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La aventura de cada fin de semana

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Faltaban pocos kilómetros para nuestro destino. Atrás quedaron los más de quinientos cincuenta que llevábamos. Grandes y negruzcos nubarrones tapaban casi todo el cielo, allá donde se suponía que estaba Gdansk. De repente, Belén señaló a lo lejos, por nuestra izquierda. El sol salió por un pequeño resquicio que quedaba entre las nubes y el horizonte bañándolo todo con su luz rojiza. Las nubes se tornaron de mil colores que iban desde el anaranjado hasta el malva más intenso. A pesar de que comenzaban a caer los primeros goterones sonreí dentro del casco. ¿Acaso alguien osaría preguntarme por qué me gusta ir en moto? Está claro. Por momentos como ese.

¡Qué grande es Berlín! Llevábamos más de quince kilómetros de ruta y aún seguíamos viendo enormes bloques de pisos al más puro estilo soviético. Decidimos ir por carretera, para saborear más la vida del país. Alrededor de ellas es donde se teje el día a día de un pueblo. Gente que va y viene, campos, comercios… La autopista solamente te teletransporta dejándote en otro lugar muy diferente al de partida, casi sin transiciones. La carretera es un degradado en si misma. Los paisajes, las personas, las casas y las costumbres van cambiando tan poco a poco que a veces resulta imperceptible.

Entrar en Polonia fue un visto y no visto. Cosas de la comunidad europea. Lo que cambió radicalmente fue el comportamiento de los conductores. Los mismos que pocos kilómetros antes se esmeraban por llevar la velocidad correcta, ahora parecían desbocados, persiguiendo vete a saber qué. Polonia comenzaba con un intenso olor a pino. Atravesamos espesos y oscuros bosques donde los vendedores de setas y las putas exhibían su mercancía uno detrás de otro. Mientras, en el asfalto comenzaban las típicas roderas de los camiones. Primero eran tímidas, pero se fueron mostrando cada vez más pronunciadas conforme nos íbamos adentrando en el país.

Llegamos a Poznan al mediodía. Nos recibieron las calles casi desiertas y un viento fuerte. Aprovechamos para comer allí y descansar un poco. Quizá descansamos demasiado, pero hora y media después proseguimos camino entre pequeños pueblos, curiosos molinos de madera y más camiones y camiones. Polonia es el país de los camiones.

La conducción por carretera obligaba a estar alerta. No solamente para adelantar a los abundantes trailers, sino para esquivar a los coches que venían de frente adelantando sin ningún miramiento. Nadie respeta los límites de velocidad -a veces ni los propios camiones-, los conductores se ríen de los tristes radares que parecen muertos, y los camiones van a la suya perpetuando las ya profundas roderas de la carretera.

Torun, ciudad natal de Copérnico -sí, el que puso a la Tierra en su sitio alrededor del Sol- fue la siguiente parada. Precioso centro histórico peatonal, con múltiples edificos de ladrillo visto, a juego con la catedral. Se respiraba tranquilidad por sus calles, todo lo contrario de lo que encontramos en las carreteras. Parecía un mundo aparte. Estábamos ya algo cansados, no en vano llevábamos ya más de cuatrocientos kilómetros. De repente, apareció una autopista como de la nada. No salía ni en el GPS ni en nuestro mapa Michelin. Pero ahí estaba, con un enorme cartel -en Polonia los carteles son gigantescos, desmesurados- que ponía “Gdansk”. En ese momento, necesitábamos un teletransporte, así que nos metimos de cabeza.

Ciento cincuenta kilómetros después, y mientras el sol se despedía por nuestra izquierda con toda una gama cromática, comenzaba a llover. Afortunadamente fueron solo cuatro gotas, lo justo para mojar el asfalto. Y llegamos a Gdansk. Solo faltaba buscar el hotel y salir a cenar. Demasiado tarde para andar con visitas culturales. Eso ya lo dejaremos para mañana.

