TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

Me desperté tarde. Hoy me lo merecía. Me hacía ilusión visitar Estocolmo, pero lo primero es lo primero, y tenía que descansar. La entrada triunfal que hice ayer en la ciudad con las últimas luces del día me empujaba a repetirla y grabarla en video. Pero la mini cámara que llevo dejó de funcionar, así que dediqué la primera hora del día (que para mí fue de 10 a 11 de la mañana) a comprarme una en el MediaMarkt. No es tan manejable como la otra, pero supongo que con un poco de velcro se aguantará… (esto presagia oscuras aventuras…).

Cuando llegué al centro de Estocolmo, a la Gamla Stan, lo ví claro. Era imposible verlo todo, así que dejé la guía en la maleta de la moto, me armé con mi cámara y comencé a andar, así “a pelo”. Lo que salga, saldrá. Y lo que me olvide de ver,… estará allí para la próxima.

Mientras camino voy pensando más en fotografiar esto, grabar aquello, o en cómo plasmarlo en cuatro frases… más que en disfrutar lo que veo. Esto me hizo reflexionar si vale la pena todo este montaje, o los viajes han de ser más… individuales. Y esa reflexión llegó tan adentro que me mareé. Me di cuenta que no viajo para ver cosas… Viajo para explicarlas, para fotografiarlas. Ese es el motivo del viaje, ser una musa, una fuente de inspiración que me haga ser mínimamente creativo y no tan… matemático. Es quizá el pensamiento más profundo en todo este recorrido… y precisamente lo he tenido mientras iba andando, y no mientras devoraba miles de kilómetros sin otra compañía que las líneas de la autopista -que tal como vienen se van- o Norah Jones susurrándome al oído.

En mi infancia me encantaban los libros, especialmente unos que tenía mi abuelo con fotos de las “Maravillas del Mundo”, como rezaba su título. Recuerdo que una de ellas era sobre WASA, la embarcación puntera de la marina de guerra sueca que se hundió en el mismo momento de su botadura -como le pasó a la carabela de la Expo de Sevilla con el Curro dentro- hace ya unos cuantos siglos. Pues esa embarcación se reflotó y está expuesta en un museo aquí, en Estocolmo. Me acerqué a verla, pero las inmensas colas me hicieron desistir. En su lugar, me tumbé en un parque cercano y me puse a leer los últimos capítulos del tercer libro de Millenium. Tiene gracia que tras muchos meses de lectura me acabe el libro de la Salander precisamente en Estocolmo. Son los regalos que te da el azar. Seguramente dentro de unos años no me acuerde ni de qué iba el libro, pero sí que se ambientaba en Estocolmo y que me lo acabé precisamente allí. Por cierto, me he dado cuenta de que hay muchas Lisbeth Salander en Estocolmo. O al menos visten como ella.

A media tarde, cuando cayó la primera gota de lluvia, me volví al hotel. Estaba cansado. Me cansa más andar 3 horas que ir 9 en moto… Me quedan muchas cosas por ver, pero no me importa. Este no era el viaje de Estocolmo. La ciudad se merece uno propio. Como dijo Terminator… “Volveré”. Además aprovecharé para descansar y para acabar trabajo acumulado. Porque hoy hay video. Es lo máximo que he podido hacer con la gracia que me caracteriza:

Hoy he hecho 51 kilómetros en 1 hora y 11 minutos, a una media de 42,5 km/h y un consumo medio de 4,5 l/100 km. La ruta la tienes aquí.

The Long Way North. Day 5


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El día amaneció soleado y brillante. Radiante. A pesar del cansancio acumulado, daban ganas de ir en moto. La mayor parte de la ruta transcurría por carreteras generales, así que me desintoxicaría finalmente de tantos miles de kilómetros de autopista (y no es una exageración).

La carretera transcurría entre maravillosos bosques de coníferas, que rodeaban la cinta de negro asfalto como queriendo absorberla. El olor era limpio y claro, con ese perfume que te recuerda que la naturaleza está ahí para disfrutarla.

Los pueblos iban surgiendo cada pocos kilómetros, dispersos, con sus casitas de Pin y Pon de brillantes colores y nombres sacados del catálogo del IKEA. La carretera en unos primeros momentos me parecía maravillosa, hecha para disfrutar del paisaje y de ese sol que lo inundaba todo, aunque después de varias horas se iba haciendo monótona. Pero era caprichosa en cuanto a las limitaciones, ahora a 90, ahora a 70… ahora a 100… sin ton ni son, ni con una lógica concreta. En algunos momentos se tornaba autopista, y en otras se degradaba a simple carreterita provinciana. A veces tenía dos carriles, a veces uno, alternándolos con el sentido contrario, y siempre separados por unos intimidatorios -al menos para los motoristas- cables de acero.

Una sonrisa invadió mi rostro al ver la primera señal donde advertían de la presencia de renos. “Ahora sí. Ahora ya puedo decir que estoy en Escandinavia!”, pensé. La mítica imagen vista hasta la saciedad en fotos y foros moteros se hacía realidad en mi retina. Solamente queda ver los renos en directo.

