TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

Browsing Posts in Marruecos

Unos cuantos textos y otras tantas fotos no hacen justicia de lo que vivimos en Marruecos durante esos días. A ver si con el vídeo nos acercamos más. Dentro video!


LaRutaMarroquí por Dr_Jaus

La lluvia cae con fuerza sobre el tejado que cubre el patio de nuestro riad. No me apetece nada mojarme cargando las maletas en la moto. Además, es nuestro último día en Marruecos, y cierta melancolía se apodera de nosotros durante el desayuno. Nos cuesta arrancar. Fuera, diluvia. Avanzamos por las calles saliendo de la Medina de Fez. El sistema de alcantarillado se muestra insuficiente para la cantidad de agua que está cayendo. Algunas de las calles son verdaderos torrentes. Nos dirigimos al Fuerte del Norte, uno de los dos que dominan la Medina desde lo alto. Desde allí, la vista es fantástica. Las construcciones se amontonan casi una encima de otra dentro de las murallas, esparciéndose entre las colinas que rodean la Medina. Podemos distinguir la mezquita y poca cosa más. Es un buen lugar para admirar el enorme tamaño de la antigua ciudad. Desde dentro es imposible hacerse una idea.

Nos dirigimos a Melilla por autopista. La persistente lluvia deja las precarias carreteras en un peligroso y resbaladizo estado, así que decidimos ir por lo seguro. La autopista tiene sus peculiaridades, ya que los rebaños de cabras pastando en los arcenes, o incluso los niños acarreando sus mochilas de camino a la escuela siguen estando a la orden del día.

A pocos kilómetros de abandonar la autopista, el sol hace acto de presencia. Nos calienta y nos seca tras casi ciento cincuenta kilómetros bajo la lluvia. Aún quedan otros tantos por carretera en dirección norte. Y allí la cosa no pinta nada bien. El valle entre montañas que debemos coger parece la puerta del infierno. Negrísimos nubarrones, cortinas de agua a ambos lados y gráciles tornados de arena nos esperan. De repente, y casi sin avisar, nos cae encima uno de los aguaceros más grandes que he vivido encima de una moto. El viento nos lanza de lado a lado de la estrecha carretera, y la gran cantidad de agua me impide ver con claridad. Dudo en pararme o seguir, pero no hay ningún lugar donde resguardarse. Fue intenso, pero no duró más de media hora.

Llegando a la frontera de Melilla vuelve a salir el sol. El termómetro marca 19ºC, pero estamos tiritando. El frío ha calado literalmente hasta nuestros huesos. La frontera vuelve a ser el caos. Enormes y desordenadas colas de coches avanzan precariamente. Al final, siguiendo las instrucciones de un policía y de varios “conseguidores” -gente que intenta facilitarte el papeleo de la aduana por unas monedas-, podemos adelantar a todos los coches y ponernos los primeros. Esta vez no tengo ganas de pelear mucho, así que sigo las instrucciones de uno de los conseguidores que me ha caído simpático. Le doy una pequeña propina. En poco menos de media hora tenemos los pasaportes sellados y anulado el papel de importación temporal de la moto. Estamos en España. Esto es otro mundo.

***

Pasamos el día recorriendo la ciudad a un ritmo muy tranquilo, casi de bar en bar, acompañados por amigos que nos demuestran una enorme hospitalidad. El día se va casi sin querer y es momento de retornar en ferry a la península. Y luego, 840 aburridos kilómetros hasta Zaragoza.

Marruecos me ha enamorado. Es un país de contrastes marcados. De los 32ºC del desierto a los escasos 2ºC del Atlas. De los áridos paisajes del desierto a los verdes vergeles del otro lado de las montañas. De la pobreza casi extrema de los pequeños pueblos del sur a la alegría sincera de las sonrisas de los niños. Fantásticos y agrestes paisajes, casi lunares. Excelente comida. Modos de vida ancestrales, simples y auténticos que te hacen replantear tu vida al otro lado del estrecho.

Ahora, desde la comodidad del sofá me doy cuenta que me he infectado. Tengo el virus de África. Estoy deseando volver. Y espero que sea pronto. Inshallah.

