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La aventura de cada fin de semana

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La gran decisión de la mañana fue, además de saber dónde desayunar, si realizábamos la ruta prevista hasta el Lago Ohrid atravesando toda Albania, o nos quedábamos en su capital, Tirana. La ruta total no eran más de 340 kilómetros, pero el GPS daba más de 7 horas para recorrerlos. Cosas de Albania. Al final, desayunamos cosas compradas en un supermercado y nos decantamos por la ruta larga. La aventura es la aventura.

La costa sur de Montenegro es de otro nivel a lo que ya vimos más al norte, Croacia incluida. Aquí reinan los hoteles grandes y las playas repletas de tumbonas y sombrillas perfectamente alineadas. El máximo exponente es Sveti Stefan, una isla privada para los más pudientes. 

Sabes lo importante que son los pictogramas internacionales cuando vas al baño de una gasolinera montenegrina y ves dos carteles que ponen “covjek” y “zena”. Tuve que girarme a la dependienta para, señalándome a mí mismo preguntarle: “¿Covjek o Zena?”

Y tras pasar la frontera montenegrino-albanesa como dos jefes por el lado de los peatones y sin parar (gentileza de los guardias), ya rodábamos por el peligroso suelo albanés. Mi pensamiento en ese momento, además de no ser arrollado por alguno de los múltiples Mercedes que circulaban a nuestro lado, es saber cómo saldríamos por la frontera con Macedonia sin el sello de entrada al país. Pero eso ya sería después, así que mejor preocuparse por lo de los Mercedes. 

La circulación en Albania es caótica. En cada una de las tres veces que la he atravesado he notado mucha más modernidad tanto en las carreteras como en la gente que circula. Hoy por ejemplo solamente hemos visto un carro tirado por un burro, cosa que en otros viajes estaba a la orden del día. Pero lo peor han sido los atascos. Kilométricos, sobre todo de entrada en Tirana. Porque en albanés no existe la palabra “circunvalación”, y tienes que atravesar la capital por el mismísimo centro para poder seguir ruta. Y si quieres comprar la preceptiva pegatina del país, date por muerto: no existen tiendas de souvenirs, o al menos, son muy difíciles de encontrar. Pero no os preocupéis, que al final, in extremis en Pogradec, el último pueblo antes de la frontera, hemos localizado una tienda de souvenirs con pegatinas. 


Y así hemos ido atravesando el país, hasta la frontera con Macedonia, ya a orillas del lago Ohrid. El funcionario albanés se ha tomado las cosas con calma, poniendo caras raras al comprobar en el ordenador -supongo- que no teníamos entrada. Pero al final nos ha sellado el pasaporte y hemos podido salir. La cola estaba ahora en el lado macedonio, y no parecía moverse. Hasta que un funcionario motero se ha apiadado de nosotros y nos ha colado. Mientras nos sellaban los pasaportes, me ha enseñado una foto de su Adventure partida por la mitad mientras le cambiaban el embrague. Entrañable. 

Hemos llegado al apartamento justo a tiempo para ver cómo se ponía el sol justo encima del lago Ohrid. Simplemente espectacular. Mañana recorreremos Macedonia y seguramente entraremos ya en Bulgaria. Os seguiremos contando si es que no os aburrimos mucho. Un saludo!

Quizá por lo duro que fue, quizá por haber podido observar paisajes remotos. Sea por lo que sea, este vídeo me emociona. No se si lo habré transmitido, pero al menos lo he intentado. La desconocida Macedonia, el fantástico lago Ohrid, las pistas albanesas casi en el crepúsculo… No te lo pierdas!


La Ruta Balcánica (III). Macedonia y Albania por Dr_Jaus


La Ruta Balcánica (IV). El retorno. por Dr_Jaus

Mientras sostenía la tercera CocaCola, miraba al horizonte. La brisa mecía las olas en la laguna Vainit mientras yo esperaba mi pescado a la brasa. Continuaba estando en Albania, sí. Pero hoy quise que las cosas fueran algo diferentes.

