TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

Vamos rapiditos que se me hace tarde. Lo primero, la moto de Belén sigue bien. Gracias. Hoy se ha marcado 300km sin achaques. Esperemos que siga así. 

¿Del resto? Pues una cosa me ha quedado clara: Irlanda mola mucho. Da igual lo que veas. Te gustará más o menos dependiendo de la climatología. Hoy hemos comenzado con algo de lluvia, que nos ha respetado en Ladie’s View (incluso ha salido el sol). Mucho mejor que Molls Gap, dónde vas a parar. Luego el Black Valley se me ha quedado algo corto, seguramente porque estaba lloviendo a mares. Igual que la zona sur del Ring of Kerry al que le tenía tantas ganas. Hasta Waterville (que parece un monográfico de Charlot), nos ha estado lloviendo. Y a partir de ahí… la delicia. 

El cielo comenzaba a clarearse cuando pasábamos por la playa de Ballinskelligs, con su castillo ahí tan fotogénicamente puesto. Por cierto, playa con socorrista. De hecho, un socorrista por cada dos bañistas, que son los únicos (enfundados en neopreno, claro) que se habían atrevido a pegarse un baño. 

Por Portmagee y la isla de Valentia hemos pasado como en un suspiro, porque se nos hacía algo tarde. Y es que además del Ring of Kerry queríamos hacer la península de Dingle. ¡Qué acierto ha sido! Porque las vistas de Slea Head han sido magníficas. El mar rompiendo allá abajo, y la playa allí, bajo unas espléndidas nubes.  Y luego, a pesar de que no estaba previsto en mi superlibreta, nos hemos dado de bruces con el Dunquin Harbour, tan fotogénico él  con su rampa de acceso imposible. 

Y en nuestro trayecto hacia Tralee, donde dormiré en unos pocos minutos, hemos atravesado el Connors Pass. Pocas curvas de subida hacia el este, pero ya apuntaba maneras atravesando las verdísisisisimas faldas de las montañas. Y una vez arriba, unas vistas espectaculares de la zona norte de la península de Dingle. Y de bajada, carretera estrecha casi excavada en la montaña durante los primeros kilómetros. Sin duda, un tres estrellas. 

Mañana toca atravesar Irlanda en busca de nuevos paisajes. Habrá muchos kilómetros y pocas paradas. Pero estaremos puntualmente aquí, para contaros qué tal hemos llevado el día. Buenas noches.

Tras el cambio de planes de ayer para llevar la moto de Belén a Cork, a uno de los dos únicos concesionarios BMW de toda Irlanda, hoy debíamos pasar la mañana de alguna forma mientras esperábamos a mediodía para recogerla. Una fuga de líquido refrigerante proveniente de la bomba de agua. Nada serio pero que nos podía fastidiar el viaje si no se arreglaba. 

–Hemos cambiado la junta, pero no hemos podido cambiar la bomba– dijo Marc, el encardado de taller. –Las piezas llegarán en una semana– agregó. Era una mala noticia. En una semana ya debíamos estar en Gran Bretaña camino del Eurotunnel. 

–Pero hemos sellado el orificio de drenaje, por donde perdía líquido. Ya no lo hace– dijo intentando cambiar de cara a otra menos funesta. Y es que a Belén, sin entenderle lo que decía, hacía ya un rato que su cara le estaba asustando.

–¿Y con eso podremos seguir viaje?– pregunté.

–Es un apaño provisional– dijo. –Si fuera mi moto la dejaría en el taller esperando las piezas– añadió. –Pero ya me habéis comentado que no tenéis esa opción. 

Vale, la situación es esta: la moto ya no pierde líquido, aunque la bomba “no funciona correctamente”, según sus palabras. Peor estábamos ayer. 

–¿Y cuánto tenemos que pagar?– pregunté para dejar ya cerrado el tema.

–Nada– contestó. No hemos podido arreglar el problema, así que no os podemos cobrar nada–. Sea en España o en Irlanda, me siguen sorprendiendo para bien los talleres oficiales BMW. 

