TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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A ver, que voy con algo de sueño por culpa de los parches esos para el mareo. Y si le sumas la cerveza de la cena, estoy para cerrar los ojos y dormir hasta mañana. De hecho, ya me eché alguna cabezadita en el ferry (algunos hasta lo habréis visto). Y la verdad es que no coordino mucho las frases, así que el estilo literario pulcro e inmaculado que me caracteriza se habrá ido con el segundo sorbo de Flensburger Pilsener. Vamos al lío.

Lo mejor de ir en moto al entrar en el ferry es que entras el primero. Así eliges sitio. Pedazo ferry, con cine y todo. Pero salones con butacas, ni uno. Así que nos apalancamos en un sofá del bar. Al cuarto de hora, viene la jauría de gente buscando sitio, mientras que nosotros ya habíamos triunfado. Y a sobar, que son tres horas de barco.

Y ya en Fredrikshavn, Dinamarca, solo quedaba recorrer todo el país hasta Alemania. Por la ruta lenta, o sea carreteras secundarias, pasando de la autopista. Mucho campo de cultivo, mucha granja. Y mucho molino de viento, que danzaba moviendo sus aspas como lo hace una bailarina en la barra de ejercicios. Ni un lago, ni una cascada, ni un triste fiordo. Pero de todas formas, me encanta Dinamarca (os lo he dicho ya?). Y nosotros devorando kilómetros hacia el sur, con amenaza de lluvia. Sería el primer día que no nos llueve desde… buff! Semanas.

Y por las carreteras secundarias te encuentras de todo. Hasta vacas peludas de esas que abundan en Escocia. O trailers enormes de mercancías especiales que ocupan ambos carriles y que transitan a 20km/h. Por eso son más divertidas que las autopistas.

Encaje de bolillos. Eso parece la floritura que me he marcado hoy con la ruta. Porque he evitado recorrer la misma carretera que a la ida, a la hora de pasar la frontera de Alemania. De esta manera, el viaje nunca ha pasado por la misma carretera en la ida y en la vuelta. Así, parece un viaje continuo, sin retornos. Un Barcelona-Zaragoza algo más amplio de lo normal, eso sí. Y… ¡zasca! Empieza a llover. A diez minutos del hotel. Para no perder la costumbre. Bastante buen día llevábamos.

Y en el hotel, el momento más especial del día: Belén tuvo su sopa. Buenas noches, voy a contar ovejas. O vacas. ZzzZzz

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Bueno, vamos a ser breves. Comenzamos por el final. Bueno, casi voy a comenzar con la crónica de mañana. Mañana a las 9:15 cogemos un ferry a Fredrikshavn, que nos llevará nuevamente a Dinamarca. Por eso hemos de acostarnos pronto. Para madrugar. Que no me gusta mucho perder ferrys.

Ese es el motivo fundamental de la longitud más bien escasa de esta crónica. Ese y que hoy no han pasado muchas cosas. Hago un repaso rápido:

– No ha llovido. (Bueno, mentira, que algunas gotas han caído. De hecho algunas carreteras estaban mojadas. Qué coño! Sí ha llovido! Rectifico:

– Hoy hemos visto el sol. (Eso sí. Y cielos con algunos parches azules). Sí, añoraba el sol.

– Oslo no está pensado para circular en vehículo. Y además no hay mucho que ver. (No, no me gustan los parques con esculturas. La ópera mira, tiene su qué).

– En una gasolinera noruega me hacían pagar por ir al WC. ¡Y la chica me quería hacer creer que eso era así en todo el país! Se ve que no tiene ni idea de la de litros de gasofa que llevo echados en su país… Y de la de veces que he ido al baño en gasolineras de su país. Obviamente, no he ido al baño. Aunque he pensado en hacerlo en el surtidor, me ha parecido poco decoroso por mi parte.

– Hemos pillado atasco en la entrada de Gøteborg. (O Göteborg, O Gotemburgo). No, no añoraba los atascos.

– Hemos podido cenar algo que no sea embutido. Es la primera vez en varios días.

– Belén cada día va mejor en moto. Ya no la llevo en volandas, ahora viajo con ella.

Pues lo dicho. Resumen hecho. Mañana seguimos desde Dinamarca (me encanta Dinamarca).

