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La aventura de cada fin de semana

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La cuarta entrega del vídeo de la ruta por los Balcanes y el este de Europa. En este capítulo recorremos Rumanía, desde la Transilvania de Dracula hasta las iglesias decoradas de la región Moldava.

En esta nueva entrega del vídeo de la ruta del Retorno al Este comenzamos en el sur de Bulgaria para recorrer sus lugares más interesantes y muchas veces sorprendentes. Posteriormente entramos en Rumanía para recorrer la mítica Transfagarasan Road. Dentro vídeo!

Aquí está la segunda parte del vídeo de la ruta de este verano por Balcanes, Bulgaria y Rumanía. En este capítulo vamos desde Mostar (Bosnia) hasta Sofía, en Rumanía, pasando por el Piva Canyon de Montenegro, Albania, Macedonia y el Monasterio de Rila, ya en Bulgaria.

Pues me he tomado mi tiempo, pero aquí está la primera parte del vídeo de la ruta Retorno al Este que hicimos este verano. En este primer capítulo recorremos el norte de Italia y nos adentramos en los Balcanes por Croacia hasta Mostar. Próximamente los siguientes capítulos.

 

Quizá por lo duro que fue, quizá por haber podido observar paisajes remotos. Sea por lo que sea, este vídeo me emociona. No se si lo habré transmitido, pero al menos lo he intentado. La desconocida Macedonia, el fantástico lago Ohrid, las pistas albanesas casi en el crepúsculo… No te lo pierdas!


La Ruta Balcánica (III). Macedonia y Albania por Dr_Jaus


La Ruta Balcánica (IV). El retorno. por Dr_Jaus

Increíbles paisajes bosnios y montenegrinos. Momentos “sandiriam”, desvíos, pistas… En este vídeo hay de todo. Es el segundo de una serie de -presumiblemente- cuatro vídeos sobre mi viaje a los Balcanes.


La Ruta Balcanica 2 por Dr_Jaus

El viaje hasta los Balcanes pasando por Italia, liándola en la autopista, recorriendo la península de Istria y encontrando valles escondidos en Croacia. Este es el primero de una serie de vídeos que intentan plasmar mi Ruta Balcánica.


La Ruta Balcánica (I) De Barcelona a Croacia por Dr_Jaus

Mil y pico kilómetros de aburrida autopista, de esa que ya te conoces por haberla recorrido cien veces, se supone que dan para reflexionar. Eso pensaba yo esta mañana mientras daba cuenta de la exigua tostada del pobre desayuno. Sería el momento de reflexionar lo vivido y sacar todo el jugo que me ha regalado este viaje.

Pensaba que en estas horas volvería a recordar el intenso azul del Adriático. Sí, ese azul “istriónico” que descubrí los primeros días de viaje. Pero no. Estaba demasiado ocupado en mantenerme a unos legales 130 km/h. No quería sorpresas de último día.

Creí que volvería a notar los fantasmas de la guerra que sentí en mi paso por Bosnia. Sí, esos balazos en cada una de las viejas casas que aún siguen habitadas. Pero tampoco. Estaba demasiado pendiente de no olvidarme de coger ninguno de los tickets de los peajes italianos.

Estaba seguro que recordaría a los niños de la frontera de Kosovo. Sus sonrisas subidos encima de la BMW y cómo desaparecieron mis miedos a cruzar esa frontera. Pero no. Estaba concentrado en pasar entre los coches en los múltiples atascos franceses.

Pensaba que se me saltarían las lágrimas recordando la durísima pista albanesa que me hizo atravesar las montañas y que consiguió que me creyera capaz de todo lo que me propusiese. Pero mi cabeza no podía pensar en otra cosa que en calcular las paradas para repostar.

No dudaba que recordaría el espectacular verde de los lagos de Plitvice, ese que podría catalogarse como uno de los verdes más bonitos que existen. Pero era incapaz de recordarlo mientras veía los restos negruzcos y cenizos del devastador incendio de La Jonquera.

Estaba seguro que me abandonaría a la emoción al entrar en el parking de mi casa, una vez concluida esta fenomenal Ruta Balcánica. Nada de eso. Solamente podía pensar en la ansiada ducha, en preparar la cena y en la fantástica cerveza que me merecía.