La primera parada fue en Karlskrona, verdadera ciudad que vive de cara al mar, con diversos puertecitos de embarcaciones de recreo, y quizá -al menos en su casco antiguo- con más amarres que edificios.

Kalmar, otra ciudad agradable, como casi todas las que veo pasar rápidamente a través de mi casco. Presenta una gran plaza adoquinada, preservada en el tiempo, con edificios señoriales y una gran iglesia… y con WiFi. Allí aproveché para ponerme al día y tomar un ligero tentempié. Después, visita fugaz a su impresionante castillo a orillas del mar por la que es famosa la localidad.

Hacer 385 kilómetros con el depósito de la BMW es algo que hasta la fecha no había conseguido. Medias sostenidas de 90 km/h es lo que tiene, que consiguen consumos de hasta 4,1 l/100km. Genial; además de ver el paisaje -y olerlo-, voy ahorrando. Pero me estaba quedando sin gasolina, y hacía bastante tiempo que no veía señal alguna de gasolinera en la ruta. Así que decido desviarme -previa consulta al GPS- para encontrar una por las carreteras secundarias. Tras 15 kilómetros por unos paisajes aún más extasiantes si cabe, donde alternan bosques de abetos con lagos calmos que desdoblan la naturaleza reflejándola como un espejo, me encontré que la gasolinera lleva bastante tiempo abandonada. Eso supone otros 15 kilómetros de retorno y otra nueva búsqueda. Cuando me quedaban según el ordenador de a bordo 25 kilómetros de autonomía, finalmente encontré dónde repostar.

Los 150 kilómetros finales de autopista hasta Estocolmo se hicieron algo pesados. Finalmente llego al hotel, situado a las afueras de la capital. Un pedazo de 4 estrellas que de verdad es un 4 estrellas. Y a precio muy contenido. He de dar las gracias a Merche y al equipo de Barcelona que se pusieron las pilas -y de qué manera- para encontrarme esta maravilla de hotel.

Una ducha rápida y salí hacia Estocolmo a cenar. El GPS apenas sirve de nada ante tal cantidad de túneles que me encontré. Tras alguna que otra pérdida, me encontré la silueta de la ciudad recortada sobre una imponente puesta de sol. Puentes y túneles se iban sucediendo uno tras otro, dejando a un lado y a otro edificios señoriales, palacios e iglesias, puestos sin ningún orden ni concierto, como si estuvieran a punto de eliminarte en una imaginaria partida de Tetris. Cené como pude (a las 10 de la noche es tarea casi imposible) en un supuesto italiano, donde ni saben hacer salsa bolognesa ni saben lo que significa “al dente”.

Mañana no hay ruta. Mañana toca descanso y visita de esta perturbadora ciudad, que me fascina y me agobia a partes iguales. Fascinante lo que ví, pero agobiante… porque no sabré ni por dónde comenzar a visitarla.

Hoy han sido 754 kilómetros, durante 8 horas y 59 minutos, a una media de 84 km/h y una punta de -no se lo digáis a nadie- 132 km/h. La media de consumo fue de 4.5 l/100km. Y la ruta la tenéis aquí abajo.

The Long Way North. Day 4


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Grises nubarrones se cernían sobre Hamburgo a la hora de partir, lo que me hizo pensar en que tendría un día lluvioso. Pero no fue así. Hoy abandonaba las autopistas alemanas y cruzando Dinamarca llegaría a Suecia, ya en la península escandinava. El viaje se hace algo aburrido, tanta autopista; tengo ganas de conducir por carretera, aunque sea a 90 km/h.

El último tramo de autopista alemana lo compartí con un gran grupo de moteros italianos, más de 15, que se extendían a lo largo de varios cientos de metros. Se desperdigaban, diría. Algunos iban lentos esperando a los rezagados, otros intentaban tirar con más ritmo… Los adelanté a todos continuando a 140 km/h, lo que me hizo pensar el lo largo que se hacen los viajes en grupo. Serán más divertidos (o no), pero seguro que has de calcular más tiempo del necesario para recorrer la ruta diaria.

Y por fin Dinamarca, tras un triste cartel indicador. Ni una sola caseta de aduanas abandonada. Nada. La autopista cambia, el color del asfalto es diferente, la velocidad está limitada a 130 km/h… pero el resto es igual. Conduzco ilusionado, ya que en unos pocas decenas de kilómetros me saldría de la autopista buscando un par de pueblos costeros a visitar. Antes paré en un área de descanso, donde tienen incluso una zona reservada para las motos!

El primer lugar que visité fue Bogense, un pequeño pueblo pesquero, tranquilo y coqueto, que no tiene ningún interés especial. Es el típico pueblo en el que no vale la pena pararse, pero en el que sí me quedaría un par de días para desconectar. Seguí hasta Odense, tercera ciudad en importancia de Dinamarca y donde supuestamente está la casa de Andersen, el de los cuentos. Y finalmente Kerteminde, con una calle que invita al paseo y con un sol de justicia que agradecí después de tanto nubarrón.