La cosa es que después de consultarlo con mi mecánico online de confianza me desaconsejó encarecidamente que dejara ese orificio de drenaje tapado, ya que si no había un lugar por donde aliviar la presión, la cosa podría ir a peor. A muy peor. Así que en la primera parada que pude, intenté quitar el tapón de una especie de resina que le habían puesto al drenaje. Lo conseguí en parte. La moto seguía sin perder líquido refrigerante, y el tapón estaba tan debilitado que un aumento de presión seguramente lo rompería del todo. Si eso pasara, solamente tendríamos que seguir reponiendo el refrigerante y listos. Supongo…

Pero vamos al tema. Ayer dormimos en Cobh, el último puerto donde recaló el Titanic antes de ponerse a chocar con icebergs. Y todo el pueblo está volcado con el tema. Memoriales ahí, pubs temáticos allá… Además, su catedral tiene el campanario más alto de toda Irlanda. Y es un encanto de pueblo. Un acierto. Luego hemos ido a dar un garbeo por pequeños pueblecitos del West Cork, donde las ensenadas y los pequeños cabos se van sucediendo, dejando a su lado pequeños pueblos de coloristas fachadas como Kinsale

Hoy hemos descubierto la R575, otra carretera que entra dentro de mi lista de mejores carreteras que he recorrido. Es la parte final del Ring of Beara, justo desde donde sale el desvío a la isla de Dursey (donde si vas, deberás meter el vehículo en un teleférico), cerca de Lambs Head. No me lo esperaba, después de recorrer la parte sur de la península, que mola pero tampoco era para tanto Así que esperaba que la parte norte sería más o menos igual. Craso error. Hay un momento en el que las peninsulillas, los cabos y las pequeñas ensenadas se van sucediendo mientras la estrecha carretera serpentea adquiriendo algo de altura para después bajarla, como jugueteando con la orografía. Espectacular. Ah! Y todo eso aderezado con los más verdes colores irlandeses. 
Y luego, el Healy Pass. Lo cogimos en dirección norte. Y al principio no parece un pass. Va zigzagueando en el llano verde esquivando grandes rocas rosáceas. Las curvas de radio insinuante te van dotando de altura y perspectiva finalmente, para observar su dibujo caprichoso desde arriba. En la cima un gran crucifijo de un blanco que contrasta con el fondo verde (¿os he dicho ya que Irlanda es verde?) te da la bienvenida a la cara norte. Allí, sin tanta floritura, la carretera te abofetea con unas vistas espectaculares de la península de Beara, con un fotogénico lago a tu izquierda. 

Y con todo eso llegamos a Tahilla, un no-pueblo (o sea, que tiene nombre y eso, pero no son más que cuatro casas desperdigadas) donde dormiremos hoy con el repiquetear de la lluvia sobre nuestras cabezas. Mañana, si la autoridad, el tiempo o el líquido refrigerante no lo impiden, conquistaremos el Ring of Kerry. Bonanit. Click.

– Debéis ir a los acantilados cuanto más tarde mejor– nos explicaba la dueña del bed and breakfast. –Cuando se hayan ido los autocares. Si no, habrá miles de turistas y no los disfrutaréis– dijo. [Pues pensábamos ir a las cuatro de la tarde…]

– No paguéis el parking, os cobrarán 6€ por persona. Seguid la carretera y allí encontraréis otro parking a 5€ los dos– seguía explicando. [Vaya, ya habíamos comprado las entradas por internet].

– Yo iría a cenar antes. Aquí a las siete y media ya os quedáis sin cenar– nos comentó [Oh… pues íbamos a hacerlo al revés].

– Ni se os ocurra ir a cenar al McDermotts, allí la comida no es de calidad. Mucho mejor al McGanns– dijo. [Uf, pues nos habían recomendado el estofado del McDermotts…]

– Y no vayáis antes de las 5, que el menú es diferente y de peor calidad– concluyó. [Ah, ahí no me pilla. Ni se me ocurriría ir a cenar antes de las 5 de la tarde].

Pues con todos estos consejos que la amabilísima señora nos dio sin pedirlos, nos ha salido una tarde excepcional en los acantilados de Moher. La verdad es que las agradables temperaturas y el sol también han ayudado mucho. De los acantilados, ¿qué decir? Pues que mi admiración por ellos ha ido de menos a más. Igual porque me esperaba que se me cortara el aliento nada más verlos ante tanta belleza natural, pero la verdad es que no ha sido así. 

