TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

Estaba realmente harto de las carreteras y de los conductores polacos. No aguantaba su manera de conducir, parecida a la hindú pero 100 km/h más rápida. Afortunadamente en pocos kilómetros saldría del país hacia Eslovaquia. Pero la carretera que tenía que coger para atravesar los Cárpatos estaba cortada. Como casi siempre en la vida, ante un problema solamente cabe una dirección, solucionarlo. Así que tocó sacar el mapa y estudiar alternativas. Y como casi siempre en la vida, a veces las cosas inesperadas suelen ser más interesantes que las programadas (si, ya sé… tomo nota mental). Porque la carreterita comarcal -o similar- que me llevó a Zywiec, aún en Polonia, me descubrió los encantos del Lago Miedzybrodzkie y sus curvas. (Note el lector la complejidad de los topónimos de la zona, y hágase cargo de lo que supone encontrar rutas improvisadas intentando aprenderse los nombres de memoria).

Y finalmente las autopistas eslovacas. No pensaba yo que deseara tanto encontrarme una autopista como las de toda la vida, sin radares ignorados, sin cruces, sin semáforos, sin vendedores de setas… pero sí. Antes de eso, me paré en el primer establecimiento tras la frontera eslovaca que anunciaba “Vignette” (la pegatina obligatoria para circular por determinadas carreteras del país). Con la experiencia lituana, pregunté a la dependienta del establecimiento (que era una enorme licorería, donde los polacos se acercaban a hacer sus compras), que no supo decirme si necesitaba o no el adhesivo. Así que decidí seguir hacia delante, total en unas horas habría salido del país.

Bratislava, esa gran desconocida. Qué calor hacía! Nota mental: para el siguiente viaje he de idear un sistema para poder dejar la chaqueta en la moto. El casco antiguo de la ciudad se resistía a dejarse ver, solamente podía adivinar el enorme castillo que se alzaba en alto sobre la ciudad. Tuve que bregar con los múltiples tranvías de la ciudad (todo un clásico en esta parte del mundo) haciendo giros imposibles hasta poder encontrar esas callejuelas de edificios señoriales que buscaba. Resultó -a pesar del calor- un agradable paseo.

En pocos kilómetros crucé la frontera húngara. Y en una especie de estación de peaje sí que me cobraron tres euros por la viñeta magiar. Bueno… por un papel que dice que he comprado la viñeta, porque a las motos no se la dan. Luego me volveré loco para encontrar la pegatina preceptiva del país para ponerla en la maleta.

Tras otros 200 kilómetros de autopista -sí, ya me estoy cansando otra vez de autopistas- pude descubrir las maneras de los conductores húngaros, similares a las nuestras: tres camiones allá a lo lejos a 90 km/h por la derecha, y cincuenta coches a 110 km/h por la izquierda, sin apartarse. Santa paciencia…

Y finalmente llegué a Budapest, que me abofeteó vilmente y por sorpresa. ¿Por qué nadie me avisó de lo bella que es la ciudad? Edificios señoriales por todas partes, no sabía dónde mirar… Cubistas, modernistas, rococós… Y de pronto… un puente. Pasaba de Buda a Pest o de Pest a Buda… da igual. Preciosos puentes, tan bellos que no me dí cuenta si el Danubio era realmente azul.

El paseo nocturno me descubrió el Palacio Real plenamente iluminado, allá a lo lejos sobre el río, y el Parlamente, no tan iluminado, justo a mi lado. Una cena a orillas del Danubio -suena bien, eh?- lástima que en solitario, me ayudó a reponer fuerzas, unas fuerzas que ya iban escaseando, y es que los días comenzaban a pesar. La cuenta atrás estaba tocando a su fin.

Hoy han sido 606 kilómetros en 7 horas y 20 minutos, a una media de 83 kim/h. EL consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.062 kilómetros recorridos. La ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 21


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Me es tremendamente difícil escribir algo coherente después de haber visitado el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. No soy capaz de hilar palabras para expresar todo lo que allí sentí. Así que hoy escribiré poco. Las imágenes hablarán por sí mismas.

Para llegar a Auschwitz desde Varsovia tuve que recorrer más de 200 kilómetros por las autovías polacas. Ya había probado las carreteras y sus roderas, pero lo de las autovías no tiene nombre. De momento, es lo más peligroso que he hecho durante el viaje. Intentaré resumirlo.

Imagina una autovía donde por el carril de la izquierda se circula a 140 km/h, cuando está limitado a… pues no ví ni un cartel indicador, pero supongamos que a 100 km/h. Imagina un carril de la derecha plagado de peligrosísimas roderas con camiones circulando a 90 km/h. Imagina que cada 2 o 3 kilómetros te encuentras un semáforo, o un cruce, o un pequeño espacio a la izquierda para realizar cambios de sentido… y una limitación a 70 km/h. Imagina radares en esos puntos que se quedan impasibles ante los veloces coches del carril izquierdo. No ví destellar ni uno. Imagina que los camiones de la derecha no frenan ni se ponen a 70 km/h cuando toca. Y ahora imagíname a mí allí en medio. Una locura.

Y a mediodía llegué a Auschwitz. Al entrar, tuve un bastante mal sabor de boca. Es gratuito, cosa que me parece muy bien, ya que se alza como monumento mundial contra el holocausto. Pero… de 10 a 15 solamente se puede entrar con guía… que has de pagar. La moto la has de dejar en un parking… que has de pagar. Y la visita con guía desmerece mucho. Y no es que diera datos poco interesantes, no. Es que Auschwitz es un lugar que invita a la

reflexión. A la reflexión personal. A veces encontraba un momento para evadirme del grupo y “sentir” en soledad todo aquello. La entrada en la cámara de gas… -cuántas veces habremos oído esas palabras y cuántas veces no reparamos en lo que significa- … la cámara de gas es… como si todo el peso de esa historia te chafara y aplastara el cerebro y las neuronas… Tus problemas dejan de serlo en comparación con lo que adivinas que pasó allí dentro.