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Bueno, seamos exactos: la ruta de hoy ha ido desde Bruvoll, a unos cuarenta kilómetros de Bergen, hasta Svene, a unos cuarenta kilómetros de Oslo. Pero cuarenta kilómetros arriba o abajo no creo que alteren mucho el producto final. Que sí, que no es lo mismo Bruvoll y su camping cutre (aunque nuestra cabaña no estaba mal) que Bergen y sus coloridas casas de madera del puerto. Y supongo que no será lo mismo Svene (aunque el hotel tampoco está mal) que Oslo. Pero vamos, que a mi, a estas alturas de viaje no me viene de cuarenta kilómetros.

El resumen culinario del día de hoy sería: muffin del Starbucks, sandwich de sardinas en tomate, sandwich de jamón serrano. Toma mezcla fusion. Fashion-cañí. Solo faltaba la tortilla de patatas. Pero a lo que me refiero es que eso es todo lo que hemos comido; error de cálculo en la hora de llegada final. Para una vez que cogemos un hotel con restaurante, va y llegamos cuando el restaurante ya ha cerrado. Pues la dueña, muy peripuesta ella, nos podría haber hecho una sopita o algo, que no le costaba nada… Aunque a mi, a estas alturas de viaje, no me viene de un sandwich más o menos.

En cuanto al parte meteorológico del día: cubierto todo el día, con cielos nublados en Bergen, y con posibilidad de algún chubasco por la tarde. Ni se te ocurra pensar en más de cinco minutos de sol en todo el día. Si acaso un par de arco iris de esos que hacen época y con eso te apañas. Y si no llueve, da igual: las carreteras te las dejo mojaditas para que mole más. Pero vamos, que comparado con el día de mierda de ayer, cualquier cosa que no sea llover todo el día ya me vale. A mi, a estas alturas de viaje, no me viene de cuatro gotas más o menos.

Pues con estas premisas hemos echado el día: la mañana en Bergen, paseando entre la historia de las casas de madera que desafían la verticalidad y esconden callejones de encanto entre ellas (hasta que llegan los turistas del crucero, que entonces eso se pone como las Ramblas en verano). Y luego carretera y manta. Sin saber muy bien dónde íbamos, porque entre las obras, túneles de pagos que no me salen en el navegador, ferrys que nos han salido gratis como los túneles de pago, y carreteras llenitas de curvas que molarían si no estuviera el asfalto mojado, hemos echado el resto del día. Así como al final, cuando el sol (bueno, la claridad que dejaban ver las nubes) comenzaba a apagarse, hemos llegado a la iglesia de madera de Heddal. Eran eso de las 0cho de la tarde, y en la iglesia no había ni Dios (añadir aquí unas risas, por favor) [festival del humor]. Pasear entre las lápidas del extenso cementerio que la rodea, buscando el mejor ángulo posible para fotografiarla daba hasta un poco de yuyu. Pero vamos, que a mi, a estas alturas de viaje, no me viene de cuatro lápidas más o menos.

Y los últimos cincuenta kilómetros hasta el hotel de Svene (que ya os he dicho que no estaba en Oslo), han sido de color de rosa. Porque esa claridad que se iba ocultando poco a poco (si, ya queda poco o nada de esos días eternos del círculo polar ártico… [snif]), teñía las nubes de malva. O rosa. O rosa palo, O salmón. Que para esto de los colores, los hombres somos un poco negados. Las nubes, y también los lagos cercanos de reflejos perfectos. Y la carretera, que seguía mojada. Pero vamos, que para Belén, el color era así como gris marengo tirando a negro azabache; un día que yo lo veo todo rosa, ella tiene seleccionada la gama de colores equivocada. Pero vamos, que a mi, a estas alturas de viaje, me parece hasta  normal que tenga un final de día negruzco.

