TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

Browsing Posts in RutaPolaca

Segunda y última entrega del vídeo de La Ruta Polaca. Desde Varsovia, pasando por Praga y la Romantische Strasse alemana, atravesamos los Alpes por su puerto más salvaje y volvimos al Mediterráneo. Diez minutos de buena música amenizando nuestros recuerdos de ese fantástico viaje.


LaRutaPolaca 2 por Dr_Jaus

Se hizo esperar pero ya está aquí. Para los que esperan a la película en lugar de leer el libro, para los que ya no se acuerdan del viaje, para los que les gusta recordarlo… Aquí está la primera parte del vídeo del viaje a Polonia. De Zaragoza a Varsovia.


LaRutaPolaca 1 por Dr_Jaus

Click! Un leve giro a la llave de contacto y el motor de la BMW dejó de ronronear. Silencio, solamente ese lejano pitido que se te queda en los oídos tras unas cuantas horas en moto. El cuadro de mandos se apagó y me pareció ver cómo la GS cerraba los ojos para descansar. Habíamos llegado a casa.

Rutinas. Esta mañana fue la última vez que cargábamos el equipaje en la moto. No hacía falta decir nada. Los dos sabíamos qué había que hacer y en qué orden. Como en la natación sincronizada, mientras uno ataba el pulpo el otro cerraba la maleta. Un acto que los primeros días nos llevaba cierto tiempo ahora lo acabábamos en minutos. Cerré con llave la última maleta sabiendo que la próxima vez que la abriera la Ruta Polaca habría finalizado.

Los kilómetros iban pasando e intentaba no aburrirme con algún tonto pasatiempo como mirar las matrículas de los coches que iban a nuestro lado. Alemania, Bélgica, Polonia, Holanda… Sonreí. Habíamos pasado por todos esos países. Ya los tenemos casi todos… También jugué a los colores, como suele hacer Belén. Recuerdo el blanco de los acantilados de Etretat, el verde de los pastos del Tirol, el azul del Lago di Como, el rojo de las montañas de las Gorges de Daluis, el amarillo de los campos de girasoles polacos y también el negro del alma de Auschwitz. Ese es el arco iris que me llevo de esta ruta.

Rutinas. Paramos a comer un crepe en Colliure, como solemos hacer siempre que podemos al acabar una gran ruta. Es otra de nuestras rutinas y me encanta. Es el parón que necesitamos para cambiar el chip. Desde allí solo nos queda hora y media y todo habrá acabado. Es el último respiro.

La moto reposa ya en el parking, casi con lo ojos cerrados. En un mes la he llevado por sitios alucinantes, la he metido por caminos ponzoñosos, la he exprimido en autopistas alemanas y he hecho que bailara en miles de tornantis italianos. Y no se ha quejado ni una sola vez. Esta noche tiene el descanso merecido. Mañana por la mañana volveremos a la rutina. Pero algo será diferente. La arrancaré para irme a trabajar y comenzará una nueva aventura. Porque la aventura no hay que ir a buscarla. La aventura es una actitud que se encuentra día a día.

Muchísimas gracias a todos.

Roca rojiza a la derecha. Un precipicio descomunal a la izquierda. Una estrecha carretera al frente. No para correr, no es éste el lugar para ello. De pronto, el asfalto se bifurca, y nuestro carril se introduce en las entrañas de la montaña por un angosto y oscuro túnel, mientras que el carril contrario rodea el peñasco perfilando milimétricamente el barranco. Son las Gorges de Daluis.

Eran más de las once de la mañana y aún no habíamos cargado la moto. Es lo que tiene improvisar la ruta del día. Habíamos cambiado el retorno a casa por un día más de nuestra particular aventura. Nos apetecía pasar por algunas carreteras de la Provenza francesa que ya conocíamos, así que alargamos el regreso. Pero un regreso sigue siendo triste, a pesar de llevar días intentando mentalizarme de lo contrario. Supongo que por eso remoloneaba tanto a la hora de partir.

