Una sensación contradictoria me invadía mientras conducía mi querida BMW F800GS hacia el concesionario BMW Scrath de Terrassa. Los poco más de 5 kilómetros que haría serian los últimos con ella. Después de no pocas aventuras y momentos de gloria, después de cientos de días de caravanas entrando a Barcelona, y sobre todo después de un gran viaje al Cabo Norte, me cambiaba de moto.

La F800GS había cumplido a la perfección en la gran aventura noruega, y respondió sin rechistar a todas mis exigencias, ya fueran 1200km por autopista a ritmo elevado o 10 horas interminables de curvas salvando fiordos. Pero si pensaba repetir con frecuencia este tipo de viajes, debería pensar en otra moto más adecuada para ellos, como es la BMW R1200GS.

Ese desasosiego que sentía me había acompañado en cada cambio de moto. Porque al contrario que pasa con los coches (al menos a mi), mis motos parece que tienen vida. El sentimiento de tristeza se combina con el de alegría por estrenar una nueva moto. En pocos segundos olvidas a tu vieja amiga y la sonrisa invade tu rostro ante la visión de la sustituta. Pero sabia que en esta ocasión no seria así.

Han sido poco menos de 2 años con ella, pero 53.000 kilómetros de placer. Desde el primero hasta el último, todos los kilómetros con la F800GS han sido extasiantes. Hasta estos definitivos 5. Me cambiaba de moto pero seguía disfrutando con ella. Me sentía como si la traicionara, como si la abandonara sin motivo, como si la llevara al matadero.

La BMW R1200GS seguro que se convertirá en la moto de mis sueños. Tras los casi 100 kilómetros que le hice ayer ya le veo todo su potencial… y eso me ilusiona. Ya por la noche me vi enfrascado en una búsqueda de rutas por el Pirineo de Huesca. Pero el post de hoy es para rendir homenaje a una campeona, una moto que aguantó sin rechistar todo lo que le propuse.

Mi moto (ya no la tengo, pero sigue siendo MI moto… la 1200 aún no la siento como mía… aunque ya falta poco para eso) se quedó ahí en la acera, mirándome con cara tristona mientras yo arreglaba todo el papeleo en el concesionario. Finalmente, cuando ya salí con la 1200GS 30 Aniversario y me sumergí en el tráfico de vuelta a casa, no pude dejar de hacer algo que nunca había hecho en los cambios de moto: miré hacia atrás, para darle el último adiós. Y me pareció verla sonreír, tranquila, sabiendo que me dejaba en buenas manos a lomos de su hermana mayor. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. Espero que mi F800GS también acabe en buenas manos.