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— Prego, Fluimucile Forte e Ibuprofeno.
— ¿Seiscento miligrammi?— dijo la farmacéutica mirándome con cara de compasión. Y es que mi cara, en ese momento, solamente podía despertar compasión. Tercer día de un catarro de aúpa. Tercera noche prácticamente sin dormir por culpa de una tos persistente que se negaba a arrancarse del fondo de mis pulmones. Y todo esto a la salida de Florencia, en medio de uno de los viajes en moto que más ganas tenía de hacer. Pero comencemos por el principio.

Era la primera vez que planeaba comenzar un viaje en moto en ferry. Excepto cuando vamos a Mallorca, claro. Que ahí no hay más narices. Pero parecía que los astros se alineaban, y viajando hasta Civitavecchia desde Barcelona ahorrábamos tiempo y dinero, que podríamos gastar entre ruinas romanas, costas repletas de coloridos pueblos y monumentos espectaculares. Así que no me importó mucho que el ferry saliera con tres horas de retraso. Eso solo significaba llegar a Roma a altas horas de la noche, perdiéndonos así nuestro primer plato de pasta. Mi báscula me lo agradecería.

2015-03-31 21.38.04¿Sabéis lo que es circular por la orilla del Tíber a las doce y media de la noche de un sábado? Pues no queráis saberlo. No tengo ni idea de dónde salen todos esos Smart, Mini o Cinquecento. Todos uno detrás de otro. En fila. Bueno, todo lo en fila que pueden estar los coches en Italia. En realidad, no estaban en fila. Todo era un puto caos. Ni imagináis a qué hora llegamos al hotel, después de más de veinte horas metidos en un puto barco lleno de estudiantes haciendo cola para comer y tras más de dos horas para recorrer sesenta kilómetros y atravesar Roma, la ciudad eterna… Eterno sí que es cruzarla, aunque sea un sábado por la noche. Porque no sé si lo sabéis, pero las motos de menos de 150cc no pueden circular por autopistas o vías rápidas. Y yendo con Belén y su Derbi, eso elimina de un plumazo todos los tangenziale que llegan a Roma.

Al día siguiente, tras el desayuno en el hotel, cogimos las motos y… Mira, no. No voy a escribir una crónica al uso, diciendo lo que vimos, dónde fuimos y lo que comimos. Para eso tendría que haber escrito día a día, en el momento, y no este post-resumen del viaje. Y no lo hicimos por culpa de las intempestivas horas de llegada al hotel el primer día. Total, aún no había pasado nada. Y al final decidimos no escribir, y dedicar las noches a… toser. Por eso creo que mejor hablemos de sensaciones, de impresiones y de lo que me pase por la cabeza. Sí, quizá mucho mejor.

2015-03-29 20.53.53Lo cierto es que al tercer día, pillé un catarro de dimensiones colosales. O sea, como el Coliseo de grande. Y quizá eso me había desvirtuado la impresión general del viaje, que en definitiva no fue tan buena como esperaba… hasta que monté el vídeo ese que tenéis más abajo. Ahí la cámara no engañó. Y una vez las bacterias y virus han sido -prácticamente- erradicadas de mi maltrecha garganta, veo que en realidad el viaje fue magnífico. Y que nos lo pasamos genial, como solemos pasarlo Belén y yo en los viajes. Y en lo que no son los viajes. Pero vamos, que siempre podría haber estado mucho mejor, eso seguro.

Y el viaje comenzaba de una manera espectacular porque espectacular es Roma, a pesar de ventilárnosla en medio día -era mi sexta vez en la ciudad, la tercera de Belén-. Pudimos disfrutar del Coliseo, del Panteón, de la Piazza d’Spagna, del Vaticano, Sant’Angelo, Piazza Navona,… En definitiva, todo lo que nos traía gratos recuerdos de visitas anteriores. Ventajas de ir en moto. Siempre que no intentes hacer turismo el sábado por la noche, claro. Ese día el atasco es monumental. Bueno, a decir verdad, en Roma el atasco es siempre monumental, hasta que lo comparas con Nápoles. Entonces, Roma parece el aparcamiento de la Volvo en Suecia.

