En España tendríamos cientos de rutas quizá mejores que ésta. Pero el turismo de carretera sigue en pañales en nuestro país. Afortunadamente no nos faltan buenos moteros que impulsen esas maravillosas rutas por la península. Pero aún nos falta mucho por aprender.

Quedan dos días de ruta y tres días de vacaciones. Algo no cuadra. Para encajarlo tengo dos opciones: o comenzar a trabajar un día antes o… Sí, habéis acertado. La Ruta Polaca se alargará un día más. Las carreteras de la Provenza francesa tienen la culpa. Pero eso será otro día.

Hacía poco que habíamos atravesado la frontera. A veces solo lo notas cuando cambia el idioma de los letreros de las tiendas y el tipo de señales de tráfico. Pero no me esperaba una señal así. Y no era la primera que veía. Hace unas semanas tuve que ir hasta Kosovo para ver unas así. Pensaba que eran unas rarezas, pero no. En Alemania también tienen señales para tanques. Igual es que están pensando en otra invasión. Aunque yo pensaba que la invasión germánica del siglo XXI consistía en ir “rescatando” países…

Salimos de Praga remoloneando. No queríamos irnos de esa ciudad tan atrayente. Visitamos en moto algunas cosas que quedaban por ver, así que fue a eso de las once y media cuando salíamos de la ciudad tras una pequeña llovizna, para no perder la costumbre. En principio no hay mucho que contar de la ruta, unos cuatrocientos kilómetros por carretera. La República Checa no destaca en esta zona por unos grandes paisajes, pero si que vimos diversas ciudades que podrían ser visitables. No lo descarto para hacerlo en otra ocasión con más profundidad.

Y entramos en Alemania. Pocos kilómetros antes el paisaje ya había cambiado. Aparecieron las colinas de praderas verdes y tupidos bosques de abetos. Y las curvas. Echaba de menos trazar con precisión las curvas que iban serpenteando entre árboles y prados. Eso me alegró el alma que hoy estaba un poco sombría. Llega un día en que lo que antes era excepcional ahora es casi rutinario. Ya no te sorprendes del paisaje, ni de las casas ni de los estrafalarias vestimentas pasadas de moda de la gente. Cuando comienzas a asimilar como normal todo lo extraño, la intensidad del viaje disminuye. Y eso me hace pensar en el retorno.

Cuando en tu maleta prácticamente no hay otra cosa que ropa sucia, cuando cada mañana cuentas los días que quedan para regresar en lugar de los que llevas de ruta, cuando en el horizonte comienza a aparecer la rutina del día a día en el trabajo, necesitas un estímulo que te haga salir de esos pensamientos negativos. Llegando a Bamberg, un único rayo de sol iluminó una de esas lejanas praderas entre abetos. Era un verde mágico, de esos que te llenan la retina de sensaciones. Me iluminó. Era la señal para pensar en los maravillosos cuatro días en buena compañía que quedaban. Y había que disfrutarlos al máximo. No serían un mero regreso a casa o una cuenta atrás hacia la monotonía de la vida diaria. Esos cuatro días tienen la suficiente entidad para ser un gran viaje por ellos mismos. ¿Habéis oído hablar de la Romantische Strasse? Trescientos cincuenta kilómetros de pueblecitos bávaros y paisajes increíbles. ¿Y de Liechtenstein? Uno de los países más pequeños de Europa ¿Y del Splügenpass? Quizá la serie de tornanti más simétrica de los Alpes ¿O del Lago di Como? Posiblemente el rincón de Italia más tranquilo y glamouroso. Y es que en este viaje no hay cuenta atrás que valga.

 

Lo había completado. No recuerdo si fue mi primer puzzle de quinientas piezas, es que ya hace más de treinta años. Pero aquellas dos torres de oscuro y viejo ladrillo, con sus dos imponentes caperuzas negras y sus jardines de un verde impactante me habían encantado desde que coloqué la primera pieza. Nunca recordé de dónde era esa imagen. Hasta que vi una foto hace unas semanas, preparando este viaje. No podía dejar de pasar por ahí!

Llovía en Hamburgo. Las calles estaban mojadas. Me gusta verlas así. Por suerte, al lado del hotel había una especie de pastelería turca donde servían desayunos. Delicioso. Mientras afuera dejó de llover. El primer destino era Lübeck, donde teníamos que haber dormido esa noche, pero preferimos cenar con Coco, aunque eso implicara acostarse a altas horas de la noche.

