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Mirar el mapa y no encontrar huecos entre las zonas ya visitadas te causa una sensación de triunfo y frustración a partes iguales. Triunfo por haber visitado ya prácticamente todas las zonas que quedan en el radio de acción que te proporciona un fin de semana. Frustración por no tener mucha idea de dónde ir en el próximo. Es cierto que la mayoría de veces no exploramos la zona en profundidad, sino que solo pasamos de puntillas, pero el ansia de descubrir nuevos parajes me puede. Había leído cosas sobre el Canal de Castilla, gran obra de ingeniería del s. XVIII que servía como vía fluvial de comunicación, salvando con espectaculares esclusas los desniveles de terreno en diversos puntos. Suficientemente atractivo para mí. Pero si lo completamos con la conocida ruta de los pantanos en el norte de la provincia, no había nada más que pensar: ese fin de semana recorreríamos La Ruta Palentina.

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La tantas y tantas veces recorrida autovía de Zaragoza había cambiado sus ropajes. Los campos de cereales, algunas veces verdes y otras doradas cedieron el protagonismo a los almendros en flor. Pequeñas notas de un elegante blanco que difunden un atisbo de la alegría que proporcionará la ya cercana primavera. Esos topos blanco se transformaron, en las cercanías de Lleida, en un impresionante manto rosáceo que lo inundó todo. Los campos frutales estaba en su máximo esplendor!

Una pequeña pausa en Zaragoza, y enfilamos, -ya con Belén- la autopista de Logroño para no llegar excesivamente tarde a Burgos. La noche comenzaba a hacerse fuerte, mientras el viento bandeaba los más de 300kg de la BMW de lado a lado. Una franja de negros nubarrones nos amenazaba desde arriba, pero me seguía preocupando -y mucho- las ráfagas de viento que atacaban desde barlovento. Inclinar la moto, pegarme a los matorrales de la mediana,… Ninguna estrategia fue efectiva para librarnos del viento. Así que apreté los dientes y las manos en el manillar e intentamos capear el temporal. Al final, el viento se tornó lluvia y las temperaturas gélidas nos acompañaron hasta Burgos, 650 kilómetros después de la salida.

Un día gris y frío amaneció en Burgos. Pero el día sería radiante a pesar del hombre del tiempo. Comenzamos con la magnífica carretera N-623, que sale hacia el norte, buscando el Cantábrico. Afortunadamente la A-67, su hermana pequeña, es una autovía, lo que deja a esta nacional venida a menos, un tráfico prácticamente nulo. Tiene un asfalto no en excesivo buen estado, pero lo bastante para ir cómodamente con la GS. En Escalona nos desviamos por una pequeña carreterita local que discurre junto a un incipiente río Ebro casi en pañales, pero con la suficiente bravura como para formar las magníficas hoces que culminan en la maravillosa localidad de Orbaneja del Castillo. Almenas imposibles cortan su horizonte, de ahí si nombre. Y es que los riscos de caprichosas formas -habías visto antes a dos camellos besándose?- coronan al puñado de casas que rodean la interesante cascada que fluye hasta la misma carretera. Desde luego un acierto planificar por aquí la ruta.

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Seguimos el curso del Ebro hacia el oeste por una carretera ya bastante más bacheada pero muy divertida, tanto por su trazado como por su paisaje, aún cerca del serpenteante río y a caballo entre Cantabria, Burgos y Palencia . Finalmente llegamos a Aguilar de Campoo, donde se inicia la conocida y recomendable Ruta de los Pantanos, en el Parque Natural de Fuentes Carrionas donde, bordeando los semisecos pantanos has de esquivar miles de boñigas de las vacas de grandes cuernos que, junto con los caballos, pacen tranquilamente tanto a los lados como en plena carretera. Mientras, el sol iba saliendo tímidamente a retazos entre la grises nubes y las nevadas montañas palentinas, vecinas de los cercanos Picos de Europa.

20120321-112531.jpgDespués de visitar alguna que otra iglesia románica del norte de la provincia, nos acercamos a Frómista para ver esa Después de visitar alguna que otra iglesia románica del norte de la provincia, nos acercamos a Frómista para ver esa obsoleta maravilla de la ingeniería española que son las exclusas del Canal de Castilla. A pesar de llevar poca agua, los saltos entre los diversos niveles rodeados por paredes ojivales de un tono rojizo, le daban magia al lugar. El relajante sonido del agua, el sol escondiéndose en el horizonte, el olor a tierra húmeda… todo ese encanto hacía que el viaje hasta allí hubiera valido la pena. De camino a Ribas de Campos, ya cerca de la capital, comenzó a llover tímidamente, mientras que el sol seguía iluminando con sus, últimos rayos, inventando un tímido arco iris que dio el broche de oro a los 400 kilómetros de ruta.

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La mañana del domingo amaneció soleada, aunque con pocas ganas de regresar. Aranda de Duero y las tierras vinícolas de la Ribera del Duero nos subieron el ánimo mientras observábamos las enormes extensiones de viñedos que nos rodeaban. Las ya conocidas poblaciones de San Esteban de Gormaz y Burgo de Osma nos vieron pasar buscando otra parada en Almazán y su plaza mayor, para tomar un aperitivo a base de pinchos y hacer menos duro el regreso a Zaragoza y Barcelona. Mientras, allá en lo alto las cigüeñas comienzan a poblar nuestros cielos, a volar pesadamente a nuestro lado, o a mirarnos curiosas desde sus grandes nidos colocados en un equilibrio imposible. La primavera comienza a inundarlo todo con su fragancia fresca. Y como cada año, yo me dejaré conquistar por sus encantos, esos que alimentan mis ansias de aventura.

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