La autopista que conduce a Copenhague ha de saltar de isla en isla a través de puentes. El que une la isla de Fyn (donde se encuentra Odense) con la de Sjaelland (donde está Copenhague) es sencillamente espectacular. Incluso me pareció más que el de Oresund, que lleva hasta Malmö. Son kilómetros de columnas sobre el mar que te van elevando hasta llegar a un enorme puente colgante, situado a más de 125 metros sobre la superficie del mar. Impresionante. Durante su trayecto es interesante ver a multitud de gaviotas a pocos metros de mi cabeza, aprovechando el fuerte viento para permanecer casi suspendidas en el aire.

Antes de llegar a Copenhague coincido con dos italianos en sendas BMW (una GT y una GS1200) que se interesan por mi roadbook casero, viendo que llegaré a Helsingborg a través del puente de Malmö. Yo les pregunto en inglés por el destino de su viaje, pero por la cara del italiano veo que no tiene mucha idea de la lengua de Shakespeare, por lo que me paso a chapurrear italiano. En Roma me funciona, y consigo hacerme entender… pero el de la GS ni se entera. Al final por señas, y con un mapa, nos damos cuenta que vamos a hacer el mismo viaje casi calcado… Pero espero no encontrármelo muchas veces, porque la verdad que la conversación era casi nula. ¿Se me habrá olvidado mi italiano de supervivencia?

Y Copenhague… con un sol de tarde que la hace más bonita si cabe. En algo menos de 2 años es la tercera vez que la visito… y cada vez me gusta más. Tiene el encanto de las ciudades señoriales, elegantes y amables en la que los edificios de ladrillo viejo, oscurecido por el tiempo, te dan una acogedora bienvenida. No tengo mucho tiempo, así que busco el icono de la ciudad, la Sirenita (que por cierto, no había visitado en ninguno de mis viajes anteriores), y me doy cuenta de que debe de estar de vacaciones en algún balneario del Mediterráneo, porque en su lugar veo una especie de andamios. O le habrán cortado otra vez la cabeza? Sin más, me dirijo a Nyhavn, otro de los símbolos de la ciudad, y que a mí particularmente me encanta. Allí coincido con dos parejas de italianos entraditos en años que deben de haber bajado de alguno de los cruceros que recorren estas tierras. Me acribillan a preguntas. Al contrario que mi anterior experiencia linguística, esta vez nos entendemos todos a la perfección, lo que me hace pensar que los moteros debían de ser de una extraña región italiana que habla con acento extraño.

– ¿Y dónde vas?- me preguntan.

– Al Cabo Norte- respondo.

– ¿Tú solo?- se interesa una de las mujeres.

– Claro que va solo!- suelta el marido -Es como mejor se va. Le envidio. Después de 30 años contigo estoy seguro de que como mejor se viaja es solo.

Aunque las dos parejas rompieron a reír sonoramente, yo no quise

ser motivo de un divorcio, así que sonriendo yo

también comencé a guardar la cámara, no sin antes aprovechar para que me hicieran una foto.

Y tras pasar el puente de Oresund llegué a Suecia. Malmö, que ya visité hace unos meses, no tiene excesivo encanto a no ser por el enorme y alucinante edificio llamado “Turning Torso”, de nuestro internacional arquitecto Calatrava. Estrecho y alto, esbelto. Los metales blancos (no podría ser de otra forma viniendo de Calatrava) se retuercen grácilmente, como si una mano invisible lo haya intentado desatornillar del suelo.

Continué la ruta hasta Helsingborg, a unas decenas de kilómetros de Malmö. Allí encontré el hotel que había reservado. Uno cutre, de autopista, pero ya me habían advertido de lo difícil que era encontrar alojamiento por la zona, así que me di por satisfecho. Después de cenar en la cercana localidad de Angelholm, y de vuelta al hotel, pude contemplar cómo se ponía el Sol casi por el norte, mientras que la Luna llena comenzaba a salir casi por el sur.

Hoy he recorrido 708 kilómetros en 8 horas, a una media de 88 km/h. Ya llevamos más de 2500 kilómetros. Mañana, Suecia y Estocolmo. Hasta ahora el viaje era un simple traslado. A partir de mañana la cosa cambia. Comienza verdaderamente EL VIAJE.

Y la ruta, aquí, como siempre:


The Long Way North. Day 3


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Hasta que no haces las cosas al menos dos veces, no sabes realmente lo que estás haciendo. Si no es un proverbio chino, poco le falta; de hecho, la frase me la acabo de inventar. Y es que el día de ayer puede ser duro o no… depende de con qué lo compares. Y después de la ruta de hoy estoy en disposición de afirmar que el día de ayer fue duro, sí. Tanto que esta mañana tardé mucho en levantarme. Pero a eso de las 11 ya estaba otra vez metido en faena. Hoy entraría en Alemania y la atravesaría por esas míticas autopistas sin límite de velocidad.

En otro viaje anterior, también digno de ser contado, donde coincidí con una pareja de biólogos expertos en ornitología, aprendí que los pájaros más inteligentes eran los córvidos (cuervos y familia, vamos). Me dijeron que era muy difícil ver a un cuervo atropellado en una carretera. Y hoy he comprobado cuánto de cierto hay en esta afirmación, que a primeras luces me pareció gratuita. Al contrario de lo que suele pasar con gatos, perros, ardillas y otros mamíferos, que cruzan la carretera despistados o con prisas, un cuervo ha atravesado una autopista alemana a saltitos… mirando y esquivando los coches que venían. No deja de ser un hecho sin importancia, pero a mí me ha sorprendido. Por eso os quería hacer partícipes de esta pequeña anécdota.


