TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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Y por último, la última parte del vídeo. Dejando las islas Lofoten, atravesando todo el sur de Noruega y toda Europa hasta Zaragoza.


LaRutaDeNordkapp (3ª parte) por Dr_Jaus


…y como no podía ser de otra manera, aquí tenéis el segundo vídeo, desde Nordkapp hasta las islas Lofoten. El resto de Noruega ya lo pondremos en un tercer vídeo.


LaRutaDeNordkapp (2ª parte) por Dr_Jaus


Bueno, amigos. Ha costado pero está aquí. El vídeo de la ida a Nordkapp de este verano. Espero que lo disfrutéis.


LaRutaDeNordkapp1 por Dr_Jaus


la foto 2

Sí, ya sé que el tono que le he dado a las crónicas de este viaje ha sido jocoso, desenfadado y cercano. Muy de tú a tú. Que no sé de dónde viene esa expresión. Y por otro lado, debería ser “de yo a tú”. O “de tú a yo”. Pero “de tú a tú” suena como si hablaras contigo mismo. Sea como sea, que he hecho las crónicas como si os las contara en la barra de un bar. Aunque yo soy más de sentarse, que se está más cómodo.

A lo que iba, que esta vez me voy a poner serio un rato. Porque sí, lo que hemos hecho ha sido serio. Por tres razones fundamentales. Pasemos a enumerarlas y explicarlas:

1. La Derbi. ¿Queréis que os sea sincero? No las tenía todas conmigo que la pequeña Derbi Terra Adventure 125 aguantara el reto. Si nos ceñimos a la lógica, estaba clara: esos motores deberían aguantar 12.000 kilómetros sin problemas. Lo normal es hacerlos en dos o tres años, no en 24 días. Pero el desgaste de las piezas mecánicas es el mismo. O menor, por haberle hecho menos ciclos de calentar-enfriar. Pero vamos, que igual estoy equivocado, no soy mecánico.

El primer día, cuando llegamos a Lyon y la Derbi estaba entera, pensé: “si ha podido aguantar un día, podrá aguantar dos”. Al llegar a Alemania, pensé lo mismo: “si ha aguantado dos días, podrá aguantar tres”. Y así sucesivamente. Bueno, no del todo. A la semana de viaje, dejé de pensarlo y estaba casi seguro de que no tendríamos problemas de motor. De lo que no es motor… Bueno, eso depende de la suerte. Solamente ha tenido dos o tres problemillas perfectamente asumibles y disculpables: Se soltó el sensor de velocidad (si hubiera hecho caso al maestro Lluís Oromí, que aconseja perder 5 minutos al día en repasar toda la tornillería, no habría pasado). El segundo problema, la rotura de la cadena. La hemos engrasado y tensado todos los días que ha llovido, o cada dos días máximo. Se iba destentando a marchas forzadas, y el último día, ya había llegado al tope y no se podía tensar más. Todo el kit de transmisión tenía 2000 kilómetros al iniciar el viaje, y pensé que podría aguantar hasta los 14.000. Me equivoqué. Asumo el error. El tercer problemita ha surgido a 70 kilómetros de casa: una chapuza que le hice en un retrovisor hace un tiempo (se había pasado de rosca y lo pegué con soldadura química) ha dicho basta. Nada que no se arregle “pegándolo” otra vez. De hecho, ya está lista.

Y ya. No ha dado más problemas. Prácticamente no ha consumido aceite, y le hicimos un cambio de aceite a mitad de viaje. Una campeona.

2. La BMW. Por mucho que digáis, yo estaba seguro que no iba a dar problemas, como así lo ha demostrado en los 180.000 kilómetros que tiene. Ni lo dudaba. Pero lo solemne del caso es que me despido de ella. Ha sido su último viaje. El Gran Viaje. He disfrutado de ella cada kilómetro que le he hecho. Y no me vengáis con tonterías, es una GRAN MOTO. Hay otras grandes motos, pero la BMW R1200GS 2010 es una gran moto. Y la mía más. Ni un problema. Y mañana le haré su último Zaragoza-Barcelona conmigo. Y me dará mucha pena. Pero, leches! Tuvo una muy buena vida! Recorrió toda Europa, más de 30 países. Ha pisado África y Asia, ha visto los confines septentrionales del continente… GRACIAS!!