En realidad, los primeros doscientos kilómetros de autopista se pasaron volando. Fue un visto y no visto. Luego vino una carretera con tráfico y sin ningún interés hasta llegar a Demonte . A partir de allí la carretera se encabrita con curvas rapidísimas y ciegas, de esas que ponen a prueba el valor. Durante un tiempo llevé yo el ritmo, pero finalmente preferí que otros moteros locales con más conocimiento de la ruta y menos peso en la moto se pusieran delante.

De camino a Francia la carretera es estrecha, de esas que no caben dos GS con maletas. Tornantis ajustados nos iban subiendo por la falda de la imponente montaña mientas el valle se iba abriendo lentamente a nuestro paso. 1800… 1900… 2000 metros de altura y seguíamos subiendo. Allí encontré otro de mis valles escondidos. Enorme, lleno de pastos, de abetos y de riachuelos que saltaban entre las rocas. Y al final, un lago tranquilo y coqueto donde parar a descansar unos minutos. Luego la bajada hacia Isola, ya en Francia. Se acabaron los tornanti y las chorradas. Ahora tocaban curvas enlazadas, bonitas y amables, de esas que adivinas cómo va a ser la siguiente. Si ayer bailamos vals y rock and roll, hoy tocaba una buena sesión de jazz! Con las de hoy, a buen seguro completé todos los cromos de mi álbum de curvas.

En el parque de Mercantour seguimos haciendo curvas de todo tipo a un ritmo bastante rápido. Comenzamos a subir montañas de un rojo imposible hasta llegar a Guillaumes. Estaban en fiestas, banda de música incluida. Lo que buscábamos era una gasolinera, ya que habíamos llegado hasta allí casi secos. Finalmente encontramos el pequeño surtidor, lo teníamos enfrente de nuestras narices y no habíamos reparado en ella. Desde allí bajaríamos por las maravillosas Gorges de Daluis.

Quien no conozca las Gorges de Daluis ha de ir a recorrerlas en moto. Junto con las de Verdon y otras carreteras de la zona, son de lo mejorcito que he recorrido. Asfalto impecable, buenas vistas y trazados perfectos. Pero las de Daluis no son para correr. Son para contemplar. Piedra roja, gargantas angostas e inverosímiles, estrechos túneles y precipicios de vértigo. Cada curva, cada salida del túnel hace que una cara de sorpresa se dibuje en tu rostro. Y eso que ya las recorrimos en un viaje anterior muy especial…

Luego volvieron las carreteras para disfrutar, enlazar curvas y sentir cómo la GS hace al instante lo que le ordenas, a pesar de los muchos kilos de equipaje. Insinuar un cambio de trayectoria significa una respuesta segura y automática. Sin duda, es la máquina perfecta para disfrutar de las maravillosas carreteras de la Provenza francesa. Me fascina que sea la misma moto que me sacaba hace apenas unas semanas de las más infectas pistas de piedras de Albania. Sí, me gusta mi BMW, qué le voy a hacer!

Finalmente los quinientos kilómetros del día comenzaron a pasar factura, y durante la última hora, con un asfalto ya bastante peor, solo pensábamos en sobrevivir más que en disfrutar. Botes, rebotes y el sol de frente. Ese era el escenario. Los campos de lavanda a la espera de su particular explosión de color, o ese intenso olor a hinojo nos dieron las últimas energías que necesitábamos para llegar a Manosque, final de la etapa del día.

Las Gorges de Daluis despertaron muchos recuerdos. Hace poco más de dos años realizaba con Belén lo que sería su primer viaje largo. Un fin de semana por la Provenza y la Costa Azul mientras realizaba un reportaje para Solo Moto en una enorme Kawa GTR 1400. Nos encantaron estas gargantas, por eso quisimos volver allí hoy. Nos paramos en los mismos lugares y nos encantó hacer las mismas fotos. Esos recuerdos me hacen ahora sonreír, viendo dónde hemos llegado desde entonces. Yo llegué al Cabo Norte y recorrí los Balcanes. Con Belén llegamos a Estambul y también a la lejana Polonia. Hoy volvemos a estar aquí, recordando lo realizado los últimos años, y soñando con lo que habremos conseguido en los siguientes. Y todo comenzó aquí, contemplando los rojizos desfiladeros de Daluis.