Me encantan las puestas de sol. Cada día son diferentes, siempre impresionantes. No hace falta recorrer cuatro mil kilómetros para darse cuenta de ello, solo tienes que abrir una de esas ventanas que a veces cierras sin darte cuenta y mirar. Pero me fascina estar tan lejos de casa y ver ese mismo sol hacer de las suyas pintando las nubes. Hace que me sienta pequeño. Seguramente Copérnico se sintió igual al descubrir que no somos el centro del Universo. Pero cuando veo esos colores tan sorprendentes, siento que al menos en ese instante, estoy en el mismísimo centro.

Lo había completado. No recuerdo si fue mi primer puzzle de quinientas piezas, es que ya hace más de treinta años. Pero aquellas dos torres de oscuro y viejo ladrillo, con sus dos imponentes caperuzas negras y sus jardines de un verde impactante me habían encantado desde que coloqué la primera pieza. Nunca recordé de dónde era esa imagen. Hasta que vi una foto hace unas semanas, preparando este viaje. No podía dejar de pasar por ahí!

Llovía en Hamburgo. Las calles estaban mojadas. Me gusta verlas así. Por suerte, al lado del hotel había una especie de pastelería turca donde servían desayunos. Delicioso. Mientras afuera dejó de llover. El primer destino era Lübeck, donde teníamos que haber dormido esa noche, pero preferimos cenar con Coco, aunque eso implicara acostarse a altas horas de la noche.

No voy a volver a explicar la conducción en las autopistas alemanas, ya lo hice en mi primer viaje. Pero será un shock volver a sufrir las autopistas españolas, seguro. La entrada en Lübeck nos deparó una gran caravana, donde con dificultad podía sortear el tráfico con las maletas. Con paciencia, llegamos al centro. Y ahí estaba. La puerta de Holsten en todo su esplendor. Más de treinta años sin verla. Aunque en realidad no la había visto nunca, solamente era un puzzle. Ahí estaba con sus rechonchas torres, su esbelto tejado, sus ladrillos oscuros y sus formas apoltronadas, como en mi puzzle.

Después de una corta vuelta por la ciudad, nos dirigimos hacia Berlín, también por autopista. Preferimos llegar pronto y poder visitar la ciudad. La diferencia de hacer turismo urbano en moto es que todo queda cerca. Lo que en otro viaje te puede costar dos o tres días, aquí lo puedes hacer en una tarde. Lo que queda del muro, Alexanderplatz, Postdammerplatz, la Puerta de Brandenburgo… Uno tras otro recorrimos los sitios emblemáticos de la ciudad hasta la hora de cenar. Antes, tuvimos una amigable charla con la policía, que nos paró para pedir documentación y para avisarnos que quizá las sandalias de Belén no eran aptas para ir en moto… Aish, como en casa, pensé.

De cena, hoy tocaba un brastwurst. Y una cerveza, por supuesto -aunque fuera austríaca-. La vida nocturna de Berlín es famosa en el mundo entero, aunque sea lunes. De camino al hotel, pudimos comprobarlo. Pero -como en todos lados, supongo- va por zonas. Podías pasar por barrios absolutamente desiertos a las nueve de la noche, pasar una calle y meterte casi en el carnaval de Río. La ciudad me pareció enorme, las calles no acababan nunca. Nuestro hotel, a pesar de estar en un edificio moderno, está situado en una zona del antiguo Berlín democrático, con bloques de pisos al estilo soviético, monótonos, funcionales y estéticamente simples.

Berlín es una ciudad apasionante, tanto por su belleza arquitectónica como por su historia reciente. Historia que parece pasado pero que aún se respira al visitarla. Lo difícil es asumirla, integrarla y mostrarla al visitante sin temores. Y creo que Berlín lo hace. Combina trozos de muro aún en pie con modernos edificios de cristal, los simpáticos semáforos de peatones con tiendas de Lego, o imponentes edificios de la época comunista con los antiguos palacios imperiales. Como piezas de un puzzle, se van colocando una tras otra. El puzzle de la historia vuelve al pasado, recoge las piezas necesarias y conforma una nueva realidad. Como yo con mi puzzle. Ahora se que era Lübeck. Tras treinta años, seguía igual. De hecho sigue igual desde el siglo XV. Y eso, qué queréis que os diga… me da envidia. Solo espero el momento de coger otra pieza del puzzle de la historia y volverlo al presente. Conquistando ciudades, componiendo los puzzles del pasado.

