TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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Hoy ha sido un día duro. Los más de 600 kilómetros recorridos han transcurrido por carreteras generales y autopistas. Bueno, la verdad es que autopista como la conocemos aquí solamente han sido los últimos 150 kilómetros. El resto ha sido por carreteras rectilíneas casi desiertas con el mismo panorama kilómetro tras kilómetro: Lago – Bosque – Bosque – Lago – Bosque – Lago – Lago. Me estresa tener que llegar a una hora determinada. Hoy el límite eran las 16:30, hora que tenía que estar en Helsinki para coger el ferry hacia Tallinn… siempre que hubiera plazas libres… La única diversión que tuve en el camino era intentar leer a tiempo los nombres de las poblaciones que indicaban en los carteles de la carretera. Si habían más de dos, era tarea prácticamente imposible: los nombres finlandeses son de lo más complicados!

Realicé pocas paradas, prácticamente solo a repostar, ya que quería llegar lo antes posible para comprar el billete del ferry y poder visitar mínimamente Helsinki. Al final llegué a eso de las 15 horas, con lo que aún me quedó prácticamente una hora para visitar la capital finlandesa. Es una esperada transición entre las ciudades escandinavas que ya había visto y lo que se espera de una ciudad medio sovietizada: edificios “fríos”, sobrios, repetitivos y monótonos… casi como las carreteras. Se soprendieron la manera que tienen de indicar el número de las casas: mediante un cubo amarillento, otrora blanco, con el número correspondiente, que se supone que se ilumina por las noches.

Helsinki es una cidudad nada agradable para la circulación, ni siquera en moto. Un tráfico que, a pesar de que dista de estar congestionado, es muy lento, posiblemente por una mala sincronización de los semáforos. Asfalto -cuando había- repleto de parches, adoquines completamente desnivelados, calzadas completamente levantadas… un suplicio, realmente. Así que me dio muy poco tiempo de ver la ciudad… realmente fue un suspiro.

En la cola para coger el ferry coincidí con un dicharachero motorista polaco y su pareja. Iban con una BMW R1100GS de hace bastantes años, y venían de la zona norte de Noruega.

– Así que vienes de Cabo Norte, ¿no? -me preguntó.

– Pues sí -afirmé-. Me hizo bastante buen tiempo por ahí arriba -puntualicé, continuando la extendida costumbre entre los desconocidos de comenzar hablando del tiempo.

– Oye, ¿a tí qué te ha parecido Finlandia? -me preguntó casi por sorpresa. Yo no sabía bien qué responder, así que le dije la verdad

– Pues…. monótona -acabé diciendo.

– Yo iba a decir “aburrida”! -me dijo-. Cuando no ves un lago, ves un bosque, y cuando no ves un bosque, te encuentras un lago! -. Sonreí asintiendo. Y es que yo me había llevado la misma impresión.

Tras no pocos problemas para atar la moto -o no sabía cómo funcionaban las cinchas o las que cogía yo estaban estropeadas-, finalmente tuve que pedir ayuda a un fornido marinero estonio, que me ayudó a asegurar la BMW. Dos horas de ferry que se me hicieron bastante pesadas, y finalmente desembarqué en Estonia.

Tallinn se presentaba ante mí con una Ciudad Vieja que me llamaba poderosamente. Antes pasé por el hotel, y me desplacé a cenar a la zona vieja. La verdad es que a pesar de parecer bastante turística, me impresionó gratamente. Se ha merecido ser incluida en la lista de próximas ciudades a visitar.

Hoy he recorrido 618 kilómetros en 6 horas y 36 minutos, a una media de 93,5 km/h. La media de consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 9680 kilómetros. La ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 17


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Tic, tac, tic, tac… Y así durante toda la noche. El vulgar reloj de cocina colgado en la pared de mi habitación no paraba de marcar rítmicamente el paso del tiempo. Eso, unido a la claridad que desde hacía horas entraba por la ventana, hizo que no pegara ojo en casi toda la noche. Me levanté somnoliento, pensando en el desayuno, ya que ayer no encontré ningún sitio para cenar… estaban todos cerrados. Al llegar al comedor del hotel me sorprendió que no había nadie. Tampoco había nada para comer, a pesar de que aún quedaba media hora para desayunar. Me asomé a la cocina y pregunté amablemente si podía desayunar alguna cosa.

– Ehhh… Es que el desayuno es hasta las nueve y media- me dijo la encargada, una finlandesa cincuentona que seguro que en sus tiempos mozos se dedicaba al lanzamiento de peso.

– Sí, claro. Pero es que son las nueve- alegué yo.

– No… Son las diez- puntualizó ella.

Un rápido cálculo mental me llegó a deducir que además de la frontera entre Noruega y Finlandia, ayer también atravesé un huso horario, y no me había dado cuenta.

– Oh… perdón! Creí que eran las nueve! No me dí cuenta del cambio de hora!- me disculpé.

