TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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El viernes pasado me hicieron una entrevista en directo en el programa Districte 8 de Televisió de l’Hospitalet. Fue una bonita experiencia, estar hablando en un plató de televisión de una de las cosas que más me gustan: los viajes en moto! Estas semanas estoy muy mediático, porque además de esta entrevista (que tenéis a continuación), está saliendo en Solo Moto el reportaje del viaje (mañana martes 25 la última entrega).

La entrevista está en catalán, espero que eso no sea un impedimento para que la disfrutéis tanto como yo lo he hecho haciéndola!!


TheLongWayNorth en Tv L’H
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Dos días en casa, la moto descansando en el garaje… Ha pasado poco tiempo, pero a veces me cuesta recordar cosas del inicio del viaje. Seguramente es que tengo poca memoria, o es que los paises y las ciudades han sido muchas, y los hoteles, recuerdos y sensaciones comienzan a mezclarse. Mi manera de tenerlo todo organizado es ésta. Espero que os guste.


Memorias de un viaje
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Letze Runde” o “Last Lap” son frases que están en mi vocabulario desde niño; son cosas que pasan por ver carreras desde tiempos de Freddie Spencer. Last Lap es lo que parecía decir esa señora que agitaba su pañuelo blanco y negro en el paso de peatones de una calle de Mónaco.

Era la última jornada. Última vez que empaquetaba mi equipaje, última vez que introducía la ruta en el GPS, última vez que comprobaba que todo estaba en orden antes de encender mi BMW… “Last Lap, Sergio”, pensé. Y qué mejor última vuelta que darla en un circuito mítico, aunque no sea de motos. Tener Montecarlo tan cerca y no aprovecharlo no entraba en mis planes. Así que enfilé Santa Devota, subí hacia el Casino, Mirabeau, Loewe, el Túnel, la Rascasse… Poco a poco fui pasando por esas curvas míticas mientras pensaba en mi última etapa.

Y fueron pasando kilómetros y kilómetros de aburridas autopistas, unos cuantos repostajes -en uno de los cuales un argentino afincado en Italia con una enorme Harley Davidson Fat Boy me preguntó por el viaje, intrigado por la cantidad de pegatinas que llevaba la moto- y algún que otro peaje. Era territorio conocido de recorrerlo bastantes veces en coche y alguna que otra en moto, así que ya me encontraba casi en casa. Y tenía tiempo de pensar.

Pensar en lo que había hecho. 14.500 kilómetros en 25 días. Y todo para llegar al mismo sitio de partida. Y todo para ver una simple bola de hierros en la otra punta de Europa. Pero no. Era mucho más que eso. Ha sido un Viaje, un Viaje con mayúsculas. Una de las premisas que impuse a la salida que lo más importante del viaje no era el destino, sino el camino. Y ahora puedo añadir que lo importante no es solo el camino, sino la compañía. Porque no me he ido solo. Aunque parezca un tópico, he viajado con vosotros. Una de las cosas más importantes que hacía cada día, a pesar de la hora o de lo cansado que estaba, era escribir esta crónica. Porque necesitaba compartirlo con vosotros. Necesitaba viajar con vosotros. Y esta noche no podía ser menos. Last Lap… Por cierto… gracias por acompañarme!

Y finalmente La Jonquera. Solamente quedaba hora y media para que The Long Way North finalizara, para que bajara la bandera a cuadros, para que muchos meses de ilusiones y de trabajo concluyeran. Último repostaje. No estaba acostumbrado a esa presunción de culpabilidad de las gasolineras españolas que es el prepago o el mostrar el DNI al pagar con tarjeta; llevaba 25 días fuera de casa, mil y un repostajes, y no he visto esa desconfianza en ninguno de los 15 países recorridos. Pues bien… último repostaje y… se acabó. A las 17:05 horas, apagué el motor de mi F800GS en el parking de casa. Lo que para mí era una hazaña, había finalizado con éxito.

Pero esto no acaba aquí. Como decía SuperRatón, “No se vayan todavía, aún hay más!”. Ahora vienen los análisis, las anécdotas, algún que otro vídeo pendiente de colgar… Seguiremos informando!

Hoy he recorrido 732 kilómetros en 6 horas y 33 minutos, a una media de 112 km/h. El consumo ha subido hasta los 6,2 l/100km. Hemos recorrido 16 países en 25 días durante 14.441 kilómetros y más de 170 horas sobre la moto. La ruta de hoy la tienes aquí.