3. Belén. Obviamente, he dejado lo más importante para el final. El viaje ha sido muy serio para ella. Muchas veces durante el viaje la he mirado ahí delante mío con su pequeña Derbi atravesando puentes entre las Lofoten y no me lo podía creer. Hace muy poco más de un año hacíamos prácticas en su parking. Era la primera vez que cogía una moto con marchas. Y mírala ahora, dentro del selecto grupo de gente que ha ido a Nordkapp. Diría yo más: dentro de los pocos que se aventuran a hacer cosas que a la mayoría de gente se le antojan imposibles: Nordkapp en una 125, a 90 km/h como máximo. OLÉ!!! Y sin una sola queja, mala cara o signo de desfallecimiento. Ha disfrutado todos y cada uno de los 12.000 kilómetros del viaje.

Además ha sido un viaje especial y perfecto. He llegado a una compenetración y una confianza con ella como nunca había llegado. Porque sí, amigos. Esa confianza ha llegado a límites tan insospechados que sería cuanto menos indecoroso citarlos aquí en público. Hemos reído como nunca, hemos disfrutado lo inimaginable, a pesar de que la climatología no nos ha respetado en absoluto. Pero  ha dado igual. Ha sido un gran viaje.

Ah! ¿Y además queréis saber qué ha pasado hoy? Resumo:

Desayuno con los franceses sin entender ni papa. STOP. Campos de girasoles. STOP. Más girasoles. STOP. Subida al Portalet con algo de lluvia. STOP. España con sol. STOP. Tormentaza en Sabiñánigo (y van 17 días seguidos lloviendo), STOP. Sol y calor en la autovía de Huesca. STOP. Belén llega a casa y sube y baja tres veces la cuesta de su parking. Primera vez que lo hace en 1 año. STOP

Por último, debería daros las gracias por vuestros comentarios y palabras de aliento. Soy consciente que es un coñazo inmenso leer las crónicas de dos pirados en moto un día tras otro, pero a pesar de que muchos días no nos apetecía en absoluto, hemos cumplido sin falta a nuestra cita. Espero que aunque sea un poquito, hayáis disfrutado leyéndolas. Y ya, que esto se va haciendo largo. Un abrazo a todos, etc, etc. Bla, bla, bla,… Enhorabuena a los premiados.

Ah! Y no perdáis la oportunidad de salir En busca del Norte. (Publicidad encubierta). Jejejeje.

la foto 1

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Vamos con brío que dentro de 8 hora nos tenemos que levantar. Levantar por última vez en el viaje. Porque se supone que mañana llegamos a Zaragoza. Que qué ha pasado hoy? Que le hemos comprado una cadenita nueva a la Derbi. Así tendremos únicamente la dosis justa de aventura, que tener que sufrir por si se rompe otra vez es un coñazo monumental. Ahora al menos en cuestión de transmisiones, estamos contentos.

El desayuno, en la casa de Chateauroux se hace en comuna. Me refiero que los dueños de la casa ponen todo en una gran mesa ovalada y todos los huéspedes se sientan -nos sentamos- alrededor. Para fomentar la charla y eso. Todos franceses. Los dueños también. Pero no franceses normales, no. Franceses de esos que hablan francés con acento francés. O sea, de los que no pillas ni una palabra. No es tan cerrado como el acento de Phillippe, pero lo entiendo igual de mal. Y venga a darme conversación. Y yo ahí disimulando que entiendo algo. Quería salir de ahí cuanto antes. En cambio Belén estaba en su salsa. No creo que entendiera la mitad de las cosas, pero mira, como le encanta hablar y escuchar, se lo pasa bien. Aunque sea en francés del bueno.

Y tras el desayuno y el cambio de cadena de la Derbi, hemos comenzado ruta. Y nos hemos puesto en modo aventura asfáltica. Sí, es cuando pones en el GPS “la ruta más corta”. Te mete por carreteras secundarias en una ruta supuestamente de más duración. Supuestamente, si no vas a ritmo de 125cc, que entonces te da igual que la carretera sea secundaria que general. Y así hemos descubierto muchos pueblecitos encantadores. Aunque la verdad es que hasta Montignac no había mucho que contar ni que encantar. En Montignac hemos comido. Pero eso no es lo más importante. Ni tampoco que tiene un río y un puente encantadores (ya os había avisado que desde aquí la ruta encantaba). Lo más importante es… QUE HACÍA CALOR! Un calor que te mueres. 28ºC. Una temperatura que ya tenía olvidada y arrinconada en las neuronas más escondidas de mi cerebro. Y entonces me he acordado de Noruega. Y de su fresquito… Mmmmmmhh.