–Bueno, pues son normalitos– pensé en cuanto el camino de acceso nos acercó al borde. Iba mirando a un lado y a otro y el acantilado baja prácticamente vertical hasta tocar el agua. –Monótonos– dije para mis adentros. –Igual son mejores los de Slieve League

Hasta que me di cuenta de una cosa: esas minúsculisísisimas cositas que se movían por el borde del acantilado eran personas. ¿ESO SON PERSONAS? ¿PERO CÓMO PUEDE SER ESO? ¿PERO QUÉ ALTURA TIENEN ESTOS ACANTILADOS? Pues más de 200 metros. Entonces sí. Es ahí cuando el corazón se te encoge y comienzas a tomar conciencia de lo que tienes frente a tus narices. Entonces sí que sabes que es una de las cosas más espectaculares que has visto, de esas que recuerdas siempre. Y afinas la mirada, y ves que esos píxeles blancos que hay ahí abajo, en la roca, a media distancia entre el borde y el agua son gaviotas. Esas tan enormes que ves siempre pidiendo comida… pues allí abajo están, vistas casi desde el infinito.

El sol iba bajando poco a poco sobre las islas de Aran, perfectamente visibles allí frente a nosotros. Entonces, y solo entonces, comienza la magia de Moher. Sus rocas se tornan anaranjadas, contrastando con el vivo verde de sus cumbres. El sol comienza a teñir de rojo ese mar antes de azul ultramar, y riela sobre él un magnífico manto de luz anaranjada. Faltaban 25 minutos para la puesta de sol. 

¿Nos quedamos allí para verla? Pues no. El destino nos tenía preparado algo mejor. Ver la magnífica puesta de sol sobre las islas Aran frente al castillo de Doonagore [gracias otra vez por la localización, Xavi]. Y la guinda del pastel: cuando el cielo está en calma y la visibilidad es excelente, es bien sabido que el último rayo del sol tiene un color especial: un sorprendente verde. Un rayo verde de un color que no hay pintor que pueda reproducirlo en su paleta, y que la propia Naturaleza no ha repetido ni en los diversos tonos de las plantas -ni en Irlanda- ni en el color más transparente de los mares. Esto es debido a la refracción diferencial para cada longitud de onda. Es un fenómeno de muy difícil observación, tanto que para muchos es simplemente un mito, aunque la ciencia lo avale. Quizá sea cierta la antigua leyenda, según la cual aquel que tuviera la fortuna de contemplar el rayo, podría ver con claridad en su corazón y en el de los demás. Pues qué queréis que os diga… sea ciencia o leyenda, y habiéndolo buscado desde que lo leí por primera vez en un relato de Julio Verne hace ya más de 35 años… hoy he visto el Rayo Verde. Buenas noches a todos. Click.

R335. Recuerda su número. Porque es una de las carreteras que entra ya en el TOP10 de mis mejores carreteras para recorrer en moto. Pero si eres de los que te gustan más los nombres sugerentes que los números, ahí tienes uno: Doo Lough Pass. ¿A que suena bien? Es una carretera estrecha, pero bien asfaltada. Sinuosa pero no tanto. Y con unos paisajes que quitan el hipo. No llevábamos más de 30 kilómetros y ya estábamos con la boca abierta. Hemos intentado hacer volar el drone. Porque de hecho no hacía mucho aire. O eso parecía. Porque nada más parar las ráfagas iban y venían con una fuerza importante. El pobre bicho no hacía más que intentar mantener el equilibrio entre tanto viento, como surfeando en un cielo embravecido. No he querido forzarlo más y he reducido las tomas a la mera constatación de la visita. 

Porque hoy ha sido un día de esos desapacibles. Muy desapacible. Entre el viento, lo menos fuerza tres o cuatro y la lluvia, venimos servidos de mal tiempo. Porque ya sea fina o más gorda, no ha dejado de llover. La abadía de Kylemore, a pesar de sus andamios, apareció frente al lago tras una curva. Paradita para foto y para visitar un ratito la tienda de recuerdos. Al menos allí se estaba confortable.

Y lo que pensaba que sería el plato fuerte, la Sky Road, ha quedado en meramente un acompañamiento insulso. Y no por demérito propio, sino porque la neblina y la lluvia fina impedía ver más allá de nuestras narices. Y eso que apuntaba maneras, porque la carretera hace un bucle desde Clifden que se eleva rápidamente junto a la costa para darte una visión casi de drone del paisaje.  Hoy no pudo ser. Pero siempre hay que tener razones para volver. Y nosotros ya tenemos unas cuantas. 