The Long Way North. Day 25


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Se me debía de haber secado el cerebro. Llevaba 24 días fuera de casa, más de 13.000 kilómetros, y la jornada de hoy se me hacía corta. No quería limitarme únicamente a recorrer los casi 350 kilómetros de autopista que me separaban de Mónaco. Además, desde el Paralelo 71 (allá por Noruega) que no cogía una curva en condiciones. Así que decidí dar un rodeo. Hace unos años estuve en el Lago di Como, del que guardo un buen recuerdo, por lo que no podía dejar pasar la oportunidad de visitar el Lago di Garda, a pocos kilómetros de Brescia.

Sus aguas azules me dieron la bienvenida a través de unos frondosos árboles. A pesar del intenso tráfico, pude disfrutar en compañía de otros siete moteros italianos de una magnífica ruta, por la carretera que rodea la orilla oeste del Lago di Garda. Múltiples túneles desvían la carretera de su ruta inicial, que debía de ser más divertida si cabe. Durante el recorrido se suceden hasta casi el infinito las típicas villas italianas, con sus piscinas exclusivas a pie de lago, y sus jardines que se extienden hacia las laderas plagadas de cipreses.

Las altas montañas pre alpinas me hicieron considerar al Lago di Garda como una versión latina, más cálida y cercana, más pasional quizá, de esos fríos fiordos noruegos que ya comenzaba a añorar. La carretera seguía discurriendo con suaves curvas al borde del lago, como acariciando los cuidados tirabuzones que forma su orilla. El aire mediterráneo, plagado de olores a pino, a bergamota y a jazmín daban el toque perfecto a un día radiante, perfecto para rodar en moto.

La carretera entre Storo y Breno, que pasa por Bagolino es simplemente increíble. Comienza a estrecharse, aún con buen asfalto, y se introduce entre los bosques de la zona, tanto que el sol llega a desaparecer. Se estrecha tanto que comenzaba a dudar si cabríamos la moto, yo y un ocasional coche que se presentara de frente. Asciende hasta los más de 1200 metros de altura, ya rozando las nubes en una pista típicamente de montaña, con un asfalto salpicado de grandes baches, como infestado de viruela. Los “tornanti”, como llaman aquí a esas curvas imposibles, se van sucediendo uno tras otro, primero de subida y luego de bajada, hasta llegar a carreteras ya más convencionales, cerca de Bergamo.

Solo quedaba enfilar la autopista, primero hacia Milán, y luego hacia Génova, pero me llevo en el recuerdo esos más de 250 kilómetros extras de curvas que ya añoraba. La autopista, desde pocos kilómetros antes de Génova se torna divertida, con curvas, puentes y túneles que sirven para salvar las montañas costeras, y que no me abandonarán hasta llegar a San Remo, lugar escogido para pasar la última noche del viaje. Allí, y para despedir mi querida Italia, me deleité con unos spaghetti con almejas, que haría llorar y arrollidarse pidiendo perdón al pobre turco que me sirvió esa pasta incomible en Estocolmo.

Hoy he recorrido 586 kilómetros en 8 horas y 5 minutos a una media de 72 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos recorridos 13.709 kilómetros. La ruta del día la tienes aquí:

The Long Way North. Day 24


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Hoy he sido realmente consciente de que el viaje está tocando a su fin. Estaba en los tres últimos días, aquellos que -como a la ida- eran simplemente de traslado, de retorno a casa. Autopista en su mayor parte. Simplemente trazar una línea recta entre Zagreb y Barcelona y hacer las paradas pertinentes. Pero una parte de mí se negaba a que esto fuera así, tenía que exprimir lo poco que quedaba de una ilusión que se convirtió en realidad.

Desayunar con mis amigos y echar las últimas risas ha sido muy gratificante. A pesar de que se escondan más que el Dioni cuando se escapó con el furgón: ha sido prácticamente imposible localizarlos a la primera en el lugar donde estaban desayunando.

– Oye, ¿y tú estás seguro que has llegado al Cabo Norte?- me preguntaban con guasa.