La ruta pasaba por Les Eyzies de Tallac-Sireuil, un pueblo encastrado en una roca. Majo, sí. Y luego por el Chateau de Puymartin. Desde el parking ni se ve el castillo, así que no lo intentéis. Ahora, desde carreteras cercanas, sí que se puede ver una buena panorámica. Pero lo mejor ha sido Beynac, el pueblo que se creía cabra montés. Encaramado al peñasco, sus rampas eran irreales. Irreales e insufribles. Hemos acabado agotados. Y acalorados, porque el calor seguía apretando. ¡Qué ganas de volver para el norte! Y mira que después ha llovido y todo (qué? pensabais que no nos iba a seguir lloviendo? Es mi 15º día consecutivo bajo la lluvia.

Hasta el hotel, en Villeneuve s/. Lot (bueno, en una granja restaurada muyyyyyy a las afueras de Villeneuve) las carreteras eran de esas que puedes recorrer a ritmo, sin prisas y sin pausas, sin sorpresas ni curvas traicioneras. Así que nos hemos divertido y todo.

Y como en este hotel también hablan francés y los dueños se empeñan en dar conversación, y hemos quedado para desayunar a las 8 y media de la mañana, me he de ir pensando en acostar. Menos mal que a éstos les entiendo un poco más. O eso me parece.

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No, si ya lo decía yo. Me gusta el cardán. Cadena, caca. Mira que es un coñazo tensar y engrasar casi a diario. Pues no ha sido suficiente. La cadena de la Derbi de Belén ha dicho basta. Y se ha roto, la muy jodía. Así, como quien no quiere la cosa. Entre La Ferté-Saint-Cyr y Crouy-sur-Cosson. Vamos, en el culo del mundo francés conocido. Ahí estaba la Derbi, con la cadena colgando y yo que la miraba pensando… “Y se supone que yo ahora tengo que solucionar el marrón…” Menos mal que apareció Phillippe.

Phillippe trabaja en una granja. Bueno, no sé si era una granja, pero por ahí corrían un par de gallos que eran más grandes que Caponata (sí, ya tengo una edad…). Phillippe no habla nada de español. Ni de inglés. De hecho, dudo que hablara un correcto francés. Pero entendía de cadenas. Tras un corto diálogo ininteligible por ambas partes, ha cogido la cadena, ha separado el eslabón de cierre, que es el que se había partido, y ha dicho una laaaarga frase en francés. Pero un francés cerrado cerrado, oye. De esos que ni que afines el oído entiendes nada.

Pero como Phillippe asentía y ponía cara de que tenía la solución, afiné aún más el oído. Y entendí esto perfectamente:

– Mira, coge tu moto que funciona (porque la maravillosa BMW con cardán esa que llevas funciona, no?) y te vas a Muides-sur-Loire. Pasas el puente y llegas a Mer. Ahí sigues las indicaciones hacia la autopista, pasas la primera rotonda después del pueblo y giras a la derecha. La siguiente rotonda a la izquierda y tiras recto. Encontrarás un polígono con industrias. Ahí, antes de llegar al desvío de la autopista, giras a la izquierda. A la derecha no, a la izquierda. Verás que hay un tractor verde muy grande. Es una cosechadora, pero como se ve que tienes cara de no tener ni idea de cosas agrícolas, quédate con la idea de que es un tractor. Eso debes saber lo que es. Pues eso se llama Chesneau Agricol. Ahí te pueden vender un eslabón.

Bueno, no sé si dijo eso exactamente. Pero a mí me sirvió… Me sirvió para hacer turismo por todo el polígono de Mer. Calle arriba, calle abajo. Rotonda para arriba, rotonda para abajo… buscando un tractor verde. Y al final lo encontré. La nave tenía un enorme escudo verde con un ciervo amarillo. Era un concesionario de la marca de tractores John Deere. ¿Y aquí van a tener el eslabón de cierre de una cadena de una moto Derbi Terra Adventure 125?