La moto de Belén arrastra una pequeña fuga de líquido refrigerante desde hace unos días. No era nada preocupante, hasta que ha dejado de ser una pequeña fuga para convertirse en una fuga hecha y derecha. Nada que no fuera conocido, la bomba de agua suele fallar en este modelo, y ya es la segunda vez. De momento vamos rellenando líquido cada día, aunque hoy ya han sido dos veces. Y cada vez que eso pasa tenemos que quitar el topcase y 7 tornillos para sacar la tapa lateral. Pero creo que eso ya lo hacemos en menos de 10 minutos. Hemos pasado por un concesionario BMW en Galway, que aunque solamente era de coches, nos han atendido magníficamente, dándonos el contacto de un concesionario oficial de motos en Cork. Así que igual tendremos que variar un poco los planes para poder ir a cambiar la bomba. Pero eso será después del fin de semana. 

El día ha acabado bajo la lluvia pasando por Kinvarra y su Dunguaire Castle, algo insulso con la marea baja. Hemos llegado a Ballyvaughan, donde dormiremos hoy después de haber vaciado las despensas de Monks, una marisquería altamente recomendable (no excesivamente barato, eso es verdad… pero tampoco excesivamente caro para lo que venimos pagando de cenas). 

Pues lo dicho, que dicen que. mañana mejora mucho el tiempo, sobre todo por la tarde. Es el momento adecuado para ver los Cliffs of Moher. Pero eso… será mañana. Bonanit.

A ver, que cuando los días pasados decía que ya estaba bien de agua no iba en serio. Porque si la opción para que no lloviera es que hiciera el viento que hemos tenido que soportar hoy, no sé qué prefiero. Bueno, puestos a preferir, el solazo de nuestro primer día en Irlanda me vale. Aish, aquellos tiempos… [aunque una de mis múltiples aplicaciones meteorológicas insiste en que pasado mañana tendremos un par de días de esos que hasta te sobra la cazadora. Pero en serio, no sé si creérmelo].

En definitiva, un vientazo de mil pares de narices, eso es lo que hacía mientras explorábamos los acantilados de la Achill Island. Yendo hacia su punta más extrema, Keem Bay, la carretera asciende y asciende al borde del acantilado. En uno de los virajes, ahí abajo, aparece la pequeña playa rodeada completamente de verdes montañas. Y a tu lado, las ovejas balando. Y a tus pies, los truños que van dejando las putas ovejas. Que tiene razón Belén, que no sé qué comerán aquí, pero eso de que cagan bolitas como si fueran Conguitos… nanai!

Luego hemos recorrido los White Cliffs of Ashleam, aún en la isla. La cosa ha comenzado más o menos igual, la carretera comienza a escalar rápidamente, y con la altura adquieres consciencia de los acantilados que tenías alrededor. Hemos aprovechado un hueco en una curva de la carretera para montar nuestro restaurante del día, con unas vistas excepcionales, otra vez rodeados de ovejas. Ahí resguardados hacía poco viento, por lo que me he arriesgado hasta a volar el drone, que aunque con alguna dificultad, ha conseguido mantener la horizontalidad y brindarnos, otra vez más, unas impresionantes imágenes. La carretera seguía por el lado sur de la isla, justo de donde venía el viento, pero al menos venía del precipicio, no hacia él. O sea que si te tiraba, lo haría hacia la montaña. Y eso al menos te da un respiro.

Hemos ido siguiendo, en la mayoría de los tramos, la carretera que está perfectísimamente indicada durante cientos (o miles) de kilómetros que llaman Wild Atlantic Way, que te lleva por toda la costa oeste de Irlanda por las carreteras más cercanas a la costa. Y así hemos llegado a Westport. Es un pueblecito con mucha vida con las fachadas de todos los establecimientos de vivos colores, y los carteles de los comercios primorosamente pintados con tipografías del mismo estilo clásico. A pesar de lo bullicioso del tráfico, se respira una tranquilidad sorprendente, donde los coches, a pesar de los conatos de atasco, van avanzando lenta pero silenciosamente, sin pitidos ni estridencias. 