Y es que el pasado es eso, pasado. Los recuerdos y las emociones no hay que olvidarlas, sin duda. Pero no para deleitarse con ese rancio recuerdo de un pasado añorado, sino como experiencia y complemento al futuro. Los azules, los fantasmas, los niños, las piedras, o los verdes por supuesto que serán el mejor bagaje posible para disfrutar con más intensidad si cabe del próximo reto. La Ruta Polaca comienza en menos de cuatro días. ¿Te lo vas a perder?

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Llevaba casi quinientos kilómetros de curvas y más curvas por los Dolomitas. El GPS marcaba menos de veinte para el destino, Bérgamo. Pero aún debía superar un puerto más, el Passo Tonale. Se me hacía pesado, pero era un último esfuerzo. Unas cuantas curvas de subida, unos cuantos “tornanti” de bajada y… Bérgamo no aparecía por ningún sitio. Comenzaba a hacerse de noche. Paré en el arcén a intentar entender qué cojones me indicaba el GPS… Ahí no había ningún hotel. De hecho por no haber no había ni ciudad. Introduzco una nueva búsqueda en el aparatito y… Mierda! La indicación era clara: “Hora estimada de llegada: 22:20”. Aún quedan ciento cincuenta kilómetros más para Bérgamo.

Los pocos kilómetros por carreteras secundarias de Eslovenia me supieron a poco. Siempre le había tenido especial manía a las carreteras eslovenas -no a su capital Ljubljana, que me parece preciosa y coqueta-, ya que las dos veces que he cruzado el país he tenido que aguantar caravanas kilométricas. Claro, que era por autopista. Esta vez, al hacerlo por carreteras locales, no pude hacer otra cosa que apuntar Eslovenia en mi lista de “lugares por redescubrir”.

Y por fin, los Dolomitas, una de las asignaturas que aún tenía pendiente. Había visto sus imponentes y afiladas torres rocosas en la distancia varias veces, pero nunca me había aventurado a recorrerlos. Ésta era la ocasión perfecta. Teniendo el modo “distancia más corta” en el GPS te puedes encontrar sorpresas agradables. En uno de esos desvíos a primera vista inútiles, conseguí descubrir una pequeña carreterita a duras penas asfaltada, que ascendía entre montañas y bosques, con “tornanti” imposibles y desniveles de vértigo. Desde ahí se podían disfrutar unas vistas magníficas de los valles vecinos. Al final para volver a la misma carretera por donde iba, pero lo cierto es que fue de lo más gratificante. Para mi. El freno trasero de la BMW igual no opina lo mismo, ya que dejó de funcionar a media bajada, presa de un sobrecalentón momentáneo.

Llegando a Cortina d’Ampezzo el espectáculo visual era indescriptible. Mirara por donde mirara, gigantescas moles de roca caliza ocultaban buena parte del cielo, subiendo en paredes casi verticales hasta casi tocar las nubes. Estaban por todos lados, y la perspectiva iba cambiando a cada giro de la carretera. Era imposible no mirar hacia arriba en lugar de a los magníficos trazados de las carreteras de montaña italianas. Son mucho más brutales que los Alpes, que a pesar de ser también impresionantes, no muestran esa rotundidad y brutalidad hecha roca.

Mi amigo Coco me había recomendado un círculo de puertos de montaña indispensables en los Dolomitas. Desde Arabba a Gardena y vuelta por el otro lado, rodeando el impresionante macizo de Piz Boé, siempre por encima de los 1700 metros de altura. El Passo Campolungo, con sus delicados y suaves “tornanti”; el Gardena, flanqueado a ambos lados por dos gigantescas moles de roca caliza; el más discreto Sella y finalmente el majestuoso Passo Pordoi, con sus veintisiete “tornanti”, muchos de ellos primorosamente enlazados, como haciendo encaje de bolillos. Llevaba ya más de trescientos kilómetros, comenzaba a estar cansado. Pero este recorrido por los Dolomitas había valido la pena. No solamente por la belleza de los trazados, sino por el grandioso espectáculo de sus paisajes.

