Es un lujo tener amigos. Pero lo es más si son capaces de posibilitarte fines de semana como éste. En mi afán por hacer kilómetros y kilómetros de prueba de cara al TheLongWayNorth, desde la revista Solo Moto me facilitaron una moto como la Kawasaki Z1000 del 2010. La idea era realizar un viaje de fin de semana, totalmente rutero, con una moto que de por sí no es que sea muy rutera. Obviamente no pude negarme!

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Como suele pasar siempre que sales de Barcelona, los primeros kilómetros transcurren por autopista. Autovía en este caso, hacia Zaragoza. No es el mejor medio para que se desenvuelva una naked, pero me sorprendió gratamente lo que puede llegar a proteger la minicúpula que lleva… siempre que te muevas en velocidades estrictamente legales. Durante esos 300 km la emoción la puso el sol, jugando con la lluvia caprichosamente: ahora hace sol, ahora diluvia… ahora vuelve a hacer sol. Afortunadamente llevaba conmigo los guantes de invierno -impermeables- y los usé… vaya si los usé! Los negros nubarrones intentaban acallar al sol kilómetro a kilómetro, pero éste siempre encontraba una pequeña rendija para colarse e iluminar todo ese paisaje empapado.
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El trayecto desde Zaragoza hacia el norte tampoco estuvo exento de lluvia y de nubes. Los campos peinados con esas pequeñas colinas vírgenes salpicadas aquí y allá forman el paisaje maño. Halcones en la carretera intentando cazar su presa a pie de arcén, el olor a tierra mojada y los campos de cultivo tímidamente bañados por el sol configuran el escenario que me voy encontrando. En las carreteras con curvas rápidas y buen asfalto es donde la Z1000 se encuentra en su salsa. Acelerar esos más de 130 caballos entre curva y curva es de lo más gratificante. Cuando la carretera se arruga, como desperezándose y querer despegarse del suelo, es cuando peor lo pasa la Kawa: sus suspensiones relativamente rígidas hacen que la moto se aguante de fábula en curvas rápidas, pero penaliza cuando hay socavones en la carretera. Y así fueron pasando los kilómetros, mientras el sol y las nubes continuaban con su particular orgía: ahora lluvia, ahora sol, ahora calma…

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Riglos, Jaca, Sabiñánigo, Bielsa y Panticosa, antes de entrar en Francia. Los últimos metros españoles, ahora sin lluvia, fueron de lo más deliciosos. Una vez en Francia pude disfrutar de sus carreteras nacionales, con buen asfalto y mejores conductores, que automáticamente se apartaban a mi paso. Adelantar con la Z1000 en sexta a golpe de gas hacía las cosas mucho más fáciles.

Finalmente llegué a Biarritz, la población glamourosa de la costa atlántica francesa. Muchos surferos, muchos turistas y un casino (bastante feo, por cierto). El sol había ganado finalmente la batalla e iluminaba la ciudad con esos tintes rojizos de las últimas horas del atardecer. Una pequeña escapada a Zarautz (65 km) para hacer unas fotos que me habían encargado, y vuelta a Biarritz a cenar y a descansar.

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