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Miro por la ventana de la cabaña. No sé para qué. Llueve. Como cada día desde que tengo memoria. Hoy es el día épico del viaje. Trollstigen, fiordo Geiranger… Pero más que un día épico se presagia como un día de mierda. Con los ánimos un poco bajos nos disponemos a subir la escaleras de los Trolls. Es mi segunda vez, y la primera, hace 4 años, también fue en un día de mierda. La niebla no me dejaba ver ni la curva siguiente. Pero  hoy, al acercarnos nos damos cuenta de que llueve, pero que no hay nubes bajas. ¡Vemos toda la carretera! ¡Espectacular! Las lluvias  hacen que las cascadas que caen junto a la carretera estén a rebosar de agua, que se desparrama por todos los rincones. ¡Qué imágenes más brutales! ¡LA TROLLSTIGEN MOLA UN HUEVO! ¡AUNQUE LLUEVA! ¡ES LA PERA!. NATURALEZA EN ESTADO PURO. ¿THE ATLANTIC ROAD?, UNA MIEEEEEERDA COMPARADA CON LA TROLLSTIGEN. ¿EL STELVIO? OTRA MIEEEEERDA (pero menos que la Atlantic Road, ojo). HAS DE VER LA TROLLSTIGEN, Y SI LLUEVE MUCHO, MEJOR!!!!!

Los tornanti se suceden uno detrás de otro, mientras que impresionantes cascadas pasan rozando la carretera. ¡Qué digo rozando! CAEN sobre la carretera, en algunos puntos. Sin duda, a pesar de la lluvia, es uno de mis mejores momentos sobre una moto. Y si le añado el gusto de ver a Belén disfrutando como un auténtico Troll, ¡aún más!

Realmente hemos tenido suerte. Tras la visita a los nuevos miradores de arriba, y del pertinente desayuno, la niebla se ha cernido sobre la montaña y no se ha vuelto a ver un carajo. La Naturaleza nos ha regalado ese momento inolvidable. Pero debemos aligerar un poco, no llevamos más de treinta kilómetros de ruta y faltan más de cuatrocientos bajo la lluvia.

La siguiente parada es en el fiordo Geiranger. La joya de la corona, en cuanto a fiordos se refiere, el Marc Márquez de los fiordos.  Sigue lloviendo (ya lo he dicho, ¿no?), y algunas nubes bajas se adivinan en el hueco entre montañas donde debía estar el fiordo. Seguimos avanzando hasta otro mirador cercano y… Voilà! ¡El Geiranger en todo su esplendor! A lo lejos, muy abajo, el agua casi verde esmeralda circula sinuosamente entre las montañas, mientras que media docena de enormes cascadas van a morir ahí. Un par de cruceros, el Hurtigruten y algún ferry parecen cochecillos de Guisval, miniaturas en metal. Impresionante!!

Seguimos teniendo que aligerar. No llevamos más de 100 kilómetros y ya es más de mediodía. Y por esas carreteras, llenas de tornantis, lloviendo a todo llover, lo que menos tienes que hacer es ir con prisa. Así que un fiordo por aquí, un ferry por allá, un puerto por acullá, vamos gastando kilómetros. Y como dice la canción, pensé en relojes de arena, pensé en eclipses de sol, y tracé una gran línea recta imaginaria entre Bergen y yo… Pero en Noruega lo que no puedes hacer nunca es trazar una gran línea recta, ni que sea imaginaria. Así que a eso de las ocho y media de la tarde, hemos llegado a nuestro camping de hoy, a unos cuantos kilómetros de Bergen, después de muchas curvas, mucha agua y muchas sonrisas.

En definitiva, ha sido un día de mierda épico. Ojalá sean así todos mis días de mierda. Ojalá sean así todos mis días.

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Observar los mapas barométricos. Estudiar los de precipitaciones. Temperaturas en altura, humedad relativa, isobaras por aquí, vientos por allá… Había mirado mis dos o tres webs meteorológicas de cabecera antes de salir esta mañana del hotel. Incluso había mirado por la ventana. Y solemnemente dicté mi veredicto:

– Llueve.

Sí, escueto pero certero. Quizá no hubiera hecho falta más que mirar por la ventana, pero los aprendices de meteorólogo somos así. Necesitamos datos, datos y más datos. Relojes con barómetro, aplicaciones en el Iphone, webs a mansalva… Y es que yo de mayor quiero ser Mario Picazo. Por lo de hombre del tiempo, digo. Lo de ser menos guapo ya lo voy asimilando.

Pero no contento con mi veraz comentario meteorológico, me aventuré a realizar un pronóstico.

– Si salimos antes de las nueve de la mañana, dejará de llover. Incluso tendremos sol y cielos azules en la Atlantic Road.