Hoy el día debería haber sido genial. Y puede que lo fuera. Pero en realidad no tengo ganas de contarlo. No tengo ganas de recordar que esta mañana llovía y que la vista del lago cercano a Amsterdam me daba una tranquilidad casi irreal. No quiero recordar que luego dejó de llover y que incluso salió el sol.

No me apetece pensar en las carreteras holandesas, todas rectas y casi sin tráfico. Holanda es un país de rectas. Rectas en los canales, en las carreteras y en las autopistas. No viene a cuento decir que continuamos fisgoneando en las casas a través de sus enormes ventanales. Casas acogedoras, espaciosas y familiares.

No quiero acordarme de la entrada en Alemania, donde todo cambió en un segundo. Las rectas se tornaron curvas, los pastos campos de cereales y los jardines simples patios. No quiero pensar en las autopistas alemanas, continuamente en obras y con limites de velocidad de 80km/h.

No me gusta pensar el lo relajado que parecía Bremen ese domingo. Ni tampoco en sus tejados de cobre verde que brillaban al sol del mediodía. No tengo ganas de acordarme de las veces que me preguntaron por la moto, de dónde veníamos y hacia dónde íbamos, a pesar de que la BMW había vuelto a su país natal.

Tampoco me apetece contaros el inolvidable encuentro con Coco en Hamburgo. Ni el paseo por el lago, ni la suculenta cena ni las cervezas en compañía de una agradable charla. No tengo ganas de contaros que somos una gran familia y que hacemos por vernos allá donde tengamos ocasión.

Y es que hoy me enteré de lo de JC Nokalkorretant. La pérdida de uno de los nuestros te hace poner los pies en el suelo y darte cuenta de que lo que hacemos es peligroso. La muerte acecha detrás de cada guardarrail. Mañana podría ser yo, es cierto. Viajar en moto es sublime, si. Te da vida. Y también te la puede quitar. Pero quizá en ese riesgo está parte de su placer. No por ser peligroso vamos a dejar de montar en moto. Seguro que a Juan Carlos no les gustaría que dejáramos de hacerlo. Mañana me levantaré, me vestiré de motero, me pondré el casco, miraré al cielo y sonreiré. Porque allá arriba tenemos un ángel más que vela por nosotros. Un ángel que nos hace ráfagas para que veamos el camino con claridad. Y mañana seguiremos disfrutando a pesar del dolor. Va por ti, Juan Carlos. Contrastes.

Nunca hubiera pensado que cupieran tantas personas en esa estrecha calle. Incluso allí en medio de todos parecía que me faltaba el aire. Se avanzaba muy lentamente y no quería soltar la mano de Belén. Perdernos hubiese sido fatal. Miré hacia arriba. Una ristra de globos rosas engalanaba la calle de lado a lado. La música retumbaba en todo mi cuerpo mientras la gente bailaba. Por el canal desfilaban barcazas con banderas, globos o espumillones. Estábamos en pleno centro del desfile del orgullo gay en Amsterdam.

Me desperecé y abrí un poco la persiana del hotel de Amberes. Había salido el sol! Lo echaba de menos. Las cosas siempre parecen más bellas en los días soleados. Lo primero es buscar un lugar para desayunar. En las inmediaciones encontramos un bar de esos de gente ruda. Unos cuantas personas vestidas con el mono de trabajo estaban desayunando. Posiblemente trabajaran en los astilleros cercanos. Después de un café nos pusimos en marcha hacia Amsterdam. La tirada no es larga, así que programé el GPS para evitar autopistas y escogí la ruta más corta.

Salimos de Amberes por uno de sus exclusivos barrios residenciales. Durante unos cuantos kilómetros estupendas mansiones se disponían a ambos lados de la acogedora calle adoquinada. Todas ellas con jardines exquisitamente cuidados y grandes ventanales para aprovechar la poca luz del invierno. No negaré que me dio cierta envidia.