Entré con cara de panoli. ¿Sabes cuando ves a uno de pueblo de esos que trabajan en una granja de pollos entrar en la FNAC? Pues eso pero al revés. Con mi cadena grasienta en la mano. Y se me acerca uno. Lo siento, pero a este no le pregunté el nombre. Pero tampoco hablaba español. Ni inglés. Solo el mismo francés cerrado del culo del mundo francés conocido. Le enseño la cadena diciéndole con la mirada:

– Cadena pupa. Arreglas bien?

O algo así. Es que no soy muy preciso diciendo cosas con la mirada, qué quieres. Y sin decir palabra, se lleva mi grasienta cadena (bueno, la de la Derbi de Belén) y vuelve al cabo de un rato (dos minutos) con la misma cadena grasienta pero que lucía un nuevo eslabón de cierre. Toma ya. Y gratis. ¡Viva John Deere! Y yo que era más de Massey Ferguson…

Total, que en hora y media, cadena arreglada y puesta, y seguimos ruta. Ah! ¿Que no os lo he dicho? La ruta de hoy iba de castillos del Loira. Chambord, Cheverny, Chenonceaux, Blois… Todo muy bonito. De hecho han pasado más cosas. Hasta un accidente (bueno, incidente) en París. Hoy todas las tortas se las ha llevado la Derbi de Belén, pobre. Pero para saber detalles del tema, tendréis que leer el post de Belén. Que a mi, Phillippe y John Deere me tienen robado el corazón.

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Habéis tenido suerte. Porque ha faltado muy poquito para que no pueda escribir hoy la crónica. Solo a mi se me ocurre, después de un día de perros, eso sí, dejar el Mac debajo del pantalón de la moto que estaba colgado en el armario del hotel. A la que me he querido dar cuenta, el armario parecía las cataratas del Niagara. Y debajo el Mac. Pobre. Sin rechistar. Y hasta esta tarde a la antena del Wifi le ha dado por no ir. Hasta esta tarde. Ahora ya va. Por eso digo, habéis tenido suerte. Vale, yo más.

Y es que lo que ayer parecía un día genial de moto, viendo allá en Bruselas el Atomium [que entre tú y yo, le da cien mil vueltas al Manneken Pis][bueno, hasta la Sirenita de Copenhague le da cien mil vueltas al Manneken Pis][bueno, de hecho casi cualquier cosa le da cien mil vueltas al Manneken Pis], se convirtió en el segundo Diluvio Universal. Creo que nunca he estado tanto tiempo bajo la lluvia como ayer: 11 horitas. Sin parar. De hecho, tuvimos que refugiarnos en un Leclerq a comer algo sin mojarnos.

Además, salir de Bruselas fue la pera de divertido. Porque tu quieres ir donde te dice el GPS y te encuentras que la calle está cortada. Vas por la que te indican como desvío y acabas en otras obras que también están cortadas. Al final pasas de todo, y tiras por una calle hasta que se acabe la ciudad. Y aún así, parece que a la ciudad le cuesta acabarse.

Y luego la risa son las carreteras belgas. A ver, señores belgas: a los noruegos ya les di en otro post unos consejillos, así que ustedes no van a ser menos: está bien usar el verano para hacer obras, todos los países lo hacen. Pero no puede ser que en los 10.000km que llevamos el 95% de las carreteras y calles cortadas los hayamos encontrado en Bélgica, con lo pequeña que es. Revisen ese punto.

Y otra cosa, señores belgas: si tienen una carretera donde van a poner semáforos, no la pongan de 90 km/h, que cuesta mucho parar desde esa velocidad. Por no decir lo de limitar el paso de algunas poblaciones a 70 por hora, mientras que en otras la cosa es ir a 30. ¿Pagan menos impuestos o algo? Y ya, si en lugar de esas planchas de cemento ponen asfalto en las carreteras, casi podríamos decir que habrán llegado al siglo XXI. Digo yo, eh?

Y por último, señores belgas, no se me ofendan, pero los coches de policía en blanco con cuatro líneas en tonos azul clarito queda un poco gay. Usen colores fuertes. El naranja queda más varonil. Pero es un consejo, eh? Que yo de colores, voy flojo.

Total, que nos ha caído el diluvio. Pero fuerte, fuerte. Vimos la catedral de Amiens con el casco puesto y el chubasquero. Preciosa, eso sí. Altísima, esbelta. Que le da mil vueltas a Notre Dame. Y eso bajo la lluvia. En seco debe ser la leche. ¡Vaya arbotantes y contrafuertes! ¡Qué vidrieras! Un diez, señores amientinos, tienen una catedral de 10. No como los belgas, con el Manneken Pis.