¡Toma ya!¡Eso sí es mojarse! ¡Pedazo de predicción! Belén me miraba incrédula, pero yo estaba seguro de mi pronóstico. Había visto los mapas. Los datos no mienten. O no suelen hacerlo. Así que nos empapamos cargando los bártulos en la moto y salimos en dirección Kristiansund, donde comienza esa fantástica carretera que siempre aparece en la lista de las 10 mejores del mundo.

Y sí, en un momento determinado, dejó de llover. El asfalto se secó y disfrutamos de algunas curvas entre colinas, bosques y algún que otro lago. Yo conducía satisfecho, a sabiendas que me había mojado con mi predicción y que se estaba cumpliendo. ¡Y tanto que se cumplió! La predicción no, pero lo de mojarse… vaya! Chuzos de punta nos han caído desde la Atlantic Road hasta Åndalsnes, donde estamos ahora. ¡No hemos podido ni salir a cenar al pueblo! Mario Picazo puede estar tranquilo, no le voy a quitar el puesto.

¿Y la Atlantic Road? Pues qué queréis que os diga… 58 coronas de peaje por moto del túnel saliendo de Kristiandsund creo que no valen la pena. La carretera salta de isla en isla, pero casi imperceptiblemente. Únicamente el puente que asciende en curva tiene algo que ver. Y los lugares para verlo están demasiado lejos. Aún así, todo el mundo para, para tener la misma foto de recuerdo. Para mi, como el Stelvio, la Atlantic Road está ampliamente sobrevalorada. Pero de mucho. Hoy hemos pasado por algún puente que es muy similar y mucho más grande. Pero claro, no sale en la foto que tienen en algunos concesionarios BMW, y no sale en ninguna lista de los 10 mejores… Crea fama y échate a dormir.

Y aquí estamos, recalculando ruta de mañana, ya que el tiempo en lugar de mejorar, va a empeorar (¡Ups! Estoy haciendo otra predicción… Ojalá también me equivoque…). Así que la Trollstigen, el fiordo de Geiranger y el glaciar Jostedalsbreen puede que queden un poco desmejorados. Pero eso será mañana.

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Es lo que tiene la ruta hacia Nordkapp, que unos vienen y otros van. A unos se les nota en la mirada que están a punto de conseguir un sueño, y otro ya tienen -tenemos- esa cara de tranquilidad de haberlo conseguido. Eso he visto en Adrián [diría que se llama así, la verdad es que soy muy malo para los nombres], un malagueño y su 750 que nos hemos encontrado en una gasolinera cerca de Trondheim.

-¿Vienes o vas? -le he preguntado simplemente. Es curioso, a tantos kilómetros de casa, y ya a unos cuantos de Nordkapp, esa simple pregunta la entiende cualquiera.

-Voy -me contestó mientras se ponía su traje de agua. -Llevo tres semanas de viaje dando vueltas por el sur de Noruega, y ahora ya me voy para arriba.

Y hablamos de los que se habla en estos casos. Que si camping para arriba, que si hitter para abajo. Que si joder cómo llueve, que si hace frío… Es el primer español en moto que nos encontramos y claro, todos teníamos ganas de hablar. Ahí, en medio de la gasolinera. Ni me fijé si había coches haciendo cola detrás nuestro. Lo primero es lo primero. Pero empecemos por lo primero.

Hoy el día me ha sorprendido. Mirando por la ventana desde nuestro cuarto del centro de rehabilitación de alcohólicos no se veía un carajo. “Como siempre”, pensé. Pero al subirnos en la moto se podían esbozar algunos retales de azul cielo. Hacía tanto tiempo que no veía ese color que hasta me ha hecho ilusión. A poco de salir a la carretera, el sol lo ha iluminado todo. Los verdes eran más verdes, los azules de los lagos, mucho más azules. Del agua emanaba ese humillo de evaporación que le da un toque de misterio encantador. Encantador si hay sol, porque yo me encuentro ese humo saliendo de un lago de noche cerrada, y lo siguiente que espero es que salga un zombie de debajo de la tierra. O en su defecto, Michael Jackson cantando Thriller. Que no sé qué da más miedo. Pero de día, el humillo molaba.