Nápoles es el infierno de Dante hecho realidad. Y eso que no la pisamos. De hecho solo rozamos ligeramente el purgatorio. Pero no veas lo que quema estar cinco horas para recorrer menos de ochenta y cinco kilómetros en sus alrededores. No paran de haber pueblos -muy africanos en cuanto a su basura, caos, suciedad, mierda, conducción y otras muchas características- absolutamente atascados. Aquí sí que da igual la hora. Espérate atascos y miles de motos adelantando por el carril contrario con el beneplácito de las mil y una policías italianas… Porque mira que hay policía en Italia: Carabinieri, Polizia de Finanza, Polizia Locale, Polizia a secas… Cada uno con su color, pero todos dejándote adelantar donde te salga del moño, aparcar donde te quepa -o no- el coche, o saltarte todos los stops que te venga en gana. Así se conduce en el sur de Italia, como en la India pero con un 90% menos de vehículos. Pero todos atascados, ojo.

2015-03-30 11.58.37¿Y para qué bajar hasta Nápoles? Pues para pasar de largo hasta unos ochenta kilómetros más al sur, entre Sorrento y Salerno: la costa Amalfitana. Un trocito de cielo dentro del purgatorio napolitano. Imaginad mil curvas. O tres mil. Acantilados de más de cien metros de alto, y pueblos que, a modo de un gigantesco tetris, disponen sus cientos de casitas de colores en un precario equilibrio. Positano o Amalfi, pero también Praiano o Ravello son pequeños oasis de luz y de color en una costa que ese día se mostraba lluviosa. Bajar por sus empinadas escaleras, por sus laberínticas callejuelas y pasajes hasta la playa, es un placer inconmensurable. Lástima que como suele pasar, para disfrutar se tiene que sufrir. ¡Y vaya si sufrimos volviendo a subir las escaleras hasta las motos! Pero lo peor fue cuando Belén descubrió que se podía bajar en moto. Pero claro, cualquiera le convence de que no tiene el mismo encanto. Por cierto, estoy casi seguro que la bacteria que pillaron mis vías aéreas superiores es amalfitana. Os manda un agónico saludo.

Tras el atasco de entrada en Salerno, teníamos que encontrar una Derbi para arreglar un problema en el clausor de la moto de Belén, que se negaba a mantenerse en posición de contacto. Mirado Google, nos acercamos al primer taller y resulta que era de coches. En eso que unos que andaban por ahí me preguntan, e inmediatamente cogen el teléfono para llamar a “un nostro amico che è meccanico”. Uhhhh…. mal rollito. Comenzaba en mi cabeza a revolotear el gen de la desconfianza. Los tipos no tenían mala pinta, iban en un Audi A3, y con un chaval de diez o doce años… pero estamos en el sur de Italia. Al final el amico mecchanico no se acerca y ellos me dicen que nos guían hasta el taller. ¡Y voy y les digo que sí! ¡Pero si lo más normal es que nos lleven a un descampado y sea la última vez que vea a mi BMW! Pero no. Nos llevaron a un taller de confianza, de esos de toda la vida en los que arreglan piezas en lugar de cambiarlas. Y por treinta eurillos, teníamos el clausor arreglado. Bueno, sí que cambiaron una pieza, o más bien la adaptaron de otra moto que tendrían por allí. ¡Italia, ti amo!

2015-04-02 16.20.16La Toscana es, por sí misma, un destino excepcional. Per para disfrutarla tendríamos que volver hacia el norte, perdiéndonos en todos y cada uno de los pueblos atascados, sucios y horribles de las cercanías de Nápoles. Ahora os lo puedo decir con certeza: eso de que todos los caminos conducen a Roma es una mentira como una casa. O si no, pregúntale a mi GPS, que estaba ya hasta los mismísimos watios de recalcular las rutas. Pero no todo son penurias. Quedaron algunas perlas, como Sperlonga o Sant’Agata de Goti que tenéis que apuntar en la agenda si vais por la zona.

