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La aventura de cada fin de semana

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Es difícil describir los paisajes que pudimos ver desde las pistas alpinas. Impresionantes valles, llenos de verdes pastos, de imponentes abetos o de grandes cascadas. También es difícil imaginar las sensaciones de poder llegar a lugares remotos a casi 3000 metros de altura. Lo mejor, es ver el vídeo. Espero que os guste.


AlpesOffRoad 2013 por Dr_Jaus

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Despertamos tarde en Sospel. El ritual del desayuno, vestimenta y carga de la moto es cada vez más lento y pesado. Nos quedan cincuenta kilómetros para el inicio de la Ligurische Grenzkammstrasse (LGKS para los amigos). Es una pista que transcurre entre la frontera de Italia y Francia que se proyectó en la Segunda Guerra Mundial para unir los diversos fuertes que vigilaban la zona.

Para llegar hasta allí circulamos por carreteritas imposibles, de esas en la que es posible encontrarse un pueblo con su campanile incluido colgados de la nada. Ese es el caso de Castel Vittorio. Casas apiñadas en un orden imposible y arremolinadas entorno a la iglesia. Después de unos ravioli de espinacas sublimes, iniciamos la LGKS o “Via del Sale“, como la llaman por aquí.

Al principio la pista no es difícil, aunque algunas piedras sueltas y los escarpadísimos barrancos obligan a tomar precauciones. El precipicio nos ayuda a observar la trayectoria de la pista, que va saltando de ladera en ladera, de valle en valle. Nos cruzamos con varios endureros muy preparados y diversos 4×4. Diferentes cordilleras se extienden como si fueran un acordeón, en un degradado tan perfecto como imposible.

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Tras una nueva bajada por unos tornanti realmente estrechos, llegamos a una barrera. La LGKS está cortada por obras. Hemos recorrido unos treinta de sus ochenta y cinco kilómetros, y ahora toca recular unos veinte, a una pista que nos llevará a La Brige por pistas entre bosques de abetos. Desde allí subimos a la Basse del Peyrefique, con un paisaje bastante más alpino donde los pastos y los riachuelos se van alternando el protagonismo. Podemos ver a lo lejos las ruinas del gran fuerte, justo encima del túnel de Tende. Allá abajo una carretera-pista asciende penosamente en una sucesión de rápidos tornanti, quizá los más seguidos que he visto en mi vida.

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La idea es acampar en el fuerte, pero eso mismo debieron pensar la cincuentena de campistas que ya preparaban la carne a la brasa. Ante tal aglomeración de gente, optamos por bajar hasta un hotelito de carretera en Limone Piemonte, a degustar los antipasti más exquisitos del mundo.

Al día siguiente realizamos el enlace hasta la siguiente pista, en un valle cercano a Castelmagno. Imponentes moles de roca nos rodean por todos lados, mientras La carretera discurre serpenteando entre verdes colinas, frescos arroyos y domingueros de mesa y mantel. Al llegar al inicio de la pista resulta que está prohibido transitarla los fines de semana de Agosto. Suerte tenemos de que tras varias jornadas de ruta, ya nos hemos olvidado de que hoy es domingo.

La pista es fácil, excepto por alguna piedra suelta. Va saltando de valle a valle, a cuál más espectacular. Paredes de montañas enteras están labradas a lascas, como enormes rebanadas que refulgen al sol como si fueran de plata.

Volvemos a la carretera. Si tenéis prisa, no os paréis a comer en San Damiano Macra. Allí la comida se puede alargar más de dos horas, gracias a la pausada velocidad del servicio. Es tiempo para observar, pensar y disfrutar del paso del tiempo mientras contemplo el campanario de la iglesia cercana.

La carretera hacia Sestriere se hace pesada. Los 35,5°C y la hora de la siesta tampoco ayudan. Nada más llegar, cogemos la pista. Pero la equivocada, la de mañana. Da igual, hemos de acampar por aquí. Pista fácil pero polvorienta que bordea diferentes valles. Las cordilleras cercanas siguen difuminándose en el horizonte y los pastos abundan cada vez más. Es la pista del Col de Asietta, que acaba en una pequeña y recoleta carreterita que asciende al Col de Finestres. Lo subimos, sabiendo que de allí baja una pista que nos puede proporcionar un buen lugar de acampada. La luz del día se extingue cuando llegamos a una zona de picnic con arroyo cercano. Será nuestra segunda noche bajo millones de estrellas.

