¿Te gusta conducir? Sí, pero a mi lo que me gusta es volar. Volar a ras de suelo. Trazar curvas entre verdes colinas con las últimas luces de la tarde, escuchando épicas bandas sonoras de Hans Zimmer. Eso es lo que me gusta. Escuchar el ronroneo del motor de la BMW llevándonos de curva en curva. Eso es lo que me entusiasma. Ver cómo los rayos de sol se cuelan entre las ramas de los árboles, formando pequeños círculos de luz en el asfalto. Eso es lo que me encanta. Oler a pastos recién segados mientras esas últimas luces de la tarde me llevan hasta la bellísima ciudad de Sighisoara. Eso es lo que venía buscando.

Desde Sibiu hasta Brasov la carretera general estaba algo transitada. Se circula ligero, pero hay que tener precaución con los rumanos, que suelen adelantar a trailers con línea continua sin ningún miramiento. Nos sorprende una iglesia con una gran cúpula dorada en Fagaran, puesta ahí, en las afueras, como por azar.

En Rumanía se observan un número de coches europeos relativamente elevado. Incluso españoles. Hoy al menos he podido distinguir cuatro o cinco. Pero no quiere decir que sean españoles. Ni italianos ni alemanes, que también abundan. Observando más detenidamente te das cuenta que son rumanos que trabajan en España y que han vuelto a su país a pasar las vacaciones. De hecho, lo más frecuente es que los españoles viajen en coches rumanos alquilados. Así lo hemos visto en un semáforo, donde la familia que iba dentro se sorprendían de que hubiéramos llegado hasta allí en moto. La verdad es que cosas como esta te hinchan un poco el ego y te suben un punto la moral.

Tanto en Rasnov como en Brasov es posible ver una de las mayores horteradas (sobre todo por el tamaño) de Transilvania -Conde Drácula aparte-. En colinas cercanas existen carteles con el nombre de la población con enormes letras blancas, al más puro estilo hollywoodiense. Incluso en Rasnov estas letras se encuentran a pie del castillo, aún no se si empobreciendo o enriqueciendo la foto.

El castillo de Bran es famoso porque… porque se encuentra en Transilvania. Y punto. A pesar de que todo el mundo habla de que es el castillo del Conde Drácula (o de Blad el Empalador, como queráis), todo el mundo sabe que no es cierto. Ni vivió allí ni siquiera apareció por allí a no ser que se pasara de visita a tomar unas copas. Sea como fuere, el turisteo que se ha montado a su alrededor es bueno. De todas formas es un castillo muy bien conservado, más por dentro que por fuera, y que con sus múltiples habitaciones, pasadizos, galerías y patios merece la pena ser visitado.

Perros. Rumanía está atestada de perros. Callejeros. O carreteros, porque campan a sus anchas por las carreteras. No los verás atados y acompañando a su orgulloso dueño a un paseo vespertino. Y si los ves, es que son de turistas. Los perros rumanos van en manadas y se acercan a ti en cuanto muestras algo de comida, estés en la autopista o donde te pille. Afortunadamente deben ser más listos que los perros callejeros españoles, porque se ven relativamente pocos convertidos en calcomanías por las carreteras.

Lo que también se ven mucho son los niños bala. Sí, esos niños que van en el coche sin sillita, isofix o como se llame, viajando libremente en el asiento trasero, como nosotros hace treinta años. Al primer choque medianamente fuerte saldrán catapultados hacia el cristal delantero, como si fueran una bala. Se estilan mucho por esta zona de Europa. Tanto en Rumanía como en Bulgaria o en Albania.

Nos tomamos un helado tuttifrutti -ya de por sí el concepto es setentero- mientras paseamos por las soleadas calles de Brasov, a la postre la ciudad más grande de la zona. Luego, el trayecto entre Brasov y Sighisoara fue una delicia. El sol hacía que las colinas tuvieran un verde casi fluorescente, intenso y fresco. Todo es mucho mejor a las siete de la tarde de un verano soleado. Las últimas luces del día lo dulcifican todo, dejando en el ambiente un sabor a madera y hierba. Porque los colores tienen gusto. Y además huelen. Al menos en Transilvania. Los edificios de la ciudadela de Sighisoara nos miraron altivos mientras nosotros, acompañados de una amable señora, pasamos ante sus arcos y portezuelas en busca de nuestro hotelito. Situado anexo a una de las puertas de la ciudad, pudimos meter la moto hasta el mismísimo patio de la pensión. Hoy la BMW dormirá tranquila. Y yo también.