Y como no debía ser de otra forma, tras haber sorteado la lluvia durante todo el día, es quedarnos veinte tristes kilómetros para llegar a nuestro bed and breakfast de esta noche en Louisburgh y ponerse a llover. Vamos, que la señora del alojamiento lo primero que nos ha dicho, con algo de angustia en la mirada, es si queríamos dejar algo en la secadora. Supongo que se estaba preocupando por si le dejábamos encharcada la habitación…

La cena de hoy ha llegado a un gitanolanderismo preocupante para nuestro nivel: con la lluvia y en un bed and breakfast alejado de cualquier civilización, hemos decidido cenar unas sopas instantáneas de esas que se hacen con agua hirviendo, que preveíamos hacer con los hervidores de agua que hemos ido encontrando en todos y cada uno de los alojamientos de este viaje Pues bien, el de hoy no tiene hervidor de agua. Por fortuna, en el grifo de agua caliente ponía un cartel de “Caution: very hot water”, así que hemos probado si el water salía lo suficientemente hot como para hacer la sopa de sobre en condiciones. Y mira, pues sí. Bien rica que estaba. Eso, un trozo de fuet y una galletas de gengibre y ya tenemos la cena lista. Ahora a descansar hasta mañana, último día en el que dan lluvias generalizadas. Ya estamos planeando el ataque a los acantilados de Moher y posiblemente las Aran Islands con buen tiempo. Bona nit. Click.

[voy escribiendo el título este de LaRutaDeLasGaitas y pienso que en qué momento se me ocurriría ponerle ese título… Porque en Escocia sí, pero en Irlanda todavía no he visto ninguna… Bueno, tampoco he visto ningún pelirrojo aún, así que igual aún hay tiempo]

Y después de la reflexión del día, pasamos a relatar lo que ha dado de sí la ruta de hoy. Ni fú ni fá. Claroscuros. Luces y sombras. Etapa de transición transicional. Claro, mis ánimos no estaban muy arriba cuando al levantarnos he visto el panorama fuera. Por una parte, no llovía. Incluso algún claro se veía. Pero predominaba el negro borrasca. Y después del soleadísimo día de ayer, eso es un bajón.

En Derry (o Londonderry, depende) aún hacía sol. Entras y un pequeño murete de piedra te recuerda que entras en la ciudad amurallada. Y es cierto que su centro está amurallado, pero… ¡éstos no han visto Ávila! Muralla insulsa. Y en su interior, algún edificio interesante, como la catedral católica de St. Eugene. 

Luego tocaba el castillo de Glenveagh, en el parque nacional del mismo nombre. Bueno, el parque comenzaba a molar, con montañas onduladas llenas de pastos pero sin ganado. Pero siguiendo la premisa de este viaje, de solo pagar por entrar en determinados lugares ya previamente establecidos, el castillo no entraba en los planes. Tenía la esperanza de una buena foto desde el parking, o poder volar el drone… pero nada de nada. Así que nos fuimos de vacío. Ha sido una de las sombras. 

La cascada de Assarancagh no está prácticamente indicada en ningún lado. Tampoco es que sea especialmente espectacular, pero caía cerca de nuestra ruta. Pero mira, sorprendentemente ha molado la vista desde el drone. Enorme cascada no en cantidad de agua o en anchura, pero sí cuando ves desde qué altura el agua va pegando botes hasta llegar al pequeño laguito.

El Glengesh Pass ha sido otra de las luces. Avanzamos por un estrecho valle que rápidamente ascendía por sus laterales con unas pronunciadas laderas completamente verdes, mientras amenazantes nubarrones cubrían las cumbres. Las vistas aéreas no han decepcionado. 

Y luego, los acantilados de Slieve Leage. También espectaculares. Carreterita muy estrecha con caída espectacular sin valla en algunos tramos. Y arríba, unas vistas fantásticas de los acantilados, a pesar del fortísimo viento que acrecentaba la sensación de frío. Hemos comido abajo, en el parking, más resguardados del viento. Pero a pesar de ello, y como ya viene siendo habitual, la lluvia ha hecho acto de presencia antes del postre. 