A pesar de la cara de perro de la encargada, me dijo que no me preocupara, y me ofreció un café y unas tostadas… Mientras daba rápida cuenta de las tostadas, me maldecía por no haber echado un vistazo a la hora que marcaba el insistente reloj de cocina de mi habitación… tic, tac…

Ya en ruta, continué descendiendo hacia el sur, a través de interminables bosques y lagos… lagos y bosques. El paisaje era magníficamente monótono… Monótamente magnífico. Preciosos lagos rodeados por miles de flores de colores, algún reno que otro… y kilómetros y kilómetros sin ver un alma. Ese es el escenario que corría ante mis ojos hasta llegar a Rovaniemi, ciudad donde dejaría atrás el Círculo Polar Ártico definitivamente. Antes de eso, tocaba la visita obligada a la casa de Papa Noël, que no deja de ser un sinfín de tiendas de souvenirs y restaurantes rodeando el lugar donde tenemos al señor vestido de rojo atendiendo las peticiones de los ilusionados niños. Vamos, como las Navidades del El Corte Inglés, pero todos los días del año.

A partir de ese momento, el paisaje cambiaría. La naturaleza extrema fue sustituida drásticamente por centros comerciales, suburbios urbanos y coches… muchos coches. Parece ser que -excepto los sami– los finlandeses prefieren vivir al sur del Círculo Polar.

No solamente fue el tráfico lo que apareció tras Rovaniemi, sino también la lluvia. Más que lluvia, tormenta. Con sus rayos y truenos correspondientes. Y me acompañó hasta casi la entrada en Oulu, ciudad con un núcleo urbano tranquilo y reposado, agradable de visitar. Sorprende la buena oferta de bares y locales de copas, que se encontraban bulliciosos a última hora del domingo.

Mañana llegaré a Helsinki. Es un misterio qué ferry cogeré para trasladarme en la última etapa del viaje a los países del este.

Hoy he recorrido 548 kilómetros en 6 horas y 26 minutos, a una media de 85 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos 9061 kilómetros.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 16


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La noche en Nordkapp fue algo especial. El sol se ponía a eso de las 23:30 y volvía a salir a las 2 de la mañana. Así que las luces del ocaso se confundieron con las del alba. La oscuridad nunca apareció, y las nubes con tintes rojizos estuvieron presentes durante ese lapso de tiempo. A duras penas pude cerrar las cortinas -cortas, como su propio nombre parece indicar- de mi habitación, así que pude ser testigo de ello.

Por la mañana soplaba un potente y cálido viento del sur, por lo que las temperaturas seguían siendo altas, rayando los 20ºC. Con el cielo algo tapado, pero con visos de mejorar, comencé a enfilar los más de 100 kilómetros que separan Skarsvåg -que así se llama el pueblecito de pescadores donde dormí, a escasos 12 kilómetros de Nordkapp- del continente. Las carreteras continuaban siendo tan divertidas como ayer, pero el viento que soplaba de frente se convertía en lateral en cada curva. A pesar de ello, una KTM 990 Adventure de una pareja de italianos y yo la recorrimos a buen ritmo.

En Honninsvåg paré a repostar, coincidiendo allí con los primeros españoles en moto que coincido en toda mi ruta. Una GoldWing, una Harley y una Paneuro. Nos saludamos, hablamos de la ruta a seguir, y me recomendaron que entrara en la gasolinera a comprar unos adhesivos conmemorativos de Cabo Norte que no vendían arriba. Así lo hice, claro está. Nos despedimos, ellos siguieron ruta, y yo me adentré en el pueblo en busca del Artico Ice Bar AS, un bar “de hielo” con tienda de recuerdos que regentan unos españoles. Recomendable si se pasa por ahí (que se ha de pasar por narices camino a Cabo Norte).

Camino del sur, el calor comienza a apretar. 24ºC fueron suficiente como para desprenderse de los forros térmicos. Esperaba que fuera definitivo, me apetecía algo de calor en la moto de una vez.

En Kautokeino, último pueblo de cierta importancia antes de la frontera con Finlandia, me volví a encontrar al trío de los españoles que intentaban arreglar algo de la Harley Davidson. Me acerqué a preguntar.

– Se le ha soltado algo del reenvío del cambio de marchas- me contestó el de la GoldWing. -Ya sabes,… Harley Davidson.

– Sí, ya parecía raro que una Harley no perdiera aceite. Algo le tenía que pasar- puntualizó el de la Paneuro.

Les ofrecí bridas para arreglarlo, pero ya habían comenzado la reparación de urgencia con cinta americana. Es importantísimo llevar inexcusablemente como equipo de supervivencia un buen manojo de bridas y cinta americana. Junto con el velcro, son sin duda el mejor invento de la humanidad después de la rueda y del video betamax.

