Archivo de la categoría: Derbi&BMW

NK8. Luleå-Rovaniemi. Lapland

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Debemos estar locos. Una cortina de agua nos impide ver más allá de nuestras propias narices, los charcos de agua en las roderas de la carretera casi me llevan al aquaplaning en dos ocasiones. Unos intimatorios cables de acero me «protegen» de pasar al carril contrario. Los truenos rugen cercanos sobre nuestras cabezas, y nosotros seguimos avanzando. En moto. Lo dicho, debemos estar locos.

Todo eso es lo que pensaba después de que un tío algo gordito, vestido con una sudadero de esas universitaria, con una barba rubia mal cuidada y las manos manchadas de grasa, me parara por la carretera con una llave de tubo en la mano. Su coche, completamente destrozado por el lateral izquierdo, con las dos ruedas reventadas y los amortiguadores por los suelos, descansaba ya, moribundo en el arcén. Pocos metros antes, la valla de cables de acero tenía marcas de desgraciado «encuentro» con el coche.

– ¡Hola! ¿Tienes una llave de tubo del 10? -me pregunta finalmente en inglés, al ver la cara que le he puesto cuando me lo ha dicho en sueco.

– Pues no, del 10 solamente tengo llaves fijas -le contesto, algo aliviado. Si me tengo que poner a desmontar todo el equipaje bajo la incesante lluvia para sacarle una llave del 10, me muero. Además dudo mucho (de hecho dudo muchísimo) que el pavo pueda arreglar el coche con una llave del 10. Necesita lo menos tres semanas en el taller.

Y es que la ruta hoy ha sido dura. No por los kilómetros, ya que es la etapa más corta desde que salimos, pero sí por las condiciones climatológicas. Sobre todo cuando te empieza a calar el traje de cordura. Miro a Belén ahí delante. Su melena al viento se está empapando, pero ella va firme y segura hasta el destino de hoy. Verdaderamente es admirable. Llevamos con este 8 días, con medias de siete a ocho horas encima de la moto. Incluso un día estuvimos más de once. Día tras día. Sin rechistar. Indiscutiblemente las mujeres son de otra pasta. ¡Bravo, Belén!

Y llega Finlandia. Y Rovaniemi, donde la lluvia nos ha dado un respiro de poco menos de media hora. Hemos ido a ver a Santa, que ha estado muy dicharachero como cada vez que le he visitado. Mu majo él. «Adéu», me ha dicho el tío al despedirse. Campechano. Pero quizá lo que a mi más me llena es haber pasado nuevamente el Círculo Polar Ártico. Napapiiri lo llaman por aquí. Entramos en la tierra de las noches perpetuas y de los días eternos. ¡Mola!

Poco más que añadir. Rovaniemi no tiene más. Paseo por la ciudad ya de tarde, que ha parado de llover. Calle arriba, calle abajo. Y se acaba el pueblo. Como suele ser costumbre cada vez que entro en Finlandia, se me ha olvidado adelantar la hora. Pero bueno, no me preocupa. Ya casi es un ritual llegar tarde a la cena o al desayuno en este país.

¿Que si estamos locos? ¿Que por qué vamos en moto? Porque como dicen por ahí, prefiero una vida ancha que corta. Prefiero vivirla intensamente a solamente pasar de puntillas por ella. Y amigos míos, si queréis intensidad, la moto es vuestra herramienta. Aunque caigan chuzos de punta.

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NK7. Sundsvall-Luleå. Orcos que vienen y van.

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¿Que qué es lo peor que llevo del viaje? Sin ninguna duda hacer y deshacer maletas. Más concretamente, cargar y descargar la moto. Cincha para arriba, cincha para abajo; Encaja la maleta, asegura las bolsas… Llevamos justo una semana haciéndolo todos los días y esta mañana mis bíceps se han quejado (sí, escuálidos y raquíticos bíceps, pero bíceps al fin y al cabo). El proceso de carga y descarga ha durado, desde que ha sonado el despertador hasta que me he puesto el casco, más de hora y media. Y eso sin desayunar. Pues como que no me sentía los brazos cuando hemos rodado calle abajo a buscar la salida de Sundsvall. ¡Qué dolor! Por supuesto, añadido a mi normal cabreo de buena mañana, daba como resultado tener la simpatía de un orco.

Con esa actitud afrontaba los seiscientos kilómetros de la etapa del día, presumiblemente toda por autovía/carretera. Sí, porque en esta zona de Suecia las carreteras se vuelven autovías y las autovías se tornan carreteras con un solo chasquido de los dedos. De pronto tienes un carril y debes ir a 90 por hora, como súbitamente aparece otro carril como de la nada y puedes ir a… 90 por hora. Bueno, puedes ir más rápido, pero estas velocidades supersónicas son cosas de la Derbi.

El ánimo me lo ha cambiado el bar del desayuno, a escasos cuarenta kilómetros de Sundsvall. Casi no paramos, pero al final lo hemos hecho. Y menos mal! Unos bocadillos desbocadillizados -término que voy a acuñar y voy a vender a Ferràn Adrià- estupendos. ¿Qué son los bocadillos desbocadillizados? Cójase el pan, NO lo parta por la mitad. Agréguese los ingredientes ENCIMA del pan. Y ya. Pues mira, estaba bueno. Sobre todo si te lo tomas en una terraza con vistas al lago. Maravilloso. Me he desorquizado de golpe.

