El retrovisor del lado izquierdo comenzó a moverse. Primero tímidamente, pero luego decidió ir dando bandazos a diestro y siniestro. No me lo podía creer. Tras más de diez mil kilómetros sin prácticamente ningún problema mecánico, se me afloja el retrovisor a menos de cien kilómetros de casa. Hay que joderse.

Ocho y media de la mañana. Como tantas otras veces, toca la ardua labor de meter todo en la maleta. Enchufes, ropa sucia, ordenador… Todo encaja como si fuera un tetris. Se que cerrará a la perfección, a pesar de que en un primer vistazo pueda pensarse que explotará por alguna de sus costuras. Pero no, las costuras siguen allí. Pero a pesar de esa rutina diaria, hoy es especial. Es la última vez que la hago. Cuando casi todo lo que llevas en la maleta es ropa sucia, maloliente y casi roñosa, sabes que ha llegado el momento de regresar.

El retorno transcurrió plácidamente por autopista, sin más emoción que la de encontrar el carril donde hubiera menos cola en el peaje. Era tiempo para recordar. Entre canción y canción recordé las primeras curvas del Col d’Isére del primer día, las grandes curvas del Grand San Bernard por donde entramos en Suiza o el relajante paseo por el florido puente de Lucerna. Recordé los paisajes alpinos del maravilloso Kausenpass o la subida nocturna al Stelvio, prácticamente agotados. Las alegres carreteras secundarias alemanas acudieron a mi mente, así como llegar a Oberdrauburg en medio de un concierto de la banda del pueblo. El castillo de Predjama, la cambiante costa croata o las empinadas calles de Dubrovnik,… Recuerdo las durísimas carreteras de Albania o los sorprendentes monasterios de Meteora. Me parece oír las llamadas a la oración de las decenas de mezquitas de Estambul y los rezos ortodoxos de los monasterios búlgaros. Siento nuevamente el traqueteo de los baches al inicio de la Transfagarasan Road o la emoción de entrar en el castillo de Bran, en Transilvania. Recuerdo los infinitos campos serbios o los agujeros de bala en los edificios de Sarajevo. Sonrío pensando en la maravillosa cena en una terraza de Ljubljana, o la cara de sorpresa de Belén al ver el Campanile de Florencia. Recuerdo la blancura de la Torre de Pisa o las parejas de ricachones franceses paseando frente al Carlton de Cannes. Cierro los ojos y doy gracias. Gracias por poder tener todos esos recuerdos, que alimentarán nuestra sed de aventuras al menos otro año más.

Collioure no podía faltar en la ruta. Allí hicimos Belén y yo nuestro primer viaje en moto juntos, y por allí debía pasar la ruta de nuestra primera gran aventura, a orillas del Mediterráneo, con la torre del reloj mirándonos mientras degustamos un maravilloso crépe de queso, miel y bacon.

Última parada a cien kilómetros de casa, para ajustar el maldito retrovisor, que también quería ser protagonista en esta aventura, al menos durante un rato. Mientras busco la llave fija del 12 para apretarlo, pienso en esos locos maravillosos que se dedican a dar la vuelta al mundo en moto. ¿Son unos pirados, inconscientes e inmaduros que dejan toda la estabilidad que tienen asegurada en su casa para jugar a las aventuras? Hace días que me lo vengo preguntando, pero ahora se la respuesta. Estos personajes son personas como tú o como yo, que en un momento dado tuvieron la valentía suficiente como para dar un manotazo encima de la mesa, decir basta a una vida vacía y emprender otra nueva, más acorde con sus deseos. Quizá haga falta una crisis, un cruce de caminos o un millón de piedras que esquivar para poder dar ese paso. Tras veintiún días fuera de casa y miles de kilómetros a nuestras espaldas, solamente puedo decir: Fabián, Miquel, Fernando, Charlie, Alicia… Ole vuestros huevos, valientes!! A mí aún me quedan algunas piedras -pocas- que saltar.

Ya solamente me queda daros las gracias. Gracias por haberme soportado todos estos días. Algunas veces habrá sido divertido, otras un auténtico coñazo. Es duro llegar tras más de nueve horas de moto, cansado, con ganas de una ducha, una cena y meterme en la cama, y tener que ponerme a escribir una crónica y colgar algunas fotos. A veces me han dado las dos de la madrugada. Pero la recompensa estaba ahí a la mañana siguiente, con vuestros comentarios. Gracias de verdad.

Hemos conquistado Oriente. Hemos llegado a Estambul. Hemos recorrido quince países. Diez mil kilómetros en veinte días. Ha sido una gran aventura. La Ruta de Oriente ha terminado. Hoy mismo comenzamos a preparar el próximo desafío.

Etapa 20: De Cannes a Terrassa


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