El día amanece gris en Marrakech. Incluso caen algunas gotas. Recogemos la moto de su presidio en el parking público rodeado de coches polvorientos y salimos del caos de la ciudad. Sigue lloviendo, cada vez con más fuerza. El paisaje ha cambiado a este lado del Atlas. Verdes laderas y suaves colinas. Incluso algún conato de bosque, todo mucho más mediterráneo.

En lugar de seguir por la general N8 hasta Fez, decidimos desviarnos por carreteras secundarias buscando las cascadas de Ouzoud. Esas carreteras suelen dar mucho mejor resultado. El asfalto aún es aceptable y tiene un gran trasiego de niños yendo y viniendo del colegio a todas horas. Algunos permanecen ociosos, como mirando al infinito al pie de la carretera, saludándote a tu paso. Y otros acompañan a los mayores pastoreando los rebaños. Lo cierto es que Marruecos está lleno de niños por todos lados.

Las cataratas de Ouzoud requieren una negociación con el guía que rápidamente se acerca. Le decimos que solamente queremos una vista general, y por la mitad de dinero que nos proponía en un primer momento, acordamos la visita. Lo cierto es que son más espectaculares de lo que pensaba. Sus ciento veinte metros de altura impresionan, sobre todo si los miras justo desde el lugar donde caen, tranquilas sobre el cortado barranco de arcilla. Sus paredes marronáceas, casi completamente tapizadas de musgo verde, están completamente excavadas por mil y un recovecos, parecidos a los grabados de las escayolas de los palacios marroquíes.

Seguimos la ruta ya por carreteras en bastante peor estado, entre montañas boscosas y escarpadas grietas formadas por el lecho del río. El paisaje es espectacular, con esas colinas verdes tapizadas de miles de flores amarillas, o salteadas de rojos puntitos de amapolas. La primavera lo invade todo.

Entramos en un estrecho y poco profundo valle, completamente verde, de laderas suaves al principio y más escarpadas después. Ascendemos por una carretera con múltiples tornantis, que bien podría competir por trazado y paisaje con alguno de los puertos de alta montaña suizo. Pero como suele pasar, éste quedará en el olvido. Cruzamos las montañas para encontrarnos, allá abajo, con las enormes planicies de este lado del Atlas. El color verde sigue predominando, solamente interrumpido por el rojizo de alguna antigua kasbah ya en ruinas, o algún que otro pueblo enladrillado.

A unos cincuenta kilómetros de Khenifra, nuestro destino del día, paramos en una gasolinera y tomamos un té a la menta en su desproporcionado bar. Cientos de metros cuadrados con unas cuantas mesas donde algún grupo de marroquíes ven la televisión sin mucho afán. Al poco, se nos acerca un señor entrado en años y en carnes, vestido con un traje y un curioso sombrero.

– ¡Hola, amigos! ¿Cómo estáis?- nos habla en su perfecto inglés con extraño acento, posiblemente debido a la casi total ausencia de dientes superiores. Nos comenta que trabajó para una compañía aérea británica en Mauritania. Nosotros respondemos a varias de las preguntas típicas (¿De dónde venís?¿A dónde váis?…) y finalmente nos deja saborear nuestro té.

Al salir del bar, el hombre del traje nos vuelve a llamar.

– Está a punto de caer una tormenta, si queréis podéis alojados en mi casa. Os haré un buen cuscús -dice. Nosotros, como viajeros aún poco curtidos en conocer y fiarnos de gente local, declinamos cortésmente la oferta.

– Eres muy guapa- dice dirigiéndose a Belén. -¡Y tú también!- apunta mirándome a mí. Ups. Creo que tenemos que salir de ahí lo más rápidamente posible. Nos despedimos con un apretón de manos y arranco la BMW con la velocidad del rayo.

Un lago rodeado de verdes y suaves colinas nos sorprende tras una curva. Enfrente, el cielo parece a punto de romperse en mil cortinas de lluvia, mientras un tímido arco iris parece querer salir de entre los grises nubarrones. Miramos hacia atrás para ver cómo el sol aún es capaz de filtrar cientos de sus rayos entre las nubes, iluminando con esa luz celestial parte del asombroso lago. Sonrío pensando que estoy en Marruecos, aunque bien podría estar en Asturias o en Escocia. Sin lugar a dudas, este país es el de los mil contrastes.