Y finalmente Cracovia. Un oasis tras el duro día. Y no de kilómetros, sino de sensaciones. Agradable ciudad, con su casco viejo muy animado, con multitud de terrazas plagadas tanto de turistas como de locales que salieron a disfrutar de la agradable temperatura de un viernes por la tarde.

Hoy tenemos vídeo. El viaje al Lejano Este. Algo triste, ya vendrán momentos más alegres.


El lejano Este
Za?adowane przez: Dr_Jaus. – Realizuj marzenie o wakacjach dzi?ki wideo.

Hoy he recorrido 399 kilómetros en 4 horas y 57 minutos, a una media de 81 km/h. El consumo ha sido de 4,8 l/100km. Llevamos recorridos 11.456 kilómetros. La ruta de hoy, la tienes aquí.

The Long Way North. Day 20


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– Perdone- dije-. ¿Sabe usted dónde está el hotel Barnabitów?

Había repetido esta frase al menos 4 o 5 veces en la última media hora, mientras vagaba por uno de los barrios satélites de Varsovia. Y la verdad es que la zona no parecía ser capaz de albergar un hotel… al menos un hotel normal. Pero comencemos por el principio.

Faltan palabras para describir la sobrecogedora sensación de estar en la Colina de las Cruces, en Siauliai. Si digo que hay millones de cruces, no peco de exagerado, y seguramente me quedaré corto. Cruces colgadas de otras cruces, cruces clavadas encima de otras cruces… Cruces fractales, en definitiva. Es una pequeña colina, en medio de ningún lado, que se ha ganado la fama por sí misma. La tranquilidad y la solemnidad del lugar se ve truncada únicamente por el estruendo lejano de algún avión despegando.

Y continué ruta por Lituania hacia su capital, Vilnius. Por el camino me encontré cigüeñas andando por los campos, trenes pasando sin barreras y arcenes de tierra que los camiones se encargaban de levantar a su paso.

Vilnius es más moderna pero sin tanta gracia como sus hermanas Riga o por supuesto Tallinn. Tiene alguna calle señorial y una catedral más bien sosa, amén del barrio financiero donde refulgían cristales y cromados.

El camino hacia Polonia transitó por carreteras secundarias que parecen trasladarte a otra época: gallinas en los márgenes de la calzada, caballos tirando de carros, señoras con largas faldas de colores imposibles y pañuelo en la cabeza. Me encontré bosques enteros echados abajo y caravanas y cabañas destrozadas, seguramente por las mismas lluvias que azotaron hace algunos días su vecina Polonia.

Y finalmente Polonia, entrando por el norte, entre enormes y altísimos bosques, por carreteras rectilíneas que se tornaron insulsas en cuanto desaparecieron los árboles. El único aliciente que presentaron fueron las enormes y famosas roderas que dejan los miles de camiones que transitan por ellas. Algunas pueden tener hasta 20 centímetros de profundidad.

Durante el primer repostaje en tierras polacas descubrí que se había roto el herraje de cierre de una de las maletas. Nada serio que no se pudiera arreglar con un par de bridas. Pero me preocupaba que ahora se me puedieran llevar la maleta entera armados con unas tijeras. Anteriormente necesitaban un destornillador, por lo que el cambio tampoco era muy a peor. Ya está mandada una foto y una consulta al departamento técnico de TheLongWayNorth. Durante mi labor de reparación, descubrí a un empleado de la gasolinera haciendo “negocios” con tres o cuatro tipejos más. Se intercambiaban bolsitas por billetes… No quise mirar más y salí de ahí cuanto antes.

Y llegué a Varsovia. Pasaron más de 45 minutos desde que ví el cartel hasta que llegué a la dirección donde tenía que haber un hotel. Y allí no había nada. Mejor dicho, no había ningún hotel. Era un típico barrio satélite, compuesto por centenares de edificios alargados todos idénticos, de la época prosoviética, que parecían estanterías. Pero no había ningún hotel. Una rápida llamada al equipo de apoyo en España -gracias, Belén- y obtuve una nueva dirección. Pero tampoco. O almenos eso creía. Ya era de noche, y seguía en el mismo barrio, donde las únicas luces provenían de los neones de los abundantes sexshops y locales de comida turca.

– Por favor, ¿Sabe usted dónde está el hotel Barnabitów?- seguía preguntando. El GPS me había llevado a la dirección exacta, pero allí lo único que se llamaba Barnabitów era un supermercado y un “Centro Cultural”, que se encontraba adosado a una iglesia. Sin mucha fe entré en el centro cultural, un edificio sobrio -muy sobrio- de hormigón gris. Ventanas todas oscuras y el neón azul que rezaba “Centrum Kulturalne Ojcow Barnabitow”. Había una especie de recepción, donde pregunté a una señora de pelo canoso si sabía dónde estaba el Hotel Barnabitów.

– Es aquí -me dijo. No me lo podía creer, el hotel parecía más un albergue para exiliados de la guerra fría. Pero al fin había llegado. Eran más de las 10 de la noche.

Hoy he recorrido 743 kilómetros en 9 horas y 33 minutos, a una media de 78 km/h. El consumo medio ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos ya 11.056 kilómetros recorridos.

