Juan Sebastián Elcano dijo que un buen navegante no es el que mejor programa una ruta, sino el que sabe cambiar de rumbo justo cuando es necesario. Bueno, la cita me la acabo de inventar, pero bien la podría haber dicho Elcano. Miré al GPS y vi que otra vez tocaban nueve horas de moto, y que volveríamos a llegar a las diez de la noche. No. Otra vez no. Un error en la planificación y otro en la elección del hotel, más de cien kilómetros más allá del destino deseado. Esos fueron los errores. Solventar el problema no era fácil. Debíamos cambiar de ruta, prescindir de varios puntos de interés intermedios, y coger la odiada autopista para llegar a tiempo a cenar y descansar.

Abrimos el gran portalón y sacamos la moto del sótano-bodega donde había pasado la noche. Aunque estaba soleado, el día comenzó con problemas. Y no solamente el de la ruta. Caída fortuita del casco (y van unas cuantas…), con la consecuente rayada en la pantalla, que en ese momento parecía mucho más grande de lo que en realidad era. Estábamos saliendo de Austria y no habíamos encontrado ni el imán ni la pegatina correspondiente… No, no era un buen comienzo. El cambio de ruta nos llevó por preciosas carreteras austríacas prealpinas, aderezadas a uno y otro lado por bosques de enormes abetos. Buen asfalto, curvas trazadas con arte y rampas del 15% fueron suficientes para dejar los problemas atrás. Y eso fue todo. El resto del día transcurrió de autopista en autopista, de caravana en caravana… Y es que entre la aduana eslovena, la croata y las colas de los peajes, nos pasamos buena parte del día sorteando coches parados bajo un sol abrasador. Porque sí, hemos comenzado a pasar calor. Rondábamos los 30ºC e incluso en algún túnel hemos visto los 36ºC.

La única visita destacable del día ha sido el castillo esloveno de Predjama. Incrustado en la roca, como suspendido allí para la eternidad, los toscos muros de piedra lucen como un Goya colgado del salón. Las escarpadas colinas de hierba y las banderolas dispuestas a lo largo del camino de entrada son un buen marco para el cuadro. No había mucho tiempo que perder, así que rápidamente nos pusimos nuevamente en marcha. Los primeros kilómetros de retorno a la ruta hacia Croacia la hicimos por una pista de tierra, por gentileza del señor Garmin. De todas maneras, los paisajes eran fantásticos.

Alguien me dijo recientemente que a pesar de que en la moto el espacio entre piloto y pasajero es mínimo, casi inexistente, era el sitio ideal para abstraerse y pensar, como si fueras la única persona en el mundo. Así pasamos los más de doscientos kilómetros de autopista, mientras allá fuera, en la hora del crepúsculo, la luna llena y el sol rojizo jugaban al escondite entre las montañas. A nosotros solamente nos quedaba disfrutar de cosas más mundanas, como la parrillada de marisco a la orilla del Adriático aliñada con música de violines.

La ruta del día la tenéis aquí:

Etapa 5: Un poco de Eslovenia y Croacia


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