En mis más de trescientos mil kilómetros de moto no había visto nada igual. Con un desnivel exagerado las galerías, los túneles y los tornanti se iban sucediendo uno tras otro. A veces incluso se solapaban y encontrabas un tornante dentro de una galería. Tras cuatro curvas estábamos exactamente en el mismo punto, pero treinta metros más abajo. ¡Es una carretera de locos!

Amaneció soleado. Bueno, supongo. Porque siempre nos levantamos unas horas después de que amanezca. De hecho generalmente somos los últimos en desayunar en el hotel, y es que entre escribir crónica, editar fotos o preparar la ruta del día siguiente siempre nos acostamos a las tantas. El hecho es que hacía sol, y eso es una novedad. Hoy pisaríamos cinco países. Nunca había hecho nada parecido en un solo día. Comenzaríamos por Alemania, donde nos encontrábamos. En pocos kilómetros pasaríamos a Austria, luego a Liechtenstein, a Suiza y finalmente a Italia. Si, hoy iba a ser un gran día!

Los Alpes nunca defraudan. Aunque los hayas recorrido mil veces, siempre te quedarás con la boca abierta admirando sus enormes montañas, sus espectaculares valles y sus radiantes praderas verdes, de un verde que hace palidecer cualquier otro color. Mires donde mires siempre habrá algo que te impresione, ya sea el paisaje, la carretera o los delicados frescos que tienen las fachadas de los pueblecitos del Tirol austríaco. Muy bien cuidados, con tejados elaborados y asombrosos dibujos en sus paredes.

Liechtenstein no es que tenga excesivos atractivos turísticos, a excepción del castillo, que preside desde lo alto a la capital, Vaduz o el ayuntamiento, recargado y rococó. La capital no es más que una carretera que transcurre al lado de una pequeña calle peatonal donde se agolpan los negocios. Y lo que les sobra a los países con una sola carretera principal, llámese Andorra o Liechtenstein, son atascos. En estas latitudes comienza a apretar el calor, y transitar detrás de un autobús a veinte por hora a pleno sol deja de ser agradable. ¡Casi añoramos el frío de otras latitudes! (bueno, quizá no…).

En Suiza paramos a comer en la placita de un pequeño pueblo. Un anciano se acercó, saludó y se puso a nuestro lado a mirar cómo pasaba la vida delante de sus envejecidos ojos. A veces nos miraba casi a escondidas. Puede que me lo invente, pero me pareció ver un brillo de ilusión en esas miradas cortas pero intensas. Una mirada de envidia, admiración y aceptación. Acabamos nuestra ensaladísima y continuamos ruta para buscar uno de los platos fuertes de la jornada: el Splügenpass.

De todos los puertos de montaña alpinos que he recorrido -y han sido unos cuantos- no he encontrado unos tornanti más fotogénicos que los del Splügenpass. No son muchos kilómetros, pero son perfectos, simétricos y coquetos como el lateral de una Comtessa o como las formas que describe la miel al echarla sobre la cuajada. Y todo eso enmarcado en el constante verde de los veranos alpinos. ¿Se puede pedir más? Y así llegamos a Italia, quinto y último país del día.

La bajada del Splügenpass hacia Chiavenna es de locos. No concibo que el ingeniero que la haya diseñado esté cuerdo. O eso o es un genio. Por segundo año consecutivo recorrimos esos kilómetros de galerías, de túneles de tornantis imposibles que se retuercen sobre sí mismos, a veces suspendidos en endebles columnas, a veces metidos dentro de la montaña en oscuros túneles. Y por segundo año consecutivo me pasé riendo a carcajadas todo lo que duró, sorprendiéndome curva tras curva. Si subiendo el Splügen bailas un vals con las curvas, este tramo es puro rock and roll! Es sin duda mi recorrido alpino favorito. Y no por las vistas, para eso ya hay otros puertos excepcionales. En éste los paisajes no son nada del otro mundo. Bueno, en realidad no lo sé, porque es imposible despegar la mirada de la cinta de asfalto que se contorsiona en dibujos inviables.