La carretera E6 ha sido muy divertida. Para seguir a ritmo de 80 km/h, que es lo que está permitido, ni tenías que frenar en las curvas, que se sucedían una tras otra. Pequeñas subidas y bajadas, lago aquí, bosque allá… Todo muy bonito. 19ºC en el termómetro. Impensable. Pero todo lo que empieza se acaba. Y al sol le ha dado por desaparecer nuevamente. Entonces las nubes grises no dejaban ver las aguas tan azules ni los bosques tan verdes. De hecho, ya no había ni el humillo. Pero molaba igual. Molaba tanto que hoy hasta hemos hecho el aperitivo con un refresco y unas patatas. En una gasolinera. Toma glamour. Pero molaba igual. O más, incluso.

Trondheim también ha molado. Ya sin lluvia, aunque aún con nubes. Las casas de madera en los canales de la ciudad tienen colorido ya sea con sol o sin él. Hemos dado un agradable paseo por el centro. Andando, que a veces va bien y todo.  Hoy llevamos la mitad del viaje. Y hemos visto un montón de cosas. Ya voy haciendo sitio para el otro montón. El montón de cosas de los que vuelven.

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No te puedes fiar ni de la predicción meteorológica. ¡Si para hoy daban algo de sol! Sí, también algo de lluvia, pero sol. Y no. Por los ventanales de la habitación entraba claridad pero ni un rayo de sol (oh, oh, oh). Las montañas estaban cubiertas de un manto de nubes, que las realzaban, pero que presagiaban otro día de mierda, meteorológicamente hablando, claro.

Pronto, tan pronto como a las 8 de la mañana, ya estábamos saliendo del hotel destino Henningsvær. A poco de llegar, donde la carretera separa los grandes riscos de los islotes de la costa, el arco iris enmarca las lluvias que caen en la costa vecina. Afortunadamente, por el momento, nosotros estamos a salvo. Llegamos al embarcadero, donde todo el mundo se hace la misma foto. De hecho yo ya llevo dos. Pero es que es tan bonita… A ambos lados del canal, los botes y barcas se disponen en fila, mientras que las casas de vivos colores completan el paisaje. Sin olvidar las altas montañas tapizadas de verde. Una maravilla.

A ratos llueve y a ratos no. Pero de sol, nada de nada. Ese sol que embellece todo, pero que hoy nos niega su presencia. Con lo bonito que sería todo iluminado… Pero a pesar de eso, los paisajes de las Lofoten son impresionantes. Hasta Belén decía tacos al verlos. De camino a Eggun, la carretera serpentea entre lagos, lenguas de mar y montañas rematadas de afiladas rocas. Las playas, de blanca arena y aguas turquesas son paradisíacas. De un paraíso desértico, porque ahí no se baña ni Dios.

Camino a Unstad, al pasar el último túnel se entra en el Paraíso. Un verde valle, rodeado de montañas por todos lados menos por una, que da a una playa donde algunos surfistas desafían las gélidas aguas. Las laderas verdes se funden con las praderas de hierba en una curva perfecta. Una pequeñísima iglesia de madera blanca remata el paisaje. El camino de tierra negruzca, ahora empapado, rompe con la monotonía del verde. Es un lugar francamente idílico.

Y seguimos camino hacia Reine, ahora con algo de prisa ya que a las 14 horas nos sale el ferry. Poco antes de llegar, unas obras nos cortan el avance durante casi media hora. No queda tiempo, llegamos justos a la hora del embarque. Reine, quizá la población más bonita del archipiélago pasa a nuestro lado en un suspiro. Decidimos jugárnosla y hacerle una foto al pueblo. No nos lleva mucho tiempo.

Y ya en el ferry, con el parche contra el mareo puesto, las motos atadas en la bodega y con el sol en todo lo alto. Sí, ese sol que tanto añoré durante la mañana, le ha dado por salir justo cuando abandonamos las islas. Así de caprichoso estaba el tiempo hoy, mira tú. Tres horas y media de barco hasta Bodø se me hacen casi cortas, habiendo aprovechado para comer y una pequeña siesta.

Cerca de Bodø se forma un fenómeno que quería ver desde hace mucho tiempo. El llamado mælstrøm no es más que unos grandes remolinos formados en la zona debido a las corrientes de las mareas. Julio Verne ya hablaba del remolino asesino en su 20.000 leguas de viaje submarino. Yo no esperaba ver nada espectacular hoy, tal y como se estaba comportando la naturaleza con nosotros. Pero algún que otro remolinillo sí que se podía ver atravesando alguno de los puentes de la zona.