Me levanté tarde. Es lo que tiene acostarse casi a las dos de la madrugada escribiendo el post y editando fotos. De todas formas a esas horas seguía teniendo un exceso de adrenalina y no podría haberme dormido fácilmente a pesar del cansancio. Una vez desayunado, a eso de las diez de la mañana, la prioridad era encontrar un soldador. En España hubiera sido una ardua tarea, pero tenía la certeza que en Albania sería más fácil. En el hotel no me dieron ninguna solución, así que cogí la moto y comencé camino.

A menos de trescientos metros, vi un portalón de hierro tras el cual se acumulaba chatarra y hierros oxidados. Aunque no me pudieran allí soldar el soporte de la maleta, seguro que sabrían dónde. Con un poco de mímica y buena voluntad por parte de ambos, el chatarrero me indicó dónde podrían ayudarme. No lo localicé a la primera, pero tras preguntar en un mecánico de camiones cercano, encontré al soldador. Después de 10 minutos, tenía ya el soporte perfectamente soldado. La sorpresa fue cuando pregunté el precio.

– Dos dólares -me dijo el hombre, mientras un hilillo de sangre corría por su frente, fruto de un pequeño encontronazo con el portaequipajes de la BMW.

– Solo tengo euros. Te va bien que te de cinco?- le dije mientras le acercaba el billete.

Meneó la cabeza abrumado. Echó mano al bolsillo y sacó un fajo de billetes albaneses. El pobre hombre estaba buscando cambio.

– No! Quédate el cambio! – le expliqué. Su cara cambió con una enorme sonrisa.

– Gracias, muchas gracias! – me dijo.

Seguí ruta hacia Krujë, a escasos treinta kilómetros de Tirana. Allí hay un castillo, orgullo patrio, pero que a mi me resultó algo soso. La calle central del pueblo era estrecha y llenas de tienduchas de las que venden artesanía típica. Suelo huir despavorido. Así lo hice.

Las alternativas eran pocas. No quería volver a hacer pasar a la BMW por otra jornada como la de ayer. No se lo merecía. A duras penas salimos casi ilesos como para volver a meternos en otro fregado. La subida hacia las montañas del norte otra vez por pistas quedaba descartada. En su lugar, enfilé la nacional hacia Skodër, que en algunos puntos es incluso una autopista. Me fui desviando a ver algunas cosas, entre ellas la laguna Vainit, un parque natural cerca de Lezhë. Nada del otro mundo. Marismas, aguas estancadas, alguna garza real y poca cosa. Pero me pegué el homenaje en la comida. Entre otras cosas, porque me sobraba moneda local que debía ir liquidando antes de salir de Albania.

Recorriendo el país te das cuenta de dos cosas fundamentales y diferentes del resto. Una son los lavacoches, Lavazh los llaman aquí. Los hay a centenares, sobre todo a la salida de las poblaciones. Unos pegados a otros. No son más que un compresor con una manguera. En Albania todos quieren tener sus Mercedes -la mayoría seguramente proveniente del mercado del coche robado europeo- como los chorros del oro. Y tal como tienen las carreteras, el negocio de los lavacoches sigue siendo floreciente.

Otra particularidad son los búnkers. Son pequeñas “setas” de hormigón que puedes ir viendo por el camino. Ahora completamente abandonados son una herencia de la paranoia antiinvasora de Hoxa, el dictador militar comunista que lideró Albania hasta los años 80. Ahora no dejan de ser desechos de cemento que se mezclan con el resto de basura que suele haber a la salida de los pueblos.

Tras atravesar Skodër, solo faltaban los últimos 40 kilómetros para llegar a la frontera con Montenegro. El año pasado ese tramo nos costó más de una hora, ya que estaba sin asfaltar y en muy malas condiciones, cuando no en obras. Ahora, las obras han finalizado y hay una bonita y lisa capa de negro asfalto. Sin pintar. Eso lo dejarán para el próximo año.

