Hacía poco que habíamos atravesado la frontera. A veces solo lo notas cuando cambia el idioma de los letreros de las tiendas y el tipo de señales de tráfico. Pero no me esperaba una señal así. Y no era la primera que veía. Hace unas semanas tuve que ir hasta Kosovo para ver unas así. Pensaba que eran unas rarezas, pero no. En Alemania también tienen señales para tanques. Igual es que están pensando en otra invasión. Aunque yo pensaba que la invasión germánica del siglo XXI consistía en ir “rescatando” países…

Salimos de Praga remoloneando. No queríamos irnos de esa ciudad tan atrayente. Visitamos en moto algunas cosas que quedaban por ver, así que fue a eso de las once y media cuando salíamos de la ciudad tras una pequeña llovizna, para no perder la costumbre. En principio no hay mucho que contar de la ruta, unos cuatrocientos kilómetros por carretera. La República Checa no destaca en esta zona por unos grandes paisajes, pero si que vimos diversas ciudades que podrían ser visitables. No lo descarto para hacerlo en otra ocasión con más profundidad.

Y entramos en Alemania. Pocos kilómetros antes el paisaje ya había cambiado. Aparecieron las colinas de praderas verdes y tupidos bosques de abetos. Y las curvas. Echaba de menos trazar con precisión las curvas que iban serpenteando entre árboles y prados. Eso me alegró el alma que hoy estaba un poco sombría. Llega un día en que lo que antes era excepcional ahora es casi rutinario. Ya no te sorprendes del paisaje, ni de las casas ni de los estrafalarias vestimentas pasadas de moda de la gente. Cuando comienzas a asimilar como normal todo lo extraño, la intensidad del viaje disminuye. Y eso me hace pensar en el retorno.

Cuando en tu maleta prácticamente no hay otra cosa que ropa sucia, cuando cada mañana cuentas los días que quedan para regresar en lugar de los que llevas de ruta, cuando en el horizonte comienza a aparecer la rutina del día a día en el trabajo, necesitas un estímulo que te haga salir de esos pensamientos negativos. Llegando a Bamberg, un único rayo de sol iluminó una de esas lejanas praderas entre abetos. Era un verde mágico, de esos que te llenan la retina de sensaciones. Me iluminó. Era la señal para pensar en los maravillosos cuatro días en buena compañía que quedaban. Y había que disfrutarlos al máximo. No serían un mero regreso a casa o una cuenta atrás hacia la monotonía de la vida diaria. Esos cuatro días tienen la suficiente entidad para ser un gran viaje por ellos mismos. ¿Habéis oído hablar de la Romantische Strasse? Trescientos cincuenta kilómetros de pueblecitos bávaros y paisajes increíbles. ¿Y de Liechtenstein? Uno de los países más pequeños de Europa ¿Y del Splügenpass? Quizá la serie de tornanti más simétrica de los Alpes ¿O del Lago di Como? Posiblemente el rincón de Italia más tranquilo y glamouroso. Y es que en este viaje no hay cuenta atrás que valga.