La carretera 8 continuaba bajando hacia Dubrovnik, de la misma manera que vimos ayer: rodeada por uno y otro lado por miles de carteles donde se podía leer “Apartmani”. Incluso cientos de personas cartel en ristre se desvivían por que les alquilases una habitación para esta noche.

La primera parada del día fue en Makarska. Ciudad costera, coqueta y perfecta para navegar y bucear, pero algo sosa para pasearla. La semiaventura del día fue intentar subir al Sveti Jure, montaña de 1500 metros que se encuentra a poquísima distancia del mar. La carretera, por llamarla de alguna forma, tenía cuestas pronunciadísimas que hacían sufrir al embrague de la BMW. Las curvas y tornanti harían palidecer al mismísimo Stelvio, todo ello con un aire más de camino de carro que de verdadera carretera. A los pocos kilómetros, y viendo que el camino empeoraba y que el embrague comenzaba a oler, desistimos de seguir adelante. De hecho, las vistas sobre Makarska ya eran desde allí suficientemente impresionantes como para subir más.

Parar a comprar unos melocotones en uno de los múltiples puestecitos que inundan las carreteras y encontrarse con la hospitalidad de la gente croata fue una de las sorpresas del viaje. Nos invitaron a sandía (a más trozos de los que nos pudimos comer) y a una grappa de nueces, que obviamente no probé -más teniendo en cuenta que nuestros anfitriones no paraban de hablar de recientes accidentes moteros por la zona-. Fue una parada muy agradable, refrescándonos con fruta fresca a la sombra de un toldo en plena carretera.

Tras la curiosa entrada y salida en Bosnia y Herzegovina (una franja de este país separa la provincia de Dubrovnik del resto de Croacia), nos encontramos con la Perla del Adriático. La ciudad amurallada de Dubrovnik, reconstruida tras la guerra de los Balcanes, se muestra esplendorosa. Es tan esplendorosa que está atestada de turistas venidos de todos los rincones del mundo, por aire, tierra y mar. Cuando cae la noche, es casi imposible andar por las calles cubiertas de brillantes adoquines.

Pensar que hace pocos años este país estaba en guerra a veces me nubla los sentidos. No puedo dejar de imaginar -quizá sin razón alguna- que las múltiples lápidas con flores que inundan las curvas de la sinuosa carretera no son muertos en accidente, sino macabras señalizaciones donde se ajustició a inocentes. No paro de pensar que ese fornido camarero cuarentón con cuello de toro y fuertes brazos, hace veinte años podía estar partiendo los escuálidos pescuezos de sus enemigos. En mi cabeza, más que memoria histórica, tengo imaginación histérica.

Y a la vez que las luces de la ciudad se encienden y cae la noche sobre Dubrovnik, contemplamos el ocaso compartiendo un kebab y una amena conversación sabiendo que aún nos quedan muchas cosas por sentir y por vivir.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

Etapa 7: De Split a Dubrovnik


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