Pero vamos al tema central del día. ¿Es cierto que las autopistas alemanas no tienen límite de velocidad, o es una leyenda urbana? Es cierto que se escribe mucho del tema, e incluso yo mismo he leído varios blogs al respecto. Pero hasta que no lo ves con tus propios ojos no das crédito. Lo normal en el día de hoy era ir por el carril central a 160 km/h según el GPS y que los coches te pasaran por el carril de la izquierda calculo que a 230 o 240 km/h. En serio. Cierto es que no toda la autopista está sin límite, sino que en determinadas zonas donde el asfalto está tirando a mal (de hecho TODA la autopista tiene peor asfalto que en España), o cuando aparece una incorporación, la velocidad está limitada a 120 km/h o incluso a 100 km/h durante unos breves kilómetros. Pero es fácil encontrarse tramos de 20 o 30 km sin ningún tipo de restricción. Y para nada es peligroso. Todo lo contrario. Los vehículos respetan estrictamente lo de conducir por la derecha, por lo que dejas de encontrarte el mayor peligro de la autopista: el despistadillo que va a 120 km/h por la izquierda. O peor aún… el inseguro que va a 100 km/h por el centro… porque así no tiene que adelantar camiones… pero obligando a ocupar el carril izquierdo al que viene detrás.

Quizá lo más alucinante de todo no es ver a los Audi o BMW a 250 km/h, sino que cuando aparece el cartel (pequeñitos, por cierto) de limitación de velocidad, todos (y cuando digo todos quiero decir TODOS) se ponen obedientemente a 120 km/h. Como en España, vamos.

He probado de ir algunos kilómetros realmente rápido, pero a partir de 170 km/h (que continúa siendo legal, repito) comenzaban unos bamboleos preocupantes, sin duda debido al reparto de pesos contra natura que obligan las maletas laterales. Así que nos hemos tenido que conformar con cruceros de 140 – 150 km/h sin tener que preocuparme del velocímetro.

La parada a desayunar ha sido curiosa. Allí he coincidido con una pareja de holandeses (bueno, no sé si son pareja o madre e hijo, según la diferencia de edad), cada uno con una moto, que venían de Italia y los Alpes. Me preguntaban hacia dónde iba, porque les parecía extraño que fuera al Cabo Norte (como así reza la inscripción de la maleta) yo solo. Les he sacado de dudas, y hemos comenzado a hablar de la ruta a realizar y de la moto. Han sido unos minutos agradables. Y es que el ir solo te obliga a interaccionar con humanos siempre que puedes…

El día ha transcurrido entonces entre colinas doradas recién peinadas para recoger el cereal, salpicadas aquí y allá por pequeños bosquecillos verdes de pinos bajos. Un paisaje agradable y bucólico, pero que acaba siendo ciertamente monótono después de algunos kilómetros. La primera parada importante ha sido en Frankfurt, donde he dejado la autopista para visitar brevemente el centro de la ciudad, famosa por sus modernos rascacielos que combinan perfectamente con las casas bajas, de ladrillo oscurecido, que esperas encontrarte en cualquier ciudad norteña. Era mediodía, y creía que al ser domingo iba a encontrar bullicio por las calles, pero nada más lejos de la realidad; en algunas zonas parecía ciertamente una ciudad fantasma.

Hasta Hamburgo he tenido que sufrir algunas retenciones, muchas veces debidas a obras en la autopista, que señalan con un smiley 🙂 de colores, comenzando con el rojo y la señal 🙁 cuando quedan 15 km de obras, pasando por distintos tonos de naranja y amarillo para acabar con un 🙂 en verde cuando acaban las obras. Ciertamente curioso. En una de esas retenciones he podido ver a un niño que me miraba con curiosidad con la nariz pegada al cristal trasero de su coche. Unas ráfagas y un saludo con la mano ha sido suficiente para que emocionado se lo dijera a su padre, que conducía un ostentoso Mercedes. Me he querido imaginar a ese niño dentro de unos años montando las maletas de aluminio de su BMW para realizar un viaje hacia el sol de España, motivado porque cuando era niño un motero le devolvió el saludo. Y es que el ciclo de la vida continúa…

Y finalmente Hamburgo, a la que ya he bautizado (aunque solamente la he disfrutado un par de horas) como la ciudad emuladora: quiere imitar a Ginebra con un chorro de agua en uno de sus canales, pero no tiene la elegancia del suizo; quiere jugar a ser Berlín con iglesias destruidas por la Guerra, pero no tiene la majestuosidad de la de Wilhelm berlinesa. Conjuga zonas modernas con edificios señoriales casi prusianos, pero no me ha dejado muy buen sabor de boca. Aunque soy consciente que no le he dado muchas oportunidades. Para ser domingo a las 7 de la tarde, hora que en España tendríamos a toda la gente en la calle, en Hamburgo había poco bullicio, e incluso en algunas zonas casi parecía que yo era el único habitante del planeta, cruzando por en medio de grandes avenidas totalmente desiertas. Igual es que están todos los alemanes en Mallorca. Una cena a base de carne con cebolla y una copa de vino Riesling han puesto el broche de oro a una jornada que me ha parecido descansada,… siempre que la compare con la de ayer. Los datos de la jornada:

7 horas justas en movimiento, para hacer 731 km en total, a una media de 104 km/h, y una velocidad máxima de 169 km/h -legal en Alemania-. Todo esto con un consumo algo menor que el de ayer: 5,4 litros a los 100 km/h. Y lo mejor de todo, que me veo capaz de repetirlo mañana. Y pasado. Y el otro.