Nos volvimos a despedir, con la convicción interna de que los volvería a ver antes de Helsinki, donde nos dirigíamos todos, aunque por diferentes rutas. Poco después paré a comer en un merendero de carretera que estaba completamente desierto. Saqué el omnipresente salami y el pan de molde. Al poco rato se acercó un coche del que bajaron una mujer y cuatro mocosos que comenzaron a revolotear por todo el recinto, convirtiéndo lo que era un agradable paraje natural en un inmenso chiquipark. Afortunadamente poco después llegó una VFR 750 del ’89 (no es que recuerde todos los modelos, eso es más cosa de Luis, mi mánager…, es que me lo dijo su dueño) con una pareja de suizos entraditos en años, que según me dijeron se dirigían a Cabo Norte. -dónde si no-. Habían llegado en tren y ferry hasta Estocolmo, y desde allí subían en moto, en una moto de más de 20 años…

Los paisajes eran especialmente monótonos. El viento había amainado, el calor continuaba conmigo. Los bosques de coníferas y abedules alternaban con pequeños lagos a lado y lado de la carretera. Y así, sin cambiar nada del entorno llegué a Finlandia, que siguió exactamente igual. De hecho, hacía bastantes kilómetros que tenía la sensación de haber salido de Noruega. En cuanto me adentré en el continente comenzaron a ser habituales las tiendas de campaña sami (si no idénticas muy parecidas a la de los indios americanos), donde vendían baratijas, cuernos y pieles de reno y cosas por el estilo, anunciándolo en grandes carteles donde con letra tosca anunciaban la venta de souvenirs. Y es que estaba en Laponia, independientemente si la frontera indicaba Noruega o Finlandia.

En Enontekiö, llegué al hotel. En compañia de cientos de mosquitos -los famosos mosquitos estivales de Finlandia-, me dediqué a cambiar la bombilla del faro suplementario que llevaba desde Alemania fundida. Mi primo, que hace las veces de director técnico de la expedición, me advirtió pocas semanas antes de la partida que no me llevara bombilla de repuesto, que era mejor dejarla fundida, a tenor de lo complicado que era desmontar el dichoso faro. Tenía razón. Pero como en este viaje estoy aprendiendo a que las cosas suelen salir si le pones ganas y paciencia, y ya que había encontrado en la última gasolinera una bombilla compatible, dediqué un par de horas a cambiarla. Y lo conseguí.

REFLEXIONES ESCANDINAVAS:

– ¿Por qué la mayoría de los coches que veo llevan grandes faros antiniebla como los que se les ponían a los Seat 1430de los años 80? ¿No saben que ahora hay unos más pequeñitos? Da un poco de grima ver un Honda Civic de los nuevos con esos faros!

– ¿Por qué tienen la manía de mezclar los sabores de los zumos?¿No han probado nunca un buen zumo SOLO de naranja?

– ¿Por qué en las gasolineras tienen mil tipos de chocolatinas y un gran surtido de chuches pero solamente 2 o 3 tipos de galletas?

– ¿Por qué los españoles gritamos tanto por la calle? Paseando por las silenciosas calles de Tromsø eran inconfundibles.

Hoy he recorrido 478 kilómetros en 5 horas y 38 minutos, a una media de 84,6 km/h. El consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 8514 kilómetros. La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 15


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Existen dos tipos de auténticos moteros: los que han ido a Cabo Norte, y los que lo harán alguna vez. Yo ya pertenezco al primer grupo. Y así ha sido:

El día comenzó pronto, ya que tenía que retirar la moto antes de las 8 de la mañana de donde la tenía aparcada. No quería acumular más multas de estacionamiento. Sorprendentemente, a las 7:55h la moto estaba completamente sola, como estorbando en una calle de escaso tráfico. No había ni un triste coche acompañándola. Me cercioré que no tuviera ningún otro papelito amarillo e inicié la ruta desandando los 80 kilómetros finales del día anterior, pero con una niebla que nacía del fiordo, aunque por encima de ella se podían adivinar los cielos despejados. Hoy será un buen día.

Cuando llevaba unos 200 kilómetros, me adelantaron como una exhalación tres moteros italianos, una R1200GS, una Diversion 900 (creo) y una Varadero. Me uní a ellos sin pestañear y seguí su ritmo, que excedía en 20 o 30 km/h el límite de velocidad. Yo seguía preocupado por los radares y los renos, y después de 10 o 20 divertidos kilómetros a su rueda, cuando ví que también cruzaban las poblaciones a esa velocidad, decidí volver a mi ritmo algo más legal.

Comenzaba a hacer calor. Pero calor de verdad. Llegué a ver los 22ºC en el termómetro de la moto! Es aquí donde el traje Streetguard 3 de BMW, con su membrana climática comenzaron a trabajar. Nada de calor! Y nada de frío después, cuando en algún larguísimo túnel rocé los 7ºC.

Además de en determinadas gasolineras, existen baños en muchas de las frecuentes áreas de descanso de las carreteras noruegas. Una simple caseta de madera los aloja. Pero cuidado al entrar. Bajo un módulo de plástico con forma de water se esconde el más nauseabundo agujero que he visto -y olido- en mi vida. Por lo tanto, los baños son solo para usarlos en caso de extrema necesidad.

Era la hora de la comida, así que saqué el pan de molde y el salami y dí buena cuenta de ambos. Cuando ya recogía, se me acercó una amable señora alemana que había bajado de un autocar, y me ofreció un plato de sopa caliente. Entre el calor que hacía y que ya había comido, lo que menos me apetecía era sopa caliente. Cualquier otro día de este viaje lo hubiera aceptado encantado, pero hoy… Así que se lo agradecí, y me excusé. Pero la señora insistía, y hasta me cogía del brazo para que me reuniera con el resto de la expedición de jubilautas germanos.