Y luego hicimos una pequeña paradita en Auvers. Bueno, Belén hizo la paradita algo mas heavy, que le dio por tirar la moto al suelo después de hacer la foto en la iglesia que inmortalizó Van Gogh. Pero nada, cero daños. ¡Ah!, ella tampoco se hizo nada. Y la iglesia, preciosa. Coqueta pero tímida. Antigua pero orgullosa. Delicada pero robusta.

Y bajo la cortina de agua y el velo de la noche, llegamos a París esquivando un accidente múltiple. Tendríais que ver a Belén pasando entre los coches, de noche. Aún me acuerdo hace justo un año, cuando practicaba en el polígono de al lado de casa… Porque a veces la miro encima de su Derbi y me parece mentira que venga de Nordkapp. Me sigue alucinando. Olé!

Lo primero que vimos al entrar en París fue el titileo hortera que hace la torre Eiffel en las horas en punto. Pero sonreí al verlo. Habíamos llegado a la ciudad de la luz. Casi sin duda, la jornada más dura del viaje, y ahí estábamos, atravesando la ciudad de norte a sur hasta nuestro hotel. Esa noche disfrutamos. Del descanso, digo. Hasta que sonó la alarma de incendios a las dos de la mañana. Debimos ser los únicos que no bajamos a recepción en zapatillas. Somos españoles. Así que tras un vistazo al rellano y cruzar una mirada con el turco de la habitación de enfrente, nos encogimos de hombros y volvimos a la cama. Lo más normal es que alguien se hiciera un cigarrito en la habitación. La cosa se repitió a las 8 y a las 8.30. Y es que hay gente que fuma mucho.

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Jo, ¡qué buen día nos ha hecho hoy! Levantarse por la mañana, abrir la ventana y verlo todo soleado no tiene  precio. Ya ni me acordaba de esa sensación. Así que me he aventurado y me he quitado los forros térmicos que llevo puestos desde Rovaniemi. ¡A lo loco! Y eso que se veían a lo lejos nubes amenazadoras de tormenta…

Hoy era un día de ver muchas cosas, que es en lo que se pierde tiempo. Así que por vez primera, me he desentendido del roadbook (que por cierto, naufraga cada vez que llueve -o sea, todos los días- y se empapa el papel, rompiéndose en cuanto lo quieres mover. Deberé revisar la estanqueidad) y he autorizado al GPS a calcular la ruta por autopistas. Amsterdam, Gante, Brujas y Bruselas debían recibir una visita como Dios manda.

Pero antes de pillar la autopista, hemos recorrido -con sol- carreteras de esas holandesas que parecen de cuento. Laaaargas rectas, al lado de un canal por donde pasan los barquitos y hierba por todos lados. Hierba de la del suelo, que de la otra ya tendremos bastante en Amsterdam. Y de pronto, ¡una curva! Aquí las curvas las señalan con tropecientas señales de peligro. Claro, para cuatro curvas que tienen, las amortizan bien.

De eso que dejas que el GPS te guíe al centro de Amsterdam, y acabas paseando entre escaparates llenos de prostitutas en el barrio rojo. Así, sin buscarlo. Son menos de las once de la mañana de un domingo, y ya están casi todas ahí expuestas, con las legañas aún en los ojos. Bueno, supongo que tendrían legañas. Porque yo a esas señoritas no podía mirarles a la cara… Esa ciudad me encanta, con sus canales a cada vuelta de la esquina, sus casas que parecen caerse unas sobre otras, sus escaparates tan bien decorados -juas- y su olor a… “hierba recién cortada” en cada coffee shop

Y autopista hacia Gante. La planificación me ha dado algún que otro quebradero de cabeza. Intentaba hacer una buena triangulación para visitar Gante, Brujas y Bruselas, y resulta que las tres ciudades están ubicadas en una recta perfecta, con una precisión casi milimétrica. Así que era imposible triangular. Y además hemos empezado por la del medio, así que calcula la triangulación… De pena.