Y después de eso, 270 kilómetros para llegar a nuestro hostal, un centro de rehabilitación de alcohólicos que hace las veces de casa de huéspedes. No me preguntéis qué hacemos aquí… Pero la verdad es que no está mal del todo, ni en cuanto al hotel -decoración aparte-, ni en cuanto al precio. El parche contra el mareo ataca con sus efectos colaterales y me estoy muriendo de sueño, así que quizá mejor que acabe la crónica de hoy. No sin antes recordar que la primera vez que pisé las Lofoten hace cuatro años tenía la certeza de que volvería. Hoy lo he hecho. Y me voy de ellas con la absoluta certeza que volveré nuevamente. Porque no hay dos sin tres. Buenas noches.

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Cambiante. Esa es la palabra que llevo buscando durante toda la ruta de hoy para describir la meteorología. Había pensado en otras palabras más malsonantes para  la descripción, sobre todo cuando nos ha llovido, o cuando la temperatura ha bajado hasta los 7ºC. Pero he decidido que mejor escribir cambiante cuando el sol iba haciendo acto de presencia en pequeñas dosis.

Porque hoy todo ha sido a pequeñas dosis. Los fiordos del principio de ruta, con algo de sol, en realidad son pequeños pensando en los que nos esperan. Sus aguas son tan transparentes y de un verde esmeralda tan caribeño que despistan. Pero vamos, a ver… ¿No estábamos en el Círculo Polar Ártico? ¿Qué pinta ese agua verdosa aquí? ¡Como tras la siguiente curva me encuentre con una playa de arena blanca llena de cocoteros pido el libro de reclamaciones! Pero no. Tras la siguiente curva el paisaje se volvía más y más bonito. Era el mismo: montañas altas, cascadas en forma de hilos de plata y fiordo verdoso. Pero cada vez diferente. Y no soy capaz de describir las diferencias. Tendréis que venir a comprobarlas.

A medio camino, cerca de Narvik, y tras pasar una zona interior sin fiordos ni nada de nada -que se ha hecho algo pesada, por cierto- los aguaceros descargaban sobre las aguas ahora grises. Las cortinas de agua estaban milimétricamente delimitadas, al igual que nos pasaba a nosotros en la carretera: de una curva a otra podíamos pasar de la lluvia incesante al sol más cálido. Cambiante. ¿No os lo había dicho?

Y tras pasar el puente de Tjelsund dejamos la Noruega continental y nos adentramos en las islas más septentrionales del archipiélago de las Lofoten. Esa zona no es tan espectacular como la del sur, que veremos mañana. Hoy todo ha sido a pequeñas dosis, ya os lo he dicho. Pero aún así era flipante. Cada rincón de fiordo, rodeado de espectaculares montañas de roca, con algunas acumulaciones de nieve allá arriba, era único. Verdaderos circos montañosos, de puntiagudas crestas, que cercaban magníficos fiordos salpicados de pequeñas islitas donde algunos abetos acompañaban su suelo rocoso. El arco iris se mostraba, a pequeñas dosis, jugueteando entre las montañas, el mar y las nubes. Idílico. Cambiante.

Llegamos a Kabelvåg, un pequeño pueblo de pescadores muy cercita de Svolvær, la población más grande de las Lofoten.  Cuatro calles con casas antiguas de madera de vivos colores, un supermercado y un restaurante en el embarcadero, donde hemos saboreado un bacalao noruego excelente. Y nuestra humilde morada, con baño compartido pero a la orilla del mar, con dos pedazo de ventanales por donde a buen seguro el sol, que mañana sale a las 4 de la mañana, nos va a hacer madrugar, el muy jodido.

Postdata: el último, que apague las gaviotas, que tampoco me dejan dormir.

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Vamos a ver, señores noruegos: bastante lío tenemos en ir a Nordkapp a ritmo de 125 en 24 días, como para que encima a ustedes les de por montar una vuelta ciclista justo cuando tenemos que salir de Nordkapp. Gracias a Jose Mijares, del Artico Ice Bar en Honningsvåg, pude saber los horarios de cierre de la carretera que llega a Nordkapp. Haciendo cálculos y casi algunas derivadas e integrales logré el número deseado: 06.45. O sea, que tocaban diana a las 7 menos cuarto para poder llegar a Skaidi antes de las 11, hora en la que cerraban esa carretera. 150 kilómetros. No había tiempo que perder.

