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¿Que qué es lo peor que llevo del viaje? Sin ninguna duda hacer y deshacer maletas. Más concretamente, cargar y descargar la moto. Cincha para arriba, cincha para abajo; Encaja la maleta, asegura las bolsas… Llevamos justo una semana haciéndolo todos los días y esta mañana mis bíceps se han quejado (sí, escuálidos y raquíticos bíceps, pero bíceps al fin y al cabo). El proceso de carga y descarga ha durado, desde que ha sonado el despertador hasta que me he puesto el casco, más de hora y media. Y eso sin desayunar. Pues como que no me sentía los brazos cuando hemos rodado calle abajo a buscar la salida de Sundsvall. ¡Qué dolor! Por supuesto, añadido a mi normal cabreo de buena mañana, daba como resultado tener la simpatía de un orco.

Con esa actitud afrontaba los seiscientos kilómetros de la etapa del día, presumiblemente toda por autovía/carretera. Sí, porque en esta zona de Suecia las carreteras se vuelven autovías y las autovías se tornan carreteras con un solo chasquido de los dedos. De pronto tienes un carril y debes ir a 90 por hora, como súbitamente aparece otro carril como de la nada y puedes ir a… 90 por hora. Bueno, puedes ir más rápido, pero estas velocidades supersónicas son cosas de la Derbi.

El ánimo me lo ha cambiado el bar del desayuno, a escasos cuarenta kilómetros de Sundsvall. Casi no paramos, pero al final lo hemos hecho. Y menos mal! Unos bocadillos desbocadillizados -término que voy a acuñar y voy a vender a Ferràn Adrià- estupendos. ¿Qué son los bocadillos desbocadillizados? Cójase el pan, NO lo parta por la mitad. Agréguese los ingredientes ENCIMA del pan. Y ya. Pues mira, estaba bueno. Sobre todo si te lo tomas en una terraza con vistas al lago. Maravilloso. Me he desorquizado de golpe.

A partir de ahí el ánimo ha cambiado. He comenzado a disfrutar de los abetos (sí, de los mismos abetos de ayer, y de antes de ayer) de los lagos (de lagos muy parecidos a los de ayer y antes de ayer, sí) y de la carretera/autovía rectilínea. Y es que las cosas, con mejor humor, son siempre más bonitas.

Tras un par de reportajes, un RedBull y una visita al WC, ha llegado la hora de la comida. Y visto el éxito del desvío de ayer, he intentado lo mismo, sabiendo que la probabilidad de que volviera a salir bien era más bien escasa. He mirado el GPS, he localizado una ensenada cercana a la que llevaba una pequeña carreterita, y nos hemos dirigido hasta allí. Cinco kilómetros de pistas -de carreterita nada- que han acabado en un pequeño embarcadero, con los palos para secar pescado e incluso una mesa de picnic. La pequeña calita estaba rodeada de bosques de abetos y disponía de una pequeña salida al Báltico. Espectacular.

Y a lo tonto a lo tonto, hemos llegado a Luleå, ciudad casi completamente rodeada de agua, de un agua completamente quieta y tranquila. Tranquila como la ciudad, que parece desierta a las siete de la tarde. Los bares ya cerrando, y solamente algunos habitantes por las calles. Y la mitad de los que hemos visto eran españoles, y no turistas precisamente. Bueno, una pareja sí, fotografiando con una réflex las más horribles calles de la ciudad.

Y casi sin temor a equivocarme, para Belén el momento más feliz del día ha sido disfrutar de su café sentada en el sillón de masajes de la recepción del hotel. Déjala que disfrute. Le queda un día. Un día para llegar al Círculo Polar Ártico. ¡Mítico! Aunque no nos lo ponen fácil, que mañana dan lluvias. Pero ya se puede engalanar el gordo de rojo que vive por esos lares, que mañana le haremos una visitilla.

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