Pues bien, camino de Gante, cerca de Amberes hemos tenido el primer problema -y espero que el último- mecánico del viaje. Bueno, digo Amberes de oídas. Porque en los carteles ponía Antwerpen… Mensaje para los señores belgas: mira, que le llames Gant a Gante, tiene un pase. Que le llames Brugge a Brujas (y que además signifique “puentes” y no “brujas”, tiene otro pase. Pero a Amberes, que suena tan claro que tiene que ser Amberes, le llames Antwerpen,… es para expulsarte de la Unión Europea, vamos… Aishh….

¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! El problema mecánico. Nada más y nada menos que se ha aflojado el tornillo que fija el sensor de velocidad de la Derbi. Una tontería que hemos arreglado con una llave allen en menos de diez segundos. Y no hay más. Y espero que no haya más problemas. Las dos motos -especialmente la Derbi- se están portando como campeonas. Y Belén más, por supuesto. Es impresionante cómo se la ve mejorar día a día.

Gante, precioso, con sus innumerables iglesias, su puente, sus canales,… y sus turistas. No me había cruzado con tantos guías hablando español en mi vida. Y es que ya se nota que estamos cerca de casa…. Y Brujas, con su Markt, o sus rinconcitos escondidos,… también llenos de turistas… Pero hemos sabido abstraernos y disfrutar la ciudad casi como si estuviéramos solos.

Ya solo quedan 100 kilómetros para ir a Bruselas, la última ciudad del día. Autopista, claro. Pero no, nuevamente los Dioses se alían con nosotros y nos regalan un fabuloso atasco entre Brujas y Gante que ya habíamos visto a la ida. Así que vuelta a programar al GPS para que nos lleve por carreteras secundarias. Llevamos más de 400 kilómetros, pero recorrer la Bélgica profunda por esas carreteras me ha gustado. Pueblecitos con chalets de diseño, jardines cuidados,… Y carreteras cortadas. Más de cuatro hemos visto, con el consiguiente cálculo de nueva ruta, que cada vez tenía más kilómetros.

Y por fin Bruselas. ¿Qué queréis que os diga? Es la primera vez en el viaje que tengo sensación de inseguridad. Gente pidiendo por las calles, gente algo alcoholizada, gente que te mira raro… Quizá me esté volviendo muy nórdico. Lo mejor, la Grand-Place, por supuesto. Porque el Manneken pis es la mayor decepción desde que vi el Torico de Teruel. Y eso que ya sabía de qué iba la cosa…

La pregunta del millón: ¿Pero al final nos ha llovido o no? Pues claro que nos ha llovido. Nos ha diluviado. A las brujas hoy les ha dado tiempo de hacerse hasta moño.

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Hay una canción infantil catalana que habla de que cuando llueve y hace sol, las brujas se peinan. Mira que le doy vueltas a la letra, y no le encuentro sentido. Aunque tampoco le encontraba sentido a lo del patio de mi casa, que es particular. Que si llueve se moja como los demás… Nos ha jodido! Pues entonces no será muy “particular”. Es más bien “del montón”, de los que se moja cuando llueve… Pero a lo que íbamos: al peinado de las brujas cuando llueve y hace sol. Pues hoy, las brujas se han reunido en akelarre todo el santo día en un Llongueras. Todas con cardados, mechas o lo que sea que se peinen las brujas. Porque hemos tenido sol y lluvia para aburrir [Inciso: la Bruja Lola no debe entrar en la categoría de las brujas que se peinan, no? ¡Dos velas negras!]

Aunque bien mirado, que llueva y haga sol es bonito por muchas cosas. Los arco iris, por ejemplo. En este viaje tenemos un máster de arco iris. Creo que he visto más arco iris en estas dos últimas semanas que en toda mi vida. Y son bonitos. Coloridos y todo eso. Y a veces hasta quedan bien en las fotos.

Otra ventaja de que llueva y haga sol es que te mojas, pero te secas enseguida. Tampoco tienes una idea clara de qué hacer, si quitarte el chubasquero o ponértelo. Porque siempre suele pasar que en cuanto te lo quitas, comienza a llover. Y en cuanto te lo pones, sale el sol. Al final he optado por dejarlo puesto todo el santo día.