Ya de noche, con un asfalto resbaladizo y empapado, intentamos localizar sin éxito el hotel en Khenifra. Cientos de personas abarrotan las improvisadas terrazas de los bares donde se han instalado pantallas de televisión. El fútbol y la Champions son los reyes. Conseguimos preguntar a algunos de los pocos que no están interesados en el partido, y nos indican la dirección del hotel.

Entre montañas, aislado de todo, se encuentra nuestro hotel. Al contrario de lo que pasaba con el resto de hoteles donde hemos estado, éste está regentado por marroquíes, y parece pensado para marroquíes. Sin estilo, sin encanto. Con lo mínimo o menos. Servicio amable, pero en un ambiente que no es acogedor. Una cena inmejorable, eso sí. De hecho es muy difícil comer mal en Marruecos. Una cama purísima, un minibar vacío que no es más que una pequeña nevera instalada al lado de un radiador eléctrico que se cae de viejo y unas sábanas lilas de dudoso gusto.

***

La noche es larga y lluviosa. La tormenta repiquetea en nuestra ventana y el viento aúlla con fuerza. Al levantarnos sigue lloviendo y fuera todo está completamente empapado. Las rieras no dan a basto e inundan parte de la carretera hacia Fez. Hace frío, y sigue lloviendo con fuerza al subir uno de los puertos. Supuestamente estamos rodeados por un precioso bosque de cedros, pero la niebla nos impide ver más allá de diez metros a nuestra redonda. 2ºC, comparados con los 32ºC de Merzouga. ¿No os decía que Marruecos es un país de contrastes?

Llegando a Fez, sale el sol tímidamente, pero unos negros nubarrones nos presagian que nos volveremos a mojar. Y así es. Afortunadamente la lluvia espanta a varias mobylettes que nos querían hacer de guía nada más entrar a la ciudad. Como viene siendo habitual, nos cuesta encontrar el hotel, a pesar de llevarlo perfectamente localizado en el GPS. Una entrada desvencijada, sin ninguna señalización y que casi da miedo, da lugar a un precioso patio luminoso, completamente decorado con coloristas azulejos y grandes columnas. Contrastes.

Contratamos un guía para adentrarnos en la inmensa y enrevesada medina de Fez. Comparado con ésta, la de Marrakech es de juguete. Quizá más colorista y vistosa para el turista, pero la de Fez tiene el encanto de lo auténtico. Multitud de artesanos trabajan sin ofrecer sus productos, cosa que le resta colorido y le suma encanto.

Tras subir a la terraza de una de las múltiples tiendas de cuero, veo la imagen que quería llevarme de la ciudad. Los inmensos huecos de arcilla llenos de mil y un colores donde las pieles se curten y se tiñen. Rojos, amarillos y azules completamente puros. Rodeando todas esas piscinas, viejas casas amontonadas una sobre otra. Y más arriba, el cielo que por fin vuelve a ser azul.

La visita es corta, pero suficiente para tomarle el pulso a esta medina. Es una ciudad en sí misma, con más de mil años de antigüedad. Y lo mejor de todo, es que la vida transcurre en ella casi sin variaciones después de tantos siglos. Como si estuviéramos en la época medieval. Me pregunto cuánto tiempo podrá resistir así. Me alegro de haberlo vivido antes de que cambie.

El sol ya calienta y las calles de Ouarzazate están animadas desde primera hora. Nos damos una vuelta con la moto, localizando los estudios cinematográficos donde se rodaron unas cuantas películas. Aunque el objetivo principal es comprar una crema de protección solar en una de las mil farmacias que vemos.

Nada más salir de la ciudad, el árido desierto de roca y piedra ennegrecida se apodera del paisaje. Solamente algunos cordones verdes de palmerales y verdes veredas logran zafarse del monótono mundo ocre. Y junto a ellos, viejos pueblos desordenados de rojizo adobe.

Aït Ben Haddou es parada obligada. Aunque aún no entiendo muy bien por qué. El viejo pueblo se encarama al risco que tiene detrás, ocupando una posición preferente sobre el río. No es más bonito que otros muchos del camino. Quizá algo más grande. Pero seguramente su fama le llega de haber sido el escenario de la película Gladiator. Efímera fama.

