A unos doscientos metros de mí se encontraba un hombre vestido de azul en medio de la carretera y un coche de policía en el arcén. Aminoré la velocidad. De pronto el coche encendió las sirenas y me hizo luces. No tenía la menor duda, debía parar. Detuve la moto al lado del coche patrulla, y el policía dijo algo ininteligible haciendo gestos negativos con la mano. Yo no sabía qué hacer ni a qué atenerme. Le miré de modo interrogatorio. Se acercó otro hombre, vestido con pantalones militares de camuflaje y camiseta amarilla. -La carretera está cortada. Hay un incendio- dijo.

Salir de Mostar fue tarea fácil esta vez, aun sin llevar las carreteras en el GPS. Me lo había empollado todo durante el desayuno, así que sabía más o menos hacia dónde tirar. La carreterita atravesaba las montañas hacia el interior, mostrándome nuevos valles de altura, con sus pastos y sus bosques de abetos. De repente, un cartel y una bandera me anunciaron que acababa de entrar en la República de Srpska, un reducto serbio dentro de la Federación de Bosnia y Herzegovina. En ese punto, el asfalto se iba poniendo cada vez peor, aunque nada que no se solucionara bajando un poco el ritmo.

Cada cambio de carretera era una incertidumbre total. Las indicaciones brillaban por su ausencia, y no paré de preguntar a lugareños. Era difícil -mucho- entenderlos, ya que casi nadie hablaba inglés, pero enseñando el mapa y observando sus gestos me iba cerciorando de lo acertado -o no- de la ruta. Tras cada curva me esperaba una nueva sorpresa, ya sea una vaca -aquí cuando ponen una señal de “peligro vacas” es porque hay vacas-, unas obras que dejaban profundos socavones sin señalizar en el asfalto, o unos labriegos con sus herramientas.

De pronto, en el horizonte aparece la silueta inequívoca de una central nuclear. – ¿Pero estos tienen energía nuclear? – pensé en voz alta. Una señal de “prohibido fotos” contrastaba enormemente con la vaca que en ese momento pasó entre la central y yo. Super cutre-secretismo. De Anacleto, Mortadelo y Filemón juntos. Después, la carretera fue mejorando nuevamente, metiéndose por desfiladeros y pequeños valles que surgían de la nada. Las montañas ocupaban todo el horizonte que me permitía ver el casco. Realmente estaba en un lugar remoto.

Al fin, la frontera con Montenegro. Los bosnios me abrieron la barrera sin problemas. Después, un vetusto puente de suelo de madera me pasó al otro lado del río, donde los montenegrinos se entretuvieron algo más con el pasaporte. Siguiendo la carretera, entré en el cañón de Piva, donde precipicios de vértigo se alternaban con estrechos puentes suspendidos de la nada o una ristra enorme de túneles excavados en la roca. Tras pasar la presa, comenzaba un alargado embalse de aguas verde esmeralda. Sin duda, de lo mejor del día.

De Niksic debía salir una carretera comarcal, pero no la encontré. Tras preguntar a varias personas me hicieron retroceder sobre mis pasos una veintena de kilómetros. No concordaba con lo que tenía en el mapa, pero realmente llegué donde debía llegar. En descargo del mapa Michelin, la carretera parecía totalmente nueva, con asfalto limpio y liso y curvas rápidas de vértigo.

Montenegro es muy montañoso, con valles y prados de más de 1000 metros de altura, que refrescaron las temperaturas hasta hacerlas agradables para disfrutar en moto. Cadenas montañosas iban seguidos de valles alpinos, con sus típicas casas con los tejados muy inclinados, preparadas para las nevadas invernales. Al intentar desviarme hacia el cañón de Tara, me encontré al coche de policía. Ya era extraño que los múltiples incendios que iba viendo los últimos días no me jugaran una mala pasada. Precisamente en ese momento, que llevaba más de seis horas y media para recorrer 400 kilómetros.

Las alternativas eran claras. O seguía las carreteras principales hacia el norte, entrando en Serbia para retornar posteriormente a Montenegro, o cogía una carretera local justo antes de cruzar la frontera, que me llevaría al punto de destino sin salir del país. Unos decían que esa carretera local no era más que una pista ponzoñosa, mientras otros me aseguraban que estaba asfaltada. Es lo que tiene preguntar lo mismo a más de una persona.

Obviamente y sin dudarlo ni un instante, opté por la carretera local. Me costó encontrarla, ya que las señales indicadoras no coincidían con las poblaciones de mi mapa. Y además estaban escritas únicamente en cirílico. De hecho tras más de cincuenta kilómetros no estaba seguro de haber cogido la ruta correcta, hasta que encontré alguien a quien preguntar. Afortunadamente estaba asfaltada, aunque grandes socavones hacían que rodar a más de 30 km/h fuera una temeridad.

Finalmente llegué a Kolasin, punto final de la ruta, 9 horas y media después de salir de Mostar, y tras más de 8 horas encima de la moto. Ha sido duro, si. Pero hoy aprendí una cosa: sin GPS, con la necesidad de preguntar, me he dado cuenta que la gran mayoría de las personas que encontré en el camino estaban más que dispuestas a ayudar. Y eso, cuando te crees perdido, es media vida.

 

Balcanes 6


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