La Toscana nos la encontramos recién bañada con la luz del atardecer, al inicio de la primavera, donde los incipientes pastos se vuelven de color verde casi fluorescentes. Algunos almendros siembran motas de color blanco en las suaves colinas y los cipreses rompen las líneas del horizontes como enhiestos surtidores de sombra y sueño, como diría Gerardo Diego. Cortona, Arezzo, San Gimignano… o la siempre espectacular Florencia y ese Duomo que me fascina cada vez que lo veo… ¡Mira que no tiene lugares interesantes! Y todos ellos conectados con carreteras sin atascos. Con algunos baches en la mayoría de los casos, sí. Pero eso hace que puedas ir más despacio contemplando esos colores del atardecer que adormecen la mente como una tarde de otoño… ¡Que sí, que es primavera! Pero a mi lo que me adormecen son las tardes de otoño. Y las noches sin dormir, que a esas alturas de viaje ya llevaba un par.

¿Y qué decir de la comida? Pues que me encanta. Simple, mediterránea. Quizá con poca variedad, pero si sabes elegir el lugar, los tomates saben a tomate, la mozzarella sabe a mozzarella y la albahaca simplemente te enamora en la distancia. Spaghetti alle vongole, penne al pesto genovese, pizza capricciosa, insalata caprese… Un placer para los sentidos. Pero hablemos de las carreteras.

2015-04-03 17.33.48Porque las carreteras, así en general, son un absoluto desastre. Y eso a veces me da envidia. Es como si desde el inicio de la crisis -aunque quizá desde antes- el dinero no se haya invertido en arreglar boquetes, sino -quiero pensar- en sanidad y educación. No como en España, donde me irritaba cada vez que asfaltaban la impoluta carretera en plena época de vacas flacas. Y si la circulación es un desastre en el sur, las carreteras de la región denominada de las Cinque Terre, son más propias de Albania. Agujeros comparten protagonismo con los boquetes y sus primos los socavones, todos reunidos como si se tratase de una comida de Navidad. Y para recorrer los otros ochenta kilómetros míticos de pueblitos de colores en acantilados de vértigo te puedes pasar toda la tarde. Porque sí, en definitiva este viaje a Italia se resume en Roma y la Toscana, flanqueadas por dos carreteras de ochenta kilómetros entre pueblos de colores y acantilados. Bueno, y el infierno de Nápoles. Y ya. Riomaggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Monterosso di Mare. Las Cinque Terre se extienden desde La Spezia hasta poco antes de llegar a Génova. Si Marco era de Génova, su madre fijo que era de uno de estos pueblos. Al pie de las montañas, te aseguro que están. Pero olvídate de ver los cinco pueblos en un día. Y si vas en coche, ni te cuento. Te tocará aparcar en el arcén, en lo alto de la carretera, tres kilómetros por encima del pueblo. O pagar parking en el mejor de los casos. Y eso, cinco veces, es mucho tiempo. Porque lo mejor está en la distancia, viendo esos pueblos espectaculares desde lejos, en todo su entorno.

A esas alturas de viaje, yo ya estaba para el arrastre, a base de ibuprofenos, fluimociles, caramelos halls y la paciencia infinita de Belén por las noches, que no sé cómo no me sacaba al pasillo a dormir en el suelo, cada vez que me daba por dar un recital de tosidos en re mayor a las cuatro de la mañana. Y después de cienes de caravanas más, llegamos a Ventimiglia, casi en la frontera con la costa Azul francesa. Y a partir de ahí, autopistas y lo que sea para llegar a España en busca del ansiado antibiótico. Porque a pesar de los atascos, de lo africano del sur de Italia, de su tráfico caótico y de su suciedad, en Italia no te venden antibiótico en la farmacia si no llevas receta. Olé!

Amigo lector: no tengo ni idea de qué impresión te llevarás con esta extraña crónica, donde no he utilizado ni una nota, ni un apunte ni un mapa. Y eso que me traje una libreta repleta de notas. De hecho, espero que la espontaneidad sepa reflejar el recuerdo que tengo en este momento de esa Italia soñada. Un recuerdo que cambió después de ver este vídeo. La verdad, es que parece que no lo pasamos tan mal. ¿Qué, nos vamos juntos hasta Italia?




Vamos juntos hasta Italia por