A ver, que vamos algo retrasados con esto de las crónicas. Lo habíamos dejado en Eastbourne, a los pies del muelle ese rancio que tan fotogénico queda en las fotos. Desde allí, traslado al Eurotunnel para volver a tierra firme y dejar las islas británicas tras más de veinticinco días. Y en Francia, el destino era Mont Saint-Michel. Habíamos pasado por ahí un par de veces en viajes anteriores pero nunca habíamos planificado una visita. Así que ese era el momento. 

¿Consejo? Visitadlo. Si puede ser, a primera hora del día. Porque a partir de las once de la mañana eso se pone a petar de gente. Nosotros llegamos prontito y lo agradecimos. Las vistas de la roca con el pueblo y la abadía, sobre todo si te pilla marea alta como a nosotros, es especial. Y entrar en el recinto amurallado también te sorprende, rodeado de casas de piedra que confirman la estrecha calle. A ver, que si has visto Carcassonne la impresión inicial es similar. Y también es verdad que en esas casas solo hay tiendas de souvenirs y restaurantes. Pero sigo aconsejándolo. La abadía (que es lo que se tiene que pagar, además del parking) es sorprendentemente grande, con estancias amplísimas que no sabes de dónde las han sacado visto el recinto desde fuera. Lo dicho, muy aconsejable. Aunque sé que no estoy descubriendo nada. 

Otro consejo: en Francia, si queréis ahorrar un poco en las comidas, no pidáis bebida, ya que en todos los restaurantes te ponen agua del grifo en una botella. Si no ponen nada, decir simplemente “deló”. A ver, que seguro que se escribe de otra manera, pero vosotros decidlo así. Porque si pedís “eau”, “ó”, “water” o lo que queráis, os enchufarán una botella de agua mineral por 2 euros. Nosotros que estamos bregados ya de viajar por Francia así lo hicimos, en una crepería para turistas con vistas al Mont Saint-Michel. Pero el camarero se hacía el longuis (muchísimo más bregado de tratar con turistas). 

Deló! Deló!– grité insistentemente señalando las cuatro o cinco botellas que tenía preparadas, seguramente para clientes franceses. Al final nos salimos con la nuestra.

Desde el Mont Saint-Michel teníamos dos días para llegar a Zaragoza, lo que hacen unos 500 kilómetros por día. Así que la instrucción al GPS fue “evitar peajes”, y todo para delante hacia Bergerac. Sí, la de Cyrano. Bergerac es uno de los pueblos con encanto del Perigord, zona a la que le tengo ganas y espero poder profundizar más próximamente. A orillas del Dordoña, el pueblo antiguo se concentra en unas cuantas calles con antiguas casas con las vigas de madera vista en su fachada. Tras una última cena con vistas al río, despedimos el capítulo de “comidas por el mundo” con un pollo a la brasa con patatas. No muy exótico pero rico. 

El último día de viaje amaneció tronando y con una amenaza real de caer la de Dios en cualquier momento. Así que abortamos la misión de seguir explorando pueblos cercanos y enfilamos rumbo sur hacia casa. Algo de lluvia en algún momento, pero poco más. Bueno, el calor, que se fue acrecentando hasta pasar la frontera por el túnel de Somport. Y a la salida… el infierno en vida. Calorazo! Y no nos ha abandonado hasta ahora, ya en Zaragoza

Y una vez ya con la colada hecha y con los recuerdos algo más asentados, vamos a las preguntas importantes: ¿Escocia o Irlanda? Pues no sé contestar… Es como eso de “¿a quién quieres más a tu padre o a tu madre?” Pues los dos molan. Quizá Escocia es más salvaje. O sea, que el simple hecho de recorrer determinadas carreteras ya sea alucinante, e Irlanda tiene grandes puntos de visita ineludible, como Moher o la Calzada de los Gigantes, y el resto es menos espectacular. Pero tampoco, porque el recorrido por el Ring of Beara es también sublime. En definitiva, te gustará más aquel sitio donde mejor tiempo te haga. Porque esos paisajes molan mucho, cuando las nubes plomizas se medio retiran dejando entrever un precioso cielo azul y el sol refulgiendo sobre los verdes prados y los extasiantes acantilados. Y esta última frase puede aplicarse tanto a Escocia como a Irlanda. 

El tema mecánico este año nos ha dado un poco de trabajo. La bomba del agua de la F650 petó -fallo endémico en esta moto- e intentamos solucionarlo en Cork. No pudieron hacerlo convenientemente en el tiempo que tuvimos, así que los últimos 4000 kilómetros los hemos hecho con un “¡Ay!” en el cuerpo. Pero la BMW se ha portado como una campeona. Los cambios de aceite ya sabíamos que nos íbamos a pasar unos kilómetros. Mi Adventure lleva 15.000 kilómetros y la F650 10.000 con el mismo aceite. Pero los neumáticos también nos han hecho sufrir. Y es que los rugosos y rotos asfaltos británico-irlandeses no perdonan. Los míos ya sabía que iban a llegar justos, pero no tanto. Y los de Belén… han llegado también al límite. Pero sea como fuera, y a falta de 300 kilómetros para llevar a La Merkel a su sesión de spa y masaje en MotorMunich de Terrassa, ambas motos han llegado sanas y salvas. 

Y la planificación… pues me doy otra medalla, como cada año. A mí me gusta viajar con todo planificado. Con los puntos a visitar, y con una estimación de los días bastante precisos. Y un año más lo he bordado. Los días de contingencia que teníamos para imprevistos los hemos gastado en la reparación de la moto de Belén, y a pesar de ello, hemos visitado prácticamente todos los 127 puntos de interés que tenía planificado. Ya sé que otros viajeros prefieren improvisar. Y eso no es ni bueno ni malo, sino diferente. 

Y fin. Un año más, se acabó la ruta del verano. Aproximadamente, suele pasar cada año. Y pensar que hasta el próximo quedan 12 meses da un poco de vértigo. Pero para eso están los fines de semana. Y seguiremos contándolos como hasta ahora. Muchísimas gracias por vuestra atención. Ha sido un placer contároslo y leer vuestros comentarios. Abrazo a todos. Click.