Había amanecido pronto, a eso de las 2 de la mañana. De hecho no había dejado de clarear toda la noche. Señores noruegos, nuevamente: está muy bien que amen la luz del sol porque no la ven durante 6 meses al año. Pero no cuesta nada poner unas cortinas más gordas en las ventanas. Que es un consejo, ¿eh? Que  si no les va bien lo dejen así, que yo no soy quién para cambiarles ahora las costumbres. Fuera seguía lloviznando, y la niebla estaba bien presente. Arrancamos y recorrimos sin parar y en un pis pas de dos horas y media todo el camino a la inversa (Skarsvåg-Honningsvåg-Olderfjord) y luego la mítica carretera hacia Alta. En Skaidi, donde ya no cortaban la carretera, tocaba parar a desayunar. Una hamburguesa casera tal que la del McDonalds. Porque sí, porque nos apetecía… y porque no entendíamos otra cosa de la carta en noruego, que hamburguer se escribía igual.

Y desde allí a la mítica carretera de Alta. La que tantos quebraderos de cabeza nos dio a los de la Expedición Aurora Borealis hace dos inviernos, parados con las motos en la barrera. Hoy, esa barrera estaba abierta, mira tu por donde. Debe ser porque no había ni pizca de nieve. Afortunadamente, claro.

Y seguimos, y seguimos. Y como en un tiovivo, vamos viendo siempre las mismas caras en las paradas que hacemos. El largo, un italiano altísimo con una GTL1600. Los pringaos, con una Guzzi California repleta de macutos por todos lados, y el cabreado, otro italiano con cara de pocos amigos. Cuando uno paraba, el resto le pasábamos, y cuando éramos nosotros los que parábamos, el resto adelantaba. Incluso en alguna parada coincidíamos todos. Como para hacer una fiesta. O no, porque el cabreado no parecía estar muy de acuerdo. Que digo yo, que para hacer este pedazo de viaje y poner esta cara, quizá que se quede en casa haciendo macarrones, no?

Llegábamos a nuestro destino, 150 km antes de lo planeado, ya que el alojamiento en Tromsø está carísimo. Así que buscando, buscando, encontramos unos pequeños bungalows en un embarcadero de Løkvoll. Para llegar allí ya hemos tenido que superar unos cuantos fiordos. Cascadas que bajan hasta el agua como hilillos de plata en la distancia, aguas tranquilas que reflejan como un espejo las altas montañas que nos rodean, pequeñas embarcaciones que alegran con sus colores el paisaje. Embarcaderos de un rojo intenso… Un paraíso. Y hasta en algún momento dejó de llover y todo. Me encanta la cara de Belén al ver todo eso. A pesar del frío, se notaba que estaba disfrutando de lo lindo. Y de eso se trata.

Señores noruegos, les perdono todo lo anterior después de ver algunos de los recovecos del Lyngenfjord, el fiordo donde nos encontramos. ¡Qué cascadas, coño! Las nubes cortaban a media altura esas enormes moles verdes que parecen tan irreales como fantásticas. Señores noruegos, gracias por estos paisajes. Y sobre todo, gracias por conservarlos. En España, ya habríamos hecho alguna trastada.

Pues nada, os dejo metido en mi cabañita, con el fiordo mansamente reposando tras el cristal de la ventana, y cubierto con un tejado de hierba. Me siento casi un hobbit. Buenas noches.

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¡NORDKAPP!! ¡Objetivo cumplido! La verdad es que no tenía muchas dudas de que lo conseguiríamos. Alguna sí, pero que no dependía de nosotros sino de la mecánica. Pero de momento se han comportado las dos motos como jabatas. La pequeña Derbi y la anciana BMW, en su viaje de despedida. A buen seguro que la echaré de menos.