Decidimos seguir por esa carretera hasta Telouet. No estamos muy convencidos, ya que es una carretera local. A veces la vida te regala momentos inolvidables. Y ese fue uno de ellos. Sin duda. La carretera P1506 avanza hacia el norte dibujando curvas y más curvas al son de las montañas. De repente a nuestra derecha aparece un enorme cortado, como si la tierra se hubiera abierto en una herida sin cerrar. Y allá abajo, al fondo, estrechos palmerales intentan escapar de la oscuridad. Los pueblos surgen uno detrás de otro, en precario equilibrio sobre el precipicio. De lejos parecen abandonados, apenas unas cuantas paredes rojizas. Pero al acercarse, la vida te da en la cara de bruces. Niños yendo a la escuela, hombres trabajando en la puerta de su negocio o mujeres acarreando pesados fardos de leña. Donde no darías ni un duro por encontrar a nadie, resulta ser un pueblo lleno de vida. Curiosidades de este mundo loco.

El asfalto es cada vez más estrecho, apenas un carril por el que se ha de luchar cuando aparece un coche de frente: el que no se aparta se queda con él. En algunos tramos incluso llega a desaparecer y se convierte en una hacheada y pedregosa pista. A ambos lados, las montañas de consistencia arcillosa adquieren diferentes colores. Rojos, amarillos e incluso verdes nos sorprenden detrás de cada curva.

Unos pocos kilómetros después de Telouet, la carretera contacta con la nacional. Allí se acaba una de esas joyas escondidas de Marruecos, pero no las emociones. Nos quedan casi cien kilómetros de curvas de todo tipo. El puerto de Tizi-N’Tichka es larguísimo, y me atrevería a decir que todas sus curvas son diferentes. Más de 2000 metros de altura para atravesar el Atlas. Montañas nevadas cercanas y un trazado muy divertido, aunque el asfalto no pasa de correcto. En algunas curvas la gente local ha montado su chiringuito de recuerdos, enseñándote geodas de colores brillantes y atrayentes. Pero lo que quiero es llegar ya a la mágica ciudad de Marrakech.

El tráfico se intensifica, sobre todo al llegar a la ciudad. Nuestro hotel se encuentra en pleno meollo, en el centro de la Medina. Allí no entran los coches, solamente las omnipresentes mobylettes. Y yo con ellas. Estrechísimas calles llenas de gente, de comercios y de mobylettes. Intento hacer caso al GPS, y voy caracoleando entre puestos de especias, de babuchas o de lámparas maravillosas. Finalmente la Medina puede conmigo y debemos dejar la moto. Después de preguntar unas cuantas veces, conseguimos llegar a nuestro Riad. La moto, quedará aparcada rodeada de sucios coches en una pequeña placita, a la que tienen la osadía de llamar “parking”.

La Plaza Djemma el-Fna es el corazón de Marrakech. Cuando se pone el sol, riadas de gente, tanto turistas como locales, acuden a ella. Cuentacuentos, encantadores de serpientes, música, puestos de comida con cuscús recién hecho de donde salen insinuantes columnas de humo y aromas,… Es el encanto de la ciudad. Decidimos comer en uno de los puestecitos, de esos sin mantel donde no existe el lujo pero sí el encanto. Uno de esos sitios que recuerdas para siempre.

***

Desayunamos con tranquilidad en la terraza de nuestro hotel. Esperaba mejores vistas, pero no las hay. Plantas y blanquísima sábanas tendidas. El cielo azul sobre nuestras cabezas y aromas árabes nos arropan. Hoy es día de visitas a pie. Así que GPS en mano, nos volvemos a perder por las intrincadas calles de la Medina. La Madrasa de Ben Youseff y el Palacio de El Bahía son nuestros primeros objetivos. Por fuera no difieren nada de las casas adyacentes. Y dentro tampoco son especialmente vistosos. Estancias decoradas con estupendos artesonados y mosaicos de colores, rodean a patios donde una fuente refresca el ambiente. Me doy cuenta de que en medio del caos de la Medina, el verdadero lujo palaciego es el espacio.

Salimos del centro para dirigirnos a los jardines de La Menara. Tras más de una hora andando por aburridas y desérticas avenidas, llegamos a lo que no es más que un huerto de olivos y un estanque marronáceo donde parejas de enamorados y excursiones colegiales tiran pan a los pobres peces que no deben ver más allá de sus narices. Quizá el único aliciente de La Menara es hacer la típica foto del lago intentando reflejar sin éxito la pequeña construcción de tejados verdes, con el nevado Atlas al fondo.