– Es que ahora me he relajado, y por eso me pierdo tanto. – contesté. Me relajo tanto que he cometido errores imperdonables en los últimos días. Paso a enumerarlos:

  1. Me quedé sin baterías en la cámara de fotos por dejarla encendida con el GPS conectado durante toda la noche.
  2. Borré inconscientemente el 80% de las fotos del viaje, por lo que solamente dispongo de las que he ido subiendo al flickr. (Por si no las has visto, www.flickr.com/photos/smorchon )
  3. Casi me quedo sin poder escribir hoy la crónica porque el enchufe del hotel no aceptaba el enchufe de pivotes gordos del ordenador. Afortunadamente, esto es lo único que he podido subsanar.
  4. No he mirado el nivel de aceite de la moto en todo el viaje.

Así que tras el desayuno, y con la ayuda de mis amigos, nos pusimos a mirar el nivel de aceite de la BMW; tal y como me dijeron en BMW Scratch de Terrassa, no tendría problemas con eso, a pesar de pasarme de los kilómetros de cambio de aceite: la BMW no ha gastado ni una gota en 12.500 kilómetros que llevaba!

La ruta me llevó a Eslovenia. La frontera fue como las de antaño: una cola interminable para enseñar el pasaporte. Y la cola continuó en la siguiente gasolinera para comprar la viñeta correspondiente a los peajes eslovenos.

Primera parada en Ljubljana, acogedora ciudad completamente levantada por las obras, que respiraba la tranquilidad de un domingo al mediodía. Cientos de pequeños restaurantes a la orilla de su río que parte su núcleo por la mitad. Tanto la calle del río como las aledañas merecen una visita con calma. El ambiente que se respira es bastante más culto y educado que en los países vecinos: no son bares sino vinotecas; no son tiendas de souvenirs, sino de artesanía local. Esto último me impidió comprar la preceptiva pegatina del país.

Y en poco rato, llegué a Italia. Los carteles de la autopista ya rezumaban familiaridad, con ciudades como Venecia, Milan o Verona. Eso me hizo reflexionar en todo lo que había visto en los últimos 23 días. Había estado en lugares remotos, había ido más allá, y ahora estaba volviendo. Una sensación agridulce. El largo viaje tanto tiempo soñado se estaba acabando. Como dice M-Clan, “ahora que el viaje termina me invade la calma”.

Brescia fue la ciudad elegida para pasar la noche. Llegada a la ciudad con las últimas luces del día y con una inquietante tormenta sobre mi cabeza. Un agradabilísimo paseo por sus calles casi desiertas y por su Duomo elegantísimo en la hora azul. Y tocaba cenar.

Permitidme que pase unos minutos comentando uno de los placeres que aún no había tocado en este viaje. Hemos hablado de paisajes extasiantes, de lugares remotos, de fotografía, y he intentado utilizar estos textos para haceros sentir algo parecido a lo que he sentido yo. Pero es que hoy he cenado en Italia. Y en Italia se come muy bien. Y eso es difícil de describir. Unos fiselle con mozzarella y tomate, y unos spaghetti con salmón y anchoas, todo con un aroma a albahaca que lo perfumaba todo. Espectacular. Obviamente, a pesar de que no estaba en la carta, el regente del local me ha ofrecido un tiramisú casero, que no he podido rechazar. Un final de fiesta que ha transformado un soso día de traslado en una jornada especial.

Hoy he recorrido 583 kilómetros en 5 horas y 38 minutos, a una media de 103 km/h. El consumo ha sido de 5,8 l/100km. Llevamos recorridos 13.108 kilometros. La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 23


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A veces planificas cosas sin mucha fe en que salgan. Pero cuando se hacen realidad, el placer es doble. Desde hace meses tres amigos moteros teníamos previsto reunirnos en Zagreb, punto donde se cruzaba mi regreso de tierras norteñas y su viaje a Croacia. Parecía difícil concretar una fecha donde coincidieran nuestros caminos. Pero las rutas se acabaron cruzando tanto en el espacio como en el tiempo.

Las autopistas húngaras no están nada mal, sobre todo si las comparamos con las polacas. Tienen señales de tráfico particulares, aunque no tan exóticas como la de los renos… “Peligro, perros” es una de ellas. Para echarse a temblar, especialmente cuando la ves en una autopista, y no solamente por los pobres bichos. Pero al contrario de lo que pasa en Escandinavia, donde tienen que pasar 3000 kilómetros para ver un reno, aquí en dos kilómetros ya vi un perro. Y era enorme. Se paseaba tranquilamente por el arcén de la autopista, ajeno al tráfico, mientras que una furgoneta de servicios de la red de carreteras lo seguía a corta distancia.

