Quedan 8 días para comenzar la ruta, y aún quedan muchas cosas por hacer. No me extraña, ya que me caracterizo por dejar siempre las cosas para el último momento, pero estoy tranquilo porque lo fundamental está ya solucionado, y en mayor o menor medida podría partir mañana mismo.

Una de las cosas que no he querido dejar para el último día es todo el tema de seguridad. Soy consciente de que no es una super-aventura, y que no me voy a mover de Europa, más o menos civilizada, pero no me apetece quedarme tirado o tener que intensificar mi aventura de manera no prevista en los hospitales de Letonia, por poner un ejemplo. Por eso he encargado la seguridad a las más altas esferas.

Una cinta con la medida del Pilar de Zaragoza y una medalla de oro. Son dos objetos importantes para mí, que simbolizan a dos personas que ya no están aquí, pero que seguro que (si está en sus manos) velarán por mí desde allí arriba. El gaditano y la maña seguro que me apartarán más de un reno y me avisarán de algún que otro peligro tras esa curva traicionera. A uno le debo ser como soy y que me comprara la primera moto, que incluso llegamos a compartir. A la otra le debo todo el apoyo que me brindó siempre en todas las decisiones que tomé, incluso las más impopulares; y seguro que lo seguiría haciendo, ella era así. Una parte del éxito de esta aventura será de ellos.

A pesar de eso, también me he hecho socio de una importante compañía de esas que te recogen en cualquier sitio si te quedas tirado y que tiene helicópteros de esos amarillos con letras negras. Si se hubieran estirado en el patrocinio, hasta habría puesto su nombre.

De todas maneras el principal responsable de la seguridad del viaje seré yo, así que haré caso de lo que decía aquel viejo piloto: “recuerda, el puño del gas funciona en los dos sentidos”.