Hoy hemos atravesado un país. Bosnia y Herzegovina. En realidad, no sé cuál de los dos. Atravesar un país significa partirlo por la mitad, llegar a su mismo centro, a su corazón y a su alma. Cuando desembarcas en un aeropuerto, te das un garbeo por el centro de la ciudad correspondiente y al cabo de un par de días te vuelves a ir por donde has venido, solamente captas lo superficial, lo visible. Lo maquillado. Cuando atraviesas un país como si fuera una flecha certera dando en una manzana, lo desnudas y comienza a mostrar sus intimidades.

Volvimos a Sarajevo a testimoniar que los agujeros que vimos ayer no fueron producto de nuestra imaginación ni una mala pasada de las luces y sombras de la noche. Allí estaban, expuestos a todos los que quisieran verlos. Marcas de viruela que certifican un pasado tormentoso. Me los llevaré en mi recuerdo. También logramos encontrar una bandera de Bosnia y Herzegovina, que al final no duró ni doscientos kilómetros pegada en la maleta. Cosas que pasan.

Emprendimos rumbo norte hacia el interior del país. Primeramente nos sorprendió una recién estrenada autopista, pero el espejismo duró menos de cuarenta o cincuenta kilómetros. En contrapartida, luego tuvimos que sufrir otros tantos de obras. Pequeñas poblaciones, numerosas mezquitas y gente por la calle, trabajando, ociosa… Bosnia nos mostraba su día a día con normalidad. A pesar de que nuestros ojos intentaban encontrar restos putrefactos del pasado, no vimos nada de eso. Algún que otro cartel de “Peligro minas” fue lo único que obtuvimos. Durante unos kilómetros, el coche que llevábamos delante era serbio. Cualquier bosnio podría pensar que el tío del conductor posiblemente fue el que mató a su padre. No sé si quince años son suficientes para curar las heridas y olvidar. Los agujeros de bala de Sarajevo siguen allí, pero parece que las personas perdonan y olvidan más rápidamente.

Atravesando Bosnia, llegando a su mismo centro. Observando la vida no en las grandes ciudades escaparate sino en el corazón del país, allí donde las montañas y los ríos forman gargantas extasiantes, casi desconocidas, sin nombre ni renombre. El mismo agua verde esmeralda que ayer discurre a nuestro lado, formando hoces, meandros y desfiladeros. Pero algo flota en el agua. Botellas. Cientos, qué digo, miles de botellas de plástico, bolsas,… mierda. Ahí está el secreto. El país que no aprecia lo que tiene está condenado a perderlo. La belleza virgen de las montañas y los cañones comienza a ser desvirgada por el rafting y los vertederos. Cosas del progreso.

En poco rato cruzamos dos fronteras. Pasamos a Croacia y después a Eslovenia. Países hermanos, tan diferentes a Bosnia y Herzegovina. Autopistas en perfecto estado de revista, sin burros tirando de carros ni gallinas en los arcenes. Europa, en definitiva. Nuestra Europa. Ljubljana nos acoge con fiesta, conciertos callejeros y un gran bullicio culto y sosegado, lejos del botellón o del horterismo de otros lados. Afortunadamente aún guardo fresco el recuerdo de la otra Europa, la de los niños harapientos rebuscando entre la basura, la de los vetustos Lada y Yugo circulando por carreteras polvorientas, la de las ancianas con pañuelo negro tirando de carretillas. Y espero que ese recuerdo no se me olvide nunca. Observa a los que no tienen para apreciar lo que tienes. O para maldecirlo. Eso ya depende de cada uno.

Etapa 17: De Sarajevo a Ljubljana


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