El lago di Como apareció abriéndose lentamente entre las montañas. En un primer momento me resultó chabacano, con cientos de turistas acarreando sombrillas, colchonetas de playa y toallas. Cuanto más al sur, lo ordinario deja paso al glamour. Las impresionantes villas italianas, con sus cuidados jardines se van alternando con pequeños pueblecitos con preciosos y delicados campanarios. Los hoteles de lujo con los descapotables en la puerta están a la orden del día. Pero de principio a fin, durante los más de sesenta kilómetros, el lago di Como es un auténtico caos circulatorio. Es un atasco continuo en el que no hay lugares para adelantar. Algo malo debía tener.

Y finalmente, Milán. La ciudad del Duomo más impresionante, afiligranado y puntiagudo que existe. La ciudad de las grandes galerías comerciales, de las enormes avenidas y de las largas calles repletas de vías de tranvía y adoquines. Una cena normalita -aunque en Italia hasta lo normalito está exquisito- y un sablazo en el precio no podrían borrar esta jornada de mi memoria. Me miro al espejo y veo a un viajero cansado, veo las casi cuatro semanas de moto, los catorce mil kilómetros recorridos y los veintisiete post colgados de manera ininterrumpida. Pero también veo la misma mirada que el anciano de la comida. Una mirada que rebosa ilusión. Y la ilusión -no tengo la menor duda- es la mejor de las gasolinas.

La carretera serpenteaba entre verdes colinas. Un asfalto impecable, unas curvas nobles y amables. De repente, al pasar una loma el paisaje me dejó sin aliento. Un giro a la derecha colocó a nuestra izquierda los majestuosos Alpes con el espectacular castillo de Neuschwanstein a sus pies. Y a nuestra derecha el sol intentaba colar sus últimos rayos entre un girón de las escasas nubes. Yo no sabía dónde mirar. Habíamos recorrido los trescientos cincuenta kilómetros de la Romantische Strasse. Era un buen final.

Amaneció un precioso día para ir en moto. Sol, temperatura agradable y una carretera que se mostraba excepcional para pasar el domingo. La Romantische Strasse recorre Alemania desde Würzburg hasta Fussen, ya al borde de los Alpes. También lo pensaron así cientos de motoristas que en una dirección u otra nos encontramos el ruta. Desde estridentes superdeportivas hasta maravillosas reliquias de hace cuarenta años. Y descapotables, muchos descapotables. Nadie quería perderse este maravilloso día de domingo.

La ruta está perfectamente señalizada con unos carteles marrones que indican cualquier cambio de carretera. Pero no está de más llevar apuntados los pueblos de paso, porque en algunas grandes ciudades es fácil perderse y encontrar la ruta de salida. Las primeras paradas fueron en pueblos que no mostraban nada especialmente interesante, cosa que puede llegar a desencantar. Plazas coquetas, callejuelas interesantes pero no demasiado… Pero no nos desanimamos, solamente era el comienzo. Así como sin quererlo paramos en Rothenburg y la cosa cambió. Tras pasar la muralla por una vieja puerta te reciben cientos de casitas con afilados tejados, todas primorosamente pintadas y con geranios adornando los balcones. Allá donde mires todo es de cuento. Carteles de hierro forjado con adornos dorados anuncian cada hotel y cada tienda, mientras que el nombre del establecimiento aparece pintado en las fachadas con una pulcra letra gótica. Tiendas de detalles con buen gusto, apetecibles restaurantes y cervecerías… Es con diferencia el mejor lugar de la ruta para realizar una parada. Muy recomendable.

La ruta va transcurriendo sin especial interés por lo que al trazado se refiere. Excepto algún tramo con algunas curvas, el resto es bastante recto y anodino. Pero no por ello los alemanes dejan de recorrerla en moto. Lo cierto es que casi no hacía falta seguir los carteles indicadores. Simplemente te dejabas llevar por el reguero inacabable de motos y descapotables. No hay pérdida. Paramos a comer en Harburg, a orillas del río y cerca del puente de piedra, frente al castillo. Las campanas de la iglesia cercana rivalizaban con el chapoteo de los niños que intentaban atrapar a los patos, que se mantenían a una distancia prudencial. ¿Qué mejor sitio para un picnic?