– No gracias. He de irme, que si no, no llegaré a tiempo a Cabo Norte.- le dije.

– Ah! vas a Cabo Norte? Pues te queda un buen trecho! Nosotros venimos de allí! Ten mucho cuidado con los renos! Está plagado!

Y yo me quedé pensativo. Hace unos 5000 kilómetros que veo casi continuamente señales de precaución por los dichosos renos. De hecho, hay dos tipos de señales, unas que son renos, y otras que parecen alces, pero no había visto ni uno ni otro en todo este tiempo. Cuando te pasas tantas horas solo en la moto, tienes tiempo de pensar. Y mi teoría sobre los renos es que no existen. Ni uno. Desde hace años se extinguieron. Pero claro, es un atractivo turístico tan grande para el gobierno noruego que lo han tenido en secreto durante todo este tiempo. Y estaba seguro que cuando llegara a Cabo Norte estaría esperándome un agente del Gobierno que me daría 500 coronas para que guardara el secreto, así como unas cuantas fotos y videos en un pendrive para enseñar a los amigos. Así lo venían haciendo con todos los turistas desde hace más de 10 años. Seguro.

Así que lo que pensaba era cuánto tenía que haber pagado el agente estatal para sobornar a todo ese autocar alemán. Un pastón. Con esas reflexiones seguí ruta hacia el norte. El objetivo del viaje estaba a punto de hacerse realidad. En unas horas podría tocar “la bola” de Cabo Norte!

Y entonces los ví. Decenas de ellos. Salieron de la izquierda, sin avisar. Cruzaron la carretera y se pusieron a andar justo delante mío. Grandes, pequeños, marrones e incluso alguno blanco. Con sus enormes cornamentas aterciopeladas. Toda una auténtica manada de renos!! A partir de entonces mis ojos estuvieron más atentos a los arcenes y menos al GPS. Un segundo de despiste podría suponer un serio encontronazo con un reno. Es por ello que la mayoría de camiones con los que me crucé llevaban unas enormes rejillas paragolpes en su frontal. La teoría del secreto gubernamental sobre los renos se iba desmoronando curva a curva. Ahora un reno, ahora son dos… ahora una manada completa…

Y finalmente… Nordkapp. N71º10’21”. La carretera transitaba ya por la tundra, rala y sin árboles. Con verdes praderas donde los renos seguían pastando a sus anchas. Tras pagar la -cara- entrada, dejé la moto en el parking, mirando de reojo cómo llegaban los veloces italianos de esta mañana -¿dónde les habré adelantado?-. Y tras pasar el edificio del complejo turístico la ví. La bola. Enorme, más grande de lo que imaginaba. Entonces, un acúmulo de sensaciones y emociones me inundaron el pensamiento. 8000 kilómetros, 5 meses de preparación, horas y horas de ilusiones, amigos, familiares,… todo eso había sido metido en una coctelera y tras agitar había salido esa bola. Mágica…

Estuve varias horas en el recinto. Tras explorarlo concienzudamente, incluida la tienda de souvenirs y el magnífico documental en el cine panorámico -muy recomendable-, volvía irremediablemente con la bola, con “mi” bola… Tenía tal magnetismo que me arrastraba constantemente a su lado, como si no quisiera separarme de ella.

Y seguía pensando… Gente a la que quiero me dijo que había elegido un punto en el mapa, había clavado una chincheta en él y que había conseguido cumplir lo soñado. Nada más acertado. Clavé la chincheta y ésta se convirtió en bola. Y allí estaba yo, a su lado. Si algo he aprendido en este viaje es que el ser humano tiene capacidad de conseguir todo lo que se proponga. Y que independientemente de que lo consiga o no, la grandeza está en intentarlo.

Hoy es un gran día, así que haremos una fiesta. Aquí tenéis la galería de fotos de Nordkapp:

Y el vídeo:


Nordkapp N71º10'21"
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Hoy he recorrido 663 kilómetros en 8 horas y 4 minutos, a una media de 82 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos recorridos 8037 kilómetros y… ESTAMOS EN CABO NORTE!!

PD: Nunca sabréis si me encontré al agente del Gobierno noruego en Cabo Norte… No me hagáis hablar… cambiemos de tema. Aquí tenéis la ruta del día:

The Long Way North. Day 14


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Desde Harstad hasta Tromsø no hay mucho que contar. Como siempre por estas tierras las carreteras discurren por parajes de gran belleza natural; montañas nevadas, grandes y verdes valles, lagos que se convierten en fiordos… Aunque los fiordos de esta parte del país visten montañas de menos altura, comparados con sus hermanos del sur.

A eso de media ruta me he cruzado con un amigo twittero británico (@Gazaragi), que llegó a Nordkapp hace un par de días y que bajaba hoy hasta las Lofoten. Su inconfundible Hayabusha negra, poco apta para este tipo de viajes lo delataba. Nos saludamos, quizá sin saber que cada día ya lo hacíamos mediante Twitter. Yo tardé unos segundos en reaccionar, y a punto estuve de dar la vuelta. Pero yo lo hacía por otros parajes, equivocadamente. Y es que esto de las redes sociales te da sorpresas en los sitios más insospechados.