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Despertamos al son de los cencerros de las vacas que pastan cercanas. Hoy vamos al Valle Argentiera, quizá uno de los más bonitos de la zona. Al principio, diversos turistas han montado su campamento al borde del río que parte el valle en dos, pero al poco la pista se hace cada vez más escarpada, llevándonos a parajes con preciosas cascadas y valles escondidos. Hasta llegar al final, donde una granja de vacas te impide el paso. La bajada es mucho más fácil de lo que imaginaba, demostrando por enésima vez que las dificultades residen principalmente en nuestras mentes.

Comemos en un restaurante olímpico -al menos el símbolo de los aros se muestra orgulloso en la fachada- antes de afrontar lo que a la postre será la parte más difícil del viaje. El Col de Sommeillier tiene su historia. Dice la leyenda que dos amigos moteros apostaron a ver cuál de ellos era capaz de subir en moto al sitio más alto de Europa. Uno decidió ir al Stelvio. El otro amigo ganó subiendo por las infernales pistas al Sommellier, que se eleva hasta los 3009 metros de altura. Cada año se celebra allí la concentración motera de la Stella Alpina.

El inicio de la pista ya es impresionante, con lagos del azul más verde que he visto en mi vida. Al poco el escenario es de una espectacularidad de difícil descripción. Es una verde planicie, rodeada de enormes masas de roca de donde caen a plomo un par de altísimas cascadas. El paraíso. La pista sigue ascendiendo por imposibles tornanti cada vez más estrechos. El infierno, comienza allí arriba.

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La pista está formada por enormes rocas sueltas de más de un palmo. Los tornanti son cada vez más complicados. La caída está asomando en cada esquina, con muchos metros de caída a uno de los lados. A unos trescientos metros de la cima, a unos 2900 metros de altura, nos encontramos con nuestro Destino.

Faltan únicamente tres curvas, y una enorme lengua de nieve tapa completamente uno de los tornanti. Fin. No se puede avanzar. Un trialero local que ha llegado hasta allí nos dice que en el Stella Alpina de este año nadie había podido coronar. La escena me recuerda mucho a cuando hace unos meses estábamos a trece kilómetros de Nordkapp en nuestra expedición invernal Aurora Borealis y el encargado del quitanieves nos impedía el paso. Al final el Destino quiso que pudiéramos llegar y tocar la gloria. Hoy, a trescientos metros de la cima, el Destino se ha cobrado su venganza. Esta vez ganas tú, pero que sepas que ahora estamos empatados.

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Hace menos de una semana iba a hacer este viaje en solitario. Pero afortunadamente en el último momento se añadió el mejor compañero que podía tener, si exceptuamos por supuesto a Belén. Coco, compañero de aventuras boreales se venía a hacer el loco por las pistas de los Alpes. Con Coco y a lo loco.

Después de reunirnos a la salida del ferry que lo trae de Mallorca, nos adentramos en el caótico tráfico de Barcelona a las ocho de la tarde. Mi BMW y su Triumph Tiger, cargadas hasta los topes, avanzaban torpemente intentando salir de las garras de la gran ciudad. Aprovechamos la autopista a La Jonquera para ponernos al día de nuestras aventuras moteras.

Un personal sospechosamente amable nos atendió en un buffet casi en la frontera, más allá de las 11 de la noche. Curiosamente en mi, aún no hemos decidido hasta dónde llegar en esta jornada. Y es que ya sospechaba que este viaje iba a ser diferente a los demás. Aprovecharía para aprender a improvisar, a acampar con las estrellas sobre mi cabeza y a ir desviándonos de la ruta establecida en función de las necesidades. En definitiva, a subir un escalón más en mi bagaje viajero.

Decidimos tirar hasta Nimes, a casi 250 kilómetros de donde nos encontremos. Eso significa llegar más allá de las dos de la madrugada. La jornada de trabajo yel levantarme a las siete de la mañana empiezan a pesar. Las botas de enduro parecen ser de cemento y los bostezos me asaltan a traición. Pero estoy tranquilo porque sé que poco a poco los kilómetros van pasando, a pesar de llevar un ritmo bajo, por eso de conservar los tacos de los Tourance Karoo T. Cuatrocientos kilómetros después de salir de Barcelona, llegando a Nimes, nos da la bienvenida una luna muy menguada, pero no por ello menos bella. Allá al frente, roja y misteriosa, como mostrándonos el camino. Sin duda fue el momentazo del día. O de la noche.

Después de un reparador sueño, salimos a las once de la mañana con la ruta medio planificada. Improvisación controlada, me gusta. Cuarenta kilómetros de autopista nos llegan a Avignon, ya por carreteritas provenzales, entre viñedos y pueblos con encanto vestidos de piedras ocres y ventanas azules. Subimos al Mont Ventoux entre tupidos bosques y peraltadas curvas envueltas en el dulzón olor a pino. Vamos esquivando ciclistas que van sufriendo rampa a rampa. El final es “extraterréstrico”. Laderas de inertes piedras conforman los últimos caracoleos de la carretera hasta llegar a la cima. Desde allí, unas vistas espectaculares a lado y lado de todo lo que nos rodea.

