Era imposible ver las indicaciones del GPS. De hecho, prácticamente no veía ni la carretera. Algunos árboles de considerable tamaño habían sido arrancados de cuajo, y exponían sus raíces casi de manera obscena. Notaba cómo algunas gotas se escurrían entre el traje y mi piel. El frío comenzó a apoderarse de mi, mientras mis guantes chorreaban. Estaba diluviando, las gotas casi hacían daño. No nos quedaba más alternativa que parar en aquella gasolinera a resguardarnos.

La primera sorpresa del día fue pasear por las calles peatonales de Gdansk, entre sus elegantes y señoriales casas estrechas pero esbeltas, de diferentes colores guardando una apariencia similar pero cada una diferente. Desde el muelle, eran incluso más impresionantes. Todas las calles del centro eran similares, aunque algunas estuvieran llenas de turistas -y de tiendas de souvenirs- y algunas prácticamente desiertas. El sol iba y venía, cambiando por completo los colores de las casas. Gdansk nos sorprendió muy gratamente. Es de esos lugares de donde no quieres marchar, a pesar de ser tarde ya. No quería parar de mirar cada una de esas casas que daban una inmensa paz, a pesar de estar rodeado de bulliciosos turistas.

De allí nos dirigimos a Malbork entre algunas gotas de lluvias y algunos retazos de sol. Espléndido castillo en ladrillo, el más grande en su género. Se mostraba potente y señorial a orillas del río, y a espaldas del resto de ciudad. Masivo, rojizo y extraño, con sus generosos tejados parcialmente decorados y su foso ahora tapizado de verde. Lo conforman diversos edificios que salen de la misma base, todos en ladrillo y configurando un caos organizado de volúmenes y tejados.

Las carreteras secundarias polacas nos ofrecieron una nueva sorpresa al pasar entre delicadas y preciosas colinas donde los cereales ya se han cosechado. A ambos lados de la mojada carretera se alzaban árboles tan altos como gigantes, envolviéndonos con sus verdes ramas, de donde goteaban los restos de la tormenta reciente. El cielo era de lo más plomizo que puedo recordar, con esas ramas gigantescas alzándose ante nosotros, iluminadas por el sol y contrastando con el oscuro horizonte. La tormenta había sido fuerte, y bastantes de estos gigantes yacían en el suelo, tumbados y con las raíces boca arriba.

Y en Illawa comenzó el diluvio universal. No nos quedó otra que pararnos en la gasolinera, a abrigarnos un poco y a esperar que pasara la tormenta. No duró mucho, apenas unos minutos, mientras nosotros nos calentábamos a base de un capucchino y un chocolate. Grunwald nos dejó algo fríos. Es cierto que quizá para un polaco la gran batalla librada ahí en 1410 posiblemente le llegue a emocionar, como pasear entre las colinas de césped admirando los escasos monumentos conmemorativos. Para nosotros no fue más que otro enclave, ni más ni menos. Pero no es mi intención quitarle importancia. Para nada. De hecho es el lugar donde se libró la batalla medieval más numerosa y sangrienta de la historia, con más de veinte mil teutones muertos o hechos prisioneros a manos del los polacos.

Y finalmente Varsovia. Nos dio tiempo por la noche de hacer un recorrido express, descubriendo su barrio viejo perfectamente reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial. La plaza está conformada por casas estrechas y esbeltas al estilo de las que vimos en Gdansk, con múltiples colores y decoraciones. Pasear por sus calles peatonales te transporta a otra época, sosegada y calmada. Contrasta con las grandes avenidas flanqueadas por enormes edificios gubernamentales de la época soviética, con el maravilloso edificio de la cultura como estandarte. Regalo de los rusos para unos, símbolo del dominio comunista para otros. Pero precioso para los ojos del turista que hasta allí se acrece sin hacerse demasiadas preguntas. A su lado, los nuevos rascacielos de Varsovia no solamente no lo ensombrecen sino que lo realzan y lo destacan del resto. Simplemente magnífico, iluminado para recortar el negro cielo polaco.

Al otro lado del río el barrio de Praga nos mostró la típica ciudad dormitorio de la época comunista. Algunos edificios incluso mostraban sus fachadas de ladrillo ennegrecido por el tiempo. Otros se conformaban con un desconchado revestimiento de cemento. Importante visita para hacerse una idea de la vida en los tiempos del dominio soviético, a pesar de que hoy en día sigue siendo un barrio popular y humilde.

Varias caras de una misma Polonia. De la delicadeza extrema del centro histórico de Gdansk, a los barrios obreros de la época comunista, pasando por maravillosos campos ondulados de cereales recién cogidos y de lugares importantes de la historia medieval. Sorprendente cuanto menos. Porque no es más gozoso el que más tiene sino el que más encuentra. Nosotros esperábamos poco de Polonia y sorprendentemente hemos encontrado mucho. Hoy es uno de esos días en los que piensas que valió la pena llegar hasta aquí. Ahora toca volver. Y lo haremos por otros lugares que nos sorprenderán igual o más que Polonia. Seguiremos con los ojos bien abiertos, esto no ha hecho más que comenzar!