La Romantische Strasse sigue sin pena ni gloria hacia el sur, adentrándose en Baviera. A partir de Schongau la cosa cambió. Los dorados campos de cereales en plena cosecha se transformaron en inmensas praderas de hierba fresca. Aparecieron los bosques de abetos y el sol comienza su particular exhibición de tonos rojizos en el horizonte. El castillo de Neuschwanstein apareció al pie de las montañas, mientras que los primeros picos alpinos comenzaban a tomar protagonismo. Después de doce días eran prácticamente las primeras montañas, y realmente nos alegraron la vista. Llegamos al hotel casi de noche, con muy poco tiempo para encontrar un lugar para cenar. Pero no importaba. Habíamos recorrido de principio a fin una ruta mítica.

No creo equivocarme al decir que la Romantische Strasse está sobrevalorada como ruta motera. De trescientos cincuenta kilómetros me quedo con los cuarenta últimos. De los pueblos y ciudades que pasa, quizá destacable de verdad sea solamente Rothenburg. Los paisajes no son nada del otro mundo si volvemos a exceptuar los últimos kilómetros. Pero tiene un excepcional marketing. Primorosamente indicada, eficazmente anunciada y con gasolineras, hoteles y restaurantes disponibles en cualquier punto. En España tendríamos cientos de rutas quizá mejores que ésta. Pero el turismo de carretera sigue en pañales en nuestro país. Afortunadamente no nos faltan buenos moteros que impulsen esas maravillosas rutas por la península. Pero aún nos falta mucho por aprender.

Quedan dos días de ruta y tres días de vacaciones. Algo no cuadra. Para encajarlo tengo dos opciones: o comenzar a trabajar un día antes o… Sí, habéis acertado. La Ruta Polaca se alargará un día más. Las carreteras de la Provenza francesa tienen la culpa. Pero eso será otro día.

Hacía poco que habíamos atravesado la frontera. A veces solo lo notas cuando cambia el idioma de los letreros de las tiendas y el tipo de señales de tráfico. Pero no me esperaba una señal así. Y no era la primera que veía. Hace unas semanas tuve que ir hasta Kosovo para ver unas así. Pensaba que eran unas rarezas, pero no. En Alemania también tienen señales para tanques. Igual es que están pensando en otra invasión. Aunque yo pensaba que la invasión germánica del siglo XXI consistía en ir “rescatando” países…

Salimos de Praga remoloneando. No queríamos irnos de esa ciudad tan atrayente. Visitamos en moto algunas cosas que quedaban por ver, así que fue a eso de las once y media cuando salíamos de la ciudad tras una pequeña llovizna, para no perder la costumbre. En principio no hay mucho que contar de la ruta, unos cuatrocientos kilómetros por carretera. La República Checa no destaca en esta zona por unos grandes paisajes, pero si que vimos diversas ciudades que podrían ser visitables. No lo descarto para hacerlo en otra ocasión con más profundidad.

Y entramos en Alemania. Pocos kilómetros antes el paisaje ya había cambiado. Aparecieron las colinas de praderas verdes y tupidos bosques de abetos. Y las curvas. Echaba de menos trazar con precisión las curvas que iban serpenteando entre árboles y prados. Eso me alegró el alma que hoy estaba un poco sombría. Llega un día en que lo que antes era excepcional ahora es casi rutinario. Ya no te sorprendes del paisaje, ni de las casas ni de los estrafalarias vestimentas pasadas de moda de la gente. Cuando comienzas a asimilar como normal todo lo extraño, la intensidad del viaje disminuye. Y eso me hace pensar en el retorno.

Cuando en tu maleta prácticamente no hay otra cosa que ropa sucia, cuando cada mañana cuentas los días que quedan para regresar en lugar de los que llevas de ruta, cuando en el horizonte comienza a aparecer la rutina del día a día en el trabajo, necesitas un estímulo que te haga salir de esos pensamientos negativos. Llegando a Bamberg, un único rayo de sol iluminó una de esas lejanas praderas entre abetos. Era un verde mágico, de esos que te llenan la retina de sensaciones. Me iluminó. Era la señal para pensar en los maravillosos cuatro días en buena compañía que quedaban. Y había que disfrutarlos al máximo. No serían un mero regreso a casa o una cuenta atrás hacia la monotonía de la vida diaria. Esos cuatro días tienen la suficiente entidad para ser un gran viaje por ellos mismos. ¿Habéis oído hablar de la Romantische Strasse? Trescientos cincuenta kilómetros de pueblecitos bávaros y paisajes increíbles. ¿Y de Liechtenstein? Uno de los países más pequeños de Europa ¿Y del Splügenpass? Quizá la serie de tornanti más simétrica de los Alpes ¿O del Lago di Como? Posiblemente el rincón de Italia más tranquilo y glamouroso. Y es que en este viaje no hay cuenta atrás que valga.