La ruta de hoy la tienes como siempre aquí

The Long Way North. Day 19


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-¿Es su primera vez en Estonia? -preguntó.

– Sí- respondí yo escuetamente.

– ¿Sabe que lo que ha hecho puede ser castigado con la cárcel? Acompáñeme al coche patrulla– dijo el enorme policía.

Mientras le acompañaba al vehículo iba repasando mentalmente las circunstancias que me habían llevado hasta esa situación.

Todo comenzó al salir de Tallinn. No había cargado en el GPS la cartografía específica de la ciudad (un fallo que ya me sucedió en Copenhague, y que seguro me volvería a pasar), y por lo tanto salí de la ciudad un poco “a ciegas”, dirigiéndome al sur y esperando llegar a una zona cartografiada. Cuando ya me establecí en la carretera nº 2, me adelantaron un par de moteros con sendas Harley Davidson que pertenecían a los Mercenarios de Tallinn, como rezaba en sus chalecos de cuero. Me uní a ellos en cuanto uno de ellos me hizo una señal para que adelantara a los coches que nos precedían. Iban en formación, uno al lado del otro, y prácticamente no la abandonaron ni para adelantar. Así transcurrieron unos cuantos kilómetros, sin importarnos los radares ya que estaban de cara, como en la mayoría de países que voy atravesando. Una gozada para las motos.

De pronto, el GPS me desvió de la ruta, y yo le hice caso. Me despedí de los dos moteros con un pitido y un saludo con el brazo. Mi nueva ruta transcurría por carreteras secundarias, y yo no estaba excesivamente seguro de si iba bien. A unos centenares de metros del inicio de unas obras, un individuo con chaleco fluorescente sale al medio de la carretera y me hace parar en el arcén. Mientras me acerco, me dí cuenta de que no era un obrero que me hacía parar, sino que la palabra “POLITSEI” destacaba en su chaleco amarillo.

– Buenos días- me dijo. -¿Solamente habla inglés?- me preguntó. Yo podía haberle dicho que también hablaba castellano y catalán, pero creo que no era el momento.

– Sí- respondí.

-¿Sabe a qué velocidad circulaba?- Esta pregunta es invariable independientemente del país donde te paren. Parece como si el policía de tráfico quiera jugar a que adivines la velocidad, y siempre me ha parecido que si la acertaba, me llevaría de premio una conmuta de la multa. Y esta vez lo tenía fácil, porque de reojo pude ver un “83” en la pistola radar que aún sostenía en la mano. Pero no quise hacerme el listo; no sabía nada sobre la policía estonia, no sabía si aún eran muy soviéticos o ya más europeos… y no quise averiguarlo.

– A unos 70 por hora -mentí.

– Pues no. Circulaba a 83 km/h – me dijo. – Y doscientos metros más atrás tiene usted una señal de 50. Ha sobrepasado el límite en 30 km/h, y esto puede traerle problemas- aclaró el joven y espigado policía.

Y allí estaba yo, dirigiéndome al coche patrulla -escondido en un camino cercano- sin saber a ciencia cierta para qué. Tras 40 minutos de papeleo y explicaciones, finalmente me dijo que podía aceptar la multa -que tenía una rebaja sustancial de la cuantía- o no. A mí me sonó eso a soborno, pero me dejé llevar.

– Y si usted fuera yo, ¿qué haría? -le pregunté.

– La aceptaría – dijo convencido.

– ¿Y tengo que pagar aquí mismo?

– No, no. Tiene 15 días para pagar. Le daré un número de cuenta -dijo.

Y respiré aliviado, porque no me encontraba demasiado a gusto con la idea del soborno. Al final, todo este lío fue por una infracción que me va a costar 480 coronas estonias. Respiré mucho más aliviado cuando al hacer el cálculo mental me dí cuenta que eran unos 30 míseros euros. Recogí los papeles y pude continuar la ruta.

Tartu, segunda ciudad estonia, no me ofreció mucho. Tan solo algunas casas de madera desvencijadas me llamaron la atención. Así que continué hacia el suroeste, por unas carreteras llenas de baches y badenes, que incluso llegaron a empeorar en Letonia (¿Por qué este país siempre me recuerda a una marca de leche?).

A media tarde llegué a Riga, capital letona. La entrada a la ciudad por sus suburbios me indicaron que algo estaba cambiando. Aceras que son simplemente un bordillo medio enterrado por la arena y el polvo, gente parada sin hacer nada, motoristas sin casco, niños sin isofix… El centro de la ciudad sí que está mucho más cuidado. No es tan grande ni espectacular como Tallinn, pero también es algo menos “Disney” que la capital de Estonia.

Como viene siendo habitual, tampoco tenía la cartografía de Riga, y utilicé el mismo método que con Tallinn. Salida hacia el sur, hasta que encontré una carretera que pensaba que sería la buena. La carretera se convirtió en camino -en bastante mejor estado que algunas partes de la nacional por donde venía-. Hice varios cambios de dirección buscando la A8 que me llevaría hasta Lituania, pero mis esfuerzos me llevaron a una carretera paralela, al otro lado de las vías de tren. Mi camino se truncó cuando acabé en una especie de almacenes abandonados, donde desaparecía la ruta. Perros ladrando, maquinaria pesada medio desvencijada, el sol que comenzaba a ponerse… Pintaba mal la cosa.

Y apareció un individuo ataviado con un calzón verde militar y una camiseta imperio gastada, de un color entre amarillento y crudo. Bien podría haber sido el “carnicero de Riga” o un antiguo miembro de la KGB soviética. Decidí atacar en lugar de defenderme:

– Du yu espic inglis?- le dije.