Aquí tenéis la ruta:

The Long Way North. Day 2 at EveryTrail

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No me digáis cómo. Pero llegué. Un día de contradicciones toca a su fin, y estoy demasiado cansado como para balances profundos. De momento el balance es éste: 10 horas y un minuto con la moto en movimiento, para hacer 1137 km. No se ha de ser muy listo para calcular una media de 113,7 km/h. Consumo de 6,1 l/100km. Balance realizado.

Un día de contradicciones, decía. El placer de sufrir en la carretera, el sorprendente frío del verano, o el viaje en solitario acompañado son algunas de ellas. Pero quizá comencemos por el principio.

Las 6.30 de la mañana, tras unas 4 horas de sueño, que a primera hora ya se me antojaban escasas para tan magna aventura con la que el día me recibía, me levanto con el corazón palpitando. Es la primera vez que noto cierto nerviosismo por el viaje; quizá antes no haya tenido tiempo. A las 7.00, puntual como un reloj aparecía mi primo para despedirme, ayudarme a estibar la carga y hacerme alguna fotillo. No es hasta las 8 que no salgo del parking con la desagradable sorpresa de saber que la cámara de video ha dejado de funcionar como por arte de magia… Pero no me sorprende. Lo que sí que realmente me sorprende, y muy gratamente es encontrarme con todos mis amigos moteros que han venido a despedirme. Todos. Bueno, todos los que han podido venir. Pero vamos, como si fueran todos. Tras la cara de estupor llegaron las fotos para el recuerdo. Y segunda sorpresa: me acompañan hasta la frontera francesa. Genial! Así que a eso de las 8.20, algo más tarde de lo previsto, 8 motos comenzamos mi particular larga ruta hacia el Norte.

Repostajes de máquinas y pilotos me dejan en Le Village Catalan por primera vez solo ante el asfalto a eso de las 11 y pico de la mañana. Con casi todo por delante. El viento es mi único compañero, además de Pérez Reverte, que se empeña en explicarme “El pintor de batallas” por los auriculares. Pude realizar unos primeros relevos de casi 300 kilómetros, que es lo que viene durando el depósito de la BMW F800GS con las maletas y con ese viento en contra. Más adelante tuve que aumentar la frecuencia de paradas, en aras de mantener el riego sanguíneo en… la parte del cuerpo que se apoya en el duro sillín.

Las enormes caravanas que se forman en los peajes franceses impiden mantener el ritmo que me impone el GPS para llegar a una hora prudencial al final de etapa. El viento, que me acompañó hasta pasado Lyon, tampoco ayudó a recuperar el tiempo perdido. Y el frío tomó el relevo del viento, llegando a ver la interesante cifra de 13ºC (interesante para el mes de Agosto, claro) cerca de Mulhouse, donde hago la última parada para repostar y cenar una hamburguesa congelada directamente calentada en la plancha. Exquisiteces de la cocina francesa.

Y finalmente, a las 11 de la noche consigo llegar al Premiére Classe de Strasbourg. Exquisiteces de la hostelería francesa.

REFLEXIONES del primer día:

– Qué pasa con mis tarjetas de crédito en Francia? Es el único lugar donde repetidamente me da error la VISA. Me ha pasado en múltiples gasolineras e incluso en el hotel. Al final he tirado de VISA Electron.

– ¿Por que siempre me parece que los franceses pasan de mí? ¿Es normal que a un francés le traigan el plato a la mesa en el self-service mientas que yo tenga que ir a recogerlo una vez preparado?

– ¿Por qué durante mi infancia me parecía que dominaba el francés porque sabía que “Yogur” se escribía “Youghourt” a base de verlo en el luminoso de Danone de la Diagonal, y ahora descubro que los franceses le llaman “Yaourt”?

Bueno, voy a ver si descanso algo, que creo que mañana también me toca ir en moto. De momento, os dejo el track de la ruta.

The Long Way North. DAY 1


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Un día. Eso es lo que pone en la cuenta atrás del blog. Habrá que hacerle caso. Antes de partir quedan algunos flecos por solucionar. Entre ellos, éste:

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Al Director Técnico.

Al Mánager.

A los que leen el blog.

A los que han oído hablar de él pero aún no lo leen.

A los que he repasado haciendo curvas en moto.

A los que han intentado repasarme.

A todos mis amigos de las motos.

A todos los que van en moto, aunque no sean mis amigos.

A la gente que ME EN_CAN_TA.

A las personas que sufrirán por mí.

A las personas que tendrán envidia sana.

A los que me preguntan por el viaje en los pasillos del trabajo.