Por último, y ya en tiempo de descuento, hemos llegado a la abadía de Sligo, que se encuentra en medio del pueblo. En Irlanda, aunque menos que en Escocia, siguen teniendo unos horarios muy raros, y cerraban a eso de las 18h, media hora antes de nuestra llegada. Y mira que desde fuera apuntaba maneras. Posiblemente, si el tiempo no lo impide, intentaremos una visita mañana. Aunque abren a eso de las 10…

Y ya instalados en una amplísima habitación en un hotel-spa de cuatro estrellacas ubicado en un campo de golf a precio de Bed and Breakfast (sí, a veces tenemos suerte), vamos a ver cómo gestionamos las lluvias que se prevén para mañana y puede que pasado. Vamos a ves si coordinamos los días de buen tiempo con las mejores visitas irlandesas pendientes. Os seguiremos informando, ahora me voy a hacer la digestión del Sligo lamb al punto que nos hemos zampado.

Que los irlandeses son majos, ya nos lo habían dicho por activa y por pasiva. Pero es que esto es pasarse de majos. Los que me conozcáis sabéis que no soy mucho de interaccionar con la gente que no conozco. Pocas veces me verá alguien iniciar una conversación con alguien porque sí. De hecho, pocas veces pregunto. Pero si hoy no he hablado con más de media docena de desconocidos diferentes… 

– Hey! Tomad estos tickets del aparcamiento– nos dijo un motero en el parking de la Calzada de los Gigantes. –Nosotros nos vamos y no hay nadie en la garita, así que no nos los pedirán–. De hecho, una situación extraña para un británico, eso de saltarse las normas. Los irlandeses (aunque sean del norte) son mucho más latinos

Y así casi en una decena de ocasiones. Desde el señor que veraneaba en Cambrils, hasta el venerable anciano que nos hablaba del tiempo. O la señora que me preguntaba por el modelo de motocicleta y que si sabía que tenía que pasar una campaña…

Pero comencemos la crónica, que me alargo y hoy es muy tarde. Tras una breve pasada por los murales de la zona católica de Belfast y la tristemente famosa Divis Tower, hemos dado una vuelta por el Milltown Cementery. Asombroso poder entrar en moto entre las miles de lápidas. Gracias, Xavi por la info. Y luego para la Causeway Coastal Route a través de espectaculares paisajes de un verde intenso, hasta desviarnos para ver The Dark Hedges, esa carretera con árboles centenarios que se ha hecho famosa ahora por una simple escena de Juego de Tronos. La verdad es que me esperaba más. Es chula, y sabía que a ese hora estaría petada de gente, pero las fotos hacen demasiado honor al sitio. Le he quitado una estrella en mi clasificación particular. 

El puente colgante de Carrick-a-Ride es espectacular. No por el puente en sí, que no lo es mucho (ni por las 7 libras de entrada, que me parece una exageración), sino por el fantástico entorno en un día soleado. No me habría cansado nunca de seguir haciendo fotos. Luego nos hemos parado, así de casualidad en un pequeño puerto con dos casas mal contadas, Portbradden se llama. Allí hemos conseguido una tomas de drone de lo más espectacular.

Y luego el plato fuerte del día, la Calzada de los Gigantes. Al principio me he quedado un poco mustio, al ver el enorme complejo turístico de la entrada. Me lo imaginaba algo más… familiar en las fotos que llevo viendo toda la vida. Tras una agradable caminata de veinte minutos llegas a la calzada. Y no puedo decir otra cosa que ESPECTACULAR! Había mucha gente, eso sí. Pero es TAN grande, que puedes hacer fotos sin que se vean mucho, siempre que tengas paciencia y sepas encontrar el ángulo. Ha sido un gran momento, que ha borrado de un plumazo la mala impresión de la entrada. Y si de paso nos sale gratis gracias a la amabilidad de los moteros irlandeses, mejor que mejor!

Después, el Castillo de Dunluce, que ya con el sol algo bajo, no me ha parecido tan impresionante como pensaba. Yo le he quitado otra estrella. Y luego pitando para Derry. O Londonderry, dependiente que seas nacionalista o unionista. O católico o protestante. Y es que el tema independentista está aquí a flor de piel. Sobre todo hoy 12 de julio, día en que los de la Orden de Orange salen a la calle a reivindicar la pertenencia de Irlanda del Norte a la Gran Bretaña. Y alguna marcha hemos podido ver desde lejos. Hasta la señora del bed and breakfast nos ha dicho que hoy los restaurantes cierran más pronto porque la gente no suele salir esta noche por si hay altercados. “¿Entonces, es peligroso?”, le he preguntado. “Hummmm… no, creo que no”, ha dicho en un tono que no ha sonado muy convincente. Sea como fuere, hemos decidido no bajar a Derry y quedarnos a pocos kilómetros, a cenar lo poco que nos queda para completar la escasa y casi siempre idéntica carta de los restaurantes británo-irlandeses (que ya no sé cómo ser políticamente correcto).

