– Perdone- dije-. ¿Sabe usted dónde está el hotel Barnabitów?

Había repetido esta frase al menos 4 o 5 veces en la última media hora, mientras vagaba por uno de los barrios satélites de Varsovia. Y la verdad es que la zona no parecía ser capaz de albergar un hotel… al menos un hotel normal. Pero comencemos por el principio.

Faltan palabras para describir la sobrecogedora sensación de estar en la Colina de las Cruces, en Siauliai. Si digo que hay millones de cruces, no peco de exagerado, y seguramente me quedaré corto. Cruces colgadas de otras cruces, cruces clavadas encima de otras cruces… Cruces fractales, en definitiva. Es una pequeña colina, en medio de ningún lado, que se ha ganado la fama por sí misma. La tranquilidad y la solemnidad del lugar se ve truncada únicamente por el estruendo lejano de algún avión despegando.

Y continué ruta por Lituania hacia su capital, Vilnius. Por el camino me encontré cigüeñas andando por los campos, trenes pasando sin barreras y arcenes de tierra que los camiones se encargaban de levantar a su paso.

Vilnius es más moderna pero sin tanta gracia como sus hermanas Riga o por supuesto Tallinn. Tiene alguna calle señorial y una catedral más bien sosa, amén del barrio financiero donde refulgían cristales y cromados.

El camino hacia Polonia transitó por carreteras secundarias que parecen trasladarte a otra época: gallinas en los márgenes de la calzada, caballos tirando de carros, señoras con largas faldas de colores imposibles y pañuelo en la cabeza. Me encontré bosques enteros echados abajo y caravanas y cabañas destrozadas, seguramente por las mismas lluvias que azotaron hace algunos días su vecina Polonia.

Y finalmente Polonia, entrando por el norte, entre enormes y altísimos bosques, por carreteras rectilíneas que se tornaron insulsas en cuanto desaparecieron los árboles. El único aliciente que presentaron fueron las enormes y famosas roderas que dejan los miles de camiones que transitan por ellas. Algunas pueden tener hasta 20 centímetros de profundidad.

Durante el primer repostaje en tierras polacas descubrí que se había roto el herraje de cierre de una de las maletas. Nada serio que no se pudiera arreglar con un par de bridas. Pero me preocupaba que ahora se me puedieran llevar la maleta entera armados con unas tijeras. Anteriormente necesitaban un destornillador, por lo que el cambio tampoco era muy a peor. Ya está mandada una foto y una consulta al departamento técnico de TheLongWayNorth. Durante mi labor de reparación, descubrí a un empleado de la gasolinera haciendo “negocios” con tres o cuatro tipejos más. Se intercambiaban bolsitas por billetes… No quise mirar más y salí de ahí cuanto antes.

Y llegué a Varsovia. Pasaron más de 45 minutos desde que ví el cartel hasta que llegué a la dirección donde tenía que haber un hotel. Y allí no había nada. Mejor dicho, no había ningún hotel. Era un típico barrio satélite, compuesto por centenares de edificios alargados todos idénticos, de la época prosoviética, que parecían estanterías. Pero no había ningún hotel. Una rápida llamada al equipo de apoyo en España -gracias, Belén- y obtuve una nueva dirección. Pero tampoco. O almenos eso creía. Ya era de noche, y seguía en el mismo barrio, donde las únicas luces provenían de los neones de los abundantes sexshops y locales de comida turca.

– Por favor, ¿Sabe usted dónde está el hotel Barnabitów?- seguía preguntando. El GPS me había llevado a la dirección exacta, pero allí lo único que se llamaba Barnabitów era un supermercado y un “Centro Cultural”, que se encontraba adosado a una iglesia. Sin mucha fe entré en el centro cultural, un edificio sobrio -muy sobrio- de hormigón gris. Ventanas todas oscuras y el neón azul que rezaba “Centrum Kulturalne Ojcow Barnabitow”. Había una especie de recepción, donde pregunté a una señora de pelo canoso si sabía dónde estaba el Hotel Barnabitów.

– Es aquí -me dijo. No me lo podía creer, el hotel parecía más un albergue para exiliados de la guerra fría. Pero al fin había llegado. Eran más de las 10 de la noche.

Hoy he recorrido 743 kilómetros en 9 horas y 33 minutos, a una media de 78 km/h. El consumo medio ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos ya 11.056 kilómetros recorridos.

La ruta de hoy la tienes como siempre aquí

The Long Way North. Day 19


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