A los que se preocupan por cómo lavaré mi ropa interior.

A los que han ido alguna vez al Cabo Norte.

A los que están yendo al Cabo Norte.

A los que salieron a dar una vuelta.

A los patrocinadores.

Al resto de mi familia.

Al resto de mis amigos.

A la Coca Cola, por darme la idea.

A vosotros,

GRACIAS!

Gracias por soportarme todos estos meses.

Gracias por interesaros por el viaje.

Gracias por sufrir.

Gracias por desearme suerte.

Gracias por acompañarme.

Porque como dicen en las 500 millas (qué poquita distancia) de Indianápolis, “Gentlemen, start your engines!” ARRANCAMOS!!

NOS VAMOS. PONEOS EL CASCO, tenemos mucho camino por delante!!

Faltan escasamente dos días y ya es hora de finiquitar tareas largamente pospuestas. El casco y la navegación son los temas en los que actualmente estoy enfrascado. Me falta muy poquito para concluir el roadbook de los 14.000 km.Para los que no quieran utilizar Google, el roadbook no es más que una lista de todos los lugares en los que hay que tomar una decisión en cuanto a la dirección a seguir; cambios de carretera, salidas de autopista, lugares a visitar… todo detallado. Kilómetros desde el inicio de jornada, kilómetros desde el último punto, indicación a seguir y carretera son alguno de los parámetros que he utilizado. Sí, ya sé que llevo un GPS con el que la navegación deja de ser un problema, pero mi afición aeronáutica me lleva a tener sistemas duplicados y redundantes. Y como llevar dos GPS (a pesar de que la semana pasada tuve tres nuevos entre mis manazas) no entra dentro del presupuesto, me incliné por sistemas más artesanales.


Otro punto que acabo de finiquitar es el tema del casco. Finalmente será este impresionante BMW System 6 nuevecito que acaba de llegar cedido por BMW (gracias de nuevo!) Ya he instalado fácilmente el sistema de comunicación Midland BT2 (que se desmonte todo el interior del BMW es de gran ayuda, así como que ya tenga los huecos pertinentes para los auriculares…). Guantes de verano impermeables también ya están tachados de la lista, también gracias a BMW. Ahora solamente queda cosas nimias como equipaje, botiquín y seguramente otras cosas que ahora no recuerdo, aunque espero hacerlo antes de dos días… Se aceptan sugerencias.

Menos de una semana. Eso es lo que queda. A pesar de todo, no estoy nada nervioso. Los próximos 5 días son lo suficientemente ajetreados como para que aún no me ocupe del sexto.

Este domingo nos hemos ocupado a ultimar detalles sobre la navegación. El nuevo sistema de alimentación del GPS ya funciona, después de que la semana pasada se librara una tremenda batalla entre los 12 voltios de la batería de la BMW y los ridículos 3 voltios del GPS. Pero ahora mi nuevo GPS (y van…) funciona perfectamente.


También nos hemos “inventado” un fantástico roadbook con un tupperware, una percha del IKEA y una cámara de bici, que ha quedado la mar de aparente a la par que funcional.

El tema del “alojamiento” lo llevo encima. Una tienda de campaña y un saco de dormir irán en el asiento trasero, convenientemente impermeabilizados y asegurados mediante el fantástico Pacsafe. Hoy he hecho las pruebas y no se mueven de su sitio, y además me proporcionan una comodidad extra al poder apoyar mis riñones en el saco.

Y por último las pegatinas. Los adhesivos comienzan a poblar las maletas. De momento hay pocos, espero que esta semana me den los que faltan. Pero la moto ya parece otra cosa. La BMW está casi lista, faltan pequeñas (o grandes) cosas, que igual llegan o no… pero yo ya estoy tranquilo: puedo comenzar la aventura con lo que tengo actualmente. Así, que ahora solamente me falta esperar que pase el tiempo… y que sea rapidito, por favor. A veces quieres parar el tiempo y no puedes. Y otras quieres acelerarlo y no lo consigues. Si alguien sabe hacerlo, que me lo cuente, por favor. Es de vital importancia.

Quedan 8 días para comenzar la ruta, y aún quedan muchas cosas por hacer. No me extraña, ya que me caracterizo por dejar siempre las cosas para el último momento, pero estoy tranquilo porque lo fundamental está ya solucionado, y en mayor o menor medida podría partir mañana mismo.

Una de las cosas que no he querido dejar para el último día es todo el tema de seguridad. Soy consciente de que no es una super-aventura, y que no me voy a mover de Europa, más o menos civilizada, pero no me apetece quedarme tirado o tener que intensificar mi aventura de manera no prevista en los hospitales de Letonia, por poner un ejemplo. Por eso he encargado la seguridad a las más altas esferas.

Una cinta con la medida del Pilar de Zaragoza y una medalla de oro. Son dos objetos importantes para mí, que simbolizan a dos personas que ya no están aquí, pero que seguro que (si está en sus manos) velarán por mí desde allí arriba. El gaditano y la maña seguro que me apartarán más de un reno y me avisarán de algún que otro peligro tras esa curva traicionera. A uno le debo ser como soy y que me comprara la primera moto, que incluso llegamos a compartir. A la otra le debo todo el apoyo que me brindó siempre en todas las decisiones que tomé, incluso las más impopulares; y seguro que lo seguiría haciendo, ella era así. Una parte del éxito de esta aventura será de ellos.