El Lago Balaton no deja de ser un Salou o un Benalmádena. Es el lugar de veraneo de los Budapedienses que quieren pegarse un chapuzón. Aguas color turquesa al más puro estilo caribeño, y playas de cuidada hierba podrían hacer las delicias de cualquiera, pero la enorme cantidad de chiringuitos, niños con colchonetas de playa, gente en bañador que no se ha mirado al espejo antes de salir de casa lo embrutece todo. Olor a bronceador solar y a parrillada de carne se entremezclan durante los más de 70 kilómetros de lago. La carretera que transcurre por el norte -nombrada en alguna guía de rutas en moto, y aún no sé por qué- no deja de ser un reguero incesante de pueblos que, como si fuera una normativa de la región, se llaman de la misma manera. O casi: Balaton-pon-aquí-lo-que-quieras. Uno tras otro.

La frontera de Croacia ha sido la primera que he cruzado este viaje -y mira que he llegado a cruzar fronteras- donde me han pedido el pasaporte. Y no una, sino dos veces. Y aún he tenido suerte, porque al coche alemán que circulaba delante mío le han pedido hasta los papeles del vehículo. Y luego, un recuerdo ya muy lejano ha vuelto a hacerse presente, como en las pesadillas más recurrentes: los peajes. Desde Francia que no veo uno. Y en Croacia han vuelto. He llegado algo rápido a la cabina, y el individuo que esperaba fuera se ha pegado un susto de muerte.

– Eherserije erllas eejj in Croatsia. Noeos esefqe esod! – me gritó.

– Pero si he parado en la línea – contesté, algo sobrado. Sonreí y acabé la conversación con un bonito y largo caballito, mientras enfilaba la proa hacia Zagreb, que se encontraba a poco más de 100 kilómetros.

Vamos a ponernos algo épicos. El sufrido lector quizá no se dará cuenta de los kilómetros que llevamos, a pesar de que invariablemente voy señalándolo al final de mis entradas. Son muchos kilómetros, y solamente descansé un día, allá por el siglo pasado, en Estocolmo. Me sorprendía a mí mismo con la entereza física que lo estaba llevando, pero esa mañana todo cambió. Una importante contractura en el cuello y espalda han hecho que los poco más de 400 kilómetros de hoy sean un auténtico suplicio. El mover el cuello era tarea prácticamente imposible, y tenía que fiarme muchas veces de lo que veía por los retrovisores, que no siempre te muestran todo. Circular a 130 km/h por las autopistas húngaras y croatas con la escasa protección de la moto ha sido duro. (Matizo: al principio del viaje las protecciones aerodinámicas de la BMW eran más que suficientes, pero tras 12.000 kilómetros ya casi no tolero que me de ni una brizna de viento). Afortunadamente, la lograda aerodinámica del casco BMW System 6, siempre que lleves la mentonera cerrada, me ha ayudado a llegar a Zagreb.

El reencuentro con mis tres amigos ha sido también épico. Una dirección incorrecta, un céntrico hotel que no era tan céntrico… Después de los kilómetros que llevo, al final me he tenido que perder en Zagreb. Y tras sortear mil y una tormentas sin mojarme, me he tenido que mojar justo cuando no iba vestido de romano… Pero finalmente los encontré, y compartimos una buena cena en compañía de sus y de mis anécdotas. Un soplo de aire fresco. Gracias, amigos!

Hoy he recorrido 463 kilómetros en 5 horas y 55 minutos, a una media de 78 km/h. El consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.525 kilómetros recorridos. La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 22


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Estaba realmente harto de las carreteras y de los conductores polacos. No aguantaba su manera de conducir, parecida a la hindú pero 100 km/h más rápida. Afortunadamente en pocos kilómetros saldría del país hacia Eslovaquia. Pero la carretera que tenía que coger para atravesar los Cárpatos estaba cortada. Como casi siempre en la vida, ante un problema solamente cabe una dirección, solucionarlo. Así que tocó sacar el mapa y estudiar alternativas. Y como casi siempre en la vida, a veces las cosas inesperadas suelen ser más interesantes que las programadas (si, ya sé… tomo nota mental). Porque la carreterita comarcal -o similar- que me llevó a Zywiec, aún en Polonia, me descubrió los encantos del Lago Miedzybrodzkie y sus curvas. (Note el lector la complejidad de los topónimos de la zona, y hágase cargo de lo que supone encontrar rutas improvisadas intentando aprenderse los nombres de memoria).

