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No te puedes fiar ni de la predicción meteorológica. ¡Si para hoy daban algo de sol! Sí, también algo de lluvia, pero sol. Y no. Por los ventanales de la habitación entraba claridad pero ni un rayo de sol (oh, oh, oh). Las montañas estaban cubiertas de un manto de nubes, que las realzaban, pero que presagiaban otro día de mierda, meteorológicamente hablando, claro.

Pronto, tan pronto como a las 8 de la mañana, ya estábamos saliendo del hotel destino Henningsvær. A poco de llegar, donde la carretera separa los grandes riscos de los islotes de la costa, el arco iris enmarca las lluvias que caen en la costa vecina. Afortunadamente, por el momento, nosotros estamos a salvo. Llegamos al embarcadero, donde todo el mundo se hace la misma foto. De hecho yo ya llevo dos. Pero es que es tan bonita… A ambos lados del canal, los botes y barcas se disponen en fila, mientras que las casas de vivos colores completan el paisaje. Sin olvidar las altas montañas tapizadas de verde. Una maravilla.

A ratos llueve y a ratos no. Pero de sol, nada de nada. Ese sol que embellece todo, pero que hoy nos niega su presencia. Con lo bonito que sería todo iluminado… Pero a pesar de eso, los paisajes de las Lofoten son impresionantes. Hasta Belén decía tacos al verlos. De camino a Eggun, la carretera serpentea entre lagos, lenguas de mar y montañas rematadas de afiladas rocas. Las playas, de blanca arena y aguas turquesas son paradisíacas. De un paraíso desértico, porque ahí no se baña ni Dios.

Camino a Unstad, al pasar el último túnel se entra en el Paraíso. Un verde valle, rodeado de montañas por todos lados menos por una, que da a una playa donde algunos surfistas desafían las gélidas aguas. Las laderas verdes se funden con las praderas de hierba en una curva perfecta. Una pequeñísima iglesia de madera blanca remata el paisaje. El camino de tierra negruzca, ahora empapado, rompe con la monotonía del verde. Es un lugar francamente idílico.

Y seguimos camino hacia Reine, ahora con algo de prisa ya que a las 14 horas nos sale el ferry. Poco antes de llegar, unas obras nos cortan el avance durante casi media hora. No queda tiempo, llegamos justos a la hora del embarque. Reine, quizá la población más bonita del archipiélago pasa a nuestro lado en un suspiro. Decidimos jugárnosla y hacerle una foto al pueblo. No nos lleva mucho tiempo.

Y ya en el ferry, con el parche contra el mareo puesto, las motos atadas en la bodega y con el sol en todo lo alto. Sí, ese sol que tanto añoré durante la mañana, le ha dado por salir justo cuando abandonamos las islas. Así de caprichoso estaba el tiempo hoy, mira tú. Tres horas y media de barco hasta Bodø se me hacen casi cortas, habiendo aprovechado para comer y una pequeña siesta.

Cerca de Bodø se forma un fenómeno que quería ver desde hace mucho tiempo. El llamado mælstrøm no es más que unos grandes remolinos formados en la zona debido a las corrientes de las mareas. Julio Verne ya hablaba del remolino asesino en su 20.000 leguas de viaje submarino. Yo no esperaba ver nada espectacular hoy, tal y como se estaba comportando la naturaleza con nosotros. Pero algún que otro remolinillo sí que se podía ver atravesando alguno de los puentes de la zona.

Y después de eso, 270 kilómetros para llegar a nuestro hostal, un centro de rehabilitación de alcohólicos que hace las veces de casa de huéspedes. No me preguntéis qué hacemos aquí… Pero la verdad es que no está mal del todo, ni en cuanto al hotel -decoración aparte-, ni en cuanto al precio. El parche contra el mareo ataca con sus efectos colaterales y me estoy muriendo de sueño, así que quizá mejor que acabe la crónica de hoy. No sin antes recordar que la primera vez que pisé las Lofoten hace cuatro años tenía la certeza de que volvería. Hoy lo he hecho. Y me voy de ellas con la absoluta certeza que volveré nuevamente. Porque no hay dos sin tres. Buenas noches.

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