A pesar de eso, también me he hecho socio de una importante compañía de esas que te recogen en cualquier sitio si te quedas tirado y que tiene helicópteros de esos amarillos con letras negras. Si se hubieran estirado en el patrocinio, hasta habría puesto su nombre.

De todas maneras el principal responsable de la seguridad del viaje seré yo, así que haré caso de lo que decía aquel viejo piloto: “recuerda, el puño del gas funciona en los dos sentidos”.

La ruleta francesa tiene 36 casillas, la mitad roja y la otra mitad negra. La probabilidad de ganar un pleno apostando a un solo número es de 1 de cada 37 veces. Yo no estaba dispuesto a arriesgar tanto. Un viaje de más de 1700 kilómetros a Mónaco y la Costa Azul con la Kawasaki GTR 1400 era una apuesta segura. Prefiero siempre apostar a ganar

Afortunadamente comienzo a acostumbrarme a pilotar otras motos que no son la mía para hacer ciertos viajes. Los 1700 kilómetros de este fin de semana los haría con una devoradora de kilómetros. Así sí que se pueden hacer las cosas! Gracias nuevamente a Solo Moto por brindarme la oportunidad de probar esta gran moto en su salsa!

Salir de Barcelona el primer fin de semana de Julio tiene algunos inconvenientes. Caravanas kilométricas y un sol de justicia, que afortunadamente iban disipándose conforme transcurrían los minutos. En un primer momento pensé que el volumen de la GTR sería un lastre importante de cara a evolucionar entre el laberinto de coches que se dirigía hacia las playas de la Costa Brava, pero no fue así. La agilidad -relativa, estamos hablando de una Gran Turismo-  de la moto y su elástico motor, con una respuesta en bajos extasiante facilitaron la tarea en gran medida.

Hasta el precioso pueblo de Collioure, primer enclave francés de la costa, fueron 2 horas deliciosas, tomando contacto con la moto, con su motor lleno de par y con su maravillosa cúpula variable, que permite hacer cruceros de vértigo sin despeinarse, literalmente. Llegar al pueblo costero en la hora azul, con sus calles animadas y su pequeña cala amurallada pusieron el broche de oro a la jornada. Una crêpe (que aquí llaman galette) de bacon y mozarella a orillas del mar, observando pasar los minutos en el reloj de la torre, sirvieron para reponer las pocas fuerzas gastadas hasta el momento.

El sábado fue el día fuerte. Los más de 700 kilómetros programados comenzaban con 350 de autopistas francesas, donde los conductores están mucho más acostumbrados que nosotros a conducir por la derecha. Tienen un gran respeto por los motoristas y no dudan en dejarte sitio para adelatarlos en cuanto es posible. El inicio de la ruta la compartimos con sendas BMW Adventure inglesa y francesa, como si fuera el comienzo de un chiste malo, “un francés, un inglés y un español…” Y es que era de chiste ver la sombrilla a rayas amarillas y blancas que portaba el inglés entre sus maletas.

A un buen ritmo, cobijados tras las enormes protecciones de la Kawa, fueron transcurriendo cómodamente los kilómetros. El calor apretaba, y el ir vestido de romano -siempre aconsejable- no favorecía la refrigeración en absoluto. Perpignan, Narbonne, Nîmes, Arles, Aix-en-Provence iban quedando atrás mientras la GTR 1400 ronroneaba plácidamente a medio régimen. La temperatura seguía aumentando, ya a más de 32ºC y los trajes y la pantalla no dejaban pasar ni una brizna de aire, por otro lado excesivamente caliente como para refrescar. Varias paradas para repostar (se me antoja algo escaso el depósito de combustible que a pesar de presentar una autonomía de más de 300 kilómetros, se agota antes que piloto y pasajero) y finalmente salimos de la autopista en busca de las carreteras más extasiantes de la Provenza francesa.

Las de las Gorges du Verdon fueron las primeras curvas que aparecieron en el camino. Buen asfalto, fuimos enlazando curvas poco a poco. Muchísimos moteros aparecieron por todos lados, pero sin locuras. Parece que todos hemos venido a bailar con las curvas, y no a pelearnos con ellas. A plena carga y con pasajero, el renovado sistema K-ACT de freno coactivo hace que detener esa cantidad de kilos es casi un juego de niños. Además, apurar frenadas nunca me ha parecido tan fácil sabiendo que tienes toda la electrónica de los sistemas de seguridad activa (ABS incluido) protegiéndote.

Seguimos hasta Castellane y posteriormente hacia Entrevaux, pueblo de imprescindible visita para los ruteros que visiten la zona (además cuenta con un pequeño museo de la moto). El asfalto en mal estado y las curvas reviradas que vinieron a continuación me hicieron trabajar algo más. Y es que el tarado de las suspensiones, que endurecí por el peso ahora pasaba factura. En aquel momento no pensé en ablandarlas ligeramente desde el cómodo pomo que aparece por un lateral de la moto. En esas circunstancias, el término “negociar la curva” adquiere su máxima expresión: realmente es una negociación a tres bandas: la moto, la curva y el piloto. Afortunadamente aposté bien y gané en todas las curvas. Y es que parece que estoy en racha!