 

Parecía que nunca iba a llegar. Las casas aisladas dieron paso a los edificios, de pronto apareció el tranvía y los primeros semáforos. Adoquines en el suelo y bastante gente por las aceras. Estábamos acercándonos al centro y se me comenzaban a poner los pelos de punta. Siempre me asalta una sensación extraña cuando llego en moto a algún sitio donde ya estuve anteriormente por otros medios. Una sensación como de conquista. ¡Habíamos conquistado Praga!

Dice un proverbio japonés que un hombre con dos relojes nunca sabe qué hora es. Yo podría decir que un viajero con dos GPS sabe dónde está pero no hacia dónde irá. Por cosas que pasan perdí el track de la etapa de hoy en el Garmin, así que cargué con la wifi del hotel los mapas en el iPhone y decidí seguir la ruta que me sugería. Salimos de Cracovia y en menos de cinco minutos estábamos ya metidos en una autopista. Bueno, no era tan mala idea, teniendo en cuenta que había más de quinientos kilómetros hasta Praga y que debíamos llegar a una hora prudencial para poder visitarla.

Lo que no contaba es que la autopista fuera de peaje. Tampoco era tan cara, algo más de un euro al cambio. El problema lo tuvo la señorita de la garita con mi tarjeta. Al parecer se equivocó en el importe y la devolución requería de autorizaciones varias. Así que comenzó llamando por teléfono y acabó saliendo de la garita hacia las oficinas de control. Y mientras nosotros esperábamos y esperábamos formando una cola que comenzaba a tener dimensiones considerables. Finalmente acudió la supervisora, autorizó la devolución y nos cobró el importe correcto. En total, diez minutos. Lo que esperaba ganar yendo por la autopista de momento lo estábamos perdiendo.

Entramos en la República Checa por la aduana más fantasma que he cruzado nunca. De hecho no vi ni un triste cartel indicador. Solamente el cambio en las matrículas de los coches y en la tipografía de las señales me hicieron darme cuenta de que estábamos ya en otro país. (Sí, yo soy de los que se fija en el tipo de letra de los carteles indicadores). Comenzaba nuevamente una autopista donde al parecer es necesaria la viñeta de peaje para circular. Así que paramos en la primera gasolinera para comprarla. La grata sorpresa fue que las motos no necesitan esa pegatina. Así que seguimos viento en popa hacia Praga.

Al poco rato, hartos de autopista, decidimos seguir las indicaciones que llevaba en mi roadbook. A pesar de llevar dos GPS, me fío siempre más de lo que he trabajado y apuntado en el roadbook. Y la verdad es que excepto dos errores de bulto durante este viaje, nos ha llevado siempre a la perfección. Otra cosa es que sea mucho más cómodo seguir la flechita del Garmin cuando entramos en las ciudades, pero para la ruta sigue yendo de fábula.

Tengo por costumbre desde hace unos años ver el documental “La vuelta al mundo con Ewan McGregor” (The Long Way Round) cuando comienza el verano. Uno de los lugares por los que pasan es el Osario de Kostnice, una de esas capillas donde se amontonan miles de huesos y calaveras formando grotescas lámparas y objetos decorativos de dudoso gusto. Esbocé una sonrisa espontánea cuando me vi en el mismo lugar en el que Ewan McGregor y Charlie Boorman bromeaban y se sorprendían de la extraña decoración. Lo cierto es que había plasmado ese punto en el roadbook justo después de ver el documental nuevamente el mes pasado. Tengo predilección por visitar lugares curiosos que he visto en la tele o en alguna foto. Me encanta saber que estoy en esos mismos lugares con los que yo me quedaba boquiabierto en la comodidad del sofá de piel blanco de mi casa.