Entrar en otro país sin que haya una frontera y no tener que enseñar el pasaporte o el seguro de la moto me sabe a poco. Pues así entramos en Holanda. No cambió nada, solamente la matrícula de los coches. Seguíamos detectando una gran calidad de vida. Carriles bici por todos lados, carreteras que no invitaban a correr sino a pasear escuchando el ronroneo de la BMW. Breda fue la primera parada. La imponente catedral está situada en medio de las callejuelas, sin un espacio abierto para poderla contemplar. Dimos un pequeño paseo y continuamos ruta hacia Amsterdam.

Desde Rotterdam hasta la capital parece que los pueblos se sucedan uno tras otro sin solución de continuidad. Larguísimos canales acompañaban a las carreteras y a los sempiternos carriles bici. Y casi -casi- sin quererlo, llegamos a Shipol, el aeropuerto de Amsterdam, donde aprovechamos para comer contemplando los aviones y degustando del perfume a queroseno entre la hierba y los canales.

El hotel estaba situado en un pequeño pueblo de pescadores, a pocos kilómetros de Amsterdam. Una ducha reparadora y estábamos ya dispuestos para sumergirnos en las callejuelas y canales de la capital holandesa. Fue un verdadero caos intentar circular por las estrechas callejuelas sorteando peatones, bicicletas y tranvías. Una vez situados en el centro, dimos un paseo sin rumbo fijo, dejándonos llevar por la marea de gente que acudía a ver la cabalgata del día del orgullo gay. En algunos momentos resultó agobiante intentar andar entre la gente, demasiado ebria para ser las seis de la tarde. Al desviarnos por una callejuela para evitar la aglomeración, diversas luces rojas nos indicaban que habíamos entrado en pleno barrio rojo. A pesar de lo temprano de la hora, algunas chicas se exhibían tras los escaparates esperando clientes.

Hoy es el cuarto día de viaje. Los lectores asiduos sabrán que para mi el peor día de ruta es el cuarto. Aparece el cansancio acumulado, y aún no se ha instaurado la rutina del viaje. Pero se que a partir de hoy la cosa cambiará y disfrutaremos más si cabe de este viaje que nos ha de dar energía suficiente para once meses. Hoy no tengo wifi. Casi lo prefiero. No tengo ganas ni de escribir, es el cuarto día. Aunque solo he de esperar. Mañana todo será genial. Como siempre.

Llovía. Ya menos, pero seguía lloviendo al entrar en la ciudad. De pronto, giré a la derecha, un poco por instinto. No recuerdo si había una señal de circulación prohibida, pero podía ser. La calle era de adoquines y con vías de tranvía, algo peligroso para ir en moto bajo la lluvia. De pronto, al subir un pequeño repechón lo sentí. Algo me subía por el pecho hasta atenazarme la garganta. El pulso y la respiración aumentaron. Sonreí. Un nuevo síndrome de Stendhal. Esta vez en Gante.

No hay nada mejor que comenzar el día subiendo los casi cien metros de los acantilados de Étretat. La vista desde lo más alto de esas paredes de roca blanca, con los arcos de piedra de equilibro casi imposible era el mejor inicio de jornada. Tras un ligero desayuno, enfilamos las coquetas carreteras de la campiña normanda hacia Fécamp, plagado de palacetes y casas señoriales de un neogótico recargado a la par que elegante.

Los primeros ciento cincuenta kilómetros por esas carreteras fueron más lento de lo esperado. Las rotondas, ese invento francés del demonio situado cada pocos cientos de metros, hacían imposible llevar un ritmo ligero. Añoraba las autopistas, con sus tres carriles, sus largas rectas y esa sensación de devorar kilómetros rápidamente. No lo pensé dos veces. A pocos kilómetros de Calais nos metimos en la autopista. Quería tener tiempo para disfrutar de las ciudades belgas que configuraban el menú del día.

