Aparcamos nuestras motos frente a la playa, entre un Fiat 500 de alquiler y una furgoneta algo destartalada. De ella salió un hombre que ponía agua en un bol para que bebiera un enorme Malamute. 

– Doctor Jaus and Mary Poppins!!– dijo señalando los logos de nuestras maletas. –Great!!

Se notaba que el hombre tenía ganas de conversación. Así que le seguí con la mirada. 

– Este lugar es fantástico– me dijo. –Ayer hubo una puesta de sol espectacular–. Y nosotros que llevamos diez días hartos de agua…

Después de conversar sobre de dónde veníamos y hacia dónde nos dirigíamos, preguntó si habíamos comido. Y casi sin esperar respuesta apareció con un paquete de salchichas.

–No es necesario cocinarlas– dijo. Se pueden comer así y están riquísimas.

Vaya… Y nosotros que ya nos habíamos terminado el fuet… Solo pudimos intercambiar las salchichas por algo de conversación. Sobre lugares idílicos de Irlanda donde bañarse a la luz de la luna, o sobre los Catalan Dragons, equipo de rugby de Perpignan. 

Sin lugar a dudas fue un gran momento. Superior incluso a la catedral de Glasgow, que habíamos visitado horas antes. Sus vidrieras y su piedra ennegrecida por el tiempo la hacen especial. O Portpatrick, un tranquilo y bellísimo puerto pesquero del sur de Escocia, donde acabamos de dar cuenta a las salchcichas de Robert -que no sé si se llamaba Robert, pero podría ser– ante la atenta mirada de una pizpireta gaviota, que poco después se empeñó en amenazar nuestro drone con varias pasadas de ataque.

Y tras unas horas de ferry donde un generoso grupo de chicas y señoras entraditas en años -y en carnes- vaciaba el bar del barco mientras farfullaban a grito pelado, llegamos a Belfast. Un 11 de Julio, que sin saberlo se ve que es un día especial aquí. Tanto los protestantes unionistas como los católicos nacionalistas queman enormes hogueras hechas de pallets rememorando nosequé historia de hace siglos. Lo que en su día era un hecho lúdico, durante años se convirtió en un evento reivindicativo nacionalista. Porque Belfast tiene su muro. Y no de adorno como es ahora el de Berlín. Hasta calles cortadas, hemos visto. Murales políticos en la zona católica, calles llenas de Union Jacks en la protestante. Y entre todo eso, decenas de coches policiales fuertemente protegidos patrullándolo todo. 

Un viaje no es un viaje si no acabas aprendiendo cosas. Y hoy hemos aprendido generosidad en forma de salchichas e historia reciente en forma de muros y hogueras. Estoy deseando ver qué aprendo mañana.