Para la vuelta preferimos coger un taxi, que por poco menos de 3 euros nos planta nuevamente en la Djemma el-Fna. Comemos en un restaurante con terraza y vistas a la plaza. La vida cotidiana fluye a nuestros pies. Ancianos convalecientes que vuelven a casa montados en un carro, vendedores asediando a turistas o burros cargados con mil vasijas de barro. Mientras, los olores de Marrakech nos inundan. Olor a menta, a azahar, a cilantro o azafrán. Miro a Belén. No digo nada. Solamente quiero disfrutar del momento. Estamos en el centro de un universo muy diferente al nuestro. Tengo la certeza de que cuando regresemos a nuestras vidas cotidianas recordaremos estos aromas y nos trasladarán nuevamente a Marrakech en una esponjosa y colorida alfombra mágica.

Me despierto a las 6:45. Creo que no me da tiempo de ver la salida del sol, pero me levanto igualmente. Aún somnoliento, abro la puerta de nuestra habitación, que da a una espectacular terraza que ocupa todo el tejado de la kasbah. Lo que veo ante mis ojos me despierta en décimas de segundo. El sol hace poco que ha salido, y se oculta en una pequeña nube sobre el horizonte. Un horizonte mágico. De arena rojiza. El impresionante Erg Chebbi ya estaba ayer cuando llegamos, pero ni lo intuimos. Enormes dunas de suaves curvas abrazan pequeños grupos de palmeras aquí y allá. El silencio reina en el ambiente y la temperatura comienza a subir rápidamente. Estamos en la puerta del desierto.

Hoy pasaremos el día con Eduard López. Decidió cambiar su piso de Barcelona por una pequeña casa aquí justo cuando acabó su espectacular viaje a Ciudad del Cabo en moto. Ride to Roots. En aquel viaje quería viajar a las raíces de la humanidad, volviendo a lo más básico y sin cosas superfluas que desvirtúen todo. No sé si lo consiguió en su viaje. Pero después de pasar un día entero con él y Simona, estoy seguro de que ahora lo han conseguido. Y me dan envidia.

Quedamos a primera hora en la gasolinera de la zona, punto de encuentro de cientos de 4×4, quads y motos de los europeos que vienen a este lugar a desfogarse. Espero al menos que respeten el ambiente y el paisaje. Hacemos una ruta corta y facilona por la zona, hasta el lago Jasmine, que resultó que no suele tener agua. Primer contacto con la arena. Dos personas en una GS 1200 no es la mejor manera de aprender, pero gracias a los consejos de Eduard pude salvar cada vez con mayor destreza los pequeños bancos de arena.

La Baraka, el lago Jasmine,… Justo en el borde de las dunas, que se muestran altivas, y por qué no, algo desafiantes. Es de personas inteligentes saber dónde está el límite. Y yo sé dónde está el mío. Justo aquí, a pie de duna.

La comida y el té transcurrieron entre charlas y cambios de impresiones. Sin prisas, como se hacen las cosas en el desierto. Hasta que el sol se puso. Fue el momento de ver la nueva kasbah y de escuchar las explicaciones de Simona y Eduard sobre su acondicionamiento. Nuevamente me dieron una envidia muy sana.

El trayecto por pistas de noche hasta el hotel nos dio una nueva dosis de aventura. Seguir la pista correcta a oscuras se antoja imposible a pesar de seguir el track del Garmin. Casi lo conseguimos. Solamente a quinientos metros del objetivo decidí marcarme una “ruta creativa” por una pista demasiado arenosa para nuestro gusto. Ese chute de adrenalina hizo que saboreáramos más si cabe el estupendo plato de nombre difícil de recordar que nos prepararon en nuestra kasbah.

***

Tengo un sexto sentido para despertarme cuando toca sin tener que usar ningún despertador. 06:05. Justo la hora en la que el sol comienza a desperezarse tras las dunas de Merzouga. Despierto a Belén. En silencio, apoyados en una de las almenas de nuestro castillo particular, vemos cómo amanece.