– Niet (o algo parecido)- contestó. De todas maneras, continué, y enseñándole el GPS dije:

– Quiero ir a la A8, que está detrás de las vías del tren- aclaré. El agente ruso me miraba perplejo. Me hizo una señal con la mano, y desapareció dentro de un barracón. A los pocos segundos apareció con unas gafas de cerca.

Aún no sé cómo pero le indiqué ciudades que estaban en mi ruta, por si las reconocía. Él permanecía impasible hasta oír “Jelgava”. Se le iluminaron los ojos:

– Ahhhh, Jelgava. Edredsfkga sreda, garaergasd Most. Fefrfza sdfrfaerg – clarificó. Afortunadamente con la mano y un móvil hacía la señal de cruzar un puente. Le dí las gracias, y no muy convencido desandé unos cuantos kilómetros hasta llegar al puente, donde como dijo claramente el agente ruso, pude cruzar a la carretera correcta.

La frontera lituana, como había pasado con las anteriores del viaje, pasó sin pena ni gloria, pero de soslayo pude ver una especie de garita con unos precios. “La viñeta!”- pensé. Y es que recordaba que para entrar en Lituania había que comprar una pegatina. Paré la moto y me acerqué a la ventanilla de la garita, que se encontraba muy baja. La única manera de hablar con la señorita que se encontraba dentro era agacharse tanto que acabé en cuclillas. En esta cómica pose me comunicó que las motos no necesitan viñeta.

Y así llegué a Siauliai, sano y salvo, después de los múltiples incidentes protagonizados. Mañana me acercaré a ver la “colina de las cruces”.

Hoy he recorrido 628 kilómetros en 7 horas y 58 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo ha sido de 4,8 l/100 km. Hemos superado los 10.000 kilómetros, llevamos exactamente 10.308. La ruta del día la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 18


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Hoy ha sido un día duro. Los más de 600 kilómetros recorridos han transcurrido por carreteras generales y autopistas. Bueno, la verdad es que autopista como la conocemos aquí solamente han sido los últimos 150 kilómetros. El resto ha sido por carreteras rectilíneas casi desiertas con el mismo panorama kilómetro tras kilómetro: Lago – Bosque – Bosque – Lago – Bosque – Lago – Lago. Me estresa tener que llegar a una hora determinada. Hoy el límite eran las 16:30, hora que tenía que estar en Helsinki para coger el ferry hacia Tallinn… siempre que hubiera plazas libres… La única diversión que tuve en el camino era intentar leer a tiempo los nombres de las poblaciones que indicaban en los carteles de la carretera. Si habían más de dos, era tarea prácticamente imposible: los nombres finlandeses son de lo más complicados!

Realicé pocas paradas, prácticamente solo a repostar, ya que quería llegar lo antes posible para comprar el billete del ferry y poder visitar mínimamente Helsinki. Al final llegué a eso de las 15 horas, con lo que aún me quedó prácticamente una hora para visitar la capital finlandesa. Es una esperada transición entre las ciudades escandinavas que ya había visto y lo que se espera de una ciudad medio sovietizada: edificios “fríos”, sobrios, repetitivos y monótonos… casi como las carreteras. Se soprendieron la manera que tienen de indicar el número de las casas: mediante un cubo amarillento, otrora blanco, con el número correspondiente, que se supone que se ilumina por las noches.

Helsinki es una cidudad nada agradable para la circulación, ni siquera en moto. Un tráfico que, a pesar de que dista de estar congestionado, es muy lento, posiblemente por una mala sincronización de los semáforos. Asfalto -cuando había- repleto de parches, adoquines completamente desnivelados, calzadas completamente levantadas… un suplicio, realmente. Así que me dio muy poco tiempo de ver la ciudad… realmente fue un suspiro.

En la cola para coger el ferry coincidí con un dicharachero motorista polaco y su pareja. Iban con una BMW R1100GS de hace bastantes años, y venían de la zona norte de Noruega.

– Así que vienes de Cabo Norte, ¿no? -me preguntó.

– Pues sí -afirmé-. Me hizo bastante buen tiempo por ahí arriba -puntualicé, continuando la extendida costumbre entre los desconocidos de comenzar hablando del tiempo.

– Oye, ¿a tí qué te ha parecido Finlandia? -me preguntó casi por sorpresa. Yo no sabía bien qué responder, así que le dije la verdad

– Pues…. monótona -acabé diciendo.

– Yo iba a decir “aburrida”! -me dijo-. Cuando no ves un lago, ves un bosque, y cuando no ves un bosque, te encuentras un lago! -. Sonreí asintiendo. Y es que yo me había llevado la misma impresión.

Tras no pocos problemas para atar la moto -o no sabía cómo funcionaban las cinchas o las que cogía yo estaban estropeadas-, finalmente tuve que pedir ayuda a un fornido marinero estonio, que me ayudó a asegurar la BMW. Dos horas de ferry que se me hicieron bastante pesadas, y finalmente desembarqué en Estonia.

Tallinn se presentaba ante mí con una Ciudad Vieja que me llamaba poderosamente. Antes pasé por el hotel, y me desplacé a cenar a la zona vieja. La verdad es que a pesar de parecer bastante turística, me impresionó gratamente. Se ha merecido ser incluida en la lista de próximas ciudades a visitar.