Poco después llegaba a Podgorica. Los 200 kilómetros de hoy habían sido un paseo. Quería tener otro recuerdo de Albania, aunque las montañas y las pistas no las podré borrar de mi mente. Tanto para bien como para mal. Es lo que tiene cuando consigues amar y odiar al mismo tiempo a un país. Albania no es un país de medias tintas. Quién carajo viajaría hasta aquí para quedar indiferente? Pero las cosas cambian muy deprisa en el país. Aunque creo que tenemos pistas de montaña para rato. No lo dudes ni un segundo. Albania te espera. Ven a sufrir. Ven a disfrutar.

 

Balcanes 10


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Carretera albania by sergiomorchon

-Vale, hagamos balance: Estoy bien, la moto también. En una hora y media se hará de noche y estoy en medio de las montañas en una pista infernal a 52 kilómetros de Tirana- pensé, mientras miraba fijamente el cartel que lo indicaba. -A una media de 30 kilómetros por hora, tengo tiempo suficiente de salir de este infierno – dije en voz alta, aunque sabía que nadie me escuchaba. Apreté los dientes, puse primera y salí dando gas montaña arriba.

Entrar en Albania costó más de lo previsto. Quizá el hecho de que fuera domingo y en una zona tan turística como el lago Ohrid tenía algo que ver. Unas cuantas minivans repletas de turistas enlentecían más si cabe los trámites. Ya en Albania, me tuve que adecuar a sus especiales normas de tráfico no escritas: Puedes ir por el sentido contrario cuando gustes, se adelanta en todos lados, ya que caben tres coches por la carretera, y cuando voy a parar, pongo el intermitente de la izquierda. Con estas tres cositas ya puedes circular por el país como un campeón.

Pero yo había venido a Albania a otra cosa. Tenía una asignatura pendiente del año pasado. Las carreteras comarcales. Las puedes ver dibujadas en la cartografía Michelin, o incluso en los carteles con el mapa de Albania a la entrada de las grandes ciudades. Pero en realidad, no existen. Al menos no como carreteras. Son, simplemente, caminos de cabras. Y ahí que me fui. Desde Maliq hasta Elbasan fueron casi 100 kilómetros de roca y piedra suelta. A mi izquierda, el espectacular valle que bajaba hasta el caudaloso río que iba saltando de roca en roca. O si lo quieres más claro: un barranco de cien metros de altura.

De pronto, cuando llevaba unas dos horas por esa pista, un “click” saltó en mi cabeza. Los miedos a la tierra y las piedras desaparecieron, y me sorprendí dando gas instintivamente cuando la moto se iba de delante, o cuando venían socavones o piedras sueltas. No es mérito mío, yo solamente tuve que creérmelo. La GS era la que hacía todo el trabajo. Estoy profundamente agradecido a sus modos “enduro” de la suspensión electrónica. En ese momento, ahí de pie en un bicho de más de 250 kilos, me sentía el dueño y señor de las pistas albanesas.

Fue una excavadora la que me devolvió los pies al suelo. Se acercaba el final de la pista, cerca de Elbasan. Estaban aplanándolo todo para -supongo- una futura capa de asfalto. Me hicieron pasar por el lado de las máquinas, donde la tierra estaba aún sin compactar. La rueda delantera se hundió, y la moto salió directa hacia la enorme rueda de la excavadora. Después de un rebote y una carambola paré. Había dejado una bonita marca de mi defensa y mi manillar en el enorme neumático. Pero mi GS y yo seguíamos en pie.

Para ir desde Elbasan hasta Tirana hay dos alternativas. Bueno, en realidad solamente hay una: la carretera nacional, que atravesando un puerto de montaña repleto de curvas con un asfalto tirando a regular, te deja en la capital en 50 kilómetros. Pero esa carretera ya la hice con Belén el año pasado. Este año venía a por cosas más heavies. Como la comarcal SH54. Unos 120 kilómetros de la pista más infernal que he visto nunca. Roca viva, piedras sueltas y barrancos de vértigo. Aún no se en qué estaría pensando cuando me metí en ella.