Ale, buenas noches (o buenos días para la mayoría). Click.

Aparcamos nuestras motos frente a la playa, entre un Fiat 500 de alquiler y una furgoneta algo destartalada. De ella salió un hombre que ponía agua en un bol para que bebiera un enorme Malamute. 

– Doctor Jaus and Mary Poppins!!– dijo señalando los logos de nuestras maletas. –Great!!

Se notaba que el hombre tenía ganas de conversación. Así que le seguí con la mirada. 

– Este lugar es fantástico– me dijo. –Ayer hubo una puesta de sol espectacular–. Y nosotros que llevamos diez días hartos de agua…

Después de conversar sobre de dónde veníamos y hacia dónde nos dirigíamos, preguntó si habíamos comido. Y casi sin esperar respuesta apareció con un paquete de salchichas.

–No es necesario cocinarlas– dijo. Se pueden comer así y están riquísimas.

Vaya… Y nosotros que ya nos habíamos terminado el fuet… Solo pudimos intercambiar las salchichas por algo de conversación. Sobre lugares idílicos de Irlanda donde bañarse a la luz de la luna, o sobre los Catalan Dragons, equipo de rugby de Perpignan. 

Sin lugar a dudas fue un gran momento. Superior incluso a la catedral de Glasgow, que habíamos visitado horas antes. Sus vidrieras y su piedra ennegrecida por el tiempo la hacen especial. O Portpatrick, un tranquilo y bellísimo puerto pesquero del sur de Escocia, donde acabamos de dar cuenta a las salchcichas de Robert -que no sé si se llamaba Robert, pero podría ser– ante la atenta mirada de una pizpireta gaviota, que poco después se empeñó en amenazar nuestro drone con varias pasadas de ataque.

Y tras unas horas de ferry donde un generoso grupo de chicas y señoras entraditas en años -y en carnes- vaciaba el bar del barco mientras farfullaban a grito pelado, llegamos a Belfast. Un 11 de Julio, que sin saberlo se ve que es un día especial aquí. Tanto los protestantes unionistas como los católicos nacionalistas queman enormes hogueras hechas de pallets rememorando nosequé historia de hace siglos. Lo que en su día era un hecho lúdico, durante años se convirtió en un evento reivindicativo nacionalista. Porque Belfast tiene su muro. Y no de adorno como es ahora el de Berlín. Hasta calles cortadas, hemos visto. Murales políticos en la zona católica, calles llenas de Union Jacks en la protestante. Y entre todo eso, decenas de coches policiales fuertemente protegidos patrullándolo todo. 

Un viaje no es un viaje si no acabas aprendiendo cosas. Y hoy hemos aprendido generosidad en forma de salchichas e historia reciente en forma de muros y hogueras. Estoy deseando ver qué aprendo mañana.

Hoy, día de transición. Transition day. O de descanso activo, que dirían los ciclistas. Vamos, que hemos hecho pocos kilómetros para lo que podía haber sido. Hemos salido de Oban con un día soleado –sunny day– pero se nos ha acabado pronto la cosa. Primero fueron las nubes, y luego llegó el agua. Para variar. For variation

Por suerte hemos podido llegar secos al castillo de Kilchurn. Pero ya que pasábamos por ahí, que por no estar, no está ni indicado. Pero yo que soy muy listo, lo tenía previsto. Nos hemos parado en un apartado de la carretera y hemos volado el drone. Flying the drone. Que ya hacía días. Que entre unas prohibiciones y el mal tiempo, llevaba en el dique seco un tiempo. Y poco después ha comenzado a llover. Oh, no! It’s raining again! Y ya no ha parado. Non stop.

La cosa era rodear el Lago Lomond y luego ir a la región de Trossachs. Pero con el mal tiempo que hacía, tampoco lo hemos disfrutado mucho. En algún momento ha parado de llover, justo cuando nos hemos tomado una sopa del día, soup of the day en Aberfoyle. De acelga y patata. Y luego nos hemos metido en una tienda de productos típicos de lana, The Scottish Wool Center como unos jubilados más. Para estar secos y calentitos, fundamentalmente. Pero luego había que volver a la cruda -y mojada- realidad. 

