– Debéis ir a los acantilados cuanto más tarde mejor– nos explicaba la dueña del bed and breakfast. –Cuando se hayan ido los autocares. Si no, habrá miles de turistas y no los disfrutaréis– dijo. [Pues pensábamos ir a las cuatro de la tarde…]

– No paguéis el parking, os cobrarán 6€ por persona. Seguid la carretera y allí encontraréis otro parking a 5€ los dos– seguía explicando. [Vaya, ya habíamos comprado las entradas por internet].

– Yo iría a cenar antes. Aquí a las siete y media ya os quedáis sin cenar– nos comentó [Oh… pues íbamos a hacerlo al revés].

– Ni se os ocurra ir a cenar al McDermotts, allí la comida no es de calidad. Mucho mejor al McGanns– dijo. [Uf, pues nos habían recomendado el estofado del McDermotts…]

– Y no vayáis antes de las 5, que el menú es diferente y de peor calidad– concluyó. [Ah, ahí no me pilla. Ni se me ocurriría ir a cenar antes de las 5 de la tarde].

Pues con todos estos consejos que la amabilísima señora nos dio sin pedirlos, nos ha salido una tarde excepcional en los acantilados de Moher. La verdad es que las agradables temperaturas y el sol también han ayudado mucho. De los acantilados, ¿qué decir? Pues que mi admiración por ellos ha ido de menos a más. Igual porque me esperaba que se me cortara el aliento nada más verlos ante tanta belleza natural, pero la verdad es que no ha sido así. 

–Bueno, pues son normalitos– pensé en cuanto el camino de acceso nos acercó al borde. Iba mirando a un lado y a otro y el acantilado baja prácticamente vertical hasta tocar el agua. –Monótonos– dije para mis adentros. –Igual son mejores los de Slieve League

Hasta que me di cuenta de una cosa: esas minúsculisísisimas cositas que se movían por el borde del acantilado eran personas. ¿ESO SON PERSONAS? ¿PERO CÓMO PUEDE SER ESO? ¿PERO QUÉ ALTURA TIENEN ESTOS ACANTILADOS? Pues más de 200 metros. Entonces sí. Es ahí cuando el corazón se te encoge y comienzas a tomar conciencia de lo que tienes frente a tus narices. Entonces sí que sabes que es una de las cosas más espectaculares que has visto, de esas que recuerdas siempre. Y afinas la mirada, y ves que esos píxeles blancos que hay ahí abajo, en la roca, a media distancia entre el borde y el agua son gaviotas. Esas tan enormes que ves siempre pidiendo comida… pues allí abajo están, vistas casi desde el infinito.

El sol iba bajando poco a poco sobre las islas de Aran, perfectamente visibles allí frente a nosotros. Entonces, y solo entonces, comienza la magia de Moher. Sus rocas se tornan anaranjadas, contrastando con el vivo verde de sus cumbres. El sol comienza a teñir de rojo ese mar antes de azul ultramar, y riela sobre él un magnífico manto de luz anaranjada. Faltaban 25 minutos para la puesta de sol. 

¿Nos quedamos allí para verla? Pues no. El destino nos tenía preparado algo mejor. Ver la magnífica puesta de sol sobre las islas Aran frente al castillo de Doonagore [gracias otra vez por la localización, Xavi]. Y la guinda del pastel: cuando el cielo está en calma y la visibilidad es excelente, es bien sabido que el último rayo del sol tiene un color especial: un sorprendente verde. Un rayo verde de un color que no hay pintor que pueda reproducirlo en su paleta, y que la propia Naturaleza no ha repetido ni en los diversos tonos de las plantas -ni en Irlanda- ni en el color más transparente de los mares. Esto es debido a la refracción diferencial para cada longitud de onda. Es un fenómeno de muy difícil observación, tanto que para muchos es simplemente un mito, aunque la ciencia lo avale. Quizá sea cierta la antigua leyenda, según la cual aquel que tuviera la fortuna de contemplar el rayo, podría ver con claridad en su corazón y en el de los demás. Pues qué queréis que os diga… sea ciencia o leyenda, y habiéndolo buscado desde que lo leí por primera vez en un relato de Julio Verne hace ya más de 35 años… hoy he visto el Rayo Verde. Buenas noches a todos. Click.