Llevaba casi dos horas de pista y me paré a descansar. Como casi siempre que paraba, y debido al tute que le estaba dando a la pobre GS, revisaba que todo estuviera en su sitio. Pero esta vez algo fallaba. El soporte de la maleta izquierda se había partido. Lo cierto es que no me sorprendió. Vacié la maleta, aseguré las cosas como pude en el transportín con un pulpo y fijé el soporte con un par de bridas. Y no había más que pensar! Seguir era la única opción, ya que más o menos suponía que estaba a mitad de camino. Así que seguí dando botes por la pista.

Cuando podía, miraba al horizonte contemplando uno de los más bellos paisajes de todo el viaje. Decenas de montañas, valles y desfiladeros se iban alternando frente a mis ojos. Lástima no poder parar a contemplarlo, ya que quedaban escasamente hora y media de luz y aún faltaban más de 50 kilómetros de pista para llegar a Tirana. Me faltaba agua. No en vano estábamos a 38ºC y sudaba como un verdadero puerco. Al menos las nubes de tormenta que amenazaban descargar decidieron no hacerlo. Solo faltaba eso. Afortunadamente encontré un par o tres de fuentes -más bien caños de donde salí agua- donde pude rellenar el botellín de plástico que siempre llevo.

La bolita azul del mapa del iPhone volvió hoy a ser mi salvador. No había ni una sola indicación. Había momentos en los que era imposible saber cuál era la carretera correcta. Fácilmente podía haber acabado veinte kilómetros después en una pequeña aldea sin salida. Eso hubiera sido mi perdición. Ya iba con el tiempo justo para no quedarme sin luz, como para perder el tiempo en 40 kilómetros estériles. En cuanto veía que la bola se alejaba del camino, sabía que no iba en la dirección correcta.

El sol ya se había puesto, prácticamente solo las montañas más altas tenían ese rojizo resplandor del ocaso. Y ahí estaba él. Negro, casi liso y casi sin socavones. Tras unos 120 kilómetros de verdadero infierno apareció el asfalto. Entraba en Tirana. Eran las ocho y media de la noche. Media hora más tarde llegaba al hotel. En ese momento me relajé. Suspiré. Y arranqué a llorar como un niño.

Belén, Albania no es lo mismo sin ti. Te echo tanto de menos…

Mamá, aunque en mis viajes soy yo el que disfruta y tú la que sufres, hoy hemos sufrido los dos.

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Balcanes 9


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Segunda entrega de los vídeos de La Ruta De Oriente. Desde Eslovenia, bodeamos toda la costa croata hasta Dubrovnik. Atravesamos Montenegro, penetramos en la inexplorada Albania. Exploramos los Monasterios de Meteora, en Grecia y finalmente alcanzamos Asia en Estambul.

 


Desde la Costa Dálmata a Estambul por Dr_Jaus

Imagina un atasco. Ahora imagina tres mil moteros en ese atasco con el chip de motero puesto, o sea activado lo de circular entre coches o cambiar de carril. Ahora pon a esos moteros dentro de tres mil coches. Eso es un atasco en Tirana.

Pitidos, cambios inesperados de carril, giros impredecibles… y todo esto a 30ºC sobre la moto. Nos dirigíamos al centro de la ciudad, a por el imán y el adhesivo del país correspondiente. Y es que poca gente debe de tener la pegatina de Albania en su moto! Encontramos de milagro un par de tiendas de souvenirs cerca de la plaza central de la ciudad, ahora en obras, como casi todo el país. Misión cumplida. Ahora solo toca atravesar Albania hacia el sur.

Vamos a imaginar otra vez. Imagina una carretera española muy bacheada. Multiplica los baches por diez. Quítale los arcenes. Déjala veinte años sin mantenimiento. Haz pasar por ella a diez mil trailers de gran tonelaje. Ahora quítale la mitad del asfalto así, como en socavones. Cada cinco o seis kilómetros haz obras quitando todo el asfalto y poniendo piedras sueltas. Ponle conductores suicidas al volante de Mercedes y BMW. Añádele algún que otro burro. Estás conduciendo en Albania.

Desde mi posición veo el amortiguador delantero de la BMW y me recuerda esas máquinas que prueban la resistencia de los cajones de los muebles de IKEA. Sube baja, sube baja… Buf!! Desde luego, hoy han trabajado. Ha habido tanto traqueteo que hasta se nos han soltado dos de los tres tornillos que aguantan el guardabarros trasero. Ahora lo llevamos atado con pulpos encima de una maleta.