A partir de ahí el ánimo ha cambiado. He comenzado a disfrutar de los abetos (sí, de los mismos abetos de ayer, y de antes de ayer) de los lagos (de lagos muy parecidos a los de ayer y antes de ayer, sí) y de la carretera/autovía rectilínea. Y es que las cosas, con mejor humor, son siempre más bonitas.

Tras un par de reportajes, un RedBull y una visita al WC, ha llegado la hora de la comida. Y visto el éxito del desvío de ayer, he intentado lo mismo, sabiendo que la probabilidad de que volviera a salir bien era más bien escasa. He mirado el GPS, he localizado una ensenada cercana a la que llevaba una pequeña carreterita, y nos hemos dirigido hasta allí. Cinco kilómetros de pistas -de carreterita nada- que han acabado en un pequeño embarcadero, con los palos para secar pescado e incluso una mesa de picnic. La pequeña calita estaba rodeada de bosques de abetos y disponía de una pequeña salida al Báltico. Espectacular.

Y a lo tonto a lo tonto, hemos llegado a Luleå, ciudad casi completamente rodeada de agua, de un agua completamente quieta y tranquila. Tranquila como la ciudad, que parece desierta a las siete de la tarde. Los bares ya cerrando, y solamente algunos habitantes por las calles. Y la mitad de los que hemos visto eran españoles, y no turistas precisamente. Bueno, una pareja sí, fotografiando con una réflex las más horribles calles de la ciudad.

Y casi sin temor a equivocarme, para Belén el momento más feliz del día ha sido disfrutar de su café sentada en el sillón de masajes de la recepción del hotel. Déjala que disfrute. Le queda un día. Un día para llegar al Círculo Polar Ártico. ¡Mítico! Aunque no nos lo ponen fácil, que mañana dan lluvias. Pero ya se puede engalanar el gordo de rojo que vive por esos lares, que mañana le haremos una visitilla.

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NK6. Estocolmo-Sundsvall. Carreteras secundarias

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Jo, no es normal comenzar el día cabreándose. Pero es que la jodida máquina de café del hotel la ha tomado conmigo. Que si ahora no te doy leche, que si la leche que te he puesto en ese espectacular latte macchiatto te la corto para que los cuajos floten en ese café flojucho. Que si ahora que has vuelto a hacer un espresso normal, la leche caliente se ha acabado,… Ah! y a todo esto el café no era para mí. Pues mira, que me ha cruzado el inicio del día.

Para solventarlo, nos hemos ido a dar un último garbeo por el casco antiguo de Estocolmo. Hoy teníamos tiempo, porque la ruta solamente eran 360km casi íntegramente por autovía. Así que no había prisa. ¡Pero cómo estaba Estocolmo de guiris! Ya, no me doy cuenta que nosotros también somos guiris, pero hay guiris y guiris. Los hay que disfrutamos de las ciudades en silencio, de la mano de tu pareja y saboreando cada rincón, y los hay de los que entorpecen al grupo preguntándole a la guía por el significado de las letras «SV» en las alcantarillas de la ciudad… Vamos a ver, mameluco! La «S» será de «Stockholm», no? Y la «V»… pues de «Vassen» o como se diga «agua» en sueco. Pero además… ¿A ti qué carajo te importa lo que signifique? Ya que preguntas, pregunta con algo de inteligencia, que si no se te nota la estulticia! Guiris…

Y nos metemos en faena. 360 kilómetros de autopista que se van volviendo pesados. No hay poblaciones, no hay nada. Solamente bosques de abetos que se hacen eternos. Nada que cotillear, a excepción de los coches que nos van adelantando por nuestra izquierda. Me aburro…

Tras la comida (hoy ha tocado butifarra blanca), a poco menos de 70 kilómetros de Sundsvall, nos desviamos por una carretera secundaria. Hace un rato que voy jugando con el GPS mirando el mapa, y he visto que desviándonos 5 o 6 kilómetros podríamos llegar a alguna población costera. Mola la idea.

Y vaya si moló. Primero, un lago idílico donde una familia se refrescaba ejerciendo de domingueros al huso (excepto que no llevaban tortilla de patatas para comer). Y luego, Hårte. Un bonito pueblito pesquero, con su embarcadero formado por preciosas casitas de madera roja. El agua calma y el sol aún en lo alto. Ha sido quizá uno de los lugares más bonitos de lo que llevamos de viaje. Era tan bonito que hasta la tortuga de ganchillo del llavero de la moto de Belén ha decidido quedarse. Hemos tenido que volver atrás a buscarla. La he encontrado en medio de la carretera, como cuando las tortugas van a desovar cruzando la playa… Y nosotros tres (tortuga incluida) hemos vuelto a la carretera principal por unos cuantos kilómetros de pista, rodeados de esos bosques que veíamos durante tanto tiempo al otro lado de la valla.

Sundsvall era una vieja conocida para mí. Me pasé un par de días volviendo de la expedición Aurora Borealis. Volver a ver sus calles, ahora sin nieve ni hielo, me han dibujado una sonrisa en la cara. Es curioso, porque todo me resulta conocido pero lo veo extraño sin su manto blanco. Es un semi dejà-vu. Así que aprovechando la larguíiiiiisima hora azul de estas tierras en estas épocas nos dejamos llevar por sus calles completamente vacías y cobijadas bajo un precioso cielo azul y esa luna llena grande, la más grande del año, dicen.

Parece que hoy vamos más pronto de lo habitual, así que aprovecharé para descansar y planificar para mañana una improvisada visita a las carreteras secundarias. Porque ahí está la verdad. La autovía es una auténtica mentira.