Y ahí estaba yo, con cara de tonto mirando un GPS que me indicaba que además de lo ya hecho -que era mucho- aún me quedaban dos horas para llegar al hotel. En un momento se esfumaron esos spaghetti alle vongole con esa cerveza bien fría que me venía imaginando desde hacía bastantes curvas: a esas horas es difícil cenar en Italia a no ser que sea en un inapropiado McDonalds. Hoy tocaría acabarse una de las últimas ensaladísimas Isabel y un buen trozo de salami al ajo que compré en Arabba en una cochambrosa habitación de un ruidoso hotel. Porque la tecnología es lo que tiene: es capaz de regalarte rutas alucinantes imposibles de planificar, y también capaz de aguarte la cena. Ay, ¡cómo echo de menos mi roadbook! Pero hacer las cosas sin planificar es lo que tiene. Sobre todo cuando no le haces caso al mensaje “error al calcular la ruta” que salió por la mañana en el GPS. Han sido más de seiscientos kilómetros de curvas y casi once horas en marcha encima de la moto. Pero como ya sabéis, de cosas como ésta se forja la aventura.

 

 

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Me levanté encima de los estribos de la moto. Las curvas se sucedían una tras otra con una armonía asombrosa. Con un solo gesto, la GS bailaba entre cada ápice. Ni muy lento ni muy rápido, justo como se tienen que hacer las cosas. Con ritmo. Tras los baches y pistas del inframundo europeo, volvía a disfrutar de una carretera. Sonreía. De pronto me encontré bailando y cantando la canción que en ese momento sonaba en mi casco. Bruce Springsteen. Born to Run!

Por la mañana amaneció cubierto. Pero al menos no llovía. Se había pasado toda la noche diluviando, y ya me veía sin ver los lagos de Plitvice. Así que me apresuré en empaquetarlo todo y salir del hotel. De camino, incluso salió tímidamente el sol. Los lagos de Plitvice son espectaculares. Tienen todo el catálogo de verdes que existe -o casi-, por lo que podrían estar ubicados perfectamente en la selva de Irati. No en vano está rodeado de extensos hayedos. Son varios lagos interconectados por pequeños saltos de agua. Pero a decir verdad, no creo que valga la pena perder las siete horas del recorrido largo. Incluso las tres horas que pasé yo me parecieron excesivas. Pero sí, que están muy bien.

Nada más ponerme el casco en el aparcamiento, comenzó a caer una lluvia casi torrencial, así que vuelta a poner los goretex (esta vez ya llevaba el de los pantalones, que lo veía venir…). En unos pocos kilómetros paró de llover, ya definitivamente. En Karlovag volví a ver cicatrices de guerra. Es difícil verlas en Croacia, pero multitud de edificios mostraban sus heridas aún abiertas. Incluso en un pueblo cercano tenían montado un museo, con unos cuantos tanques y un par de cazas.

Siguiendo las indicaciones del GPS con el método “ruta más corta”, me encontré de bruces con la frontera eslovena, al cruzar un puente. Pero no me dejaron pasar. Por español. Se ve que esa frontera solamente era transitable por los locales. Y es que era prácticamente un camino de carro. Tras dar un pequeño rodeo, entré de manera satisfactoria en Eslovenia. A partir de ahí, las carreteras secundarias se movían sinuosamente entre colinas de verdes pastos y de maizales. Al principio me costó encontrarle el ritmo, supongo que porque buscaba inconscientemente los socavones y las piedras, pero en realidad el asfalto era sorprendentemente liso. Hasta los cinco o seis kilómetros de pista era lisa y sin baches, atravesando oscuros y espesos bosques que filtraban una luz verdosa casi fantasmal.

Y final de ruta en el lago Bled. Lo confieso, fue un cambio de planes inesperado, tras ver una foto de Tomás Paz. Otro lago mítico, en otro país. Que antes era el mismo, si. Pero de todos los países de la antigua Yugoslavia, Eslovenia es el más diferente. Muchos más eslavos, ellos. El lago es una preciosidad, con su isla en el centro y su castillo en uno de los riscos. Mucho turismo, generalmente local, pero amable. Me alojé en una de las poblaciones cercanas, Radovljica, con esas calles llenas de casas antiguas, acicaladas con geranios en sus balcones y con las fachadas primorosamente pintadas. En definitiva, he vuelto a Europa.

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