No voy a volver a explicar la conducción en las autopistas alemanas, ya lo hice en mi primer viaje. Pero será un shock volver a sufrir las autopistas españolas, seguro. La entrada en Lübeck nos deparó una gran caravana, donde con dificultad podía sortear el tráfico con las maletas. Con paciencia, llegamos al centro. Y ahí estaba. La puerta de Holsten en todo su esplendor. Más de treinta años sin verla. Aunque en realidad no la había visto nunca, solamente era un puzzle. Ahí estaba con sus rechonchas torres, su esbelto tejado, sus ladrillos oscuros y sus formas apoltronadas, como en mi puzzle.

Después de una corta vuelta por la ciudad, nos dirigimos hacia Berlín, también por autopista. Preferimos llegar pronto y poder visitar la ciudad. La diferencia de hacer turismo urbano en moto es que todo queda cerca. Lo que en otro viaje te puede costar dos o tres días, aquí lo puedes hacer en una tarde. Lo que queda del muro, Alexanderplatz, Postdammerplatz, la Puerta de Brandenburgo… Uno tras otro recorrimos los sitios emblemáticos de la ciudad hasta la hora de cenar. Antes, tuvimos una amigable charla con la policía, que nos paró para pedir documentación y para avisarnos que quizá las sandalias de Belén no eran aptas para ir en moto… Aish, como en casa, pensé.

De cena, hoy tocaba un brastwurst. Y una cerveza, por supuesto -aunque fuera austríaca-. La vida nocturna de Berlín es famosa en el mundo entero, aunque sea lunes. De camino al hotel, pudimos comprobarlo. Pero -como en todos lados, supongo- va por zonas. Podías pasar por barrios absolutamente desiertos a las nueve de la noche, pasar una calle y meterte casi en el carnaval de Río. La ciudad me pareció enorme, las calles no acababan nunca. Nuestro hotel, a pesar de estar en un edificio moderno, está situado en una zona del antiguo Berlín democrático, con bloques de pisos al estilo soviético, monótonos, funcionales y estéticamente simples.

Berlín es una ciudad apasionante, tanto por su belleza arquitectónica como por su historia reciente. Historia que parece pasado pero que aún se respira al visitarla. Lo difícil es asumirla, integrarla y mostrarla al visitante sin temores. Y creo que Berlín lo hace. Combina trozos de muro aún en pie con modernos edificios de cristal, los simpáticos semáforos de peatones con tiendas de Lego, o imponentes edificios de la época comunista con los antiguos palacios imperiales. Como piezas de un puzzle, se van colocando una tras otra. El puzzle de la historia vuelve al pasado, recoge las piezas necesarias y conforma una nueva realidad. Como yo con mi puzzle. Ahora se que era Lübeck. Tras treinta años, seguía igual. De hecho sigue igual desde el siglo XV. Y eso, qué queréis que os diga… me da envidia. Solo espero el momento de coger otra pieza del puzzle de la historia y volverlo al presente. Conquistando ciudades, componiendo los puzzles del pasado.

Hoy el día debería haber sido genial. Y puede que lo fuera. Pero en realidad no tengo ganas de contarlo. No tengo ganas de recordar que esta mañana llovía y que la vista del lago cercano a Amsterdam me daba una tranquilidad casi irreal. No quiero recordar que luego dejó de llover y que incluso salió el sol.

No me apetece pensar en las carreteras holandesas, todas rectas y casi sin tráfico. Holanda es un país de rectas. Rectas en los canales, en las carreteras y en las autopistas. No viene a cuento decir que continuamos fisgoneando en las casas a través de sus enormes ventanales. Casas acogedoras, espaciosas y familiares.

No quiero acordarme de la entrada en Alemania, donde todo cambió en un segundo. Las rectas se tornaron curvas, los pastos campos de cereales y los jardines simples patios. No quiero pensar en las autopistas alemanas, continuamente en obras y con limites de velocidad de 80km/h.

No me gusta pensar el lo relajado que parecía Bremen ese domingo. Ni tampoco en sus tejados de cobre verde que brillaban al sol del mediodía. No tengo ganas de acordarme de las veces que me preguntaron por la moto, de dónde veníamos y hacia dónde íbamos, a pesar de que la BMW había vuelto a su país natal.

Tampoco me apetece contaros el inolvidable encuentro con Coco en Hamburgo. Ni el paseo por el lago, ni la suculenta cena ni las cervezas en compañía de una agradable charla. No tengo ganas de contaros que somos una gran familia y que hacemos por vernos allá donde tengamos ocasión.

