Tic, tac, tic, tac… Y así durante toda la noche. El vulgar reloj de cocina colgado en la pared de mi habitación no paraba de marcar rítmicamente el paso del tiempo. Eso, unido a la claridad que desde hacía horas entraba por la ventana, hizo que no pegara ojo en casi toda la noche. Me levanté somnoliento, pensando en el desayuno, ya que ayer no encontré ningún sitio para cenar… estaban todos cerrados. Al llegar al comedor del hotel me sorprendió que no había nadie. Tampoco había nada para comer, a pesar de que aún quedaba media hora para desayunar. Me asomé a la cocina y pregunté amablemente si podía desayunar alguna cosa.

– Ehhh… Es que el desayuno es hasta las nueve y media- me dijo la encargada, una finlandesa cincuentona que seguro que en sus tiempos mozos se dedicaba al lanzamiento de peso.

– Sí, claro. Pero es que son las nueve- alegué yo.

– No… Son las diez- puntualizó ella.

Un rápido cálculo mental me llegó a deducir que además de la frontera entre Noruega y Finlandia, ayer también atravesé un huso horario, y no me había dado cuenta.

– Oh… perdón! Creí que eran las nueve! No me dí cuenta del cambio de hora!- me disculpé.

A pesar de la cara de perro de la encargada, me dijo que no me preocupara, y me ofreció un café y unas tostadas… Mientras daba rápida cuenta de las tostadas, me maldecía por no haber echado un vistazo a la hora que marcaba el insistente reloj de cocina de mi habitación… tic, tac…

Ya en ruta, continué descendiendo hacia el sur, a través de interminables bosques y lagos… lagos y bosques. El paisaje era magníficamente monótono… Monótamente magnífico. Preciosos lagos rodeados por miles de flores de colores, algún reno que otro… y kilómetros y kilómetros sin ver un alma. Ese es el escenario que corría ante mis ojos hasta llegar a Rovaniemi, ciudad donde dejaría atrás el Círculo Polar Ártico definitivamente. Antes de eso, tocaba la visita obligada a la casa de Papa Noël, que no deja de ser un sinfín de tiendas de souvenirs y restaurantes rodeando el lugar donde tenemos al señor vestido de rojo atendiendo las peticiones de los ilusionados niños. Vamos, como las Navidades del El Corte Inglés, pero todos los días del año.

A partir de ese momento, el paisaje cambiaría. La naturaleza extrema fue sustituida drásticamente por centros comerciales, suburbios urbanos y coches… muchos coches. Parece ser que -excepto los sami– los finlandeses prefieren vivir al sur del Círculo Polar.

No solamente fue el tráfico lo que apareció tras Rovaniemi, sino también la lluvia. Más que lluvia, tormenta. Con sus rayos y truenos correspondientes. Y me acompañó hasta casi la entrada en Oulu, ciudad con un núcleo urbano tranquilo y reposado, agradable de visitar. Sorprende la buena oferta de bares y locales de copas, que se encontraban bulliciosos a última hora del domingo.

Mañana llegaré a Helsinki. Es un misterio qué ferry cogeré para trasladarme en la última etapa del viaje a los países del este.

Hoy he recorrido 548 kilómetros en 6 horas y 26 minutos, a una media de 85 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos 9061 kilómetros.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 16


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