En cuanto a la ruta de hoy, varias cosas destacables. Hemos tomado un atajo para no pasar nuevamente por Hamburgo. Eso nos ha hecho coger un ferry para salvar la parte final del Elba, en Glückstadt. El último ferry del viaje. Hemos tenido suerte, porque lo atravesamos con relativa facilidad, en unos veinte minutos ya estábamos embarcados. En sentido contrario, había una cola que lo menos tardarían dos o tres horas en tomarlo. Además, nada más salir del ferry nos hemos encontrado la carretera cortada porque a unos cuantos habitantes de Wischhaffen les ha dado por montar una cabalgata con cuatro tractores. Alemania profunda.

Después, comida en Bremen. Me encanta la plaza central, con sus edificios regios y su catedral. Ya estuvimos hace dos años, y no podíamos dejar de pasar hoy, ya que estábamos tan cerca. Y continuamos ruta por las carreteras secundarias alemanas. Es un placer circular entre los bosques de árboles altísimos, que forman sobre nosotros una cúpula de un verde intenso, sobre todo cuando sale el sol. Alemania es el país de los túneles verdes, sin duda.

Y nuevo país, Holanda. O mejor, Países Bajos. En cuanto pasas la frontera, se nota el cambio. Carreteras impolutas, con enormes carriles bici a ambos lados. Y su canal correspondiente, frente a casitas bajas con los más cuidados jardines que te puedas imaginar. Se respira paz y tranquilidad en cada uno de los pueblecitos. Me encanta Holanda. O mejor dicho, los Países Bajos.

A poco de llegar a Giethoorn, el final de etapa de hoy, las cosas de la lluvia y el sol nos regalan una postal. A lo lejos, por el oeste, las tormentas aún descargan agua. Los enormes cúmulo-nimbos tienen un color rosado que se refleja en uno de los múltiples lagos de la zona. El sol se adivina entre las cortinas de agua. Hace mucho tiempo que no vemos una puesta de sol. También puede ser porque venimos de la tierra de los días y de las noches perpetuas, pero sea como fuere, tenía ganas de puesta de sol. Y de estrellas. Porque esta noche, el cielo está repleto de estrellas. Ya verás cómo mañana nos mojamos.

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A ver, que voy con algo de sueño por culpa de los parches esos para el mareo. Y si le sumas la cerveza de la cena, estoy para cerrar los ojos y dormir hasta mañana. De hecho, ya me eché alguna cabezadita en el ferry (algunos hasta lo habréis visto). Y la verdad es que no coordino mucho las frases, así que el estilo literario pulcro e inmaculado que me caracteriza se habrá ido con el segundo sorbo de Flensburger Pilsener. Vamos al lío.

Lo mejor de ir en moto al entrar en el ferry es que entras el primero. Así eliges sitio. Pedazo ferry, con cine y todo. Pero salones con butacas, ni uno. Así que nos apalancamos en un sofá del bar. Al cuarto de hora, viene la jauría de gente buscando sitio, mientras que nosotros ya habíamos triunfado. Y a sobar, que son tres horas de barco.

Y ya en Fredrikshavn, Dinamarca, solo quedaba recorrer todo el país hasta Alemania. Por la ruta lenta, o sea carreteras secundarias, pasando de la autopista. Mucho campo de cultivo, mucha granja. Y mucho molino de viento, que danzaba moviendo sus aspas como lo hace una bailarina en la barra de ejercicios. Ni un lago, ni una cascada, ni un triste fiordo. Pero de todas formas, me encanta Dinamarca (os lo he dicho ya?). Y nosotros devorando kilómetros hacia el sur, con amenaza de lluvia. Sería el primer día que no nos llueve desde… buff! Semanas.

Y por las carreteras secundarias te encuentras de todo. Hasta vacas peludas de esas que abundan en Escocia. O trailers enormes de mercancías especiales que ocupan ambos carriles y que transitan a 20km/h. Por eso son más divertidas que las autopistas.

Encaje de bolillos. Eso parece la floritura que me he marcado hoy con la ruta. Porque he evitado recorrer la misma carretera que a la ida, a la hora de pasar la frontera de Alemania. De esta manera, el viaje nunca ha pasado por la misma carretera en la ida y en la vuelta. Así, parece un viaje continuo, sin retornos. Un Barcelona-Zaragoza algo más amplio de lo normal, eso sí. Y… ¡zasca! Empieza a llover. A diez minutos del hotel. Para no perder la costumbre. Bastante buen día llevábamos.

Y en el hotel, el momento más especial del día: Belén tuvo su sopa. Buenas noches, voy a contar ovejas. O vacas. ZzzZzz

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