Y finalmente las autopistas eslovacas. No pensaba yo que deseara tanto encontrarme una autopista como las de toda la vida, sin radares ignorados, sin cruces, sin semáforos, sin vendedores de setas… pero sí. Antes de eso, me paré en el primer establecimiento tras la frontera eslovaca que anunciaba “Vignette” (la pegatina obligatoria para circular por determinadas carreteras del país). Con la experiencia lituana, pregunté a la dependienta del establecimiento (que era una enorme licorería, donde los polacos se acercaban a hacer sus compras), que no supo decirme si necesitaba o no el adhesivo. Así que decidí seguir hacia delante, total en unas horas habría salido del país.

Bratislava, esa gran desconocida. Qué calor hacía! Nota mental: para el siguiente viaje he de idear un sistema para poder dejar la chaqueta en la moto. El casco antiguo de la ciudad se resistía a dejarse ver, solamente podía adivinar el enorme castillo que se alzaba en alto sobre la ciudad. Tuve que bregar con los múltiples tranvías de la ciudad (todo un clásico en esta parte del mundo) haciendo giros imposibles hasta poder encontrar esas callejuelas de edificios señoriales que buscaba. Resultó -a pesar del calor- un agradable paseo.

En pocos kilómetros crucé la frontera húngara. Y en una especie de estación de peaje sí que me cobraron tres euros por la viñeta magiar. Bueno… por un papel que dice que he comprado la viñeta, porque a las motos no se la dan. Luego me volveré loco para encontrar la pegatina preceptiva del país para ponerla en la maleta.

Tras otros 200 kilómetros de autopista -sí, ya me estoy cansando otra vez de autopistas- pude descubrir las maneras de los conductores húngaros, similares a las nuestras: tres camiones allá a lo lejos a 90 km/h por la derecha, y cincuenta coches a 110 km/h por la izquierda, sin apartarse. Santa paciencia…

Y finalmente llegué a Budapest, que me abofeteó vilmente y por sorpresa. ¿Por qué nadie me avisó de lo bella que es la ciudad? Edificios señoriales por todas partes, no sabía dónde mirar… Cubistas, modernistas, rococós… Y de pronto… un puente. Pasaba de Buda a Pest o de Pest a Buda… da igual. Preciosos puentes, tan bellos que no me dí cuenta si el Danubio era realmente azul.

El paseo nocturno me descubrió el Palacio Real plenamente iluminado, allá a lo lejos sobre el río, y el Parlamente, no tan iluminado, justo a mi lado. Una cena a orillas del Danubio -suena bien, eh?- lástima que en solitario, me ayudó a reponer fuerzas, unas fuerzas que ya iban escaseando, y es que los días comenzaban a pesar. La cuenta atrás estaba tocando a su fin.

Hoy han sido 606 kilómetros en 7 horas y 20 minutos, a una media de 83 kim/h. EL consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.062 kilómetros recorridos. La ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 21


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Me es tremendamente difícil escribir algo coherente después de haber visitado el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. No soy capaz de hilar palabras para expresar todo lo que allí sentí. Así que hoy escribiré poco. Las imágenes hablarán por sí mismas.

Para llegar a Auschwitz desde Varsovia tuve que recorrer más de 200 kilómetros por las autovías polacas. Ya había probado las carreteras y sus roderas, pero lo de las autovías no tiene nombre. De momento, es lo más peligroso que he hecho durante el viaje. Intentaré resumirlo.

Imagina una autovía donde por el carril de la izquierda se circula a 140 km/h, cuando está limitado a… pues no ví ni un cartel indicador, pero supongamos que a 100 km/h. Imagina un carril de la derecha plagado de peligrosísimas roderas con camiones circulando a 90 km/h. Imagina que cada 2 o 3 kilómetros te encuentras un semáforo, o un cruce, o un pequeño espacio a la izquierda para realizar cambios de sentido… y una limitación a 70 km/h. Imagina radares en esos puntos que se quedan impasibles ante los veloces coches del carril izquierdo. No ví destellar ni uno. Imagina que los camiones de la derecha no frenan ni se ponen a 70 km/h cuando toca. Y ahora imagíname a mí allí en medio. Una locura.