Hoy he recorrido 618 kilómetros en 6 horas y 36 minutos, a una media de 93,5 km/h. La media de consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 9680 kilómetros. La ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 17


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Tic, tac, tic, tac… Y así durante toda la noche. El vulgar reloj de cocina colgado en la pared de mi habitación no paraba de marcar rítmicamente el paso del tiempo. Eso, unido a la claridad que desde hacía horas entraba por la ventana, hizo que no pegara ojo en casi toda la noche. Me levanté somnoliento, pensando en el desayuno, ya que ayer no encontré ningún sitio para cenar… estaban todos cerrados. Al llegar al comedor del hotel me sorprendió que no había nadie. Tampoco había nada para comer, a pesar de que aún quedaba media hora para desayunar. Me asomé a la cocina y pregunté amablemente si podía desayunar alguna cosa.

– Ehhh… Es que el desayuno es hasta las nueve y media- me dijo la encargada, una finlandesa cincuentona que seguro que en sus tiempos mozos se dedicaba al lanzamiento de peso.

– Sí, claro. Pero es que son las nueve- alegué yo.

– No… Son las diez- puntualizó ella.

Un rápido cálculo mental me llegó a deducir que además de la frontera entre Noruega y Finlandia, ayer también atravesé un huso horario, y no me había dado cuenta.

– Oh… perdón! Creí que eran las nueve! No me dí cuenta del cambio de hora!- me disculpé.

A pesar de la cara de perro de la encargada, me dijo que no me preocupara, y me ofreció un café y unas tostadas… Mientras daba rápida cuenta de las tostadas, me maldecía por no haber echado un vistazo a la hora que marcaba el insistente reloj de cocina de mi habitación… tic, tac…

Ya en ruta, continué descendiendo hacia el sur, a través de interminables bosques y lagos… lagos y bosques. El paisaje era magníficamente monótono… Monótamente magnífico. Preciosos lagos rodeados por miles de flores de colores, algún reno que otro… y kilómetros y kilómetros sin ver un alma. Ese es el escenario que corría ante mis ojos hasta llegar a Rovaniemi, ciudad donde dejaría atrás el Círculo Polar Ártico definitivamente. Antes de eso, tocaba la visita obligada a la casa de Papa Noël, que no deja de ser un sinfín de tiendas de souvenirs y restaurantes rodeando el lugar donde tenemos al señor vestido de rojo atendiendo las peticiones de los ilusionados niños. Vamos, como las Navidades del El Corte Inglés, pero todos los días del año.

A partir de ese momento, el paisaje cambiaría. La naturaleza extrema fue sustituida drásticamente por centros comerciales, suburbios urbanos y coches… muchos coches. Parece ser que -excepto los sami– los finlandeses prefieren vivir al sur del Círculo Polar.

No solamente fue el tráfico lo que apareció tras Rovaniemi, sino también la lluvia. Más que lluvia, tormenta. Con sus rayos y truenos correspondientes. Y me acompañó hasta casi la entrada en Oulu, ciudad con un núcleo urbano tranquilo y reposado, agradable de visitar. Sorprende la buena oferta de bares y locales de copas, que se encontraban bulliciosos a última hora del domingo.

Mañana llegaré a Helsinki. Es un misterio qué ferry cogeré para trasladarme en la última etapa del viaje a los países del este.

Hoy he recorrido 548 kilómetros en 6 horas y 26 minutos, a una media de 85 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos 9061 kilómetros.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 16


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La noche en Nordkapp fue algo especial. El sol se ponía a eso de las 23:30 y volvía a salir a las 2 de la mañana. Así que las luces del ocaso se confundieron con las del alba. La oscuridad nunca apareció, y las nubes con tintes rojizos estuvieron presentes durante ese lapso de tiempo. A duras penas pude cerrar las cortinas -cortas, como su propio nombre parece indicar- de mi habitación, así que pude ser testigo de ello.

Por la mañana soplaba un potente y cálido viento del sur, por lo que las temperaturas seguían siendo altas, rayando los 20ºC. Con el cielo algo tapado, pero con visos de mejorar, comencé a enfilar los más de 100 kilómetros que separan Skarsvåg -que así se llama el pueblecito de pescadores donde dormí, a escasos 12 kilómetros de Nordkapp- del continente. Las carreteras continuaban siendo tan divertidas como ayer, pero el viento que soplaba de frente se convertía en lateral en cada curva. A pesar de ello, una KTM 990 Adventure de una pareja de italianos y yo la recorrimos a buen ritmo.

En Honninsvåg paré a repostar, coincidiendo allí con los primeros españoles en moto que coincido en toda mi ruta. Una GoldWing, una Harley y una Paneuro. Nos saludamos, hablamos de la ruta a seguir, y me recomendaron que entrara en la gasolinera a comprar unos adhesivos conmemorativos de Cabo Norte que no vendían arriba. Así lo hice, claro está. Nos despedimos, ellos siguieron ruta, y yo me adentré en el pueblo en busca del Artico Ice Bar AS, un bar “de hielo” con tienda de recuerdos que regentan unos españoles. Recomendable si se pasa por ahí (que se ha de pasar por narices camino a Cabo Norte).

Camino del sur, el calor comienza a apretar. 24ºC fueron suficiente como para desprenderse de los forros térmicos. Esperaba que fuera definitivo, me apetecía algo de calor en la moto de una vez.

En Kautokeino, último pueblo de cierta importancia antes de la frontera con Finlandia, me volví a encontrar al trío de los españoles que intentaban arreglar algo de la Harley Davidson. Me acerqué a preguntar.

– Se le ha soltado algo del reenvío del cambio de marchas- me contestó el de la GoldWing. -Ya sabes,… Harley Davidson.

– Sí, ya parecía raro que una Harley no perdiera aceite. Algo le tenía que pasar- puntualizó el de la Paneuro.