Y es que hoy me enteré de lo de JC Nokalkorretant. La pérdida de uno de los nuestros te hace poner los pies en el suelo y darte cuenta de que lo que hacemos es peligroso. La muerte acecha detrás de cada guardarrail. Mañana podría ser yo, es cierto. Viajar en moto es sublime, si. Te da vida. Y también te la puede quitar. Pero quizá en ese riesgo está parte de su placer. No por ser peligroso vamos a dejar de montar en moto. Seguro que a Juan Carlos no les gustaría que dejáramos de hacerlo. Mañana me levantaré, me vestiré de motero, me pondré el casco, miraré al cielo y sonreiré. Porque allá arriba tenemos un ángel más que vela por nosotros. Un ángel que nos hace ráfagas para que veamos el camino con claridad. Y mañana seguiremos disfrutando a pesar del dolor. Va por ti, Juan Carlos. Contrastes.

Hasta que no haces las cosas al menos dos veces, no sabes realmente lo que estás haciendo. Si no es un proverbio chino, poco le falta; de hecho, la frase me la acabo de inventar. Y es que el día de ayer puede ser duro o no… depende de con qué lo compares. Y después de la ruta de hoy estoy en disposición de afirmar que el día de ayer fue duro, sí. Tanto que esta mañana tardé mucho en levantarme. Pero a eso de las 11 ya estaba otra vez metido en faena. Hoy entraría en Alemania y la atravesaría por esas míticas autopistas sin límite de velocidad.

En otro viaje anterior, también digno de ser contado, donde coincidí con una pareja de biólogos expertos en ornitología, aprendí que los pájaros más inteligentes eran los córvidos (cuervos y familia, vamos). Me dijeron que era muy difícil ver a un cuervo atropellado en una carretera. Y hoy he comprobado cuánto de cierto hay en esta afirmación, que a primeras luces me pareció gratuita. Al contrario de lo que suele pasar con gatos, perros, ardillas y otros mamíferos, que cruzan la carretera despistados o con prisas, un cuervo ha atravesado una autopista alemana a saltitos… mirando y esquivando los coches que venían. No deja de ser un hecho sin importancia, pero a mí me ha sorprendido. Por eso os quería hacer partícipes de esta pequeña anécdota.


Pero vamos al tema central del día. ¿Es cierto que las autopistas alemanas no tienen límite de velocidad, o es una leyenda urbana? Es cierto que se escribe mucho del tema, e incluso yo mismo he leído varios blogs al respecto. Pero hasta que no lo ves con tus propios ojos no das crédito. Lo normal en el día de hoy era ir por el carril central a 160 km/h según el GPS y que los coches te pasaran por el carril de la izquierda calculo que a 230 o 240 km/h. En serio. Cierto es que no toda la autopista está sin límite, sino que en determinadas zonas donde el asfalto está tirando a mal (de hecho TODA la autopista tiene peor asfalto que en España), o cuando aparece una incorporación, la velocidad está limitada a 120 km/h o incluso a 100 km/h durante unos breves kilómetros. Pero es fácil encontrarse tramos de 20 o 30 km sin ningún tipo de restricción. Y para nada es peligroso. Todo lo contrario. Los vehículos respetan estrictamente lo de conducir por la derecha, por lo que dejas de encontrarte el mayor peligro de la autopista: el despistadillo que va a 120 km/h por la izquierda. O peor aún… el inseguro que va a 100 km/h por el centro… porque así no tiene que adelantar camiones… pero obligando a ocupar el carril izquierdo al que viene detrás.

Quizá lo más alucinante de todo no es ver a los Audi o BMW a 250 km/h, sino que cuando aparece el cartel (pequeñitos, por cierto) de limitación de velocidad, todos (y cuando digo todos quiero decir TODOS) se ponen obedientemente a 120 km/h. Como en España, vamos.

He probado de ir algunos kilómetros realmente rápido, pero a partir de 170 km/h (que continúa siendo legal, repito) comenzaban unos bamboleos preocupantes, sin duda debido al reparto de pesos contra natura que obligan las maletas laterales. Así que nos hemos tenido que conformar con cruceros de 140 – 150 km/h sin tener que preocuparme del velocímetro.

La parada a desayunar ha sido curiosa. Allí he coincidido con una pareja de holandeses (bueno, no sé si son pareja o madre e hijo, según la diferencia de edad), cada uno con una moto, que venían de Italia y los Alpes. Me preguntaban hacia dónde iba, porque les parecía extraño que fuera al Cabo Norte (como así reza la inscripción de la maleta) yo solo. Les he sacado de dudas, y hemos comenzado a hablar de la ruta a realizar y de la moto. Han sido unos minutos agradables. Y es que el ir solo te obliga a interaccionar con humanos siempre que puedes…

El día ha transcurrido entonces entre colinas doradas recién peinadas para recoger el cereal, salpicadas aquí y allá por pequeños bosquecillos verdes de pinos bajos. Un paisaje agradable y bucólico, pero que acaba siendo ciertamente monótono después de algunos kilómetros. La primera parada importante ha sido en Frankfurt, donde he dejado la autopista para visitar brevemente el centro de la ciudad, famosa por sus modernos rascacielos que combinan perfectamente con las casas bajas, de ladrillo oscurecido, que esperas encontrarte en cualquier ciudad norteña. Era mediodía, y creía que al ser domingo iba a encontrar bullicio por las calles, pero nada más lejos de la realidad; en algunas zonas parecía ciertamente una ciudad fantasma.

