Faltaban las últimas curvas. Derecha, izquierda y comenzó a aparecer detrás de unos abetos. Imponente pero modesto. Coqueto pero altivo. Entre las dos montañas rebosantes de miles de árboles apareció un valle sin nombre. Un valle solitario y desértico. No esperes ver a nadie, porque por allí nunca pasa nadie. Es el valle escondido.

Las salidas de las ciudades son siempre traumáticas. Abandonar Rijeka no fue la excepción. Alejándome de las autopistas di casi sin querer con la primera joya del día. Se llama Bakar y es una pequeña población costera, encajonada entre montañas y autovías, que reposa en una tranquila lengua de mar. Ajena a su bulliciosa vecina, aquí para sus habitantes la vida discurre entre los aperos pesqueros esparcidos por el pequeño muelle y las mesas mugrientas de las terrazas de sus dos bares. Parecía que el tiempo se haya parado, aunque el murmullo de las autopistas que pasan algunas decenas de metros más arriba, me devolvió a la realidad.

Los primeros 150 kilómetros transcurrieron por la carretera 8, que va dibujando meticulosamente toda la costa croata. Islas como Krk rompen el horizonte azul istriónico (ya os hablé de ese azul, verdad?) con un paisaje sorprendentemente desértico y árido. Contemplar este paisaje tan mediterráneo te abstrae completamente de la carretera, que una curva tras otra se empeña en que le prestes atención.

A poco de llegar a Karlobag adelanto a una moto holandesa con dos personas y atiborrada de bultos y sacos. Pero la vista se me va a una pequeña pegatina que luce orgullosa en una de las maletas. La mítica Ruta 40 argentina. La de kilómetros de experiencia que acumulan esos dos afortunados! Les saludé efusivamente. A poco, una BMW R1200R se me pega a la cola incitándome a estrujar mi GS. Por unos kilómetros olvidé las extasiantes vistas y me centré en disfrutar de la carretera. Volamos los dos trazando alegre las curvas que nos quedaban. Adrenalina!

Conforme iba escalando las montañas costeras, el horizonte azul se llenaba de islas y más islas que salían una detrás de la otra, quizá temerosas de ser descubiertas. En la última curva, casi a 900 metros de altura, miré por el retrovisor para decirle adiós a un mar que nunca defrauda.

En pocos metros el paisaje cambió por completo, y de los ligeros bosques mediterráneos pasé a un escenario genuinamente alpino. Abetos, laderas de hierba, picos escarpados… Refrescó ligeramente, cosa que agradecí, desde luego. Ya lejos de la Croacia de postal, comenzaba a encontrarme con la realidad que buscaba. Fuera del maquillaje de la costa croata, de sus pueblecitos restaurados y remozados, existe otra Croacia que aún conserva las cicatrices de una guerra cercana. En Buni? comencé a ver casas con los tejados destrozados, salpicadas de impactos de bala y metralla, e iglesias completamente derruidas. Y sus gentes, ya acostumbrados a la cotidianidad de los recuerdos, viven su vida sin importarle unos cuantos agujeros en sus fachadas.

La carretera entre Korenica y Danji Lapac es todo un catálogo de curvas. De todo tipo. Abiertas, cerradas, peraltadas, enlazadas, parabólicas… Con asfalto liso pero con poco grip. Y sin tráfico. Aún así mejor no animarse mucho, porque a la primera de cambio puedes encontrarte un ciervo como el que se me cruzó a unas decenas de metros, huyendo asustado. Naturaleza!!

Cuando las curvas comienzan a desaparecer tras atravesar otra cadena montañosa cercana, el horizonte se ensancha sobremanera, rebosando por los cuatro costados de lo que abarca tu mirada. Es el valle escondido. En ese momento, mi cabeza le pone la banda sonora perfecta. Soy Robert Redford -aunque desgraciadamente esta vez sin Merryl Strip- a los mandos de un biplano sobrevolando las estepas africanas en Memorias de África. Música melosa y dulce que retumba en mi casco mientras bajo hacia el valle. Una vez allí, una señal me alertó de los baches y socavones de la carretera, limitando la velocidad a unos exiguos 20 km/h. Ni que decir tiene que la moto voló sobre ellos a casi 100km/h sin rechistar. Para algo tengo una GS.

Poco después, al pasar Druvno, el valle desaparece, sin que sepa realmente dónde ha ido. ¿Existió realmente? ¿Fue solo producto de mi imaginación? Sea como fuere la carretera comenzó a descender a alturas más normales, y el calor fue apareciendo nuevamente. Buscando el castillo de Kastel Zegarski me encuentro con una población prácticamente fantasma, destruida casi por completo. Solamente una señora mayor, de las de pañuelo en la cabeza, descansa en una silla a la puerta de su casa. Seguro que a lo lejos, aún puede oír el sonido de los morteros y las bombas.

La carretera desapareció mientras buscaba Ervenik. Una pista suave, ancha y fácil la sustituyó. Diversión después de tantas curvas asfálticas. Tras 15 o 20 kilómetros, la moto vuelve a tener un color terroso de los que te hacen dibujar una sonrisa. Hasta Sinj poca cosa más. Los últimos 30 kilómetros se hicieron duros. Ya habían pasado más de 450, entre una tontería y otra, en casi 7 horas encima de la moto.

En definitiva ha sido un día redondo. Fantásticos paisajes, carreteras de todo tipo, valles escondidos descubiertos… Y es que cuando nada esperas, todo lo que te encuentras es un auténtico regalo.

Balcanes 4


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