La entrada a Tromsø se realiza mediante un enorme puente que incluso permite la entrada al fiordo hasta a los mayores buques. Este tipo de puentes abunda cuando vas pasando de isla en isla, en el norte de las Lofoten, y al atravesar algún que otro fiordo.

Tromsø no tiene mucho, yo me esperaba más. Sorprende la cantidad de restaurantes -caros- de los de velitas en las mesas y platos que superan los 35 €. Seguramente se nutrirán de las hordas de turistas que desembarcan de los numerosos cruceros y ferrys que recalan en su puerto.

Nada más aparcar la moto en la acera frente al hotel, se me acercó un lugareño -algo ebrio- y me preguntó:

– Iceland?

– No, Spanish. España. -le digo. Incrédulo, vuelve a mirar la matrícula de la moto. Aún no sé cómo ha podido asociar la “E” con Islandia.

– Ohhhh -dice asintiendo con la cabeza. – ¿Cómosstass amiggo? De donnnde de Spannia?

– De Barcelona.

– Aaahhhhh. Barsselona number unno! Futttbol!

– Si, si… Barça! – le digo.

Y se despidió deseándome -en inglés- una buena estancia en su país. Me pareció curioso, pero me podía haber advertido que en su país estaba prohibido -como en algunas parroquias andorranas- aparcar en la acera. Porque al rato de estar en el hotel, y mirando por la ventana -desde donde divisaba la moto sin problemas- tenía un papelito amarillo enganchado al puño del gas. “Que sea propaganda!”- imploré. Pero no. Era una de 500 coronas noruegas (unos 65€). Maravilloso. Más de 7000 kilómetros sin una multa, y me la tienen que poner por estacionamiento prohibido. Genial.

Para reponerme del mal trago, acabé cenando en un local muy chillout, con buena música y buenos platos -interpretaciones noruegas a platos tradicionales de la cocina mundial: unos fetuccini carbonara con jamón de ballena, por ejemplo- y nada caro, para lo que se estila por aquí. Y con WiFi de mucha mejor calidad que el de mi hotel. El local se llama Amundsen, como el explorador.

Y aquí se acaba la historia de hoy. Mañana, si hay suerte, llegaré a lo más alto. Y luego solamente queda bajar. Os dejo con la galería de fotos de hoy.

Hoy he recorrido 303 kilómetros en 3 horas y 50 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo ha vueto a bajar a 3,9 l/100km. Llevamos 7374 kilómetros.

La ruta, si el WiFi del hotel lo tiene a bien, estará aquí debajo:

The Long Way North. Day 13


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Dios, en el séptimo día, descansó. Y a media tarde del domingo, aburrido pero descansado y lúcido, creó las Lofoten. Son una espectacular mezcla entre rías gallegas y Suiza. Paisajes completamente alpinos al borde del agua. Como mezclar chocolate con pulpo. Exquisiteces.

Las Lofoten son una suerte de islas montañosas desparramadas sin sentido aparente, bañadas por aguas extremadamente tranquilas, tanto que reflejan casi sin distorsiones el verde intenso de las escarpadas paredes que nacen desde la misma orilla.

Henningsvaer, con su pequeño puerto que divide la villa en dos, es especialmente acogedora. Las tranquilas aguas del muelle reflejan fielmente los vivos colores de las casas que se asoman a su orilla.

Para llegar a Unstad, se ha de atravesar un siniestro y tenebroso túnel, llegando finalmente a una tranquila y bella población a orillas de una cala donde se practica el surf.

Eggum, donde para llegar a su cabo hay que abonar -si vas en moto- 10 coronas noruegas. No hay cobrador, solamente una especie de buzón de hojalata. Ni que decir tiene que nadie pasa por ahí sin pagar.

La carretera que llega a Valberg es especialmente divertida -como casi todas las de la isla-. Negro asfalto recién puesto, quizá de hace pocos días. Sin baches, con curvas alegres que te invitan a pasarlas a ritmo, sin prisas pero disfrutando. Y con unas vistas sobrecogedoras de las demás islas montañosas del archipiélago.

Las carreteras van saltando de isla en isla mediante enormes puentes o en ocasiones, mediante espectaculares túneles que pasan por debajo del agua, adentrándose cientos de metros en la tierra para después volverlos a subir. Algunos de ellos pueden llegar a tener más de 9 kilómetros de largo!

Ballstad es otro pueblo de la ruta, que presenta un tranquilo puerto y un enorme almacén de pescado. Pero quizá el más encantador de todos es Reine, casi en el extremo oeste de las islas. Su maravillosa cala, sus casas de colores y sus barcos varados en las orillas son una valiosa recompensa para el viajero que haya osado llegar hasta aquí. Más allá solamente queda el pueblo de A (sí, así como suena… pero con un circulito encima de la A… realmente se pronuncia más parecido a nuestra “O” que a nuestra “A”). Pues A no tienen mucho que ver, pero solamente para decir que has estado vale la pena hacer los 10 kilómetros que lo separan de Reine.