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NK5. Copenhague-Estocolmo. La ciudad de la hora azul infinita

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Oresund, a pesar de atravesarlo en ayunas, es un puente que mola. Sí, es verdad que a mí me mola más el de Storebaelt, que es más… rotundo. El de Oresund combina tanto el túnel submarino como un gran tramo sobre pilares que va ganando altura y finalmente el majestuoso tramo colgante. Muy chulo, simulando velas de barcos con sus tirantes. Pero a mi me mola más el de Storebaelt. Pero sí, el de Oresund también mola. [y así podríamos estar toda la noche, que si el de Oresund que si el de Storebaelt…] 25 eurazos de puente por moto.

Y así, en ayunas, entramos en el país de los pueblos con nombre de estantería de IKEA. Coge una palabra, por ejemplo, almohada. Cambia la terminación por -asan. Ya tenemos almohadasan. Ahora añade una «å». Ålmohadasan. Un toque de «ø» y nos queda ålmøadasan. Una pincelada de «ä», una repetición y ponerlo en mayúsculas nos deja ÅLMØADÄSAAN, la nueva lámpara de pie de IKEA. De igual manera podemos transformar las poblaciones.  Soria se queda en SØRÏÅESEN. Y así durante los seiscientos y pico kilómetros de la etapa de hoy.

Como veis, la cosa ha estado aburridilla y me ha dado tiempo de pensar en chorraditas. Es lo que tiene Escandinavia. Un bosque muy chulo, un lago de ensueño, un bosque que no está mal, un lago mono, un bosque que es igual que el anterior, otra vez un lago, el PUTO BOSQUE QUE NO SE ACABA, el LAGO DE LOS COJONES QUE PARECE EL MISMO DE HACE TRES HORAS y así sucesivamente.

Pero nos hemos divertido mucho. En realidad en este viaje no paramos de reírnos. Cuando me funciona el intercomunicador, claro. Porque lleva un par de días que a las cinco horas dice que ya ha trabajado bastante. Y a todo esto, el Turning Torso de Calatrava, el emblemático edificio de Malmö (¿veis? Ya han colado una «ö» en el nombre…) sigue donde estaba hace un par de años. Y hace tres. Y hace cuatro. Es la cuarta vez que lo veo. Y las señales de alces, que han empezado a aparecer como las setas. Pero yo esto ya me lo conozco: no haces más que mirar a todos lados en cuanto salen las señales. Y luego no ves ni un reno ni un alce hasta dentro de muchos paralelos. Al 65 por lo menos. Y estamos en el 59. Pero vamos, que como salga el alce despistado estamos listos. Así que será mejor seguir mirando.

También hemos visto cientos de coches americanos años 60-70 por el camino. Y cuando digo cientos no exagero. Primero creía que habría una concentración o algo. Pero muy concentrados no pueden estar si los llevamos viendo seiscientos kilómetros. Yo creo que los suecos han visto el radiante día que hacía hoy, con sus 25º en canal, y han decidido salir a pasear con sus descapotables.

Y la joya de la corona, Estocolmo. Una de mis ciudades favoritas. La hemos recorrido en una hora azul interminable, como suelen ser las noches de verano por estas latitudes. Gamla Stan y sus edificios de colores con personalidad, de sus callejuelas adoquinadas y de sus pasajes imposibles. Los canales, los embarcaderos y los edificios iluminados ofreciendo mil reflejos en un agua tan quieta como oscura… Quien no sueña con volver a esta ciudad es porque nunca ha estado (por otro lado, la frase arroja cierta lógica…).

Y sí, al final desayunamos. En un McDonalds. Y esta vez no fue por el wifi… Pero es que más allá de los Pirineos no tienen esa costumbre tan nuestra de dar una patada y que salgan veinte bares. Aquí, quien encuentra un McDonalds a la hora del desayuno, tiene un tesoro. Por cierto, que se ve que la costumbre aquí es pedir las cosas para llevar y comérselas dentro del coche… en el mismo parking del establecimiento. Al menos, tú eliges la música. Buenas noches.

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NK4. Hamburgo-Copenhague. Jeg elsker Danmark

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¡Jo! ¡Cómo me gusta Dinamarca! Porque después del calvario de las autopistas alemanas asesinas (bueno, los coches a 200 son los asesinos, las autopistas están ahí paradas sin hacer nada), subes un poco y te encuentras con Dinamarca. La de la Sirenita. La de las galletas de mantequilla. La de las matrículas con ribete rojo. Y eso que desde Hamburgo hemos cogido unas carreteritas entre bosques que nos han hecho disfrutar desde primera hora de la mañana. Sin mencionar el pedazo de desayuno en Nur Hier, una fábrica de pan alemana. Pero entrar en Dinamarca es especial.

Bueno, no tiene nada de especial, realmente. Pasas una frontera vacía, un par de banderitas y ya estás en Dinamarca. Pero lo que yo os diga, que vale la pena. Quizá era el sol y un cielo azul de los azules de verdad. Y la temperatura, muy agradable para estar ya por estas latitudes. ¡Qué digo agradable! ¡Que hacía un calor de mil narices! Pero se agradecía.

Y de agradecer a la Divina Providencia es haberme desviado por una carretera lateral para buscar un lugar donde comer. Ya lo intuía en el GPS, y no me he equivocado. Hemos llegado a un pequeño embarcadero, con unas mesas de picnic y un WC portátil. ¿Qué más podíamos pedir? Bueno, que no hubiera avispas, que no se puede tener todo.