La ruta hasta las gargantas de Todra y Dades atraviesa un terreno extremadamente árido y seco. Pequeñas montañas de negras rocas y alguna que otra tímida duna de arena desaparecen rápidamente en el retrovisor. De tanto en tanto cruzamos algunos pequeños pueblos, donde la gente trabaja en la supuesta acera. Herreros, carniceros o carpinteros sacan sus trabajos al fresco, a la luz. A pesar de ser domingo. A las afueras, cientos de niños alzan sus manos esperando únicamente que les devolvamos el saludo.

Llegamos a Tinghir, el pueblo de donde nacen las gargantas del Todra. Encaramado al risco, observa a sus pies las frondosas veredas del río, escondido entre enormes palmerales. Casi invisible, la carretera se va introduciendo literalmente en las montañas, que forman paredes gigantescas a ambos lados del penoso asfalto. Al lado el río Todra, de no más de un palmo de profundidad, sirve de refresco a cientos de marroquíes que han decidido pasar el domingo allí. Tras un par de kilómetros, los puestos de artesanía y la gente desaparece, y nos quedamos solos con la garganta que durante varias decenas de kilómetros va jugando con la carretera, llevándola a derecha e izquierda.

Desandamos el camino muy a mi pesar. Existe una pista que conecta ambas gargantas, la del Todra y la del Dades, pero hoy debemos llegar a Ouarzazate, que aún está lejos. Las gargantas del Dades tardan en aparecer. Solamente el palmeral de su lecho nos garantiza que vamos en la ruta correcta. Después de observar las curiosas formaciones rocosas llamadas “los dedos de mono”, encontramos las gargantas. El valle se estrecha y la carretera comienza a zigzaguear para ascender por la escarpadísima ladera rocosa. Tras unos cuantos “tornanti” llegamos arriba. Desde allí, la vista de la carretera es muy efectista. Y es tampoco hay tantas curvas, pero todas las que hay, se ven desde allí.

El camino hasta Ouarzazate es pesado y tedioso. Múltiples pueblos ralentizan la marcha, mientras cientos de puestos a pie de carretera venden agua de rosas, típica de la zona. En algunos momentos se puede incluso percibir la fragancia a rosas. La carretera ha ganado en autenticidad. Los preparadísimos 4×4 del desierto de Merzouga, la mayoría españoles, dejan paso a desvencijados Mercedes con mil y un remiendos.

El sol se pone tras las altas montañas del Atlas justo cuando llegamos a la ciudad. Ouarzazate suena a leyenda. Espero descubrirla al anochecer.

Salimos pronto de Zaragoza, aunque no tenemos excesiva prisa. El ferry para Melilla sale de Almería a eso de las 23:30. Tenemos más de setecientos kilómetros por delante, pero también muchas horas para llegar. Enfilamos la autovía Mudéjar , dirección Teruel. Los campos comienzan a estar verdes. Para mí, la primavera ha llegado de golpe, casi sin avisar. El cielo es de postal. Potentes nubarrones negros forman cordones hasta perderse por el horizonte, alternándose aquí y allá con pequeños girones de un cielo azul brillante. Al frente, varias cortinas de agua lo empapan todo, aunque nuestra ruta las acaba evitando milagrosamente.

Llegando a Valencia las nubes desaparecen casi por completo. El sol lo inunda todo, como si fuera un cuadro de Sorolla, mientras que una intensa fragancia fresca, con un toque ácido y meloso nos recibe. El azahar. No en vano miles de naranjos se desparraman a ambos lados de la autopista, subiendo tímidamente las laderas de las montañas cercanas.

Llegamos a Almería justo para ver alguna de sus procesiones. Allí encontramos calles cortadas, riadas de gente por doquier y el solemne ritmo de tambores. Incienso. Olor a Semana Santa. Cenamos un pincho moruno para ir aclimatando, mientras nos las vemos y las deseamos para salir del casco viejo evitando las múltiples procesiones. Al final, llegamos al puerto.

La travesía podría haber estado mejor. El bamboleo del barco es notable, arrítmico e impredecible. Me aferro a la almohada de mi estrecho catre e intento dormir.

Son las 7:30 de la mañana. Nos desperezamos y salimos a cubierta. Melilla por babor! Belén me va contando con ilusión los edificios más notables que logra distinguir desde el barco. Hoy solamente la cruzaremos, a la vuelta, nos empaparemos de la ciudad.