Y por fin llegamos a Praga. La ciudad que nunca defrauda. Siempre impresiona. Sus elegantísimas torres rematadas en afilados tejados de pizarra que desafían las leyes de la gravedad, el negro intenso de sus piedras, el inigualable paseo por el puente de Carlos al anochecer mientras allá al fondo el castillo y la catedral comienzan a iluminarse… Es imposible no enamorarse de Praga. Había estado allí otras veces, pero era la primera vez que llegaba en moto. Y es que llegar en moto cambia la manera de percibir las cosas. Es la sensación de conquista, de haber llegado allí casi por tus propios medios. Es dejar de lado la irrealidad de coger un avión y teletransportarte. Es notar que saliendo desde mi casa puedo llegar a casi cualquier lugar del planeta siguiendo una simple carretera. Es saber que ponga donde ponga la chincheta en el mapa de mi despacho puedo llegar en moto solamente con proponérmelo. Es sentirte el dueño del mundo.

Subimos la escalera en silencio. Al entrar en la sala una chica salía con los ojos visiblemente húmedos. Estaba emocionada. Y no era para menos. Allí, detrás de una enorme vitrina, se amontonaban miles de viejos zapatos. Cada par de ellos significaba una persona que perdió la vida en el campo de concentración de Auschwitz. Y fueron más de un millón. Bajamos nuevamente dejando pasar a un grupo de personas con semblante serio. Mi mirada se cruzó durante un segundo con la de un señor de mediana edad. Ambos la apartamos rápidamente. Es un lugar incómodo. Me avergonzaba tanto pertenecer a la especie humana que me era imposible mirar a nadie a la cara.

La de hoy prometía ser una jornada relajada. Unos trescientos cincuenta kilómetros íntegramente por autovía para llegar temprano a Auschwitz y poder visitar el campo de concentración. Lo cierto es que una autovía polaca no es nada cómoda, ya sufrí este mismo recorrido hace un par de años. Pero lo de hoy fue hasta peor. Ya no habían roderas enormes en el carril de la derecha. Ya no habían semáforos ni pasos de peatones en medio de la autovía. Ya no había repentinas limitaciones a 60km/h que nadie respetara. Lo que había era una caravana enorme. Obras durante ciento cincuenta kilómetros, todos a 70 por hora y sin poder adelantar. Soporífero. Y mortal para nuestro planning del día.

Llegamos a Auschwitz dos horas antes de que cerraran. Hace un par de años ya escribí mis impresiones al visitarlo. Esta vez creía estar curado de espanto. Pero no. Me siguen conmocionando ver las fotos de los que allí sufrieron y murieron y mirarles a los ojos. Me sigue estremeciendo imaginar sus últimos días, sus últimos pensamientos cuando ya sabían a ciencia cierta que morirían. Por mucho que escriba no podría describir lo que allí se respira. Belén y yo nos acercamos a un ventanal del fondo de uno de los pabellones. La ventana estaba abierta. Fuera llovía con ganas. A pocos metros la doble valla electrificada separaba la vida de la muerte. En ese momento me pareció sentir que me invadían mil almas de esos pobres desgraciados, que miraban con anhelo lo poco que podía verse detrás de esas vallas: unas ganas tremendas de vivir.

Era imposible ver las indicaciones del GPS. De hecho, prácticamente no veía ni la carretera. Algunos árboles de considerable tamaño habían sido arrancados de cuajo, y exponían sus raíces casi de manera obscena. Notaba cómo algunas gotas se escurrían entre el traje y mi piel. El frío comenzó a apoderarse de mi, mientras mis guantes chorreaban. Estaba diluviando, las gotas casi hacían daño. No nos quedaba más alternativa que parar en aquella gasolinera a resguardarnos.

La primera sorpresa del día fue pasear por las calles peatonales de Gdansk, entre sus elegantes y señoriales casas estrechas pero esbeltas, de diferentes colores guardando una apariencia similar pero cada una diferente. Desde el muelle, eran incluso más impresionantes. Todas las calles del centro eran similares, aunque algunas estuvieran llenas de turistas -y de tiendas de souvenirs- y algunas prácticamente desiertas. El sol iba y venía, cambiando por completo los colores de las casas. Gdansk nos sorprendió muy gratamente. Es de esos lugares de donde no quieres marchar, a pesar de ser tarde ya. No quería parar de mirar cada una de esas casas que daban una inmensa paz, a pesar de estar rodeado de bulliciosos turistas.