Así que después de una espectacular comida, con sardinas en aceite y fuet, nos hemos metido de lleno en el puente de Storebaelt. ¡Qué pedazo de puente! Aún recuerdo cómo se bamboleaba la moto a la vuelta de la expedición Aurora Borealis al pasar entre sus pilares. ¡Qué miedo! Pero hoy hacía un día estupendo, y las gaviotas volaban a nuestro alrededor despreocupadas y elegantes.

¡Y qué decir de Copenhague! Me encanta Nyhavn, sus terrazas repletas de gente comiendo y bebiendo y sus barcos antiguos atracados para siempre (porque es imposible que salgan por debajo del minúsculo puente donde todo el mundo hace la foto de rigor). Comida en sitio bien (bien que nos han clavado en el precio, pero es que hoy valía la pena el despilfarre económico), y después paseíto para ver a la Sirenita en modo nocturno. Vamos, que no se veía un carajo. Entre negra que es y que no le han puesto ni un triste foco, casi había que imaginársela. Menos mal que me he llevado mi supercámara y que el RAW hace milagros. Un día os lo explico con más calma. Pero quedaros con esto: Pasad del jpg, disparad en RAW (para muestra, la foto de arriba).

Así que hoy que tenía tiempo y podía editar fotos, y poner en orden todos los vídeos, me veo aquí, tumbado en la cama a las doce y media de la noche y sin haber acabado aún la crónica. Es que no aprendo. A ver si mañana Suecia me centra un poco. Aunque a mí, lo que me gusta, es Dinamarca. Jeg elsker Danmark. Buenas noches.

 

NK3. Münstermayfeld-Hamburgo. Qué larga es Europa, coñe!

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Pues ya me tenéis aquí, a las tantas de la noche, para contarle al que quiera oírlo lo que ha dado de sí el día. Y si me fío por las horas encima de la moto -casi diez- parece que sí, que el día ha dado de sí. Y la noche, porque llegar al hotel más allá de las 00:20 tiene tela. Al menos el de recepción no nos ha mirado mal. Igual es porque era una pantalla táctil, quién sabe.

Tarde. Salimos muy tarde del hotel. Es lo que tiene acostarse tarde. Parece la pescadilla que se muerde la cola: nos levantamos tarde-llegamos tarde-hay que dormir-me levanto tarde. Habrá que romper el círculo vicioso en algún punto, pero aún no he decidido dónde. Pues eso, que tarde nos levantamos, y además nos dio por perder el tiempo en el precioso castillo de Eltz. No dentro, que lo de las visitas en este viaje están vetadas por cuestiones de tiempo. Pero las vistas desde el mirador eran espectaculares.

Luego, un pequeño pueblo a orillas de un río. Monreal, se llama. El pueblo, digo. El río ni idea. Casas medievales, con porticones de colores y todo eso. Y el castillo en lo alto que no falte. Después de una visita relámpago, nos vamos hacia Saltzvey. ¿Y por qué?, diréis. Pues porque sí. Porque pillaba de camino y además tiene un bonito castillo con lago y todo. Muy vacío, pero se ve que lo animan por la noche, con bares, torneos medievales y todo lo que se os ocurra hacer en un castillo medieval.

Y después Colonia. Köln, como la llaman por aquí. Hace más de 25 años que no me acercaba. Y la catedral sigue ahí, mira tú. Negra de roña, pero altiva y elegante.  Nos dimos una vuelta por su interior y me doy cuenta que podría ser más espectacular con esa materia prima, pero se ve que los alemanes no aprenden de la catedral de León o la de Burgos… Seguimos ruta, que queda un huevo de kilómetros y ya es hora de comer.

Pues que paramos a comer por el camino. Hoy tocaba ensaladísimas. Una delicia, oye. Al lado del carril bici. Y seguimos, que quedan más de 400 kilómetros. Seguimos hacia Hamelín, a ver nosequé flautista que había ahí. Pero la verdad es que el tiempo se nos echa encima y pasamos del flautista. Total, dicen que es cuento. Y con la noche por sombrero, seguimos por la autopista hacia Hamburgo. Sí de esas autopistas alemanas sin límite de velocidad. Pues nosotros a 90 km/h, como dos campeones. Miro el GPS y me dice que la velocidad máxima de hoy ha sido de 102 km/h. Se me abrá ido la cabeza y me habré despistado… A todo esto, debo haber batido un récord del mundo inverso con esa velocidad estratosférica en las autopistas alemanas.

Y aquí estamos, deseando que desde la habitación no se oiga el paso de los trenes por la vía cercan….. MIERDA, se oyen! Buenas noches.

NK2. Lyon-Münstermayfeld. 36

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Resulta que no había wifi en la habitación. Ni 3G pagando ni nada. Y yo era feliz. Porque tras el licor griego de los cojones y la cerveza cargadita, mas la musaka y nosecuántas exquisiteces griegas más, lo que me apetecía era irme a dormir. Ah, supongo que las casi diez horas encima de la moto influyen en quererse acostar. Pero no, ha sido meterse en la cama y tener wifi disponible. Así que aquí me tenéis, escribiendo la crónica nuevamente a las tantas.

¿Que cómo ha ido el día de hoy? Pues un día de mierda. Concretando, 700 kilómetros en 9:36 horas encima de la moto. Con lluvia y todo. ¿Que qué hemos visto? Pues nada. Nada de nada. Y eso que el día prometía. Pero la aventura es así, un día te da ración doble, y al día siguiente no te da ni las migajas. Primero, unas carreteras chulas -rectas pero chulas- saliendo de Lyon. Con sus laguitos y sus observatorios ornitológicos. Pero la cosa es que este viaje no es para ver pájaros. Así que nos dispusimos a chuparnos los casi quinientos kilómetros que hay hasta Luxemburgo. Que mola eso de visitar Luxemburgo, oye. Exótico es.