Y una vez llegado hasta el final de las islas… decido volverme por donde he venido (no hay otra opción) e ir a dormir a Harstad, casi ya en tierra continental, donde llego a las 10 de la noche (pero aún con sol). Así mañana estaré más cerca de Tromso.

Y aquí tenéis otro video del viaje: El encanto de las Lofoten.


El encanto de las Lofoten
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Hoy he recorrido 569 kilómetros en 7 horas y 58 minutos, a una media de 71 km/h. El consumo ha sido de 4,4 l/100km. Ya hemos pasado el ecuador del viaje, llevamos 7071 kilómetros!

Y por supuesto, la ruta aquí:

The Long Way North. Day 12


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12.30 horas. Esa era la hora límite. El ferry que me llevaría a las Lofoten salía a esa hora a 360 kilómetros de donde me encontraba. Calculando con margen de seguridad, con que saliera a las 7.30 habría más que suficiente. Todos estos días el tiempo calculado por el google maps era sensiblemente superior al real. Hoy no tenía por qué ser diferente. Pero lo era. El GPS, mucho más fiable, me indicaba que llegaría al ferry a las… 12.10 siempre y cuando no hiciera ni una sola parada por el camino! Pues teniendo en cuenta que hay que repostar y que estaba lloviendo… muy justo lo veía. Y el siguiente ferry no salía hasta pasadas las 18.00!!

Así que sin más dilación me puse al tema. Arañando segundos al cronómetro, pero sin pasarme mucho de los márgenes legales. Así conseguí bajar hasta una hora de llegada de las 12.06; luego vinieron las obras (kilómetros y kilómetros de pista sin asfaltar… o sea, un auténtico barrizal).

Con muy poco tiempo para parar, pasé por los 66º 33’ de latitud; o lo que es lo mismo, el Círculo Polar Ártico! Solamente me daba para pararme al lado del cartel y hacer una foto testimonio… y a seguir, que aún hay que repostar!!

Los paisajes que rodean el Círculo Polar son extremadamente salvajes. Esas llanuras sin árboles, salpicadas de rocas enverdecidas por el musgo… Realmente un paraje desolador y muy acorde con la entrada al polo. Luego se fue suavizando,

hasta que volvieron a aparecer los árboles.

Y llegué al ferry a eso de las 12.10… con margen suficiente como para incluso tener que esperar un poco en la cola. Ataron la moto -esta vez son dos horas de ferry- y yo me subí a cubierta, donde incluso pude echar alguna cabezadita.

Las islas Lofoten comienzan a entrar en la categoría “SAVNVBA”: “Si Alguna Vez No Vuelvo, Búscame Allí”. Paisajes impresionantes, escarpados. Con montañas que llegan hasta más allá de los 1000 metros y que ascienden a pocos cientos de metros del agua., pero cubiertas por el velo blanco de las nubes que se amodorran entre las cumbres. Tranquilidad… El sitio ideal para perderse una temporada. Hoy solamente hice una pequeña aproximación, ya que la idea es visitarlas más en profundidad al día siguiente.

Me pierdo, conscientemente, por caminos sin asfaltar, en busca del embarcadero o de la casa de madera singular, fuera de las carreteras principales. Así llego a los pies de uno de los inmensos secaderos de bacalao que existen en la isla. Mientras, el sol intenta salir tímidamente, como bostezando y desperezándose, intentando apartar esa sábana de nubes que aún lo cubre.

Mi alojamiento está en una pequeña isla frente a Svolvaer. Es una pequeña habitación, pero para mí ya es mi casa. Y es que a todos nos hace falta tener raíces, no? Y si no las tienes cerca, arrelas donde mejor te sientas. Como en las Lofoten.

Hoy he recorrido 475 kilómetros en 5 horas y 59 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo se ha disparado hoy, y ha sido de 4.8 l/100km. Llevamos 6502 kilómetros.

Y la ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 11


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Ya ha comenzado el periodo, por otra parte común en los viajes más o menos largos- en el que pierdes la noción del tiempo. No recuerdas el hotel de hace 4 o 5 días o no sabes en qué día vives. Las jornadas empiezan a pasar más rápidamente, y no sabes cómo, vas quemando etapas. Los días, cuanto más al norte, se hacen más largos, pero los vives como si pasaran en un suspiro. Hoy he mirado mi reloj y resulta que era lunes… y yo ni idea. Ni falta que hacía.

La ruta de hoy ha sido completamente de transición. De traslado. Desde la zona de los fiordos hasta las islas Lofoten no esperaba encontarme nada, como así ha sido. La mayor parte del trayecto ha trascurrido por la carretera E6, la llamada “carretera del Cabo Norte”, ya que enfila el norte desde Oslo y no lo deja hasta llegar al punto más septentrional de Europa. No deja de ser una carretera normal, con sus paisajes que continúan siendo excepcionales -hoy me he movido entre bosques de abedules y de pinos, entre lagos y ríos y entre pueblitos de casas esparcidas- pero que la monotonía los hace vulgares. Es una idea que me va rondando por la cabeza entre curva y curva: ¿Los noruegos disfrutan tanto de su paisaje como nosotros? ¿O ya están acostumbrados? A tenor de sus -frecuentes- áreas de descanso en las carreteras, deben de estarlo, ya que no las ponen precisamente en el mejor lugar para admirar el paisaje.