Como no podía ser de otra manera, al cabo de poco rato comencé a añorar las carreteras, con sus suaves curvas, sus paisajes y su tranquilidad. Y el GPS así pareció entenderlo, porque sin comerlo ni beberlo nos sacó de ella en Dunkerque. Y así, casi de puntillas entramos en Bélgica. Pequeñas carreteras locales, bordeando canales y con el asfalto mojado. Nos dirigíamos al centro de la tormenta, pero las primeras gotas ya comenzaban a caer.

Y así entramos en Brujas, lloviendo sobre sus adoquinadas y encantadoras calles. Afortunadamente, la tormenta nos dio una tregua para visitar rápidamente la ciudad. Brujas son las imponentes iglesias con altísimos y recargados campanarios construidos con ladrillos. Son los cientos -miles- de chocolaterías de lujo que ocupaban los bajos de espléndidas casitas del siglo XVII. Son los coquetos canales adornados con flores que te salían al paso al cruzar cualquier esquina.

No teníamos mucho tiempo más, así que continuamos camino -esta vez por autopista- hasta Gante, nuevamente bajo la lluvia. Los belgas conducen fatal, casi tanto como los españoles. Lo de circular por la derecha tampoco va con ellos. Además circulan rápido, cambiándose de carril sin ton ni son y casi sin señalizar. Tocaba aumentar precauciones y no correr. Sobre todo porque en ningún lugar vi la limitación de velocidad en la autopista. ¿110? ¿120? ¿130? Ni idea.

Gante sorprende. Cuando no te lo esperas, la belleza te abofetea sin piedad, te da en toda la cara reclamando tu atención. Eso es lo que pasó en Gante al subir ese puente de adoquines sobre el canal. A nuestra derecha, la impresionante iglesia de San Miguel. Al frente, la torre del reloj. Más allá, otra iglesia, la de San Nicolás. Todo ello atravesado por un apacible canal con las típicas antiguas casas de ladrillo. La visión es tan apabullante que no sabes hacia dónde dirigir la mirada.

Pocos kilómetros después se encontraba Amberes, punto final de la ruta de hoy. El campanario de la catedral, con su reloj en un estridente dorado, sobresalía entre los tejados de la infinidad de casitas de ladrillo que configuran la gran plaza. El ayuntamiento ondeaba cientos de banderas en su fachada, que bailaban al son de un viento que había alejado la tormenta. Al final, y debido a problemas con el horario de cierre y por no saber mucho del idioma flamenco, acabamos cenando musaka en un agradable restaurante griego de la ciudad.

En los múltiples lugares de interés de la ruta de hoy, los habitantes locales miraban casi con aburrimiento aquellas cosas que a nosotros nos maravillaban. Algo así me pasaba a mi durante los más de treinta años que viví muy cerca de la Sagrada Familia de Barcelona. El viajero viaja para disfrutar de cosas desconocidas, y no necesariamente bellas. Lo bello pero conocido al final se convierte en normal. Lo desconocido siempre es extraordinario. El viajero que busque solamente lo bello se convierte fácilmente en turista. El viajero que busque y se sorprenda con lo desconocido tiene todos las papeletas de convertirse en explorador. Lo mejor de todo es que mañana comenzará un nuevo día repleto de rincones desconocidos.

Podía oír mi respiración amplificada dentro del casco. Andando detrás de Belén, ambos vestidos de motorista y con el casco puesto deberíamos causar una interesante impresión a la gente que nos rodeaba. Pero lo cierto es que nadie nos miraba. No suelo andar así vestido, pero la ocasión lo requería. En ese momento la tormenta descargaba con mucha fuerza, y era la mejor manera de refugiarse de ella. Levanté la vista buscando algún sitio donde guarecernos, pero lo único que vi era hierba mojada. Una gran explanada de hierba con infinidad de cruces de mármol blanco puestas en línea con una precisión obsesiva. Estaba diluviando en el cementerio americano de Normandía.