Dos horas para pasar la frontera se me antoja un buen balance, aunque en realidad se me hizo muy pesado. Alejar a los “conseguidores”, informarse de los papeles a rellenar y las colas a realizar. Sea como fuere, pudimos finalmente pasar la frontera y entrar en Marruecos. Ahora solamente quedaban más de seiscientos kilómetros por carreteras de dudoso mantenimiento hasta Merzouga.

La primera parada, en Nador, para desayunar. Exquisito zumo de naranja natural y croissant. Estamos en otro mundo. El mundo de las calles sin aceras, del polvo por todos lados y del caos circulatorio. La vida está en las calles: la gente, los comercios,…

Paramos en un pueblo a mitad de camino. Una gran kasbah abandonada lo preside. Murallas casi intactas y unas cuantas edificaciones de una altura en el interior. El bocadillo de tortilla de atún, ya todo un clásico en nuestras rutas, sabe a gloria.

La carretera hacia el sur es una interminable recta. A derecha e izquierda, escarpadas montañas surgen del árido terreno. Algunas tienen nieve, pero el calor en el valle ya se hace notar. De las pequeñas poblaciones, apenas tres casas de adobe, salen niños saludando y gritando, aún con la cartera del colegio a la espalda. De tanto en tanto, también encontramos rebaños de ovejas, que van rebuscando entre las piedras algún matojo verde que llevarse a la boca.

En una de las paradas para repostar y descansar, unos niños se acercan tímidamente a nosotros, saludando. A pesar de nuestras sonrisas, no se acercan mucho. Parece ser que la timidez supera su curiosidad. Han pasado muchas horas, pero aún nos queda la mitad del recorrido.

La llegada a Errachidia es espectacular. Enormes circos montañosos, secos y áridos, van formando las hoces de un río inexistente. La carretera acompasa a las montañas, que van formando enormes curvas primero a la derecha, luego a la izquierda. Al fondo del cauce pueden verse algunas manchas verdes de vegetación.

Errachidia está cargada de aromas. Huele a comida. A cuscús, a pollo y a clavo. La gente está en la calle, el tráfico es caótico. Sí! Esto es África!

El valle del Ziz, a la salida hacia el sur de Errachidia, es simplemente espectacular. La carretera discurre por la izquierda, algo elevada sobre el valle de no más de cuatro kilómetros de anchura. En el centro, un sinfín de palmeras y otros árboles lo inundan todo de verde. A ambos lados, las montañas rojizas reciben los últimos rayos de sol, mientras abajo, pequeñas poblaciones de adobe intentan ganar sitio a la espesa vegetación.

Cae la noche llegando a Erfoud. Para Merzouga hay dos caminos, uno por pistas, algo más corto, y la carretera, que da un rodeo de más de diez kilómetros. Después de más de ocho horas conduciendo, decidimos ir por carretera. Solamente quedan cuarenta kilómetros. Pero la noche marroquí es peligrosa en carretera. Cientos de personas, bicis y burros avanzan sin señalización alguna por los arcenes, y la concentración ha de ser máxima.

Llegamos a nuestra kasbah bien entrada la noche, después de preguntar en una gasolinera y recorrer por pistas los últimos tres kilómetros, con la única iluminación de millones de estrellas sobre nuestras cabezas. Por fin vuelvo a ver el famoso cielo africano!

La kasbah, todo un lujo. Habitación espaciosa en la torre, con toda la terraza a nuestra disposición. Cuscús para cenar y la luna saliendo sobre las dunas de postre. ¿Alguien quiere más?

Hace un par de días regresé de Nordkapp. Sí, en invierno. Pocos lo hacen, casi nadie. Ese es su encanto. Podéis verlo todo en la web AuroraBorealis del Club14. Dentro de unos meses, podré explicaros por aquí la experiencia, que como comprenderéis, fue inolvidable. Junto a mis amigos Carlos Llabrés y Pablo Sancho, conquistamos Nordkapp y fotografiamos auroras boreales saliendo en moto desde España. 40 días de aventuras.

Pero la rueda de la inquietud y la aventura sigue. Sirva este post para hacer de enlace entre la nieve de los polos y la arena del desierto. Mañana jueves por la noche Belén y yo tomaremos un ferry que nos dejará en Melilla junto con nuestra BMW. Marruecos nos espera.

No puedo asegurar crónicas puntuales y diarias, dependerá del WiFi, pero lo intentaré. Estad atentos. Comienza #LaRutaMarroquí.