A la hora de comer me he dado cuenta de que llevaba más de 4 horas con el casco puesto, y ni me había enterado. Estaba yo parado en un precioso lago solitario, alejado de la carretera principal comiendo galletas y con el casco puesto… Y es que ya forma parte de mí. El BMW System 6 me ha sorprendido. Para ser un convertible, tiene un peso ajustado -y si no lo es, no lo parece, posiblemente por su cuidada aerodinámica que lo hace comodísimo en marcha-, y sobre todo una sonoridad muy reducida. Me ha sorprendido sobre todo la manera que tiene de aislar completamente tu cabeza del viento gracias a la extensión de la mentonera realizada, igual que el resto del forro, en Alcantara. Ni con las temperaturas de 9ºC que he sufrido hoy necesitaba pasamontañas. Y otra cosa que me maravilla es el cierre rápido, mucho mejor conseguido que otros que he probado.

Las dos únicas concesiones que he hecho a la carretera E6 han sido para ver pueblos Sami (mal llamados Lapones). Tanto Snasa como Hattfjelldal me han parecido sosos, sin ningún tipo de interés, a no ser que mires el censo (son dos importantes asentamientos Sami del sur del país). El único aliciente es transitar por la carretera 73 que lleva a este último. Es solitaria, con unas curvas muy divertidas, pero que te obliga a estar alerta, ya que alguno de sus múltiples badenes y baches puede sacarte de la trayectoria. La curiosa estampa de ver una antigua pista de aterrizaje convertida en almacén de madera -ver foto del inicio- también me ha sorprendido.

El día acabó en Mo i Rana, a pocos kilómetros de la línea virtual del Círculo Polar Ártico, que mañana atravesaré.

REFLEXIONES NORUEGAS:

– ¿Por qué todos los perros van atados, aunque los estén paseando por el campo?

– ¿Por qué ponen tantas señales de los renos, si llevo miles de kilómetros sin ver ni uno? Esto me suena al cuento de Pedro y el lobo…

– ¿Por qué todas las bebidas de naranja al norte de los Pirineos saben a medicamentos?

Hoy he recorrido 556 kilómetros en 7 horas y 4 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo medio sigue siendo de 3,9 l/100km. Llevamos 6027 kilómetros de aventura. Y como siempre, la ruta aquí (por error está unida a la de ayer, perdonen las molestias. Ahora no lo voy a cambiar que mañana he de levantarme pronto para ver si llego al ferry de las 12.30, que está a 400 km de aquí).

The Long Way North. Day 10


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Hoy he visto un troll… seguramente. Había tanta niebla que a duras penas podía divisar el coche que me precedía, pero si algún día tenía que ver un troll, ha sido hoy. Al menos estaba en el lugar adecuado. La Trollstigen, o “camino de los trolls” es una mítica carretera que discurre entre montañas, saltando de fiordo en fiordo hasta Andalsnes. Incluso cuenta con su propia señal de carretera que lo advierte: “Peligro, trolls”. La subida es lenta y penosa, sobre todo con lluvia y niebla. Finalmente se llega a la cumbre, que hasta donde me alcanzaba la vista (que era realmente poco) era una llanura plagada -infestada- de torres hechas con piedra. La tradición eslava cuenta que estas torres no son más que los trolls convertidos en piedra cuando les dio la luz del sol.

Pero lo más alucinante es la bajada, la llamada “escalera de los trolls”, donde se suceden una tras otra auténticas paellas -cada una con su propio nombre-, y enmarcada por una espectacular cascada que va deslizándose junto a la carretera durante sus trescientos metros de caída. Allí íbamos yo y mi momentáneo compañero alemán con su K1200R, que lo estaba pasando peor que yo, si cabe. Y es que el asfalto mojado, la niebla, el desnivel del 10% y la moto cargada no es una buena combinación.

Los minutos y las horas encima de la moto se iban sucediendo uno tras otro, sin más visión que la de las gotas de lluvia en la visera y lo que buenamente la niebla me dejaba. Es en esas circunstancias cuando se te agudizan los otros sentidos y los olores toman las riendas. El olor a mar concentrado y el de las fresas -es zona de cultivo- se confunden con la fresca fragancia de mi pañuelo, que no se separa de mi cuello, sobre todo en días fríos.

Tras unos penosos 120 kilómetros finales, donde las caravanas se unieron a la lluvia, llegué a Trondheim; a la media hora de llegar, y cuando ya todo indicaba que no iba a pasar nada… salió el sol. Ese sol del atardecer que lo baña todo con su color cálido, y que contrasta tanto con el suelo recién mojado. Trondheim se mostró en todo su esplendor, agudizando el encanto que ya tiene de por sí esta coqueta ciudad. Las casas de madera del embarcadero, con sus caprichosos colores, es quizá uno de los mejores lugares donde pasar la tarde.

Y aquí tenéis el segundo vídeo del viaje:


Tierra de Fiordos
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Hoy he recorrido 406 kilómetros durante 6 horas y 10 minutos, a una media de 66 km/h. El consumo ha sido de 3,9 l/100km. Llevamos 5471 kilómetros. Aquí tienes la ruta de hoy.