Y a mediodía llegué a Auschwitz. Al entrar, tuve un bastante mal sabor de boca. Es gratuito, cosa que me parece muy bien, ya que se alza como monumento mundial contra el holocausto. Pero… de 10 a 15 solamente se puede entrar con guía… que has de pagar. La moto la has de dejar en un parking… que has de pagar. Y la visita con guía desmerece mucho. Y no es que diera datos poco interesantes, no. Es que Auschwitz es un lugar que invita a la

reflexión. A la reflexión personal. A veces encontraba un momento para evadirme del grupo y “sentir” en soledad todo aquello. La entrada en la cámara de gas… -cuántas veces habremos oído esas palabras y cuántas veces no reparamos en lo que significa- … la cámara de gas es… como si todo el peso de esa historia te chafara y aplastara el cerebro y las neuronas… Tus problemas dejan de serlo en comparación con lo que adivinas que pasó allí dentro.

Y finalmente Cracovia. Un oasis tras el duro día. Y no de kilómetros, sino de sensaciones. Agradable ciudad, con su casco viejo muy animado, con multitud de terrazas plagadas tanto de turistas como de locales que salieron a disfrutar de la agradable temperatura de un viernes por la tarde.

Hoy tenemos vídeo. El viaje al Lejano Este. Algo triste, ya vendrán momentos más alegres.


El lejano Este
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Hoy he recorrido 399 kilómetros en 4 horas y 57 minutos, a una media de 81 km/h. El consumo ha sido de 4,8 l/100km. Llevamos recorridos 11.456 kilómetros. La ruta de hoy, la tienes aquí.

The Long Way North. Day 20


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– Perdone- dije-. ¿Sabe usted dónde está el hotel Barnabitów?

Había repetido esta frase al menos 4 o 5 veces en la última media hora, mientras vagaba por uno de los barrios satélites de Varsovia. Y la verdad es que la zona no parecía ser capaz de albergar un hotel… al menos un hotel normal. Pero comencemos por el principio.

Faltan palabras para describir la sobrecogedora sensación de estar en la Colina de las Cruces, en Siauliai. Si digo que hay millones de cruces, no peco de exagerado, y seguramente me quedaré corto. Cruces colgadas de otras cruces, cruces clavadas encima de otras cruces… Cruces fractales, en definitiva. Es una pequeña colina, en medio de ningún lado, que se ha ganado la fama por sí misma. La tranquilidad y la solemnidad del lugar se ve truncada únicamente por el estruendo lejano de algún avión despegando.

Y continué ruta por Lituania hacia su capital, Vilnius. Por el camino me encontré cigüeñas andando por los campos, trenes pasando sin barreras y arcenes de tierra que los camiones se encargaban de levantar a su paso.

Vilnius es más moderna pero sin tanta gracia como sus hermanas Riga o por supuesto Tallinn. Tiene alguna calle señorial y una catedral más bien sosa, amén del barrio financiero donde refulgían cristales y cromados.

El camino hacia Polonia transitó por carreteras secundarias que parecen trasladarte a otra época: gallinas en los márgenes de la calzada, caballos tirando de carros, señoras con largas faldas de colores imposibles y pañuelo en la cabeza. Me encontré bosques enteros echados abajo y caravanas y cabañas destrozadas, seguramente por las mismas lluvias que azotaron hace algunos días su vecina Polonia.

Y finalmente Polonia, entrando por el norte, entre enormes y altísimos bosques, por carreteras rectilíneas que se tornaron insulsas en cuanto desaparecieron los árboles. El único aliciente que presentaron fueron las enormes y famosas roderas que dejan los miles de camiones que transitan por ellas. Algunas pueden tener hasta 20 centímetros de profundidad.

Durante el primer repostaje en tierras polacas descubrí que se había roto el herraje de cierre de una de las maletas. Nada serio que no se pudiera arreglar con un par de bridas. Pero me preocupaba que ahora se me puedieran llevar la maleta entera armados con unas tijeras. Anteriormente necesitaban un destornillador, por lo que el cambio tampoco era muy a peor. Ya está mandada una foto y una consulta al departamento técnico de TheLongWayNorth. Durante mi labor de reparación, descubrí a un empleado de la gasolinera haciendo “negocios” con tres o cuatro tipejos más. Se intercambiaban bolsitas por billetes… No quise mirar más y salí de ahí cuanto antes.