Pero que va y se le ocurre ponerse a llover antes de llegar, oye! No pasa nada, chubasquero y punto. Y al entrar el Luxemburgo… un atasco de mil narices. Y se me ocurre pararme en la estación de servicio. Son muchos años viendo fórmula 1, y al final sabes que el mejor momento para repostar es cuando sale el safety car. Y como íbamos más lentos que el caballo del malo, ahí que nos metemos en el área de servicio. La cosa era tomar un café y ver si tenían pegatinas de Luxemburgo, que esa me falta. Pues no veas el atasco que había en la gasolinera. ¿Habéis visto alguna vez un atasco en una gasolinera? Yo tampoco. Pero se ve que en Luxemburgo eso está de moda. No sé, igual es la única gasolinera de todo el país. Resumiendo, hora y media haciendo cola para poner gasolina. Y eso que no necesitábamos repostar. Pero era imposible salir de esa cola. Absolutamente imposible. Bueno, de esa ni de ninguna cola, porque al menos diez colas se dirigían a otros tantos -o más- surtidores. En definitiva, estábamos atascados ahí dentro.

Y claro, ni pegatina ni café ni nada. Eso sí, ya que estábamos, repostamos. Y luego, ni visita a la ciudad, ni nada de nada. Directos al hotel que ya íbamos tarde. Un pueblo de difícil nombre y peor wifi. Mañana a ver si por lo menos hacemos algo de turismo.

Por cierto, Luxemburgo: país 36 que recorro en moto. Buenas noches.

 

NK1. Terrassa-Lyon. Con una mano

SMR_20140805_Nordkapp_003Son más de las 12 y media de la noche y el día ha sido duro. Pero lo más duro de este día es que mañana será igual. Pues eso, que es más de medianoche y aún me quedan cosas que contar. Aunque no muchas, porque en principio esta era una jornada de trámite. Porque atravesar Europa siempre es un trámite cuando viajas a Nordkapp.

Pero comenzaré hablando de la migraña que lleva unos cuantos días asaltándome a cualquier hora, incluso por la noche. Y la noche anterior no iba a ser menos, incluso siendo la víspera de un día importante. Es lo que tiene la migraña, que no respeta nada. Pero milagrosamente, fue sentarme en la moto -no sin antes pelearnos durante casi una hora con el equipaje- y desaparecer para siempre. Como por arte de magia. Ante nosotros nos quedaba por recorrer más de setecientos kilómetros que empezaron con la niebla de Olot, las cuatro gotas de Figueres, las caravanas inhumanas de Le Perthus, ya en Francia y unas cuantas cosas más. Porque esos pequeños detalles son los que sazonan un gran viaje. Pero sigamos por orden, que me noto algo disperso.

Cuando al verano le dio por aparecer, allá por Narbonne, el termómetro marcaba más de 30 grados. Nos acercábamos a uno de los puntos de paso que había marcado en fosforito en el planning de viaje: el puente. Porque de Millau, lo que más se reconoce es su puente. Y no lo atravesamos, sino que lo pasamos por debajo. Impresiona ver sus enormes columnas, aguantando en un supuesto equilibrio milagroso esa línea recta blanca y perfecta por donde la autopista A75 sigue su camino hacia el norte. Desde abajo, desde muy abajo, es el mejor sitio para observar la magnitud faraónica del puente. Es completamente recomendable su visita. Y los kilómetros pesan en el contador…

Y después, pero que mucho después, apareció Le-Puy-en-Velay. Pueblo muy interesante, con diversas iglesias que sorprenden por su situación. De hecho una de ellas está en equilibrio sobre un afilado peñasco. Habían pasado ya muchas horas desde que sonara el despertador, pero aún nos quedaba un buen trecho. Hasta que el GPS marcó más de 11 horas sobre la moto. En ese preciso momento y no antes, llegamos a Lyon, una ciudad que bien merecerá una visita más seria. Porque la que hemos hecho hoy ha sido un poco de risa. Ya habrán mejores ocasiones.

Y de todo eso, ¿con qué me quedo? Pues sin lugar a dudas con ver delante de mi a Belén y su Derbi conduciendo con una sola mano. Y es que aún recuerdo cuando hace unos pocos años se asustaba cuando a mi me daba por soltar una mano del manillar. Y mírala ahora. En nada, se suelta de las dos para bajar bordillos.

La Ruta de Bayonne

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Las tardes se alargan y alargan. Las temperaturas se atemperan. Llega la primavera y con ella aumentan las ganas de salir en moto. Curiosamente nunca dejamos de hacerlo durante el crudo invierno, pero cuando los campos comienzan a enverdecer y el sol tiene ese afán por colorearlo todo, el deseo de rodar a dos ruedas con la sonrisa en los labios, se incrementa exponencialmente.

La semana fue mala, muy mala. Tanto en lo profesional, con más trabajo de lo que desearía, como en lo personal. Sencillas cosas como finiquitar un libro se me atragantan más de la cuenta. El afán perfeccionista hace que siempre haya cosas que retocar, siempre inacabado como el tapiz de Penélope. Pero esa es otra historia, y merece de ser contada en otra ocasión. Y no a tardar mucho.

La cosa es que los campos de colza, sembrando ya de amarillos innumerables retales de la interminable ruta a Zaragoza, me alegraron la tarde. Rumbo al inicio de la Ruta de Bayonne, que se convertiría a la postre en una de las más bonitas hasta la fecha. Y eso que ya van unas cuantas.