Les ofrecí bridas para arreglarlo, pero ya habían comenzado la reparación de urgencia con cinta americana. Es importantísimo llevar inexcusablemente como equipo de supervivencia un buen manojo de bridas y cinta americana. Junto con el velcro, son sin duda el mejor invento de la humanidad después de la rueda y del video betamax.

Nos volvimos a despedir, con la convicción interna de que los volvería a ver antes de Helsinki, donde nos dirigíamos todos, aunque por diferentes rutas. Poco después paré a comer en un merendero de carretera que estaba completamente desierto. Saqué el omnipresente salami y el pan de molde. Al poco rato se acercó un coche del que bajaron una mujer y cuatro mocosos que comenzaron a revolotear por todo el recinto, convirtiéndo lo que era un agradable paraje natural en un inmenso chiquipark. Afortunadamente poco después llegó una VFR 750 del ’89 (no es que recuerde todos los modelos, eso es más cosa de Luis, mi mánager…, es que me lo dijo su dueño) con una pareja de suizos entraditos en años, que según me dijeron se dirigían a Cabo Norte. -dónde si no-. Habían llegado en tren y ferry hasta Estocolmo, y desde allí subían en moto, en una moto de más de 20 años…

Los paisajes eran especialmente monótonos. El viento había amainado, el calor continuaba conmigo. Los bosques de coníferas y abedules alternaban con pequeños lagos a lado y lado de la carretera. Y así, sin cambiar nada del entorno llegué a Finlandia, que siguió exactamente igual. De hecho, hacía bastantes kilómetros que tenía la sensación de haber salido de Noruega. En cuanto me adentré en el continente comenzaron a ser habituales las tiendas de campaña sami (si no idénticas muy parecidas a la de los indios americanos), donde vendían baratijas, cuernos y pieles de reno y cosas por el estilo, anunciándolo en grandes carteles donde con letra tosca anunciaban la venta de souvenirs. Y es que estaba en Laponia, independientemente si la frontera indicaba Noruega o Finlandia.

En Enontekiö, llegué al hotel. En compañia de cientos de mosquitos -los famosos mosquitos estivales de Finlandia-, me dediqué a cambiar la bombilla del faro suplementario que llevaba desde Alemania fundida. Mi primo, que hace las veces de director técnico de la expedición, me advirtió pocas semanas antes de la partida que no me llevara bombilla de repuesto, que era mejor dejarla fundida, a tenor de lo complicado que era desmontar el dichoso faro. Tenía razón. Pero como en este viaje estoy aprendiendo a que las cosas suelen salir si le pones ganas y paciencia, y ya que había encontrado en la última gasolinera una bombilla compatible, dediqué un par de horas a cambiarla. Y lo conseguí.

REFLEXIONES ESCANDINAVAS:

– ¿Por qué la mayoría de los coches que veo llevan grandes faros antiniebla como los que se les ponían a los Seat 1430de los años 80? ¿No saben que ahora hay unos más pequeñitos? Da un poco de grima ver un Honda Civic de los nuevos con esos faros!

– ¿Por qué tienen la manía de mezclar los sabores de los zumos?¿No han probado nunca un buen zumo SOLO de naranja?

– ¿Por qué en las gasolineras tienen mil tipos de chocolatinas y un gran surtido de chuches pero solamente 2 o 3 tipos de galletas?

– ¿Por qué los españoles gritamos tanto por la calle? Paseando por las silenciosas calles de Tromsø eran inconfundibles.

Hoy he recorrido 478 kilómetros en 5 horas y 38 minutos, a una media de 84,6 km/h. El consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 8514 kilómetros. La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 15


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Existen dos tipos de auténticos moteros: los que han ido a Cabo Norte, y los que lo harán alguna vez. Yo ya pertenezco al primer grupo. Y así ha sido:

El día comenzó pronto, ya que tenía que retirar la moto antes de las 8 de la mañana de donde la tenía aparcada. No quería acumular más multas de estacionamiento. Sorprendentemente, a las 7:55h la moto estaba completamente sola, como estorbando en una calle de escaso tráfico. No había ni un triste coche acompañándola. Me cercioré que no tuviera ningún otro papelito amarillo e inicié la ruta desandando los 80 kilómetros finales del día anterior, pero con una niebla que nacía del fiordo, aunque por encima de ella se podían adivinar los cielos despejados. Hoy será un buen día.

Cuando llevaba unos 200 kilómetros, me adelantaron como una exhalación tres moteros italianos, una R1200GS, una Diversion 900 (creo) y una Varadero. Me uní a ellos sin pestañear y seguí su ritmo, que excedía en 20 o 30 km/h el límite de velocidad. Yo seguía preocupado por los radares y los renos, y después de 10 o 20 divertidos kilómetros a su rueda, cuando ví que también cruzaban las poblaciones a esa velocidad, decidí volver a mi ritmo algo más legal.

Comenzaba a hacer calor. Pero calor de verdad. Llegué a ver los 22ºC en el termómetro de la moto! Es aquí donde el traje Streetguard 3 de BMW, con su membrana climática comenzaron a trabajar. Nada de calor! Y nada de frío después, cuando en algún larguísimo túnel rocé los 7ºC.

Además de en determinadas gasolineras, existen baños en muchas de las frecuentes áreas de descanso de las carreteras noruegas. Una simple caseta de madera los aloja. Pero cuidado al entrar. Bajo un módulo de plástico con forma de water se esconde el más nauseabundo agujero que he visto -y olido- en mi vida. Por lo tanto, los baños son solo para usarlos en caso de extrema necesidad.