Y llegué a Varsovia. Pasaron más de 45 minutos desde que ví el cartel hasta que llegué a la dirección donde tenía que haber un hotel. Y allí no había nada. Mejor dicho, no había ningún hotel. Era un típico barrio satélite, compuesto por centenares de edificios alargados todos idénticos, de la época prosoviética, que parecían estanterías. Pero no había ningún hotel. Una rápida llamada al equipo de apoyo en España -gracias, Belén- y obtuve una nueva dirección. Pero tampoco. O almenos eso creía. Ya era de noche, y seguía en el mismo barrio, donde las únicas luces provenían de los neones de los abundantes sexshops y locales de comida turca.

– Por favor, ¿Sabe usted dónde está el hotel Barnabitów?- seguía preguntando. El GPS me había llevado a la dirección exacta, pero allí lo único que se llamaba Barnabitów era un supermercado y un “Centro Cultural”, que se encontraba adosado a una iglesia. Sin mucha fe entré en el centro cultural, un edificio sobrio -muy sobrio- de hormigón gris. Ventanas todas oscuras y el neón azul que rezaba “Centrum Kulturalne Ojcow Barnabitow”. Había una especie de recepción, donde pregunté a una señora de pelo canoso si sabía dónde estaba el Hotel Barnabitów.

– Es aquí -me dijo. No me lo podía creer, el hotel parecía más un albergue para exiliados de la guerra fría. Pero al fin había llegado. Eran más de las 10 de la noche.

Hoy he recorrido 743 kilómetros en 9 horas y 33 minutos, a una media de 78 km/h. El consumo medio ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos ya 11.056 kilómetros recorridos.

La ruta de hoy la tienes como siempre aquí

The Long Way North. Day 19


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-¿Es su primera vez en Estonia? -preguntó.

– Sí- respondí yo escuetamente.

– ¿Sabe que lo que ha hecho puede ser castigado con la cárcel? Acompáñeme al coche patrulla– dijo el enorme policía.

Mientras le acompañaba al vehículo iba repasando mentalmente las circunstancias que me habían llevado hasta esa situación.

Todo comenzó al salir de Tallinn. No había cargado en el GPS la cartografía específica de la ciudad (un fallo que ya me sucedió en Copenhague, y que seguro me volvería a pasar), y por lo tanto salí de la ciudad un poco “a ciegas”, dirigiéndome al sur y esperando llegar a una zona cartografiada. Cuando ya me establecí en la carretera nº 2, me adelantaron un par de moteros con sendas Harley Davidson que pertenecían a los Mercenarios de Tallinn, como rezaba en sus chalecos de cuero. Me uní a ellos en cuanto uno de ellos me hizo una señal para que adelantara a los coches que nos precedían. Iban en formación, uno al lado del otro, y prácticamente no la abandonaron ni para adelantar. Así transcurrieron unos cuantos kilómetros, sin importarnos los radares ya que estaban de cara, como en la mayoría de países que voy atravesando. Una gozada para las motos.

De pronto, el GPS me desvió de la ruta, y yo le hice caso. Me despedí de los dos moteros con un pitido y un saludo con el brazo. Mi nueva ruta transcurría por carreteras secundarias, y yo no estaba excesivamente seguro de si iba bien. A unos centenares de metros del inicio de unas obras, un individuo con chaleco fluorescente sale al medio de la carretera y me hace parar en el arcén. Mientras me acerco, me dí cuenta de que no era un obrero que me hacía parar, sino que la palabra “POLITSEI” destacaba en su chaleco amarillo.

– Buenos días- me dijo. -¿Solamente habla inglés?- me preguntó. Yo podía haberle dicho que también hablaba castellano y catalán, pero creo que no era el momento.

– Sí- respondí.

-¿Sabe a qué velocidad circulaba?- Esta pregunta es invariable independientemente del país donde te paren. Parece como si el policía de tráfico quiera jugar a que adivines la velocidad, y siempre me ha parecido que si la acertaba, me llevaría de premio una conmuta de la multa. Y esta vez lo tenía fácil, porque de reojo pude ver un “83” en la pistola radar que aún sostenía en la mano. Pero no quise hacerme el listo; no sabía nada sobre la policía estonia, no sabía si aún eran muy soviéticos o ya más europeos… y no quise averiguarlo.

– A unos 70 por hora -mentí.

– Pues no. Circulaba a 83 km/h – me dijo. – Y doscientos metros más atrás tiene usted una señal de 50. Ha sobrepasado el límite en 30 km/h, y esto puede traerle problemas- aclaró el joven y espigado policía.