Ya con Belén y su Derbi a mi frente, partimos rumbo a Pamplona. El Moncayo, aún vestido impecablemente con sus nieves invernales, nos quedaba a la espalda, mientras el día se iba acabando. De allí venía el viento, que azotaba y zarandeaba la moto de Belén, que se defendía con destreza, manteniéndola en el rumbo correcto cuando al viento le daba por soplar de lado. Cruzamos un Ebro ya desbordado por el deshielo a su paso por Tudela. Fue lo último que logramos ver antes de que cayera la noche.

Belén hablaba y hablaba sin parar. Yo prefiero que se concentre en la conducción y no se despiste, pero sé que los viernes necesita vaciar todas sus preocupaciones. Es una especie de aduana para entrar limpia al fin de semana. También es señal que está cómoda encima de la moto, así que la dejo hablar mientras yo vigilo por los dos. Quizá yo debería hacer lo mismo, pero prefiero dejarlo para la cena.

SMR_20140328_Bayonne_001Y Pamplona. El viento arreciaba al dejar las motos frente al hotel Zenit, situado a las afueras de la ciudad, en un centro comercial. Desencanto al ver su ubicación, pero alegría al ver su interior. Habitaciones muy correctas, propias de hotel de cuatro estrellas a precios muy contenidos. Con parking gratis. No se puede pedir más. La cena, de pintxos y vinos en la calle de la Estafeta, siguiendo con la mirada los adoquines que ven pasar a esa riada de gente delante de los toros cada principios de Julio. Acaba la noche, como en otras ocasiones, en el bar Iruña, en la Plaza del Castillo. Un cortado y una tarta. Buscando nuevamente la monotonía en las cosas extraordinarias.

Amaneció un día gris. Ni llovía, ni hacía sol. Parecía que el viento había amainado, y esa era la mejor noticia. Nos disponíamos a llegar a San Sebastián por el interior de Navarra. Un desvío muy acertado por Doneztebe y Goizueta. Verdes primerizos comenzaban a decorar los árboles que salían del letargo de los meses de invierno. El agua despertó y se desbordaba por cualquier pequeño rincón, cayendo a los pies de la carretera. Verde musgo, verde hierba… ¿Os he hablado alguna vez de los miles de verdes que habitan en Navarra?

Nos paramos en una curva, en la variante de la N-121, cerca de Almándoz, para evitar los túneles. Hacía justo cuatro años que no paraba ahí, en un recodo del camino donde hay una pequeña fuente y una coqueta cascada. Un coche estaba parado, pero no me molestó para la foto. De ese Renault antiguo salió un anciano ataviado con la típica txapela.

SMR_20140329_Bayonne_002-¡Vaya motos!- comenta. -Deben correr mucho.

-Pues la mía no tanto- puntualiza Belén.

El viejo miraba las motos con ojos de pasión. De una pasión escondida, o quizá dormida. Una pasión que hacía años, quizá demasiados, que no despertaba. Y de repente, despertó.

-Yo tenía una Ossa. De color azul- dijo.

-¿No sería de color verde? Las Ossas solían ser de color verde- puntualicé. Recordaba una foto de una Ossa verde que durante años decoró mi carpeta del colegio. El hombre dudó unos segundos.

-No, era azul. Y me costó veintisietemil pesetas.

Pensé que encantaría decir, dentro de cuarenta años, parado en un recodo de algún camino: “Yo tenía una BMW. Era de color blanco y me costó diecinuevemil euros”. Y seguir teniendo esa pasión en la mirada.

La carretera seguía rumbo norte, pasando por inmensas praderas salpicadas de pequeños rebaños de ovejas lanudas. A veces nos las encontrábamos en medio de la carretera, e iban corriendo asustadas unas decenas de metros, hasta encontrar un pequeño camino por el que huir. Me encanta Navarra. Y entramos en Euskadi como quien no quiere la cosa, sin el mínimo signo, exceptuando el de la carretera, que había habido un cambio. Y San Sebastián apareció esplendorosa. Visita obligada a la playa de la Concha y al Peine de los Vientos, que ese día soplaba y rugía poderoso como nunca.

SMR_20140329_Bayonne_009Se acercaba la hora de la comida. Habíamos comprado algunas cosas para tomar un tentempié en cualquier lugar. Y ese lugar tenía que ser Pasaia. Como si quisiera ocultarse, el camino para llegar a su frente marítimo, al otro lado de la ría, se nos resistía. Lo tenía ubicado en el GPS, y lo veíamos a lo lejos. Pero llevábamos tres intentos y aún no habíamos podido ni acercarnos. Era como un universo paralelo que solamente existía en mi imaginación. Hasta que de pronto, como si un ente superior nos permitiera finalmente el acceso, pudimos llegar. Al otro lado de la ría, las casas se agolpaban una al lado de la otra, a la orilla del mar, mientras que la colina se erigía verde y poderosa a su espalda. Sin duda, otro rincón al que os recomiendo asomaros.

Desde Pasaia a Hondarribia fuimos por la carretera del monte Jaizkibel. Espectaculares vistas, dejando un Cantábrico furioso allá, 450 metros más abajo. Largas colinas y algunos bosques tapizaban el paisaje hasta la costa. Atrás, unos tímidos rayos de sol se acercaban hasta casi acariciar Donostia. Estábamos en lo más alto del paraíso. En la bajada, la desembocadura del Bidasoa presidía algunas curvas. Hasta allí bajamos, pasando a Francia por Hendaya.