Hemos comenzado a ver las extrañas “setas de cemento”, antiguos búnkers con forma de seta que salen como tales al lado de la carretera. Tienen medio metro de alto y un par de metros de diámetro, suficiente para que cupiera una persona con una ametralladora… Los hay a cientos.

Llegamos a Berat deshidratados. Echamos un vistazo al pueblo, sacamos dinero para tomarnos unas cocacolas acompañados de unas cuantas abejas y seguimos ruta. O lo intentamos, porque no consigo encontrar la carretera que nos llevaría a Këlcyrë.

– Esa carretera no es buena. Es de montaña- me indica un joven al preguntarle. -No puedes llegar hasta allí en moto. Te aconsejo que retrocedas hasta Fier y allí cojas la carretera de Kakavia. Los últimos cien kilómetros son de autopista.

Así que nos volvimos sobre nuestros pasos e hicimos lo que nos aconsejó el chaval. El calor apretaba… 37, 38,… hasta 39,5ºC sufrimos hoy. Pero iba refrescar. Y de golpe. Una tormenta corta pero muy intensa nos refrescó de golpe. No nos dio tiempo ni a ponernos las chaquetas. Imagina las carreteras de antes pero con litros y litros de agua. Los socavones se tornan enormes charcos, la tierra y piedra suelta en barro. El asfalto agrietado en una pista de patinaje. Esto es Albania!

Y así transcurrieron los más de 350 kilómetros por esas carreteras -aún estoy buscando la autopista que prometió el chico-, entre gasolineras abandonadas -las hay a cientos-, algún que otro raquítico pozo de petróleo, niños vendiendo moras a los pies de la carretera rodeados de pilas de basura infecta, terneros descuartizados en supuestas carnicerías y pilotos suicidas adelantando in extremis. Lo más curioso de todo es que comienzas a normalizar todo eso, como si ya formara parte de tu vida, y eso que llevamos escasas 36 horas en el país.

En la frontera con Grecia, ya pasadas las 7 de la tarde, y tras mostrar los documentos un par de veces, noto una cierta nostalgia al abandonar Albania. Un país que no tiene nada, pero que te da mucho. Te da la imagen de una Europa que no es tan Europa. La imagen de la última frontera dentro de la civilización. La imagen perfecta para valorar lo que tienes.

Un cambio de hora y una equivocación en la salida de la autopista nos dejan en el hotel de Kalampaka (Grecia), a los pies de los Monasterios de Meteora, a las once y cuarto de la noche, tras casi nueve horas de una dura jornada de moto para hacer menos de quinientos kilómetros. Y ya llevamos más de 4500.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

 

Etapa 9: El sur de Albania y Meteora


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No logro quitarme de la cabeza la cara de la señora Sonne -la dueña de la casa donde pasamos noche en Dubrovnik- cuando le dije que hoy viajábamos hasta Albania. “Malas carreteras, muy malas” me dijo. De hecho era una información que ya conocía, pero que te la diga alguien de la zona, y sobre todo que ponga cara de circunstancias, asusta un poco. Ahora sé que Frau Sonne nos lo estaba pintando tirando a suave.

Desde Trsteno donde nos alójábamos, hasta la frontera con Montenegro, volveríamos a pasar por Dubrovnik, así que aprovechamos para hacer la típica foto de postal. Paramos posteriormente en Cavtat, cerca del aeropuerto. Una visita que es completamente prescindible, a no ser que tengas un yate de más de 50 pies.

