Desde Harstad hasta Tromsø no hay mucho que contar. Como siempre por estas tierras las carreteras discurren por parajes de gran belleza natural; montañas nevadas, grandes y verdes valles, lagos que se convierten en fiordos… Aunque los fiordos de esta parte del país visten montañas de menos altura, comparados con sus hermanos del sur.

A eso de media ruta me he cruzado con un amigo twittero británico (@Gazaragi), que llegó a Nordkapp hace un par de días y que bajaba hoy hasta las Lofoten. Su inconfundible Hayabusha negra, poco apta para este tipo de viajes lo delataba. Nos saludamos, quizá sin saber que cada día ya lo hacíamos mediante Twitter. Yo tardé unos segundos en reaccionar, y a punto estuve de dar la vuelta. Pero yo lo hacía por otros parajes, equivocadamente. Y es que esto de las redes sociales te da sorpresas en los sitios más insospechados.

La entrada a Tromsø se realiza mediante un enorme puente que incluso permite la entrada al fiordo hasta a los mayores buques. Este tipo de puentes abunda cuando vas pasando de isla en isla, en el norte de las Lofoten, y al atravesar algún que otro fiordo.

Tromsø no tiene mucho, yo me esperaba más. Sorprende la cantidad de restaurantes -caros- de los de velitas en las mesas y platos que superan los 35 €. Seguramente se nutrirán de las hordas de turistas que desembarcan de los numerosos cruceros y ferrys que recalan en su puerto.

Nada más aparcar la moto en la acera frente al hotel, se me acercó un lugareño -algo ebrio- y me preguntó:

– Iceland?

– No, Spanish. España. -le digo. Incrédulo, vuelve a mirar la matrícula de la moto. Aún no sé cómo ha podido asociar la “E” con Islandia.

– Ohhhh -dice asintiendo con la cabeza. – ¿Cómosstass amiggo? De donnnde de Spannia?

– De Barcelona.

– Aaahhhhh. Barsselona number unno! Futttbol!

– Si, si… Barça! – le digo.

Y se despidió deseándome -en inglés- una buena estancia en su país. Me pareció curioso, pero me podía haber advertido que en su país estaba prohibido -como en algunas parroquias andorranas- aparcar en la acera. Porque al rato de estar en el hotel, y mirando por la ventana -desde donde divisaba la moto sin problemas- tenía un papelito amarillo enganchado al puño del gas. “Que sea propaganda!”- imploré. Pero no. Era una de 500 coronas noruegas (unos 65€). Maravilloso. Más de 7000 kilómetros sin una multa, y me la tienen que poner por estacionamiento prohibido. Genial.

Para reponerme del mal trago, acabé cenando en un local muy chillout, con buena música y buenos platos -interpretaciones noruegas a platos tradicionales de la cocina mundial: unos fetuccini carbonara con jamón de ballena, por ejemplo- y nada caro, para lo que se estila por aquí. Y con WiFi de mucha mejor calidad que el de mi hotel. El local se llama Amundsen, como el explorador.

Y aquí se acaba la historia de hoy. Mañana, si hay suerte, llegaré a lo más alto. Y luego solamente queda bajar. Os dejo con la galería de fotos de hoy.

Hoy he recorrido 303 kilómetros en 3 horas y 50 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo ha vueto a bajar a 3,9 l/100km. Llevamos 7374 kilómetros.

La ruta, si el WiFi del hotel lo tiene a bien, estará aquí debajo:

The Long Way North. Day 13


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