Y en Francia todo cambió. Seguía siendo País Vasco, sí… pero los franceses son muy franceses. Y se les nota. En todo. Vistiendo, decorando… Estábamos en la costa, que todo lo centraliza y desvirtúa. Saint-Jean-de-Luz es bonito, sí. Con sus callejones y coquetas casas vascas. Pero francés. Visitamos un decadente Biarritz que vive aún de sus años de esplendor en la época de su casino. Y ahora no difiere mucho de Salou o Benidorm. Y Bayonne destaca con sus castillos o su preciosa catedral. Pero ya no es el País Vasco verde que buscábamos. Cena a base de pato. Magret y confit. Delicioso. Al menos eso sí que lo tienen los franceses.

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Llegaba el domingo y había que volver. La ruta estaba planificada para hacerlo por Candanchú y Jaca, pero había alerta de viento. Lo mismo pasaba en Roncesvalles. Así que en el último momento cambiamos de planes y entramos en España por Ainhoa y Dantxarinea. Fue un acierto. La carretera desde Bayonne a Ainhoa es simplemente espectacular. Un tobogán lleno de subidas y bajadas, con la carretera primorosamente peraltada jugando con las praderas y los pastos donde caserones, pequeños bosques aún invernales y rebaños de ovejas daban el toque discordante a ese verde sempiterno. Es otro rincón más que recomendable. Belén, a todo esto, parecía volar en esa carretera. Notaba que había accedido a otro nivel en la conducción, donde las curvas parecen rendirse a nuestros pies y trazamos cada viraje como si de un lienzo virgen se tratara, pintando una armonía y componiendo una sinfonía con nuestra moto. Sonreí. Me acordé cuando a mí me pasó eso trazando las peligrosas curvas de la Rabassada, en Barcelona, hace… mil años. Seguro que tú también te acuerdas de cuando llegó ese momento, ¿verdad?

Llegamos a Pamplona con las nubes negras cerniéndose sobre nosotros. Quedaban más de ciento cincuenta kilómetros hasta Zaragoza, ya por carreteras más aburridas. Incluso alguna autovía. Pero no importaba. Veníamos con las pilas cargadas y la sonrisa puesta. A quince kilómetros de destino, Belén se da cuenta que algo no va bien. La moto se le mueve y no le responde. Al ver su rueda trasera bamboleando peligrosamente, le digo que se pare de inmediato. El rodamiento de su rueda trasera ha dicho basta. Pero lo cierto es que tampoco importaba. Mientras esperábamos a la grúa -que conducía otro enamorado de las motos- observaba a Belén. Su mirada había comenzado a irradiar esa pasión por viajar en moto. La misma que el viejo de la Ossa, que el motero que se paró a preguntar qué nos pasaba cuando paramos, o la de Tony el de la grúa cuando le dijimos de dónde veníamos. Esa mirada de pasión con toda seguridad llevará lejos a Belén, igual que nos ha llevado a muchos. Quizá, hasta el fin de Europa. Pero esa es otra historia que merece ser contada en otra ocasión, posiblemente a no mucho tardar.

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La Ruta de los Pueblos Negros


La Ruta De Los Pueblos Negros por Dr_Jaus

La primavera estaba al llegar, y los días comenzaban a alargarse. Salir de Zaragoza por la A-2 como tantas otras veces, era diferente, como siempre. El atardecer teñía de un rojo imposible todo el horizonte que lograba ver a través de mi casco. Delante, Belén afrontaba los primeros kilómetros de autopista con esa mezcla de ilusión y temores que siempre tiene al iniciar las rutas. Allí al fondo, la silueta del Moncayo esperaba pacientemente a que cayera la noche.

Después de los más de 170 kilómetros de aburrida autovía, solamente quedaban veinte para llegar a Sigüenza, un viernes más nuestro campo base. La carretera serpentea ligeramente, y a pesar de ser noche cerrada, se agradecía después de tanta recta. Miré al retrovisor. El pequeño faro de la Derbi Terra negociaba con precisión y autoridad las curvas que nos vamos encontrando. No dejo de sorprenderme de lo que ha aprendido Belén en tan poco tiempo. Es una clara muestra de lo que podemos conseguir si realmente queremos conseguirlo. El castillo de Sigüenza, que domina en lo alto de una loma todo el pueblo, me sacó de mis pensamientos, y nos indicó el final del trayecto.

Nuevamente nos alojamos en La Casona de Lucía. La familiaridad del trato, así como unas instalaciones fantásticas, nos hicieron repetir. Manolo, su dueño, se preocupaba por nosotros como si fuéramos de su familia.

-¿Dónde habéis aparcado las motos?- nos pregunta.

-Al lado del container, estarán bien allí- respondo.

-No me gusta el sitio. El camión de la basura puede hacerles algo -se preocupa- Ahora iremos a verlas y os indicaré el mejor lugar. Pero casi mejor que las dejéis en el garaje que tengo no muy lejos de aquí.

-No se preocupe -dije- Las moveremos cuando vayamos a cenar.

Nos cambiamos rápidamente y salimos a reponer fuerzas. Manolo, como no, nos acompañó calle arriba para certificar que dejábamos las motos en buen sitio.

-¿Habéis cogido las llaves de la habitación?- preguntó con un tono paternalista.

La taberna Seguntina estaba completamente vacía. A pesar de ello, nos sentamos a cenar. Sopa castellana, pimientos del piquillo rellenos de carne y cabrito asado. No fue la mejor cena de nuestras vidas, seguramente no repetiremos sitio. Los tres camareros entraban del comedor por una puerta y salían por otra, observándonos y preguntándonos repetidamente por nuestra cena. Uno detrás de otro, como esas figuritas que salen de algunos relojes a la hora en punto.