En pocos minutos entramos en Montenegro, tras pasar la frontera sin grandes complicaciones. La costa montenegrina es parecida a la croata, aunque menos masificada. Quizá lo mejor es rodear el pequeño lago de Kotor, que no es lago, sino una entrada de mar. Se puede coger un ferry para saltárselo, pero realmente vale la pena hacer algunos kilómetros de más para observar sus pueblecitos costeros con sus diminutas iglesias -incluso hay una en medio del lago-. Lo que sí es muy recomendable es llegar hasta Cetinje. La estrechísima y mal asfaltada carretera que sale de Kotor va ascendiendo penosamente entre paellas y más paellas, ascendiendo a más de mil metros de altura sobre el lago. Las vistas son de las que quitan el hipo. Hay que tener cuidado porque los autocares -muchos- que circulan por allí tienen problemas para trazar los más de 25 tornantis (o serpentinas, que los llaman por aquí). Durante la ascensión, incluso llegaron a caer algunas gotas de lluvia, a pesar de que el sol seguía brillando con fuerza.

La bajada hasta Cetinje es sinuosa, pero no tan espectacular. El calor comenzó a apretar de verdad, llegando a ver los 38,5ºC. Ni que decir tiene que con estos calores, y a pesar de lo que la lógica motera te dicta, hace un par de días que las chaquetas de cordura van en un pulpo encima de una maleta. Quizá sea más peligroso caerse por culpa de un golpe de calor.

Al llegar a Podgorica comenzamos a ver los primeros minaretes de las mezquitas que asomaban de entre los árboles. De todas maneras, las iglesias siguen también bien presentes. En las ciudades, la circulación comienza a complicarse, los coches hacen giros imposibles y bruscos, y en cualquier momento te puede adelantar una camioneta, ya sea por la derecha o por la izquierda.

La carretera que lleva hasta la frontera albanesa estaba cortada, como así nos lo hace saber una pareja de franceses entraditos en años que viajan en una BMW K100. Con ellos seguimos las indicaciones por carreteras secundarias llenas de baches hasta encontrarnos con la aduana. Como ya pasó el año pasado en los países nórdicos, al señor de la aduana le hizo mucha gracia mi nombre. -Sergio Ramos, como el jugador de fútbol- me dijo. Sonreí y asentí, pasando por alto que había ignorado mi verdadero apellido. Mejor tener al aduanero contentito y divertido.

Nada más entrar en Albania nos chocamos de lleno con la realidad del país. La carretera, por llamarla de alguna manera, no es más que una ancha pista de tierra plagada de socavones. En muchas partes están simulando que la asfaltan, cosa que es hasta peor, ya que ambos sentidos hemos de compartir la mitad de la pista. Así transitamos unos 40 kilómetros, que recorrimos en más de una hora, hasta llegar a Shkodër, una de las ciudades más importantes del país. Me acordé -y mucho- de la cara de la señora Sonne.

A partir de ahí, la carretera mejora, ganándose su nombre. Pero a medida que aparecía el asfalto, los conductores albaneses empeoraban. Adelantamientos suicidas, burros, carretas, BMW y Mercedes a todo trapo… como dijo Miquel Silvestre, Albania es el último reducto de aventura en Europa. Incluso en las carreteras nacionales. Si en Croacia el negocio floreciente eran los apartamentos, que te ofrecían cada pocos metros durante toda la costa, aquí eran los chamizos donde poder lavar el coche, y quitarle todo el polvo que se había acumulado en los kilómetros de pista. Los hay por todos lados, con carteles cutres hechos a mano anunciando “Lavazh”.

Así, tras más seis horas de moto, que ni de largo se hicieron tan pesadas como en días anteriores, llegamos al hotel en Tirana. Un moderno hotel a las afueras, aunque creo que toda la ciudad son “afueras”. Lo que más necesitábamos era una ducha, para desincrustarnos el polvo del camino y volver a ser persona.

Después de la cena, suculenta y baratísima, le preguntamos al chico del hotel -chico para todo, que igual es camarero, como recepcionista- los puntos de interés en Tirana. Intentaba explicárnoslo en un mapa del país completo, por lo que al final opto por sacar el iPhone para que me indique. Fueron diez minutos con el chaval jugando a ampliar y reducir el mapa, a mover y volver a mover las imágenes de la pequeña pantalla sin sacar nada en claro. Mañana, antes de irnos a los Monasterios de la griega Meteora, nos daremos un garbeo por el centro.

La ruta del día, como viene siendo costumbre, la tenéis aquí:

Etapa 8: De Dubrovnik a Tirana


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