Y allí estaba yo, dirigiéndome al coche patrulla -escondido en un camino cercano- sin saber a ciencia cierta para qué. Tras 40 minutos de papeleo y explicaciones, finalmente me dijo que podía aceptar la multa -que tenía una rebaja sustancial de la cuantía- o no. A mí me sonó eso a soborno, pero me dejé llevar.

– Y si usted fuera yo, ¿qué haría? -le pregunté.

– La aceptaría – dijo convencido.

– ¿Y tengo que pagar aquí mismo?

– No, no. Tiene 15 días para pagar. Le daré un número de cuenta -dijo.

Y respiré aliviado, porque no me encontraba demasiado a gusto con la idea del soborno. Al final, todo este lío fue por una infracción que me va a costar 480 coronas estonias. Respiré mucho más aliviado cuando al hacer el cálculo mental me dí cuenta que eran unos 30 míseros euros. Recogí los papeles y pude continuar la ruta.

Tartu, segunda ciudad estonia, no me ofreció mucho. Tan solo algunas casas de madera desvencijadas me llamaron la atención. Así que continué hacia el suroeste, por unas carreteras llenas de baches y badenes, que incluso llegaron a empeorar en Letonia (¿Por qué este país siempre me recuerda a una marca de leche?).

A media tarde llegué a Riga, capital letona. La entrada a la ciudad por sus suburbios me indicaron que algo estaba cambiando. Aceras que son simplemente un bordillo medio enterrado por la arena y el polvo, gente parada sin hacer nada, motoristas sin casco, niños sin isofix… El centro de la ciudad sí que está mucho más cuidado. No es tan grande ni espectacular como Tallinn, pero también es algo menos “Disney” que la capital de Estonia.

Como viene siendo habitual, tampoco tenía la cartografía de Riga, y utilicé el mismo método que con Tallinn. Salida hacia el sur, hasta que encontré una carretera que pensaba que sería la buena. La carretera se convirtió en camino -en bastante mejor estado que algunas partes de la nacional por donde venía-. Hice varios cambios de dirección buscando la A8 que me llevaría hasta Lituania, pero mis esfuerzos me llevaron a una carretera paralela, al otro lado de las vías de tren. Mi camino se truncó cuando acabé en una especie de almacenes abandonados, donde desaparecía la ruta. Perros ladrando, maquinaria pesada medio desvencijada, el sol que comenzaba a ponerse… Pintaba mal la cosa.

Y apareció un individuo ataviado con un calzón verde militar y una camiseta imperio gastada, de un color entre amarillento y crudo. Bien podría haber sido el “carnicero de Riga” o un antiguo miembro de la KGB soviética. Decidí atacar en lugar de defenderme:

– Du yu espic inglis?- le dije.

– Niet (o algo parecido)- contestó. De todas maneras, continué, y enseñándole el GPS dije:

– Quiero ir a la A8, que está detrás de las vías del tren- aclaré. El agente ruso me miraba perplejo. Me hizo una señal con la mano, y desapareció dentro de un barracón. A los pocos segundos apareció con unas gafas de cerca.

Aún no sé cómo pero le indiqué ciudades que estaban en mi ruta, por si las reconocía. Él permanecía impasible hasta oír “Jelgava”. Se le iluminaron los ojos:

– Ahhhh, Jelgava. Edredsfkga sreda, garaergasd Most. Fefrfza sdfrfaerg – clarificó. Afortunadamente con la mano y un móvil hacía la señal de cruzar un puente. Le dí las gracias, y no muy convencido desandé unos cuantos kilómetros hasta llegar al puente, donde como dijo claramente el agente ruso, pude cruzar a la carretera correcta.

La frontera lituana, como había pasado con las anteriores del viaje, pasó sin pena ni gloria, pero de soslayo pude ver una especie de garita con unos precios. “La viñeta!”- pensé. Y es que recordaba que para entrar en Lituania había que comprar una pegatina. Paré la moto y me acerqué a la ventanilla de la garita, que se encontraba muy baja. La única manera de hablar con la señorita que se encontraba dentro era agacharse tanto que acabé en cuclillas. En esta cómica pose me comunicó que las motos no necesitan viñeta.

Y así llegué a Siauliai, sano y salvo, después de los múltiples incidentes protagonizados. Mañana me acercaré a ver la “colina de las cruces”.

Hoy he recorrido 628 kilómetros en 7 horas y 58 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo ha sido de 4,8 l/100 km. Hemos superado los 10.000 kilómetros, llevamos exactamente 10.308. La ruta del día la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 18


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