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La bajada del Mont Ventoux la hacemos por preciosas carreteras que invitan a llevar la moto casi ronroneando, casi dormitando, entre abetos y curvas amables. Y de repente, casi sin avisar si no fuera por su intenso olor a limpio, los campos de lavanda. Hileras perfectamente rectilíneas de ese azul roto característico se esparcen por la colinas. Los olores nos abofetean casi en cada curva, mientras llegamos a Montbrun-les-Bains. El pueblo parece estar en equilibro imposible en la ladera de la montaña, con arcos de piedra que aguantan a duras penas las plazas y las torres-campanario. Estamos a los pies del Col de l’Homme Mort, que recorremos a un ritmo rápido y alegre, trazando curvas al unísono, como si de una coreografía se tratara…

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Y llegamos al lago de Serre-Ponçon. Enorme, lleno de veleros, de windsurfs y de katesurfers que navegan en un azul casi croata. En Savines-le-Lac paramos a avituallarnos. Al salir del supermercado nos espera la primera gran sorpresa de la ruta. Nuestro amigo Carlos A. Rodríguez, que pasaba por allí rumbo a Rumanía y más allá, nos reconoce y se para. Charlamos unos minutos mientras pienso en la grandeza de esta pasión, que es capaz de hacernos coincidir en el mismo pueblo y a la misma hora, todos con diferentes destinos pero con la misma ilusión en la mirada. ¡Buen viaje, Carlos!

Poco después de las cinco de la tarde comenzamos el track de la primera pista alpina, el Col de Parpaillon. El inicio es algo decepcionante, porque a pesar de las excelentes vistas, un también excelente asfalto nos ayuda a ascender más rápido de lo esperado. Vistas espectaculares en un valle cada vez más estrecho y sin solución aparente de continuidad. De pronto, el asfalto desaparece. Es hora de comenzar lo que hemos venido a hacer.

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Pista fácil, aunque con alguna piedra rota, ascendiendo por verdes colinas y prados donde las marmotas campan a sus anchas, y huyen alocadas en todas direcciones a nuestro paso. Llegamos al túnel de lo alto del Col de Parpaillon, donde paramos. 2645 metros de altura. Aprovechamos para bajar presiones de los neumáticos y para prepararnos para los más de 500 metros de oscuridad absoluta del estrecho túnel. Charcos, barro y piedras sueltas que sorteamos con menos dificultades de lo esperado. En la otra boca, el espectáculo es fantástico. Un valle totalmente tapizado de verde, con un arroyo que lo parte por la mitad, y la pista caracoleando hasta llegar a él. En este mismo momento, ya sabemos dónde vamos a acampar.

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Una vez abajo, elegimos el mejor lugar, junto al riachuelo. Nuestras motos a un lado, las dos tiendas a otro. Es fantástico. La claridad va desapareciendo. Los últimos vestigios del ocaso solamente son visibles en algunas de las altas cumbres que nos rodean. Respiro hondo consciente de hacer desde hace muchos meses algo diferente que sin duda cambiará mi manera de viajar. Estoy satisfecho.

Millones de estrellas titilan sobre nuestras cabezas en una oscuridad casi absoluta, únicamente perturbada por el suave arrullo de una cascada cercana que me acuna durante la noche.

Quien no se haya despertado en un valle de los Alpes rodeado de montañas tapizadas de un verde refulgente, no sabe lo que es despertarse. La luz alegre y vigorosa parece dar vitaminas a todo lo que toca. Sin plan estrictamente definido, damos pronta cuenta de lo que queda de pista. Después avanzamos por espectaculares carreteras hasta el Col de la Bonette, a la sazón el más alto de los Alpes, por mucho que se empeñe el Stelvio. 2802 metros de preciosas vistas.

El siguiente plato fuerte del día es el Col de Turini, con toda seguridad muy sobrevalorado. Quizá se salva la parte más cercana a Moulinet, con preciosos “lacetes” (los tornanti italianos o las paellas españolas) enlazados tras cortísimas rectas, y perfiladas con delicadas paredes de piedra. Los hicimos a buen ritmo, seguidos por dos motoristas locales con motos mucho más ligeras que las nuestras. De todas formas, durante muchos kilómetros les demostramos lo que podíamos llegar a hacer.

A las cinco de la tarde, y con una lata de Orangine en las manos, decidimos quedarnos en Sospel a dormir, a cincuenta escasos kilómetros del inicio de lo que será sin duda el plato fuerte de la ruta. Pero eso mejor contarlo en otra ocasión.

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