Era la hora de la comida, así que saqué el pan de molde y el salami y dí buena cuenta de ambos. Cuando ya recogía, se me acercó una amable señora alemana que había bajado de un autocar, y me ofreció un plato de sopa caliente. Entre el calor que hacía y que ya había comido, lo que menos me apetecía era sopa caliente. Cualquier otro día de este viaje lo hubiera aceptado encantado, pero hoy… Así que se lo agradecí, y me excusé. Pero la señora insistía, y hasta me cogía del brazo para que me reuniera con el resto de la expedición de jubilautas germanos.

– No gracias. He de irme, que si no, no llegaré a tiempo a Cabo Norte.- le dije.

– Ah! vas a Cabo Norte? Pues te queda un buen trecho! Nosotros venimos de allí! Ten mucho cuidado con los renos! Está plagado!

Y yo me quedé pensativo. Hace unos 5000 kilómetros que veo casi continuamente señales de precaución por los dichosos renos. De hecho, hay dos tipos de señales, unas que son renos, y otras que parecen alces, pero no había visto ni uno ni otro en todo este tiempo. Cuando te pasas tantas horas solo en la moto, tienes tiempo de pensar. Y mi teoría sobre los renos es que no existen. Ni uno. Desde hace años se extinguieron. Pero claro, es un atractivo turístico tan grande para el gobierno noruego que lo han tenido en secreto durante todo este tiempo. Y estaba seguro que cuando llegara a Cabo Norte estaría esperándome un agente del Gobierno que me daría 500 coronas para que guardara el secreto, así como unas cuantas fotos y videos en un pendrive para enseñar a los amigos. Así lo venían haciendo con todos los turistas desde hace más de 10 años. Seguro.

Así que lo que pensaba era cuánto tenía que haber pagado el agente estatal para sobornar a todo ese autocar alemán. Un pastón. Con esas reflexiones seguí ruta hacia el norte. El objetivo del viaje estaba a punto de hacerse realidad. En unas horas podría tocar “la bola” de Cabo Norte!

Y entonces los ví. Decenas de ellos. Salieron de la izquierda, sin avisar. Cruzaron la carretera y se pusieron a andar justo delante mío. Grandes, pequeños, marrones e incluso alguno blanco. Con sus enormes cornamentas aterciopeladas. Toda una auténtica manada de renos!! A partir de entonces mis ojos estuvieron más atentos a los arcenes y menos al GPS. Un segundo de despiste podría suponer un serio encontronazo con un reno. Es por ello que la mayoría de camiones con los que me crucé llevaban unas enormes rejillas paragolpes en su frontal. La teoría del secreto gubernamental sobre los renos se iba desmoronando curva a curva. Ahora un reno, ahora son dos… ahora una manada completa…

Y finalmente… Nordkapp. N71º10’21”. La carretera transitaba ya por la tundra, rala y sin árboles. Con verdes praderas donde los renos seguían pastando a sus anchas. Tras pagar la -cara- entrada, dejé la moto en el parking, mirando de reojo cómo llegaban los veloces italianos de esta mañana -¿dónde les habré adelantado?-. Y tras pasar el edificio del complejo turístico la ví. La bola. Enorme, más grande de lo que imaginaba. Entonces, un acúmulo de sensaciones y emociones me inundaron el pensamiento. 8000 kilómetros, 5 meses de preparación, horas y horas de ilusiones, amigos, familiares,… todo eso había sido metido en una coctelera y tras agitar había salido esa bola. Mágica…

Estuve varias horas en el recinto. Tras explorarlo concienzudamente, incluida la tienda de souvenirs y el magnífico documental en el cine panorámico -muy recomendable-, volvía irremediablemente con la bola, con “mi” bola… Tenía tal magnetismo que me arrastraba constantemente a su lado, como si no quisiera separarme de ella.

Y seguía pensando… Gente a la que quiero me dijo que había elegido un punto en el mapa, había clavado una chincheta en él y que había conseguido cumplir lo soñado. Nada más acertado. Clavé la chincheta y ésta se convirtió en bola. Y allí estaba yo, a su lado. Si algo he aprendido en este viaje es que el ser humano tiene capacidad de conseguir todo lo que se proponga. Y que independientemente de que lo consiga o no, la grandeza está en intentarlo.

Hoy es un gran día, así que haremos una fiesta. Aquí tenéis la galería de fotos de Nordkapp:

Y el vídeo:


Nordkapp N71º10'21"
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Hoy he recorrido 663 kilómetros en 8 horas y 4 minutos, a una media de 82 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos recorridos 8037 kilómetros y… ESTAMOS EN CABO NORTE!!

PD: Nunca sabréis si me encontré al agente del Gobierno noruego en Cabo Norte… No me hagáis hablar… cambiemos de tema. Aquí tenéis la ruta del día:

The Long Way North. Day 14


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Desde Harstad hasta Tromsø no hay mucho que contar. Como siempre por estas tierras las carreteras discurren por parajes de gran belleza natural; montañas nevadas, grandes y verdes valles, lagos que se convierten en fiordos… Aunque los fiordos de esta parte del país visten montañas de menos altura, comparados con sus hermanos del sur.

A eso de media ruta me he cruzado con un amigo twittero británico (@Gazaragi), que llegó a Nordkapp hace un par de días y que bajaba hoy hasta las Lofoten. Su inconfundible Hayabusha negra, poco apta para este tipo de viajes lo delataba. Nos saludamos, quizá sin saber que cada día ya lo hacíamos mediante Twitter. Yo tardé unos segundos en reaccionar, y a punto estuve de dar la vuelta. Pero yo lo hacía por otros parajes, equivocadamente. Y es que esto de las redes sociales te da sorpresas en los sitios más insospechados.