The Long Way North. Day 9


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No todos los días se tiene la suerte de desayunar en vajilla de porcelana, pero esa mañana lo hice, en un salón decimonónico con parejas susurrando -la gente educada no habla en público, susurra- en las mesas contiguas. Y yo vestido de motorista! Pues tras en frugal ágape (mira, la porcelana me ha puesto finolis) toca revisión de la cadena y de neumáticos. Subí la presión hace unos días a lo que dice BMW, pero me da la sensación de que están demasiado inflados: 2,5 delante y 3,0 detrás, para moto cargada… La noto como si volara… ágil pero menos estable, cosa que mejoró tras subirle algo más de media vuelta la precarga al amortiguador trasero.

Creo que llevo varios días adelantando en línea continua… si es que se le puede llamar continua a una línea discontinua… pero más largas que las discontinuas de verdad. Supongo que el lector despistado se ha perdido… pues yo también… por eso seguramente me las salté. Me explico: existen tres tipos de líneas en las carreteras noruegas: la más fácil, dos líneas continuas; aquí no hay duda. Pero luego existen dos tipos de líneas discontinuas, unas más largas que otras… así que supongo que las discontinuas largas son discontinuas para ahorrar pintura… Me estoy volviendo a liar.

El paisaje de hoy fue imponente. Fiordos repletos de cascadas que bajan como hilillos de plata hasta el mar, de un agua tan negra que asusta (supongo que a más negra, más profundidad deben de tener). Y las carreteras… Impresionantes. Sobre todo la 63 que llega a Geiranger. Una subida por el Dalnsnibba con paisajes desolados, con nieves perpetuas allí mismo, y una carretera llena de curvas caprichosas. La bajada hasta Geiranger tendría que estar en todos los carnets de baile de los moteros que se precien. No dejéis de hacerla en vuestro futuro viaje al Cabo Norte. Los casi 40 kilómetros de la carretera que lleva al glaciar de Nigardsbreen son también bonitos, al lado del río que viene directo desde las nieves del glaciar. Es una carretera franca, sin sustos ni sorpresas, que se puede ir haciendo a ritmos rápidos de 90 – 100 km/h. En cambio la que desde allí lleva a Lom es muy traicionera, llena de rasantes y curvas que cambian de radio y yo diría que casi de trayectoria; mucho cuidado ahí.

Hoy he tenido encuentros de diferentes tipos: por un lado han aparecido diversos animales en la carretera. No han sido renos, pero ya puedo tachar las vacas y las ovejas. Ah! y un gato despistado. Los otros tipos de encuentro han sido en la espera del ferry. No sé qué me pasa, que siempre llego a la estación de ferrys cuando acaban de salir, y he de esperarme un buen rato. Es un buen momento para socializarse. Primero se me ha acercado un tipo, mientras yo apuntaba ideas en mi libreta y me dice, en perfecto castellano:

– Apúntalo todo, no se te olvide nada!-

– Eso hago, que luego no me acuerdo de la mitad de las cosas- contesté.

El hombre era un cubano que pasó 25 años viviendo en Alemania, pero como no había trabajo, hace 5 que vive en Noruega. Como se cortó el dedo pulgar en el trabajo con una sierra -se lo volvieron a implantar y me lo enseñaba con júbilo, aunque yo lo veía con bastante mal aspecto- estaba de baja y había aprovechado para tomarse unas vacaciones.

Seguía esperando a mi ferry cuando llegaron 3 alemanes en BMW, dos K1200RT y una R1150R. Eran de una pareja y de otro acompañante de unos 50 años más o menos. Lo más curioso es que uno llevaba una parrilla de hacer chuletas atada con un pulpo! Se me acercó uno de ellos para interesarse por la moto. Me dice algo en alemán, que obviamente no entiendo. Casi más curioso que lo de la parrilla era que ninguno de ellos tenía ni idea de inglés! Así que toda la conversación fue algo así como “Güten BMW!!” “Ja, Ja, güten moto!”

Pasadas las ocho de la tarde, llegué a mi destino, Eidsdal, donde había reservado una cabaña cerca del fiordo. Cuando llegué la recepcionista del camping me dice que el anterior inquilino de la cabaña se ha puesto enfermo y que no ha podido abandonarla, por lo que no tenía sitio para dormir. Dice que me envió un mail por la mañana… Finalmente me encontró otra cabaña en un camping cercano, donde la gobernanta -le va mejor ese nombre, con el aspecto rudo y poco cultivado que tenía la señora- me la deja por… -se lo piensa- 500 NOK. Un robo, pero no me sale regatear, y menos en Noruega. Así que esta noche no tendré internet con buena conexión; por eso este post tiene las fotos de menos calidad; la ruta, como la de ayer, la colgaré en otro momento más propicio.

Hoy he recorrido 553 kilómetros en 7 horas y 52 minutos, a una media de 70 km/h, El consumo sigue bajando; hoy 3.9 l/100 km. Ya hemos superados los 5000 kilómetros, concretamente llevo 5065!

Y la ruta del día, la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 8 at EveryTrail

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