La lluvia cae con fuerza sobre el tejado que cubre el patio de nuestro riad. No me apetece nada mojarme cargando las maletas en la moto. Además, es nuestro último día en Marruecos, y cierta melancolía se apodera de nosotros durante el desayuno. Nos cuesta arrancar. Fuera, diluvia. Avanzamos por las calles saliendo de la Medina de Fez. El sistema de alcantarillado se muestra insuficiente para la cantidad de agua que está cayendo. Algunas de las calles son verdaderos torrentes. Nos dirigimos al Fuerte del Norte, uno de los dos que dominan la Medina desde lo alto. Desde allí, la vista es fantástica. Las construcciones se amontonan casi una encima de otra dentro de las murallas, esparciéndose entre las colinas que rodean la Medina. Podemos distinguir la mezquita y poca cosa más. Es un buen lugar para admirar el enorme tamaño de la antigua ciudad. Desde dentro es imposible hacerse una idea.

Nos dirigimos a Melilla por autopista. La persistente lluvia deja las precarias carreteras en un peligroso y resbaladizo estado, así que decidimos ir por lo seguro. La autopista tiene sus peculiaridades, ya que los rebaños de cabras pastando en los arcenes, o incluso los niños acarreando sus mochilas de camino a la escuela siguen estando a la orden del día.

A pocos kilómetros de abandonar la autopista, el sol hace acto de presencia. Nos calienta y nos seca tras casi ciento cincuenta kilómetros bajo la lluvia. Aún quedan otros tantos por carretera en dirección norte. Y allí la cosa no pinta nada bien. El valle entre montañas que debemos coger parece la puerta del infierno. Negrísimos nubarrones, cortinas de agua a ambos lados y gráciles tornados de arena nos esperan. De repente, y casi sin avisar, nos cae encima uno de los aguaceros más grandes que he vivido encima de una moto. El viento nos lanza de lado a lado de la estrecha carretera, y la gran cantidad de agua me impide ver con claridad. Dudo en pararme o seguir, pero no hay ningún lugar donde resguardarse. Fue intenso, pero no duró más de media hora.

Llegando a la frontera de Melilla vuelve a salir el sol. El termómetro marca 19ºC, pero estamos tiritando. El frío ha calado literalmente hasta nuestros huesos. La frontera vuelve a ser el caos. Enormes y desordenadas colas de coches avanzan precariamente. Al final, siguiendo las instrucciones de un policía y de varios “conseguidores” -gente que intenta facilitarte el papeleo de la aduana por unas monedas-, podemos adelantar a todos los coches y ponernos los primeros. Esta vez no tengo ganas de pelear mucho, así que sigo las instrucciones de uno de los conseguidores que me ha caído simpático. Le doy una pequeña propina. En poco menos de media hora tenemos los pasaportes sellados y anulado el papel de importación temporal de la moto. Estamos en España. Esto es otro mundo.

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Pasamos el día recorriendo la ciudad a un ritmo muy tranquilo, casi de bar en bar, acompañados por amigos que nos demuestran una enorme hospitalidad. El día se va casi sin querer y es momento de retornar en ferry a la península. Y luego, 840 aburridos kilómetros hasta Zaragoza.

Marruecos me ha enamorado. Es un país de contrastes marcados. De los 32ºC del desierto a los escasos 2ºC del Atlas. De los áridos paisajes del desierto a los verdes vergeles del otro lado de las montañas. De la pobreza casi extrema de los pequeños pueblos del sur a la alegría sincera de las sonrisas de los niños. Fantásticos y agrestes paisajes, casi lunares. Excelente comida. Modos de vida ancestrales, simples y auténticos que te hacen replantear tu vida al otro lado del estrecho.

Ahora, desde la comodidad del sofá me doy cuenta que me he infectado. Tengo el virus de África. Estoy deseando volver. Y espero que sea pronto. Inshallah.