De allí nos dirigimos a Malbork entre algunas gotas de lluvias y algunos retazos de sol. Espléndido castillo en ladrillo, el más grande en su género. Se mostraba potente y señorial a orillas del río, y a espaldas del resto de ciudad. Masivo, rojizo y extraño, con sus generosos tejados parcialmente decorados y su foso ahora tapizado de verde. Lo conforman diversos edificios que salen de la misma base, todos en ladrillo y configurando un caos organizado de volúmenes y tejados.

Las carreteras secundarias polacas nos ofrecieron una nueva sorpresa al pasar entre delicadas y preciosas colinas donde los cereales ya se han cosechado. A ambos lados de la mojada carretera se alzaban árboles tan altos como gigantes, envolviéndonos con sus verdes ramas, de donde goteaban los restos de la tormenta reciente. El cielo era de lo más plomizo que puedo recordar, con esas ramas gigantescas alzándose ante nosotros, iluminadas por el sol y contrastando con el oscuro horizonte. La tormenta había sido fuerte, y bastantes de estos gigantes yacían en el suelo, tumbados y con las raíces boca arriba.

Y en Illawa comenzó el diluvio universal. No nos quedó otra que pararnos en la gasolinera, a abrigarnos un poco y a esperar que pasara la tormenta. No duró mucho, apenas unos minutos, mientras nosotros nos calentábamos a base de un capucchino y un chocolate. Grunwald nos dejó algo fríos. Es cierto que quizá para un polaco la gran batalla librada ahí en 1410 posiblemente le llegue a emocionar, como pasear entre las colinas de césped admirando los escasos monumentos conmemorativos. Para nosotros no fue más que otro enclave, ni más ni menos. Pero no es mi intención quitarle importancia. Para nada. De hecho es el lugar donde se libró la batalla medieval más numerosa y sangrienta de la historia, con más de veinte mil teutones muertos o hechos prisioneros a manos del los polacos.

Y finalmente Varsovia. Nos dio tiempo por la noche de hacer un recorrido express, descubriendo su barrio viejo perfectamente reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial. La plaza está conformada por casas estrechas y esbeltas al estilo de las que vimos en Gdansk, con múltiples colores y decoraciones. Pasear por sus calles peatonales te transporta a otra época, sosegada y calmada. Contrasta con las grandes avenidas flanqueadas por enormes edificios gubernamentales de la época soviética, con el maravilloso edificio de la cultura como estandarte. Regalo de los rusos para unos, símbolo del dominio comunista para otros. Pero precioso para los ojos del turista que hasta allí se acrece sin hacerse demasiadas preguntas. A su lado, los nuevos rascacielos de Varsovia no solamente no lo ensombrecen sino que lo realzan y lo destacan del resto. Simplemente magnífico, iluminado para recortar el negro cielo polaco.

Al otro lado del río el barrio de Praga nos mostró la típica ciudad dormitorio de la época comunista. Algunos edificios incluso mostraban sus fachadas de ladrillo ennegrecido por el tiempo. Otros se conformaban con un desconchado revestimiento de cemento. Importante visita para hacerse una idea de la vida en los tiempos del dominio soviético, a pesar de que hoy en día sigue siendo un barrio popular y humilde.

Varias caras de una misma Polonia. De la delicadeza extrema del centro histórico de Gdansk, a los barrios obreros de la época comunista, pasando por maravillosos campos ondulados de cereales recién cogidos y de lugares importantes de la historia medieval. Sorprendente cuanto menos. Porque no es más gozoso el que más tiene sino el que más encuentra. Nosotros esperábamos poco de Polonia y sorprendentemente hemos encontrado mucho. Hoy es uno de esos días en los que piensas que valió la pena llegar hasta aquí. Ahora toca volver. Y lo haremos por otros lugares que nos sorprenderán igual o más que Polonia. Seguiremos con los ojos bien abiertos, esto no ha hecho más que comenzar!