Murphy decía que las cosas siempre pueden empeorar. Y casi siempre tiene razón. Las carreteras reviradas y con mal asfalto se tornaron casi impracticables, repletas de gravilla y socavones durante algunas decenas de kilómetros. En estas circunstancias, el control de tracción KTRC y el ABS de la Kawasaki GTR 1400 fueron los auténticos protagonistas, y acabaron dándole una buena lección al señor Murphy.

Espectaculares las Gorges du Daluis. Piedra rojiza, alucinantes acantilados y paisajes que hacían que disfrutar de la carretera sea de lo menos importante (y de verdad que se disfruta!). Desdoblamientos imposibles, donde un carril se introduce en un lúgubre y estrecho túnel mientras que el otro juega a entrelazarse con el acantilado, en equilibrio con los cortantes que cortan hasta el hipo, mientras el sol baña las rocas con la cálida luz del atardecer. Todo es tan idílico que los 300 kilómetros de curvas ininterrumpidas (sumados a los 350 de autopista) hacen que un día aparentemente durísimo sea tan agradable. Y en parte se lo debo a la GTR, que minimiza de manera increíble las distancias, que solamente se notan en el cuentakilómetros.  En pocos kilómetros llegaremos a la Costa Azul, donde el lujo y el glamour nos deslumbrarían.

Cenar en una terraza en los boxes de uno de los circuitos más famosos del mundo es algo que solamente se puede hacer en Mónaco. Dar unas cuantas vueltas a su circuito urbano disfrutando del frescor nocturno es el penúltimo placer del día, aunque no seas amante de la Fórmula 1. Las curvas de Santa Devota, el Casino, Loewe, el mismísimo Túnel o la Rascasse van cayendo una tras otra. A la tercera vuelta, aún esperando una indicación en la pizarra desde los boxes, intento parar en la puerta del Casino para inmortalizar el viaje, pero la caravana de Ferraris, Porsches o Bentleys de los que descienden vertiginosos tacones, minúsculas minifaldas y grandes calvas con pantalones de lino y carteras repletas me impiden aparcar la Kawa GTR. Así que decido parar en otro lugar mítico, la curva más lenta de toda la Fórmula 1, que continúa con sus pianos que han vivido y sentido más de 1000 batallas.

El retorno al hotel vino presidido por la pérdida del GPS en una de las curvas saliendo de Mónaco. Nota mental para el viaje a Cabo Norte: Apretar fuertemente el velcro del GPS es fundamental! A pesar de su aparentemente buen estado, el Garmin ha dejado de funcionar.

El domingo era el día de regreso. Visita relámpago a Cannes y su auditorium, cuya alfombra roja han recorrido cientos de glamourosos actores de Hollywood. Y a pocos kilómetros Grasse, la cuna mundial del perfume. Esperaba encontrar campos repletos de flores multicolores pero no los busquéis: no están allí; sí encontraréis callejuelas estrechas formadas por casas que casi se besan, y sobre todo museos y tiendas de todos los perfumes imaginables.

Y después… autopista directa hacia Barcelona. Los 800 kilómetros totales del día anterior (y los 200 del viernes) no pesan en absoluto. La posición de la GTR es muy relajada y permite grandes distancias sin problemas, aunque preferiría un manillar algo más elevado, será que estoy acostumbrado a las trail… Pero su mullido asiento, con la firmeza justa, no lo cambio por nada. Ni la pantalla, claro!

En algunos momentos decido activar el modo ECO, que baja ligeramente las prestaciones (hay suficiente potencia como para que no se note en exceso) y reduce ostensiblemente el consumo. Las gasolineras de las autopistas francesas están en general algo más alejadas entre ellas que en nuestro país, por lo que en algún repostaje tuve que apurar algo más de la cuenta pero sin mayores problemas. La suerte sigue de mi lado.

Calor… Ha sido el fin de semana del calor. A la altura de Montpelllier cayó algo de agua proviniente de la tormenta que llevaba tiempo acechando desde el horizonte. Se agradeció el olor a tierra mojada y la leve disminución de la temperatura, que por otra parte fue momentánea.

Ya de noche y en España, quedaba el último escollo que salvar. La impresionante caravana que se formó a 60 kilómetros de Barcelona, por otra parte previsible en las noches de domingo veraniegas. Nuevamente el volumen de la Kawa quedó minimizado por una más que sorprendente agilidad para pasar entre coches, como si fuera un gran luchador de sumo bailando grácilmente una pieza de Tchaikowski. Sus anchos retrovisores sirven de referencia: si pasan, las maletas también pasarán sin problemas. Y así llegamos hasta el final de la ruta, cansados pero satisfechos de haber compartido un fin de semana con una rutera de verdad.

EPÍLOGO: 1730 kilómetros en dos días y medio no pesaron en absoluto a la hora de madrugar el lunes para ir al trabajo. Ni una agujeta. Genial. Bajo al parking y la veo allí. La GTR me espera para otra aventura diaria. Y es que con ella aposté a ganar… y acerté!