Pero todo comenzó esta mañana a más de 700 kilómetros de distancia. Y la cosa no pintaba bien. Nos paramos para el primer repostaje, a la salida de Rovaniemi y se funde la luz de la BMW. Cosa normal, por otro lado, aunque esta me ha durado más de la cuenta. Menos mal que las gasolineras por estos lares son como hipermercados, y encuentras de todo, H7 12v/55 incluidas. Pero ya me ves a mi con un cabreo del 15. Un día que debemos cumplir horarios a rajatabla y va y se funde la jodida bombilla. Pero la verdad es que ya tengo la mano rota de cambiarla -aunque esta vez el casquillo de plástico se ha resquebrajado y me ha costado algo más de lo normal- y no hemos tardado más de 10 minutos. Y al salir… Zasca! el retrovisor que se ha aflojado. Ya me veía sacando todas las herramientas para asegurarlo. ¡Más cabreo todavía! Pero también por suerte con un ligero golpecito se ha vuelto a apretar. Más vale así, que yo cabreado no me conozco…

Atravesamos la Laponia finlandesa rumbo norte, por lugares que aún recuerdo de la expedición Aurora Borealis. Están cambiados, sin nieve. Pero cuando ves esa gasolinera, o alguna que otra curva, salta un flash en mi cabeza que me hace esbozar una sonrisa. Además, de momento la meteorología nos acompaña, con bastante sol y calor. Lagos de un azul oscuro, muy oscuro que constrastan con el brillante verde de la hierba… y de pronto, ¡los primeros renos! Precauciones en la conducción, pero con una sonrisa en la boca al ver lo emocionada que está Belén. ¡Y no es para menos! Aún recuerdo mis primeros renos hace ya cuatro años…

Ivalo, Inari… viejos conocidos que ahora pasamos raudos y veloces. Hace año y medio pasaba por aquí a -24ºC, y hacerlo ahora con solecito es una delicia. Seguimos rumbo norte hasta entrar en Noruega. Nuevo país -el último diferente del viaje- que a buen seguro encantará a Belén. Y de momento no defrauda. Desde Lakselv la temperatura ha descendido un poco, y las tormentas se ven al fondo, pero no hacen más que engrandecer el paisaje aunque aún disfrutamos de algo de sol.

Seguimos avanzando hacia el norte, y Nordkapp muestra sus garras. Comienza a llover mientras bordeamos el fiordo. La temperatura desciende hasta los 10ºC, en algunos momentos veo los 9ºC en el marcador. Sigue lloviendo pero nosotros seguimos avanzando. A nuestras izquierda las montañas muestran sus rocas hechas lascas de tal manera que parecen formadas de miles de cartones apilados. A la derecha, el fiordo de colores cambiantes, de un azul oscuro a un verde turquesa caribeño.

13 kilómetros de Nordkapp, en la fatídica barrera donde tuvimos que darlo todo en nuestra travesía invernal. Hoy era algo más fácil, pero la niebla se añade a la fiesta. Una niebla espesa, que no nos deja más de diez o quince metros de visibilidad, insuficiente para percatarse de los renos cercanos. Prudencia máxima.

Y finalmente NORDKAPP. Lo intuímos más que verlo. Dejamos las motos en el parking y nos dirigimos a ver “la bola”. La ansiada y famosa bola de Nordkapp. Nos cuesta distinguirla, debemos estar a pocos metros y la adivino ahí delante, impertérrita. Es mi tercera vez aquí, pero siempre es especial. Es saber que tu objetivo está cumplido, que aunque quieras, nunca podrás conducir más al norte de esos hierros. Más que un destino, es un símbolo. El símbolo que te indica que tus sueños se han cumplido.

Al marcharnos hacia el hitter, que se encuentra 13 kilómetros más abajo, no puedo dejar de dar una pequeña caricia a mi BMW. Me ha acompañado durante más de 170.000 kilómetros sin rechistar. Traerla aquí en nuestro último gran viaje juntos era una justa recompensa. Y este viaje también ha sido su éxito. ¿Te he dicho que te echaré de menos?

No puedo dejar de felicitar a Belén. Solamente un año yendo en moto, y se empeñó en subir con su pequeña Derbi Terra 125cc hasta aquí. Algo que si soy sincero, no creo que yo ni me hubiera planteado. Ha sido duro, por qué negarlo. Pero asumible. Aunque desde hace ya algún tiempo tengo asumido que las heroicidades muchas veces no son el cumplir retos, sino simplemente el planteárselos. Y ahí Belén me ha dado cien mil vueltas. ¡FELICIDADES, CAMPEONA!

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