Las obras nos impidieron salir de Nantes con rapidez. Una y otra vez jugábamos al gato y al ratón con los desvíos, que aparecían y desaparecían a la que menos te lo esperabas. Este juego del escondite nos permitió ver la catedral y el castillo, que la noche anterior se nos mostraron esquivos. Finalmente pudimos salir hacia Rennes por autovía. Y de allí hasta el Mont Saint Michel.

La abadía sigue ahí, como flotando en medio de la nada desde hace siglos. Los enormes parkings impedían acercarse al camino de acceso para tomar la pertinente foto, pero un escondido acceso a unas obras nos solucionó la papeleta. La ruta seguía hacia Normandía, pasando por carreteras olvidadas que enlazaban pueblecitos limpios, antiguos, cuidados y coloristas. Las casas de piedra con los porticones primorosamente pintados de colores, o la infinidad de hortensias, geranios y otras flores le daban un toque acogedor a los pequeños pueblos de la campiña francesa.

Desde la mañana las nubes amenazaban con descargar. Y así lo hicieron de manera intermitente. No tuvimos más remedio que ser los espectadores de excepción de ese juego caprichoso que se llevaban la lluvia y el sol, ahora mojando los campos, ahora iluminándolos para que luzcan resplandecientes. Y el arco iris, que aparecía y desaparecía siguiéndonos al lado camino de las costas de Normandía. Parecía tan cercano… En algunos momentos me pareció verlo delante de alguno de los bosques que recortaban el horizonte, casi al alcance de la mano.

Omaha Beach, la playa más famosa del desembarco de Normandía, se encontraba en marea baja. La gran extensión de fina arena albergaba a algunos niños jugando a volar cometas o hacer castillos. Nada de sombrillas, chiringuitos o tufillo a crema solar. Sí, ya se que el día no acompañaba a ir a la playa, pero me pareció respirar un aroma a profundo respeto por lo que allí aconteció.

Entrando en el cementerio americano comenzó a diluviar. Paseamos en silencio bordeando las miles de cruces de mármol blanco mientras la lluvia lo empapaba todo una vez más. Las cruces de los vencedores. Triste balance. Haciendo algunas fotos, buscando la simetría cambiante de las hileras de lápidas, me di cuenta que no estaba asociando cada una de ellas con una historia, una vida y una familia destrozada. Quizá el lugar es demasiado bonito. O quizá me estaba quedando en lo superficial una vez más.

Atravesamos el espectacular Puente de Normandía para llegar a Le Havre. Colosal, moderno y casi hipnotizador, cuando los tirantes de acero fueron pasando por la derecha y por la izquierda, de manera rítmica, acompasada y casi relajante. Seguía lloviendo.

Y finalmente llegamos a Etretat. Como dijo Belén, abrimos las páginas de un cuento y nos metimos en él. Casitas de madera, algunas con vigas vistas, otras con tejados de madera,… todas con encanto. El cuento de hadas continuó cuando llegamos a la playa y vimos sus espectaculares acantilados blancos. El sol se escondía tras las nubes dejando regueros escarlatas que teñían el horizonte. Las gaviotas graznaban a nuestro alrededor mientras se acercaba la hora de la cena. Una cena con sabor a mejillones y crepes.

Hoy me he dado cuenta de una cosa. A pesar del frío, la lluvia o mil incomodidades, si tienes paciencia acaba saliendo un arco iris o una inolvidable puesta de sol. A pesar de recorrer miles de kilómetros para buscarlos, los arco iris están mucho más cerca de lo que parece. Incluso a veces, están siempre a tu lado.

Polonia 02


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853………. 854………. 855………. Los kilómetros avanzaban con una lentitud exasperante. En ese momento me preguntaba por qué extraña y estúpida razón el primer día de ruta me daba por planificar semejante kilometrada. Seguramente porque de las tres premisas olímpicas -más alto, más fuerte, más lejos- a mi siempre me ha gustado la última. Comenzaba a estar cansado y aún quedaban unos cincuenta kilómetros para acabar la jornada. Y entonces, se puso a llover.