La entrada a Tromsø se realiza mediante un enorme puente que incluso permite la entrada al fiordo hasta a los mayores buques. Este tipo de puentes abunda cuando vas pasando de isla en isla, en el norte de las Lofoten, y al atravesar algún que otro fiordo.

Tromsø no tiene mucho, yo me esperaba más. Sorprende la cantidad de restaurantes -caros- de los de velitas en las mesas y platos que superan los 35 €. Seguramente se nutrirán de las hordas de turistas que desembarcan de los numerosos cruceros y ferrys que recalan en su puerto.

Nada más aparcar la moto en la acera frente al hotel, se me acercó un lugareño -algo ebrio- y me preguntó:

– Iceland?

– No, Spanish. España. -le digo. Incrédulo, vuelve a mirar la matrícula de la moto. Aún no sé cómo ha podido asociar la “E” con Islandia.

– Ohhhh -dice asintiendo con la cabeza. – ¿Cómosstass amiggo? De donnnde de Spannia?

– De Barcelona.

– Aaahhhhh. Barsselona number unno! Futttbol!

– Si, si… Barça! – le digo.

Y se despidió deseándome -en inglés- una buena estancia en su país. Me pareció curioso, pero me podía haber advertido que en su país estaba prohibido -como en algunas parroquias andorranas- aparcar en la acera. Porque al rato de estar en el hotel, y mirando por la ventana -desde donde divisaba la moto sin problemas- tenía un papelito amarillo enganchado al puño del gas. “Que sea propaganda!”- imploré. Pero no. Era una de 500 coronas noruegas (unos 65€). Maravilloso. Más de 7000 kilómetros sin una multa, y me la tienen que poner por estacionamiento prohibido. Genial.

Para reponerme del mal trago, acabé cenando en un local muy chillout, con buena música y buenos platos -interpretaciones noruegas a platos tradicionales de la cocina mundial: unos fetuccini carbonara con jamón de ballena, por ejemplo- y nada caro, para lo que se estila por aquí. Y con WiFi de mucha mejor calidad que el de mi hotel. El local se llama Amundsen, como el explorador.

Y aquí se acaba la historia de hoy. Mañana, si hay suerte, llegaré a lo más alto. Y luego solamente queda bajar. Os dejo con la galería de fotos de hoy.

Hoy he recorrido 303 kilómetros en 3 horas y 50 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo ha vueto a bajar a 3,9 l/100km. Llevamos 7374 kilómetros.

La ruta, si el WiFi del hotel lo tiene a bien, estará aquí debajo:

The Long Way North. Day 13


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Dios, en el séptimo día, descansó. Y a media tarde del domingo, aburrido pero descansado y lúcido, creó las Lofoten. Son una espectacular mezcla entre rías gallegas y Suiza. Paisajes completamente alpinos al borde del agua. Como mezclar chocolate con pulpo. Exquisiteces.

Las Lofoten son una suerte de islas montañosas desparramadas sin sentido aparente, bañadas por aguas extremadamente tranquilas, tanto que reflejan casi sin distorsiones el verde intenso de las escarpadas paredes que nacen desde la misma orilla.

Henningsvaer, con su pequeño puerto que divide la villa en dos, es especialmente acogedora. Las tranquilas aguas del muelle reflejan fielmente los vivos colores de las casas que se asoman a su orilla.

Para llegar a Unstad, se ha de atravesar un siniestro y tenebroso túnel, llegando finalmente a una tranquila y bella población a orillas de una cala donde se practica el surf.

Eggum, donde para llegar a su cabo hay que abonar -si vas en moto- 10 coronas noruegas. No hay cobrador, solamente una especie de buzón de hojalata. Ni que decir tiene que nadie pasa por ahí sin pagar.

La carretera que llega a Valberg es especialmente divertida -como casi todas las de la isla-. Negro asfalto recién puesto, quizá de hace pocos días. Sin baches, con curvas alegres que te invitan a pasarlas a ritmo, sin prisas pero disfrutando. Y con unas vistas sobrecogedoras de las demás islas montañosas del archipiélago.

Las carreteras van saltando de isla en isla mediante enormes puentes o en ocasiones, mediante espectaculares túneles que pasan por debajo del agua, adentrándose cientos de metros en la tierra para después volverlos a subir. Algunos de ellos pueden llegar a tener más de 9 kilómetros de largo!

Ballstad es otro pueblo de la ruta, que presenta un tranquilo puerto y un enorme almacén de pescado. Pero quizá el más encantador de todos es Reine, casi en el extremo oeste de las islas. Su maravillosa cala, sus casas de colores y sus barcos varados en las orillas son una valiosa recompensa para el viajero que haya osado llegar hasta aquí. Más allá solamente queda el pueblo de A (sí, así como suena… pero con un circulito encima de la A… realmente se pronuncia más parecido a nuestra “O” que a nuestra “A”). Pues A no tienen mucho que ver, pero solamente para decir que has estado vale la pena hacer los 10 kilómetros que lo separan de Reine.

Y una vez llegado hasta el final de las islas… decido volverme por donde he venido (no hay otra opción) e ir a dormir a Harstad, casi ya en tierra continental, donde llego a las 10 de la noche (pero aún con sol). Así mañana estaré más cerca de Tromso.

Y aquí tenéis otro video del viaje: El encanto de las Lofoten.


El encanto de las Lofoten
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Hoy he recorrido 569 kilómetros en 7 horas y 58 minutos, a una media de 71 km/h. El consumo ha sido de 4,4 l/100km. Ya hemos pasado el ecuador del viaje, llevamos 7071 kilómetros!

Y por supuesto, la ruta aquí:

The Long Way North. Day 12


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