Salimos pronto de Zaragoza, aunque no tenemos excesiva prisa. El ferry para Melilla sale de Almería a eso de las 23:30. Tenemos más de setecientos kilómetros por delante, pero también muchas horas para llegar. Enfilamos la autovía Mudéjar , dirección Teruel. Los campos comienzan a estar verdes. Para mí, la primavera ha llegado de golpe, casi sin avisar. El cielo es de postal. Potentes nubarrones negros forman cordones hasta perderse por el horizonte, alternándose aquí y allá con pequeños girones de un cielo azul brillante. Al frente, varias cortinas de agua lo empapan todo, aunque nuestra ruta las acaba evitando milagrosamente.

Llegando a Valencia las nubes desaparecen casi por completo. El sol lo inunda todo, como si fuera un cuadro de Sorolla, mientras que una intensa fragancia fresca, con un toque ácido y meloso nos recibe. El azahar. No en vano miles de naranjos se desparraman a ambos lados de la autopista, subiendo tímidamente las laderas de las montañas cercanas.

Llegamos a Almería justo para ver alguna de sus procesiones. Allí encontramos calles cortadas, riadas de gente por doquier y el solemne ritmo de tambores. Incienso. Olor a Semana Santa. Cenamos un pincho moruno para ir aclimatando, mientras nos las vemos y las deseamos para salir del casco viejo evitando las múltiples procesiones. Al final, llegamos al puerto.

La travesía podría haber estado mejor. El bamboleo del barco es notable, arrítmico e impredecible. Me aferro a la almohada de mi estrecho catre e intento dormir.

Son las 7:30 de la mañana. Nos desperezamos y salimos a cubierta. Melilla por babor! Belén me va contando con ilusión los edificios más notables que logra distinguir desde el barco. Hoy solamente la cruzaremos, a la vuelta, nos empaparemos de la ciudad.

Dos horas para pasar la frontera se me antoja un buen balance, aunque en realidad se me hizo muy pesado. Alejar a los “conseguidores”, informarse de los papeles a rellenar y las colas a realizar. Sea como fuere, pudimos finalmente pasar la frontera y entrar en Marruecos. Ahora solamente quedaban más de seiscientos kilómetros por carreteras de dudoso mantenimiento hasta Merzouga.

La primera parada, en Nador, para desayunar. Exquisito zumo de naranja natural y croissant. Estamos en otro mundo. El mundo de las calles sin aceras, del polvo por todos lados y del caos circulatorio. La vida está en las calles: la gente, los comercios,…

Paramos en un pueblo a mitad de camino. Una gran kasbah abandonada lo preside. Murallas casi intactas y unas cuantas edificaciones de una altura en el interior. El bocadillo de tortilla de atún, ya todo un clásico en nuestras rutas, sabe a gloria.

La carretera hacia el sur es una interminable recta. A derecha e izquierda, escarpadas montañas surgen del árido terreno. Algunas tienen nieve, pero el calor en el valle ya se hace notar. De las pequeñas poblaciones, apenas tres casas de adobe, salen niños saludando y gritando, aún con la cartera del colegio a la espalda. De tanto en tanto, también encontramos rebaños de ovejas, que van rebuscando entre las piedras algún matojo verde que llevarse a la boca.

En una de las paradas para repostar y descansar, unos niños se acercan tímidamente a nosotros, saludando. A pesar de nuestras sonrisas, no se acercan mucho. Parece ser que la timidez supera su curiosidad. Han pasado muchas horas, pero aún nos queda la mitad del recorrido.

La llegada a Errachidia es espectacular. Enormes circos montañosos, secos y áridos, van formando las hoces de un río inexistente. La carretera acompasa a las montañas, que van formando enormes curvas primero a la derecha, luego a la izquierda. Al fondo del cauce pueden verse algunas manchas verdes de vegetación.

Errachidia está cargada de aromas. Huele a comida. A cuscús, a pollo y a clavo. La gente está en la calle, el tráfico es caótico. Sí! Esto es África!

El valle del Ziz, a la salida hacia el sur de Errachidia, es simplemente espectacular. La carretera discurre por la izquierda, algo elevada sobre el valle de no más de cuatro kilómetros de anchura. En el centro, un sinfín de palmeras y otros árboles lo inundan todo de verde. A ambos lados, las montañas rojizas reciben los últimos rayos de sol, mientras abajo, pequeñas poblaciones de adobe intentan ganar sitio a la espesa vegetación.

Cae la noche llegando a Erfoud. Para Merzouga hay dos caminos, uno por pistas, algo más corto, y la carretera, que da un rodeo de más de diez kilómetros. Después de más de ocho horas conduciendo, decidimos ir por carretera. Solamente quedan cuarenta kilómetros. Pero la noche marroquí es peligrosa en carretera. Cientos de personas, bicis y burros avanzan sin señalización alguna por los arcenes, y la concentración ha de ser máxima.

Llegamos a nuestra kasbah bien entrada la noche, después de preguntar en una gasolinera y recorrer por pistas los últimos tres kilómetros, con la única iluminación de millones de estrellas sobre nuestras cabezas. Por fin vuelvo a ver el famoso cielo africano!

La kasbah, todo un lujo. Habitación espaciosa en la torre, con toda la terraza a nuestra disposición. Cuscús para cenar y la luna saliendo sobre las dunas de postre. ¿Alguien quiere más?