La penúltima parada del día era en la Inchmahome Priory, unas ruinas del siglo XV que se encuentran en una pequeña isla en medio del único lago escocés. A ver… no es que sea el único. Pero sí que es el único que se denomina lake: todos los lagos en Escocia son loch menos el Lake of Menteith, donde se encuentra dicho priorato. Y la verdad es que no ha sido una buena visita. Nos hemos envalentonado en un momento en el que prácticamente no llovía, pero ha comenzado a hacerlo nada más coger la barca que nos llevaba a la pequeña isla. Mira, cosas que pasan, things that happen. Pero es que luego las ruinas estaban valladas en todos y cada uno de los puntos más fotogénicos, como hecho ex proceso para fastidiarte la foto. Y todo ello por el módico precio de 7,5 libras cada uno, seven and a half pounds each. Una caca. A shit.

Y la última parada, ya con ganas de ir a secarnos al hotel. El William Wallace Monument, que hemos visto desde el parking, porque para ver las vistas de Stirling desde arriba, os aseguro que no hacía día. No day for panoramas. A ver si mañana el día mejora y replanteamos visita al menos a Holy Rude y sus vigas de roble. Que mañana es otro día de transición, another transition day porque nos toca traslado para pillar ferry a Irlanda. 

Seguramente no os habréis dado cuenta, pero de manera muy subliminal habéis estado aprendiendo inglés durante esta lectura. Al menos para que os sirva de algo este ratico. Aproveching the rate.

Como se supone que esto es una crónica y que tengo que contar lo que nos pasa a diario, vamos a ello. Aunque prefiero siempre incidir en alguna anécdota o hecho que me haya llamado la atención durante la jornada. Pero si hoy hago eso, me centraré en que POR FIN HEMOS VISTO EL SOL MÁS DE TREINTA SEGUNDOS SEGUIDOS y no os contaré todo lo demás, que ha sido mucho.

Todo ha empezado en la isla de Skye, poniéndonos los trajes de moto que seguían chorreando del día anterior. Pensábamos durante el desayuno -por cierto, pedazo de desayuno con vistas- que iba a ser un asco, pero mira, tampoco ha sido para tanto. Un poco de fresco, y a esperar que el viento lo seque. Pero no, no se podía secar si seguía lloviendo. Un txirimiri de esos calabobos. A ratos un girón en las nubes nos mostraba cómo de intenso podía ser un verde, pero eso era en contadas ocasiones.

El castillo de Eilean Donan, ahí flotando en el lago es siempre un momento a recordar. Llueva o no. De hecho ni me acuerdo si lo hacía en ese momento. Unas fotillos desde el parking y a seguir, que teníamos ferrys reservados de entrada y salida de la isla de Mull, y no me gusta hacer tarde a estos eventos. 

La isla de Mull nos recibe con más y más agua. Al principio, ni fu ni fa. Pero seguramente era por el agua. Nos hemos parado en su pueblo más turístico, Tobermory. Buah!! ¡Qué preciosidad de colores en sus fachadas! Seguía lloviendo, así que nos hemos refugiado en un restaurante a comer la sopa del día y una hamburguesa de agnus de Aberdeen. Mientras fuera parece que quería dar un respiro.

Hemos seguido rodeando la isla por su parte norte, cuando al parecer quiso parar de llover. De hecho, vimos la porción de cielo azul más grande en lo que llevamos de viaje. Si a todo eso le unimos unas vistas de ensueño, el placer ha sido casi absoluto. Solamente lo empañaban lo malas de las carreteras. Single track y llenas de gravilla. Y mojadas. What else?

Por supuesto, entre tanta borrachera de sol y de colores, se nos iba haciendo tarde para el ferry de salida de la isla, así que los castillos previstos los hemos dejado para otra ocasión. Bueno, el de Duart lo hemos podido ver desde el ferry hacia Oban. 

Y en Oban… Sol!! Una puesta de sol como hacía tiempo que no habíamos visto. Y todo ello mientras dábamos cuenta de un tradicional  con su vinagre y todo. Ha sido un momentazo que hemos compartido con un par o tres de osadas gaviotas que se han empeñado en probar nuestro cod y nuestro haddock

En definitiva, bien está lo que bien acaba. Y hoy nuestros trajes de moto han acabado secos. Ya era hora. Bona nit. Click