Salir de Zaragoza le dio un aire nuevo a las rutas. A pesar de que los primeros setecientos kilómetros transcurrieron por autopista, los paisajes eran diferentes a las acostumbrados. Pudimos observar en Tudela los molinos de viento prácticamente aún dormidos mientras la escasa brisa les soplaba suavemente para despertarlos. Y al altivo Moncayo desperezándose entre la neblina matinal mientras enfilábamos ya el norte, camino de San Sebastián. Nos divertimos en una autopista loca que sorteaba como podía los montes vascos, siempre misteriosos.

Ya en Francia nos esperaban los viñedos de las ilustres zonas de Bordeaux y Cognac en miles de hileras verdes con los racimos ya madurándose al sol del verano. Y así transcurrió el día hasta llegar a La Rochelle. Su elegante puerto viejo se mostraba vivo y lleno de gente que paseaba entre las embarcaciones de recreo. Al fondo destacaban las dos enormes torres de piedra que vigilan desde hace siglos la entrada del muelle. Después de estirar un poco las piernas con un pequeño paseo, intentamos localizar la antigua base de submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Pudimos ver el edificio gris y envejecido desde lejos, pero fue imposible acercarse más debido a que las múltiples entradas al puerto comercial tenían el paso prohibido. Así que finalmente desistimos y nos adentramos en el cercano Marais Poitevin, una suerte de laberinto de canales donde las barcas a remo se adentran entre los bosques o cruzan los pequeños pueblecitos franceses.

Nos íbamos acercando a Nantes por carreteras locales, atravesando pequeñas localidades que parecían recién liberadas por las tropas aliadas: las casas con fachadas de piedra, persianas de colores y cientos de flores por todos lados. Esperaba que en cualquier momento apareciera un soldado americano alertándome de la presencia de un batallón alemán en las proximidades. El tañer de las campanas de las iglesias que tocaban lánguidamente las horas me sacó de mi fantasía. La séptima campanada nos indicaba que la primera tarde de agosto se estaba agotando. El cielo llevaba horas de un plomizo de esos que no presagia nada bueno, pero se mantenía sereno. Ya llevábamos muchos kilómetros y muchas horas como para poder disfrutar de los juegos de luces que provocaban diversos jirones en las nubes. De pronto se ponía a llover como salía el sol dejando un intenso color vede flúor en los campos de cereales, y un desenfadado amarillo en los de girasoles. Incluso se atrevió a salir algún tímido arco iris. Pero a Nantes parecía costarle llegar.

Curiosamente inicio todas las rutas con una gran kilometrada. Sí, la excusa es que estás descansado y todo eso. Pero ahora pienso en que existe otro motivo oculto. Las ganas de alejarse de casa. Las ganas de encontrarse con paisajes diferentes, extraños y sorprendentes lo antes posible. Las ganas de decir que ya estás lejos. Las ansias de aventura.

Polonia 01


EveryTrail – Find trail maps for California and beyond

Ya es momento de decidirnos. Queda poco menos de un mes y hasta hace pocos días no tenía claro ni las fechas ni el destino de este año. Pero este fin de semana nos hemos puesto las pilas y ya tenemos el esqueleto de lo que serán las dos (sí, dos!!) rutas de este año. Comencemos por el principio.

1. La ruta de los Balcanes.

Ya estuvimos el año pasado, camino de Estambul y nos encantó tanto los paisajes como el viaje en el tiempo que supone meterse en Albania o en determinadas zonas de Bosnia. Paladear la guerra cercana y luchar contra sus carreteras y caminos imposibles. Esta vez iré solo, ida y vuelta en 15 días.

2. La Ruta Polaca

Este es el plato fuerte después del aperitivo balcánico. Belén y yo recorreremos en moto el norte de la Europa no escandinava, pasando por escenarios importantes relacionados con la II Guerra Mundial. Polonia es el destino final, pero la vuelta por la ruta conocida como la Romantische Strasse en Alemania será la guinda.

Como siempre, la publicación del post con fotos y crónica será diario, casi “en directo”. Así que no os lo perdáis. En vuestras pantallas a partir del 14 de Julio!