De vuelta al hotel, recorriendo las silenciosas calles de Sigüenza, pensé que ni nos habíamos propuesto dar una vuelta por la plaza Mayor o la catedral. Las habíamos visto hace menos de tres meses. Y también el año pasado. Me sentí cómodo, vagando por calles ya conocidas, sin la presión autoimpuesta del turismo por el turismo. Mañana sería otra cosa. Visitaríamos los llamados pueblos Negros y Dorados de Guadalajara. Nunca había estado allí y me apetecía conocerlos, respirarlos, sentirlos. Y eso afortunadamente no es turismo.

Salimos de Sigüenza por la mañana inmersos en un día radiante. Los buitres trazaban círculos perfectos sobre nuestras cabezas, volando tan elegantemente que tenía que frenar las ganas de conducir mirando constantemente al cielo. A nuestro alrededor, campos marrones y verdes se extendían por las laderas de las pequeñas colinas, peinados como de domingo. Perfectamente arados, y algunos con los incipientes brotes de una nueva cosecha. Dejamos el castillo de Jadraque a la izquierda y seguimos hacia Cogolludo, que se esparce distraídamente por la ladera de la montaña. Camino de Campillejo, atravesando bosques a derecha e izquierda, el aire olía intensamente a pino. Las laderas rocosas mostraban una pizarra negra y elegante, anunciándonos que nos acercamos a los Pueblos Negros.

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En la comarca, son bien diferenciales los llamados Pueblos Negros, con casas construidas íntegramente de pizarra -de ahí su nombre- de los Pueblos Dorados, que utilizan cuarcita para su construcción, de un color más amarillento. Geográficamente están separados por la sierra del Ocejón, dejando los negros al oeste, y los dorados al este de esta frontera natural.

Majaelrayo es quizá el mayor exponente de pueblo negro. Para llegar hasta allí, dejando la sierra a nuestra derecha, pasamos por campos repletos de romero, que traspasaron completamente mis cinco sentidos. Pocas veces había notado esa bofetada de olores tan brutal. Pocas veces una bofetada como esa me había hecho sonreír. Majaelrayo está primorosamente conservado, excepto alguna que otra casa desvencijada. Un paseo por sus calles es siempre muy recomendable.

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Para visitar los pueblos dorados, tuvimos que volver hacia atrás unos cuantos kilómetros, volviendo a pasar por los campos de romero, los pinares y las curiosas formaciones rocosas de la ciudad encantada de Tamajón. Cuando volvimos a tomar rumbo norte, ahora con la sierra del Ocejón a nuestra izquierda, comenzamos a descubrir los Pueblos Dorados. Villaverde de los Arroyos es el alter ego de Majaelrayo, esta vez en tonos amarillentos. El pueblo es un punto de inicio de muchas excursiones por la sierra, por lo que los aparcamientos habilitados a la entrada suelen estar abarrotados. Nos tomamos nuestro fuet en la plaza del pueblo, y tras recorrerlo a pie salimos hacia Ayllón.

Puede que fuera la carretera, o puede que fuera la hora de la siesta. Pero las curvas se nos iban atragantando. Sin ritmo ni armonía alguna, y con un asfalto tirando a malo, era imposible prever el su radio y su cadencia. Atravesamos ese hora mala como pudimos hasta llegar a Ayllón, para ya entrar en la provincia de Segovia y encontrar mejores carreteras. La idea era recorrer los casi cien kilómetros que nos separaban de la ciudad del acueducto para pasar allí la noche.

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La primera parada fue precisamente en ese acueducto varias veces milenario. Belén quería la foto de rigor con su moto y su ya casi famoso salto, como quien recoge una pegatina a modo de trofeo de su ruta. Mientras, el acueducto, impertérrito, se dejó retratar. Toqué suavemente sus piedras. Hace mil años, cuando nosotros iniciábamos tímidamente la Reconquista, estos arcos ya tenían mil años. Da que pensar.

En Segovia elegimos El Sitio para la cena. Una estupenda ensalada de queso de cabra, unas patatas revolcones y una pierna de cordero rellena de boletus y patatas panaderas exquisitas. Un colofón espectacular a una buena ruta. Tras el festín, nos retiramos a nuestros aposentos casi faraónicos en el hotel Cándido, a las afueras de la ciudad. Muy buenos precios para un hotel casi de lujo. Recomendable si tienen ofertas.

Debíamos levantarnos relativamente pronto si queríamos llegar a Zaragoza a la hora de la comida. Nos quedaban 360 kilómetros de carreteras nacionales que nos llevarían por San Esteban de Gormaz, Soria y Tarazona. A nuestra derecha, la imponente Somosierra completamente nevada refulgía con los primeros rayos de sol. El ambiente era soleado, y nos permitió recorrer el camino casi sin enterarnos.

Al aparcar las motos, ya en Zaragoza, las acaricié en silencio. Monturas inanimadas, a pesar de que a veces hablamos con ellas. No saben el bien que nos hacen. No saben que la próxima ruta será en primavera, con toda la naturaleza en flor. Les da igual. Siguen ronroneando con nieve, viento, sol o lluvia, sirviendo a sus amos sin rechistar. Sonreí. Porque yo sí se que no hay nada más bonito que rodar en primavera.

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Puedes leer los pensamientos de Belén sobre esta ruta en su blog