Hasta Hamburgo he tenido que sufrir algunas retenciones, muchas veces debidas a obras en la autopista, que señalan con un smiley 🙂 de colores, comenzando con el rojo y la señal 🙁 cuando quedan 15 km de obras, pasando por distintos tonos de naranja y amarillo para acabar con un 🙂 en verde cuando acaban las obras. Ciertamente curioso. En una de esas retenciones he podido ver a un niño que me miraba con curiosidad con la nariz pegada al cristal trasero de su coche. Unas ráfagas y un saludo con la mano ha sido suficiente para que emocionado se lo dijera a su padre, que conducía un ostentoso Mercedes. Me he querido imaginar a ese niño dentro de unos años montando las maletas de aluminio de su BMW para realizar un viaje hacia el sol de España, motivado porque cuando era niño un motero le devolvió el saludo. Y es que el ciclo de la vida continúa…

Y finalmente Hamburgo, a la que ya he bautizado (aunque solamente la he disfrutado un par de horas) como la ciudad emuladora: quiere imitar a Ginebra con un chorro de agua en uno de sus canales, pero no tiene la elegancia del suizo; quiere jugar a ser Berlín con iglesias destruidas por la Guerra, pero no tiene la majestuosidad de la de Wilhelm berlinesa. Conjuga zonas modernas con edificios señoriales casi prusianos, pero no me ha dejado muy buen sabor de boca. Aunque soy consciente que no le he dado muchas oportunidades. Para ser domingo a las 7 de la tarde, hora que en España tendríamos a toda la gente en la calle, en Hamburgo había poco bullicio, e incluso en algunas zonas casi parecía que yo era el único habitante del planeta, cruzando por en medio de grandes avenidas totalmente desiertas. Igual es que están todos los alemanes en Mallorca. Una cena a base de carne con cebolla y una copa de vino Riesling han puesto el broche de oro a una jornada que me ha parecido descansada,… siempre que la compare con la de ayer. Los datos de la jornada:

7 horas justas en movimiento, para hacer 731 km en total, a una media de 104 km/h, y una velocidad máxima de 169 km/h -legal en Alemania-. Todo esto con un consumo algo menor que el de ayer: 5,4 litros a los 100 km/h. Y lo mejor de todo, que me veo capaz de repetirlo mañana. Y pasado. Y el otro.

Aquí tenéis la ruta:

The Long Way North. Day 2 at EveryTrail

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En teoría era la parte más sencilla de preparar. “Trácese una línea recta entre los dos puntos deseados y sígase las autopistas más cercanas”. Parece fácil, pero ayer noche comentando el tema con expertos moteros no me lo parecía tanto. Y es que el viaje tiene determinadas premisas que me complican las aparentemente sencillas instrucciones. A saber:

  • No quiero coger ferrys, trenes, ni ningún otro medio de transporte que no sea mi BMW. Ya sé que en Noruega me cansaré de ferrys, pero en esta primera parte quería evitarlos. Así que para entrar en Suecia solamente existe una vía: el magnífico puente de Öresund que conecta Copenhague con Malmö. Hace unos meses lo atravesé en tren y fue una grata experiencia.
  • En Suecia comienza el viaje de verdad, así que a partir de allí las autopistas solamente son una opción, no una necesidad. Y quería recorrer la costa sur y este para llegar a Estocolmo, en lugar de continuar por la autopista más directa.
  • Desde Barcelona son más o menos 3000 km hasta Estocolmo. Teniendo en cuenta que el primer día (que en teoría vas descansado) puedes hacer 1000 o 1200 km, me quedan unos 1800 a repartir en 3 días más. El último día antes de Estocolmo puede ser un poco más duro, porque tengo pensado un día de descanso y visita en esta ciudad.
Por lo tanto, el primero borrador de esta primera parte quedaría, en grandes rasgos, así:
  • Día 1: Desde Barcelona hasta Strasburgo, Francia. Unos 1100 km.
  • Día 2: Desde Strasburgo hasta Hamburgo, Alemania. Unos 750 km.
  • Día 3: Desde Hamburgo hasta Helsinborg, Suecia. Unos 600 km.
  • Día 4: Desde Helsinborg hasta Estocolmo, Suecia. Unos 730 km.
Aquí tienes el mapa

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Y aquí, el rutómetro más detallado.
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